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martes, 20 de marzo de 2012

Lecciones


"Together we stand, divided we fall"
Roger Waters
La mayoría de los animales aprendemos a través de la experiencia. Un cachorro de león aprende, después de ver a su hermano en las fauces de una hiena, que no debe alejarse mucho de su madre para buscar alimento y, sobre todo, que debe protegerse a sí mismo. Lo mismo ocurre con un niño cuando, por ejemplo, siente dolor al tocar el fuego de la hornilla de la estufa. Sin embargo, hay lecciones que nos resultan muy difíciles de aprender, tal vez porque el daño no nos haya tocado directamente a nosotros, tal vez porque hemos corrido con suerte de no haber sufrido en carne propia el dolor o tal vez porque simplemente activamos un mecanismo de autodefensa ante éste, el cual consiste básicamente en ignorarlo. Hacer como que no está pasando nada, como que las tragedias humanas o los desastres naturales son mejor evadirlos con una buena dosis de diversión, esparcimiento o trabajo.
Pero esta evasión, que no es otra cosa que cobardía, conduce casi siempre, a la insensibilidad y esta, a su vez, a la deshumanización.  El grado de violencia y de barbarie que estamos presenciando hoy día, es justamente producto de esta deshumanización. A diario somos testigos de cómo el hombre es el peor enemigo de sí mismo y a diario tenemos que salir a enfrentarnos a esta terrible realidad y a tratar de sobrevivir al peligro inminente.
A diario se despliegan ante nosotros los escenarios más cruentos de que el hombre es capaz contra sus semejantes: decapitaciones en plena vía pública, masacres frente a centros escolares a plena luz del día, cadáveres apilados en fosas clandestinas, y todo el amplio espectro de brutalidad sólo concebible entre la única bestia que actúa con saña, alevosía, ventaja y premeditación:  los seres humanos.
Y mientras esto ocurre, seguimos viviendo nuestra vida como si nada, como si no perteneciéramos a esta especie, como si no fuese esta nuestra casa común, como si los malos fueran otros, no nosotros. Somos incapaces de vernos reflejados en esos crímenes. Somos incapaces de ver siquiera un destello de nuestra propia maldad en lo que ocurre y así vamos por la vida, ocupándonos de nuestros propios asuntos, evadiendo la realidad con toda clase de placeres: sexo, drogas, música, alcohol, televisión, etcétera, mientras el mundo se colapsa frente a nuestros ojos. Lo peor es que al hacerlo, al evadir nuestra responsabilidad, le damos, al mismo tiempo, una licencia al crimen, a la corrupción y a la violencia de seguir operando a sus anchas. Le otorgamos un permiso y un perdón anticipado a los verdaderos culpables de que nuestra vida esté hecha mierda: políticos, empresarios, líderes sindicales, gobernantes en fin. Al no hacer nada, al evadir nuestra responsabilidad de exigir justicia y cese de políticos y funcionarios públicos corruptos, al no salir a las calles en masa, como lo han hecho en países como Colombia, Bolivia, Egipto, por citar sólo algunos,  estamos permitiendo que estas prácticas sigan ocurriendo.
Esto sólo demuestra que los seres humanos, específicamente los mexicanos, no sólo no aprendemos de nuestras experiencias, sino que, además, contribuimos a permanecer en un estado de cosas que va de mal en peor. Y eso sólo habla de la poca capacidad de raciocinio, de la poca inteligencia que tenemos y de la poca memoria. Porque olvidamos. Olvidamos lo que sucede cuando se conjuntan corrupción, ignorancia, marginalidad e injusticia. Olvidamos que todo eso junto, es el caldo de cultivo perfecto para la violencia. Lo olvidamos mientras nadie toque lo nuestro. Mientas nadie ose poner su pie en mi pequeña zona de confort. Y volvemos, irremediablemente, a caer en el engaño de los que nos tienen amarrados de brazos. Inmóviles. No aprendemos la lección, hasta que, un buen día, el dolor nos toca en donde más nos duele. En los “nuestros” y si lo entrecomillo es porque justamente, los nuestros deberían ser todos los demás, los que nos rodean, con los que interactuamos a diario, el prójimo, además de nuestra familia y amigos.
Sin embargo, hay un ámbito en el que, al menos así lo parece, sí hemos aprendido la lección. El día de hoy a las 12 en punto del mediodía, un sismo e 7.8 grados en la escala de Richter sacudió el sur del país. En la ciudad de México, el sismo se sintió fuerte, en especial en el sur. Las alarmas sísmicas se activaron casi con 50 segundos de anticipación. Las escuelas, oficinas y edificios fueron evacuados en orden y sin contratiempos. Salvo algunos ataques de pánico y desmayos, los accidentes humanos fueron casi nulos. No hubo pérdidas humanas y sólo daños materiales menores. En la escuela primaria en donde trabajo, los niños, maestros, directivos y personal, sabían lo que debían hacer y lo hicieron bien. Poco a poco, desde el tercer piso, fueron saliendo uno tas otro en orden y bajaron las escaleras en perfecta calma. Los pequeños de preescolar y de los primeros grados de primaria, cantaron con nosotros, sus maestros, mientras se reunían en el centro del patio escolar. Una vez que cesó el movimiento telúrico, los niños se pusieron a jugar, sin levantarse de sus lugares en el patio; otros platicaban de sus juegos favoritos; otros preguntaban si habría clases mañana, otros que si se quedarían sin clase el resto del día, en fin.
Pongo a los niños como ejemplo porque, a diferencia de nosotros los adultos, que no podemos resolver nuestras diferencias, ni ponernos de acuerdo, ni estar unidos por alguna causa común, los niños sí. Se protegían mientras buscaban a sus mejores amiguitos para, junto a ellos, cubrirse la cabeza y agacharse hasta que pasara el peligro. Mientras veía todo aquello, pensaba en los niños del Norte del país, concretamente de Monterrey, quienes, a diferencia de estos, son víctimas de otro tipo de peligro, uno que no es de origen natural y el cual todos somos responsables, el crimen y la violencia. Ellos, como estos, también hacen simulacros, pero ante tiroteos entre bandas de sicarios. Unos, crecerán sabiendo qué hacer en caso de un sismo. Otros, los que sobrevivan a la barbarie, crecerán creyendo que eso es “normal” , sin poder distinguir entre el bien y el mal y, en el peor de los casos, convirtiéndose ellos mismos en agentes del mal y, en el mejor, en sus cómplices.
Las lecciones que podemos (si somos medianamente inteligentes) aprender de estos acontecimientos son muchas, pero las que nos dan los niños, son tal vez, las más importantes.  Ellos sí saben qué hacer ante el peligro: estar juntos, protegerse, ayudarse, consolarse y conmiserarse ante el sufrimiento de sus compañeros. Saben que unidos vencemos y que separados caemos.


Teresa Padrón Benavides

jueves, 8 de marzo de 2012

MACHISMO FEMENINO



Las mujeres no somos iguales a los hombres. En ningún sentido. Basta mirarnos al espejo para ver lo obvio. Nuestro cuerpo nos delata. Tenemos protuberancias ahí donde los hombres carecen de ellas. Nuestros rasgos faciales son más finos. Nuestras caderas son anchas y las de los hombres son estrechas. Nuestra voz es más tenue, menos ronca. Nuestros músculos no son tan definidos y, en fin, son muchas las cosas que nos distinguen de los hombres.  
Pero no sólo físicamente nos diferenciamos de ellos. Sin el afán de caer en generalidades, podríamos decir que las mujeres, amén de sus características individuales, su bagaje cultural, su nivel de educación, su condición social, compartimos rasgos comunes. Por ejemplo, al menos en nuestro país, es la mujer la encargada, la mayoría de las veces, de la educación de los hijos en casa, de su crianza. Aunque existen muchos hogares excepcionales, en donde el hombre asume su condición de igual ante la mujer, es ella, casi siempre,  la responsable de los quehaceres domésticos, de la administración del dinero (pagar cuentas, colegiaturas, etcétera).  Esto, por supuesto, se da por sentado, como parte de sus “deberes”, sin importar que la mujer también realice trabajo fuera de casa. Sea profesionista, empleada, vendedora, empresaria, maestra, la mujer desempeña casi siempre, como bien lo sabemos, la “doble jornada”, es decir, la de madre o esposa (o ambas) y la de trabajadora. Pero hay un terreno que sea tal vez el más obvio para analizar esos rasgos comunes que compartimos casi todas las mujeres y que es, el de la feminidad. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de “lo femenino”?
Vivimos en una sociedad patriarcal (por no decir machista), en donde se da por sentado que es la mujer y no el hombre, quien tiene que reivindicar su papel no de ama de casa, de esposa o de madre, sino de eso, de mujer. Es decir, las mujeres tenemos la obligación de acentuar todos esos rasgos que mencioné arriba y que nos distinguen de los hombres, antes de salir a enfrentar el mundo. Arreglarnos, perfumarnos, vestirnos de forma tal que resultemos “apetecibles” o, al menos, presentables a los demás, en especial, a los hombres. Y si bien, últimamente este papel de “objeto consumible” se aplica también a los hombres (hoy existen tantas revistas de moda para ellos como para ellas), aún persiste en el imaginario colectivo, que es la mujer quien tiene que “verse bien” para los demás. No es extraño que sean las mujeres, mucho más que los hombres, las principales consumidoras, es decir, quienes son más proclives a ir de compras.[1] Aunque este papel, el de compradoras, surge a partir justamente de que somos las mujeres las encargadas de administrar la economía familiar. Hay quienes sitúan este rol de compradoras o consumidoras en los albores del renacimiento, con el intercambio de mercancías entre el continente europeo y Asia. Hay quienes lo ubican más tarde, a comienzos de la revolución industrial, con el advenimiento del ferrocarril y de las grandes fábricas de bienes domésticos. Sea como fuere, el hecho es que, hasta la fecha, es la mujer la consumidora por excelencia y casi todos los anuncios de televisión, radio, prensa escrita e internet, van dirigidos a ellas.
Sin embargo, una cosa es el consumo de bienes y servicios familiares o comunes y otra, las compras compulsivas de objetos de uso personal como ropa, calzado y accesorios. La compulsión femenina por adquirir todo aquello que esté de moda, tiene que ver con esta idea de que las mujeres debemos vernos siempre bonitas, no importa en qué situación económica nos hallemos o cuál sea la tarea que desempeñemos. Las mujeres debemos “mostrar lo que tenemos”. La mayoría de los comerciales, incluso si lo que anuncian son productos de limpieza,  utilizan un lenguaje sexista. Oral o visual (o ambos).  El ama de casa que, en vez de un mandil, chanclas y un sacudidor, luce un peinado de salón, una ropa casual impecable y una sonrisa entre coqueta y tierna, para recibir a su marido “siempre bonita” y con la casa bien limpia, gracias a la “ayuda invaluable” de tal o cual producto (nunca se menciona a la mujer, de carne y hueso, que es quien verdaderamente hace el trabajo “sucio”, es decir, la trabajadora doméstica o la “chacha”, como se la llama despectivamente).
Los ejemplos de este tipo abundan, así que sólo mencionaré uno más, que utilicé previamente en otro artículo respecto del consumismo.  Es el caso de la mujer joven, esbelta, hermosa quien, ataviada ala última moda, camina segura de sí misma y de su belleza, como retando al mundo a que la admiren, por entre una fila de autos varados en la hora pico de un boulevard. Al llegar al automóvil de su novio, abre la puerta trasera y lo sorprende con su rival en pleno transe amoroso. Acto seguido, le espeta una tremenda bofetada, avienta la puerta y se va, oronda, con una sonrisa triunfal y la mirada de orgullo y de triunfo. El mensaje que se nos quiere dar es el de “no importa que me engañe, soy una reina de belleza” o algo así. Pero si no nos dejamos guiar por las apariencias, lo que verdaderamente nos dice es “cómprenme, lo tengo TODO”. Es decir, la mujer como objeto de consumo y no como sujeto. Lo que importa es su apariencia y no su esencia. Si nos atenemos a esta última interpretación, un discurso paralelo sería el de que, en este mundo materialista, todo es consumible y desechable, incluso las personas, en especial las mujeres. En este tipo de mensajes, aparentemente inofensivos, el lenguaje tanto corporal como verbal, ocupa un lugar preponderante.
Y es justamente el lenguaje y el papel que desempeña en la sociedad como agente de discriminación, no sólo sexual sino social y racial, uno de los factores decisivos en el discurso feminista. Las organizaciones feministas, ya sea mixtas o compuestas sólo por mujeres, pecan de lo mismo que critican. Es decir, apelan a todo aquello que las diferencia de los hombres en su lucha contra la discriminación o de las vejaciones de que somos víctimas las mujeres. Si bien es cierto que, como dice el filósofo Hector Islas Azaïs[2],  el lenguaje sexista, es decir, el que fomenta la discriminación de genero hacia las mujeres, es el más estudiado, el más difundido y extendido entre los especialistas, también lo es el hecho de que muchas veces el caso contario es también utilizado por los movimientos feministas. Es decir, el lenguaje “machista” prevalece en los discursos a favor de las mujeres.  Los argumentos que se esgrimen en defensa de la mujer pueden ser válidos, justos y estar bien sustentados, sin embargo, muchas veces se enfatiza lo superior que somos las mujeres respecto de los hombres y se hace recurriendo a los mismos clichés, los mismos insultos y las mismas frases discriminatorias usadas por los hombres para referirse a nosotras. Por ejemplo, “las viejas somos más chingonas que los hombres” (las cursivas son mías) es una frase no solo despectiva y vulgar, sino machista (hembrista), pues hace énfasis en la superioridad de las mujeres sobre los hombres y lo hace recurriendo a un lenguaje que se identifica más con el sexo masculino.
Si bien es cierto que, como afirma Hector Islas,  dentro de las múltiples formas del lenguaje discriminatorio, el  sexista es el más extendido y el que presenta más variantes, también lo es el que en el discurso a favor de las mujeres, al lenguaje hembrista es el que prevalece, haciendo énfasis en la misandria (odio hacia los varones) y en las diferencias entre hombres y mujeres, en vez de las semejanzas. Nadie niega que, a través e la historia, el lenguaje sexista es el que ha prevalecido. La Historia, con mayúscula, está escrita por hombres. Decimos “Dios padre”, para referirnos a la divinidad; “el hombre”, para referirnos a la humanidad; “los niños”, para hablar de la niñez; “los mexicanos”, para hablar indistintamente de toda la población mexicana, en fin.  También, citando a Hector Islas “el lenguaje sexista ha fomentado, con el empleo de estereotipos insidiosos y diferencias semánticas y sintácticas, una imagen de la mujer que desestima su contribución a la sociedad, incluso su presencia misma en ciertas áreas. También se le presenta como alguien fundamentalmente incompleta, que se define por su relación con los hombres, su sexualidad y sus funciones reproductivas…En cambio, los varones son los actores sociales, los agentes de cambio y los individuos por antonomasia.”
Esto, obviamente, ha contribuido a “normalizar” la percepción de esta idea y a hacer más evidente la actuación y la participación de los hombres en el ámbito público. Nos extraña cuando hay una “presidenta” de un país; cuando hay una campeona mundial de boxeo; una rectora de una universidad; una directora de una firma importante. Lo “normal” es que sean hombres.  El lenguaje sexista, entonces, contribuye a reafirmar prácticas discriminatorias  hacia la mujer y a fomentar las condiciones sociales desventajosas para ellas, pero justamente por eso, es que el discurso feminista debe ir más encaminado a lograr las condiciones de igualdad social y en todos los terrenos. El feminismo, si aspira a lograr un cambio verdadero en las condiciones de desventaja de las mujeres respecto de los hombres y a hacer valer los derechos de las mujeres y la igualdad de oportunidades entre ambos sexos, debe evitar caer en las mismas prácticas del machismo. Debe hacer énfasis en la igualdad, no en la superioridad de la mujer respecto del hombre. El discurso feminista debe hacer énfasis en las capacidades intelectuales de la mujer y no sólo apelar a su “arma más poderosa”, su cuerpo, para lograr un verdadero cambio en la percepción de lo que es una mujer y erradicar la idea de objeto que de ella se tiene.
Las mujeres debemos reafirmar nuestras particularidades, nuestras características exclusivas, pero para complementar las de los hombres. Para nutrirnos y enriquecernos mutuamente con nuestras experiencias propias. El lenguaje sexista perdería entonces fuerza y tendería a desaparecer, junto con las prácticas a que da lugar, allanando el terreno a una sociedad más justa para ambos, mujeres y hombres.
Teresa Padrón


[1] “Born to buy”, Juliet B. Schor, Amazon, 2005.
[2] Héctor Islas Azaïs, “Lenguaje y discriminación”, en Cuadernos de Igualdad, México, CONAPRED, 2005.

miércoles, 7 de marzo de 2012

memoria es vida, olvido es muerte (después de visitar el Museo de la Memoria y Tolerancia)




 “Recordar, pues, no es conmemorar un hecho que tuvo lugar hace medio siglo, sino reconocer que nuestro presente está construido sobre cadáveres y escombros, sobre los vencidos de la historia”.
Reyes Mate, Memoria de Auschwitz

El holocausto no fue la antítesis de la civilización moderna y de todo lo que
ésta representa o, al menos, eso es lo que queremos creer. Sospechamos,
aunque nos neguemos a admitirlo, que el holocausto podría haber descubierto
un rostro oculto de la sociedad moderna, un rostro distinto del que
ya conocemos y admiramos. Y que los dos coexisten con toda comodidad
Sygmunt Bauman

Los seres humanos tendemos con frecuencia a olvidar. Nuestra memoria es selectiva y recordamos sólo aquello que nos ha marcado de manera directa, para bien o para mal, pero sólo a nosotros mismos. Recordamos lo malo e intentamos olvidarlo, pero si no lo conseguimos, guardamos rencor hacia quien o quienes nos hicieron sufrir (pues, irremediablemente, culpamos  a alguien más de nuestras penas o fracasos) y recordamos lo bueno y queremos revivirlo a toda costa, sin importar que, en el proceso, hagamos daño a terceros.
Los sujetos construimos nuestra identidad a través de la memoria. La transmisión de las experiencias de los mayores a los menores, junto con las costumbres, las tradiciones y la historia familiar, son indispensables en la construcción de la identidad individual. Los momentos más importantes en la vida de las personas, adquirirán, con el tiempo, un significado diferente y funcionarán como cimiento sobre el cual construir su propia historia.
Sin embargo, cuando se trata de una memoria colectiva, de un evento de dimensiones enormes que involucra a otras personas y que ha tenido repercusiones colosales no sólo históricas, sino políticas, sociales, éticas y morales, a nivel mundial como el caso de la Shoah (el holocausto), o los genocidios contra armenios por parte del imperio otomano; los de los serbios contra musulmanes en Bosnia; los de Ruanda, los de Camboya; los de Sudamérica; la represión política, las desapariciones de opositores a los regímenes dictatoriales; las violaciones a los derechos elementales de las minorías étnicas, religiosas o políticas; las víctimas de la violencia y del crimen organizado, en fin, todos los eventos que involucran el sufrimiento de otros, tendemos, irremediablemente, a olvidar.
Pero somos, indefectiblemente, una sociedad y como tal, tenemos una historia común, es decir, una memoria colectiva que es la responsable que seamos como somos, cultural y socialmente. Esa memoria colectiva es la responsable de nuestros rasgos distintivos como sociedad. Y la memoria es la fuerza que perpetúa, que prolonga la identidad colectiva y que logra que perdure a través del tiempo. Si olvidásemos nuestro pasado, no sabríamos quiénes somos ni hacia dónde vamos. No tendríamos un referente histórico sobre el cual construir todos esos rasgos que nos distinguen de los demás, que nos identifican como una sociedad específica, con costumbres, tradiciones, y, en fin, con una cultura propia. 
Sin embargo, los responsables de transmitir esa historia común, esa memoria colectiva a las siguientes generaciones, no siempre hablan verdad. La Historia, con mayúscula, la escriben, como bien sabemos, los vencedores. Los poderosos que quieren perpetuar su sitio privilegiado en la sociedad a toda costa, valiéndose del engaño, manteniendo al pueblo en la ignorancia, en el miedo y en el sometimiento a través del control de los medios masivos, de la propaganda sucia y de un discurso gastado en el que nadie cree, pero que tampoco se discute por miedo a la represión. Lo peor es que ese discurso, de tan escuchado, termina por tomarse como cierto. Así, como decía Goebbels, el despiadado general responsable de la propaganda nazi: “una mentira repetida mil veces, se vuelve una verdad”, refiriéndose al discurso de la superioridad recial aria y de la condición infrahumana judía.
No es casual que en cada genocidio, los perpetradores intenten construir una “memoria oficial”, manipulando la información, negando el exterminio, una “historia oficial”, pues. Tampoco lo es el hecho que las víctimas sobrevivientes necesiten imperiosamente recordar la persecución y el extermino incorporándolo a la memoria como piedra de toque de esa identidad colectiva. Como sabemos, la Shoá no escapa a ese destino y hoy es considerado por todos los judíos sin distinción (laicos y religiosos; de izquierda y derecha; sefardíes o ashkenazim; etc.) como uno de los dos eventos históricos más importantes de la historia del judaísmo.
¿Por qué es imprescindible recordar los genocidios? No sólo para no repetir nuestros “errores”, sino para vernos reflejados en el espejo de la Historia y horrorizarnos (si es que podemos hacerlo aún) de los niveles de barbarie a los que hemos podido llegar. Para ver, sin que nada enturbie nuestra vista, “el fin de lo humano”, como bien lo llama Joan-Carles Mélich[1]. Lo que discute el artículo citado es, básicamente, si es posible educar después del holocausto. Porque uno se pregunta, a la luz de los acontecimientos de los últimos 100 años y sobre todo, después del holocausto, ¿tiene sentido enviar a nuestros hijos a la escuela? ¿Qué les enseñarán en sus clases de historia? ¿Les narrarán, detalladamente, el proceso por el cual los nazis hacían una “selección” minuciosa antes de enviar al exterminio en las cámaras de gas a millones de hombres, mujeres, niños y ancianos borrándolos, absolutamente, del mundo, convirtiéndoles en cenizas, en humo, en nada? ¿Les contaran las masacres de tutsis por parte de los hutus en Ruanda y los cadáveres apilados en fosas en aldeas familiares?  ¿Les mostrarán fotografías de los musulmanes de la ex Yugoslavia, que fueron casi borrados de los lugares en donde habían vivido por miles de años por los serbios?
Educar después del holocausto (y delos siguientes genocidios) ¿es aún posible? ¿Sobre qué cimientos históricos podemos erigir una educación sólida, ética, moral, que tome en consideración la responsabilidad que cada uno tenemos para con los demás? ¿Cómo hablarles a los niños y a los jóvenes de valores, de respeto, de tolerancia, de igualdad después de Aushwitz? ¿Tiene sentido seguir poniendo al hombre como parangón de la civilización después de lo ocurrido? ¿Podemos seguir defendiendo la dimensión “humana” en la educación? Yo creo que sí, siempre y cuando se reconsidere dicha dimensión, se redefina lo que es “ser humano” a la luz de los acontecimientos más oscuros de la historia de la humanidad y se circunscriba al hombre como parte, no como absoluto, de un mundo complejo, diverso, en donde debe haber lugar para todos, sin menoscabo de su condición social, de sus preferencias sexuales, su orientación religiosa, su bagaje cultural. Porque sólo así, nutriéndonos mutuamente de nuestras experiencias particulares, podremos construir una sociedad verdaderamente rica, diversa, heterogénea, plural y justa.
Sin embargo, educar para seguir creyendo en la humanidad, es una tarea titánica, no sólo para quienes estamos día a día en la trinchera del aula, sino para los padres de familia, los gobiernos, las instituciones, los medios masivos en fin, la sociedad en su conjunto. Todos tenemos la obligación moral, ética, de educar responsablemente. Es decir, debemos ser muy cuidadosos con los mensajes que enviamos a los demás, predicando con nuestra propia forma de vida. El ejemplo sigue siendo el mejor método de enseñanza.  Pero, además del ejemplo, y retomando la cuestión de la memoria, la enseñanza de la historia, la verdadera, no la oficial, es imprescindible si lo que queremos lograr es formar seres humanos conscientes, comprometidos, responsables, justos y, en fin, moralmente plenos. Debemos mostrar no sólo la mejor faceta del hombre sino también su peor rostro, el más inhumano, el más oscuro, para darnos cuenta, como dice Bauman en el epígrafe de este escrito, de que ambos rostros forman parte de un mismo cuerpo, pero que nuestra misión en la vida es hacer visible el rostro bueno. Lograr que triunfe l bien sobre el mal, la luz sobre las tinieblas, pero para eso, no debemos negar la historia. Al contrario, debemos aprender de ella. Vernos reflejados en su espejo para reconocernos en ella y congraciarnos, cuando hayan triunfado el amor y la razón y horrorizarnos, cuando hayan vencido el odio y la estupidez.
Esto no quiere decir que los millones de víctimas de guerras, genocidios y holocaustos nos deban servir de ejemplo pedagógico respecto de lo que no debemos hacer. Más bien, que su recuerdo, su memoria, sirva para luchar por la paz, la justicia, la igualdad, el respeto y todos aquellos valores que hacen de nosotros mejores personas. Educar después de Auschwitz es posible, siempre y cuando no neguemos la historia y no permitamos que ocurra de nuevo. Porque si bien reza el refrán “recordar es vivir”, vale entonces decir “olvidar es morir” (o más bien, matar).


[1] Joan-Carles Miélich, “El fin de lo humano. ¿Cómo educar después del holocausto?”, Universidad Autónoma de Barcelona.


viernes, 13 de enero de 2012

Cómprame, porque me vendo



La Madre Tierra satisface la necesidad de cada hombre, más no su codicia
Mahatma Gandhi
Quien compra lo que no necesita, se roba a sí mismo.
Anónimo
Procuro no ver televisión, pues además de apartarme de cosas verdaderamente importantes, entre los setenta y tantos canales del cable, no hay alguno cuya programación me satisfaga. No hay televisión cultural, no hay cine de autor, no hay programas de debate, en fin, no hay un solo canal para gente adulta, en el sentido amplio de la palabra. Sin embargo, anoche me senté plácidamente, con un delicioso té de manzana y canela, después de una faena agotadora a ver si acaso hallaba algo que me interesara o, por lo menos, me mantuviera entretenida. Recorrí cada uno de los canales infructuosamente. Nada.
De todos modos, no pude evitar echar un vistazo en los comerciales. En la programación nocturna, al menos eso es lo que uno espera, los anuncios debían ir dirigidos a un cierto sector: personas de 30 años en adelante, profesionistas, padres de familia, amas de casa, en fin, gente que se encarga de tomar las decisiones respecto de qué se compra en casa y por qué. Sin embargo, noté horrorizada cómo los anuncios hacen énfasis en el poder de decisión de los niños sobre sus padres a la hora de comprar tal o cual producto. Increíble. Niños haciendo berrinche y tirando a la señora del vestido exigiéndole comprar el champú o el cereal “de moda”. En mi época, para empezar, ni siquiera nos llevaban al mandado y si acaso lo hacían, no teníamos ni voz ni voto en la elección de los artículos. Nuestras madres iban con su lista en mano y “sabían” perfectamente qué era bueno para su familia y todos felices y contentos compartiendo un solo producto entre todos. Ahora son ellos, los niños, los que tienen el poder de decidir, puesto que ellos son el blanco preferido de la industria publicitaria debido a la influencia que ejercen sobre sus padres.
Pero ¿de dónde surge este poder de influencia de los hijos sobre sus padres a la hora de comprar? Los niños de hoy en día, desde muy temprana edad, chantajean a sus padres a cambio de un buen rendimiento escolar o de una buena conducta, cuando antes esas cosas se daban por sentadas. La obligación de los padres y madres era proveer para sus hijos, educarlos, enseñarles un oficio, buenos modales, y prepararlos para ser individuos responsables, independientes y útiles a la sociedad. Hoy, en cambio, estamos viviendo una ausencia de figuras de respeto. Pareciera como que los adultos dejaron de serlo hace mucho tiempo o, más bien, quienes debieran asumir ese papel, por su edad y su condición, se instalaron en la perpetua adolescencia y no quieren salir de ella. Pero los niños necesitan una guía, un ejemplo a seguir, un modelo de vida y el que están viendo dista mucho de ser el de un adulto comprometido, responsable e inteligente. La conducta de sus padres no es muy diferente a la suya, juegan, apuestan, se divierten, se entretienen, se van de juerga son sus amigos, no respetan a nadie, se burlan de la autoridad, en fin. ¿Cómo entonces podemos exigir a los niños que se comporten bien, que respeten a sus mayores, que sean obedientes, dóciles con sus maestros, que sean buenos amigos con los demás y todo eso que nosotros, justamente, no hacemos? De eso trata el libro de Juliet B. Schor, Nacidos para comprar[i], en donde menciona cifras alarmantes como el hecho  de que en Estados Unidos, ¡a los 18 meses, un bebé ya reconoce logos de diversos productos y al entrar al kínder, un niño promedio exige al menos 15 marcas de productos diferentes a sus padres! No es de asombrarse entonces que, ante la falta de figuras de autoridad, sean los niños quien tienen la última palabra a la hora de comprar.
Ejemplos de este tipo sobran. Papás jugando a los “carritos” en su auto nuevo (escogido también por el niño), al mismo tiempo que llama a éste para anunciarle qué gran elección hizo (¡voy a más de 100! ¡Yupi!). Al anunciante no le importa el mensaje paralelo: NO SE DEBE CONDUCIR Y HABLAR POR CELULAR AL MISMO TIEMPO Y MENOS A ESA VELOCIDAD, PUES PUEDE SER FATAL.
Otro. Cuatro señoras cuarentonas, tomando el té de la tarde, mientras lanzan miradas de reojo y ponen cara de envidia a una, más joven que ellas, partiendo plaza y parando el tráfico mientras camina por entre los vehículos varados en un semáforo, oronda, “segura de sí misma”, “dueña del mundo”. La susodicha, entre tanto, indiferente (aparentemente, pues sabe que la están mirando, eso es lo que ella quiere), abre de repente la puerta de uno de los autos y estepa una bofetada a su novio mientras éste se “divierte” con otra en el asiento trasero. Acto seguido, nuestra heroína pone cara de satisfacción y continúa su pasarela entre los carros ante la mirada estupefacta e incrédula de todos los idiotas que la rodean. El slogan “Soy totalmente Palacio” cierra el comercial. (Los slogans juegan un papel crucial a la hora de instalar en el sub consciente el mensaje que se pretende imponer).
Nunca supe qué anunciaban exactamente, pues no era un “producto” en sí, sino una “imagen”, un “concepto”, como se dice entre el argot de los publicistas. ¿Cuál es el mensaje? ¿Qué no importa que me haya engañado, pues yo sigo siendo “una reina e belleza”? Yo, francamente, no entiendo. Para mí la lectura de ese comercial es “No importa qué tan guapa seas, siempre habrá una más guapa que tú y siempre te pondrán el cuerno con ella”. Sin embargo, ellos, los publicistas y por añadidura los dueños de la marca, de la tienda, del producto, ya lograron su cometido. Convencernos de que eso es lo que debemos tener para (usando una frase de  mi hijo) “dominar al mundo”.
Sucede lo mismo casi con cualquier cosa que compramos. El 90 porciento de las veces no es decisión nuestra sino de alguien más. Ropa, carros, muebles, accesorios, perfumes, cosméticos, artículos deportivos o para ejercitarse, productos de limpieza, comida, en fin. La astucia de los publicistas no tiene límites. Apelan a nuestra vulnerabilidad, a nuestra fragilidad e indefensión ante al apabullante mundo de las “cosas”. Si lo entrecomillo es porque, como dice el sociólogo Zygmunt Bauman en su libro Vida de consumo[ii], nos estamos “cosificando”. Es decir, estamos dejando de ser personas, despojándonos de todo lo que nos convierte en eso, para volvernos un objeto de consumo más de entre los millones y millones de objetos que podemos comprar, vender, intercambiar, usar y obviamente, desechar.Show More Show Less
Pero, ¿qué buscamos, los adultos, al adquirir tantas cosas innecesarias? ¿En verdad pensamos antes de decidir qué comprar? ¿Estamos ejerciendo nuestra voluntad, nuestra capacidad de decisión, nuestro sentido de autonomía o sólo estamos siguiendo patrones de conducta impuestos por otros y copiando lo que hacen los demás? ¿Somos seres racionales o entes autómatas que reaccionan por mero instinto o impulsivamente? La misma autora de Nacidos para comprar, Juliet B. Schor, nos dice, en otro de sus libros, The Overspent American, de 1998: “Gastar, comprar compulsivamente, se ha vuelto un “arte” entre la sociedad norteamericana… el fin último de sus vidas.” Tristemente, coincido con ella. Vivimos en un mundo en donde todo se compra y todo se vende, en donde cada persona sala a la calle a ofrecerse como mercancía con las marcas ostensibles de su ropa, de su carro, de sus accesorios; con el perfume de moda, con los zapatos de moda, con el rostro maquillado y el corte de pelo a la moda, en donde los niños compiten por ver cuál de ellos tienen el mejor juego electrónico o la última versión del videojuego o los tenis más caros o la ropa más “cool”. Todos somos objetos susceptibles de ser comprados o rechazados por otros mejores que nosotros.
Inmersos en ese torbellino de ofertas, anuncios, espectaculares, escaparates brillantes y coloridos, revistas de modas, en ese mundo irreal, fantástico de placeres que se nos ofrecen como manjares exquisitos, olvidamos por completo todo aquello que nos hace humanos. Se nos olvida vivir, en el sentido pleno de la palabra. Convivir, compartir, experimentar el mundo “natural” que nos rodea. Perdemos el sentido de la realidad, la capacidad de admiración. Dejamos de apreciar el arte, la cultura, las tradiciones y lo que nos arraiga a un lugar. Dejamos de pensar y sólo consumimos. Dormir, comer, comprar, desechar y volver a empezar ese ciclo estúpido e interminable en el cual hemos convertido nuestras vidas. Y ¿por qué? ¿Qué es lo que subyace detrás de esta compulsión aberrante de querer tener cosas? El miedo. El miedo a no ser nadie, a que no nos quieran, a que no nos vean, a pasar desapercibidos, a no dejar huella. Y ese miedo surge, invariablemente, de una falta de amor propio, de una autoestima por los suelos y de un concepto aberrante de nosotros mismos y de los que tampoco pueden ser como quisieran, de los “perdedores”, como los llama irónicamente Pablo Latapí en un gran artículo respecto del consumismo “Los triunfadores”. Ese miedo que la publicidad se encarga de alimentar e intensificar día a día y que no halla ningún medio de contención que se le imponga, pues lo único que podría hacerle frente, sería la inteligencia y esa se alimenta de otra fuente. Una que no es muy popular entre la mayoría de nosotros, pues  entraña esfuerzo, constancia, tiempo y, además, no se nota a simple vista. Además, la inteligencia ha dejado de ser, desde hace mucho, una virtud que se aprecie. Hoy día, en cambio, la fuerza, la ostentosidad, la imagen física, son las “virtudes” que valen. “Compro, luego existo” parece ser el slogan que ha suplantado a la famosa frase de Descartes ”Pienso, luego existo”.
Con frecuencia nos preguntamos por qué vivimos en un mundo violento, cruel, despiadado, sin “valores” (entrecomillo la palabra por el excesivo uso y el tergiversado sentido que ahora se le da). La respuesta está en cada quién. ¿Qué hacemos, cada día, para ser mejores personas? ¿Cómo alimentamos nuestro espíritu? ¿Cuánto  y qué leemos? ¿Qué tipo de música escuchamos? ¿Cuántas veces al día nos detenemos a contemplar la naturaleza? ¿Somos conscientes del daño ambiental que inflingimos a nuestro planeta al consumir y desechar mucho más de  lo necesario? ¿Preferimos un paseo en el campo o un antro ruidoso? ¿Solemos frecuentar teatros, galerías, museos o preferimos los centros comerciales enormes e infestados de personas? ¿Cuánto tiempo pasamos con nuestra familia, con nuestros amigos y qué tipo de cosas hacemos con ellos? ¿Sobre qué versa nuestra conversación? ¿Hablamos con Di_s a través de la oración? ¿Nos gusta cómo somos? ¿Querríamos a alguien que fuese como nosotros?
La respuestas que demos a las preguntas anteriores, nos darán la explicación pertinente. Si vivimos en un mundo así es porque no nos hemos encargado de hacerlo diferente. Porque nadie está dispuesto a dejar de ser quien es por ser con los demás. Porque para salirse de uno mismo, ponerse en los zapatos del otro, sentirse afectado por lo que pasa a nuestro alrededor y actuar en consecuencia, tenemos que dejar esa zona de confort que hemos creado en torno nuestro y que nos impide ver más allá. Porque cada omisión que hemos cometido, cada buena obra que hallamos dejado de hacer, cada persona que hallamos dejado de ayudar, cada individuo indefenso al que hallamos insultado, humillado, ofendido, se está levantando porque él o ella también reclaman lo suyo. También quieren ser parte del espectáculo y acaparar los reflectores. Ellos también quieren tener su minuto de gloria. Sólo que ellos lo están haciendo a la fuerza, con las armas, violentamente, pues tienen tanto odio acumulado hacia quienes los ignoraron por tanto tiempo y como nunca se les ha dado la oportunidad de acceder a una vida mejor (ni hay señales de que se las vayan a dar), y como la codicia ha hecho que sólo uno cuantos sean los que viven en la abundancia mientras que ellos han vivido siempre en la miseria, como la injusticia y la desigualdad han privado siempre en sus vidas, ahora están reclamando, a la mala, su parte del pastel. Ellos también quieren que los vean, que los quieran, que los admiren, que les teman y que los “respeten”. Ellos también quieren lucir ese letrero que todos cargamos a diario y que dice “Cómprame porque me vendo”.


[i] Juliet B. Schor, Born to Buy, Scribner, 2004, pp. 25-32.
[ii] Bauman, Zygmunt, Vida de consumo, FCE, México, 2003, pp. 15-18.




miércoles, 30 de noviembre de 2011

Dejar Sonora (por segunda vez)



Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver…
Joaquín Sabina

A Ramón Íñiguez Franco, otro sonorense adoptivo.
A todos nuestros amigos del alma, a quienes querría no tener que dejar nunca.

Dicen que uno no es del lugar donde nace, sino de aquel en donde ha sido plenamente feliz. En mi caso, los dos acontecimientos más afortunados de mi vida han sucedido en Sonora. Aquí, en esta tierra hospitalaria donde las haya, están muchos de mis amigos más entrañables. Aquí, a través de uno de esos amigos, conocí al amor de mi vida y aquí también concebí y di a luz a mi hijo, mi razón de ser.
No sé por qué circunstancias fortuitas del destino vine a dar aquí habiendo nacido tan lejos, en Matamoros, pero sí sé que muchas veces, sin un plan trazado e inesperadamente, uno se encuentra en un lugar que siente suyo desde el primer momento. Su luz, su atmósfera, su gente, sus calles, sus costumbres y tradiciones, todo parece arraigado en algún rincón de la memoria aun cuando jamás hallamos estado ahí antes. Eso me pasó en Sonora. Primero en Ciudad Obregón, después en Hermosillo.
Vine aquí por primera vez hace casi 20 años, invitada por mi gran amigo Carlos Avilés a pasar las fiestas decembrinas con él y su familia. Yo vivía entonces en Mexicali (mi segundo amor) y accedí, entre otras cosas, porque acá estaba también mi mejor amiga, Ana Cristina. De esa visita, “saqué marido” ¡Y qué marido! (el lugar menos indicado para hallar un filósofo, de acuerdo a mis cálculos era, justamente, Sonora y no porque no pueda haber filósofos aquí, sino porque uno tiende a asociar, muchas veces equivocadamente, al Norte del país con otro tipo de quehaceres).
Ahí estaba. En el estudio de la casa de los Avilés, echando humo como loco y hablando de música, literatura, arte y pintura con mi amigo y yo apenas pude balbucear no sé qué tontería cuando me lo presentaron pues quedé total y absolutamente prendada de aquel joven alto, espigado, con aire de intelectual del S XIX y que prendía un cigarro en cada pausa de la conversación. Nos casamos dos años más tarde.
Viví mis primeros 5 años de matrimonio en la Ciudad de México y fui inmensamente feliz. Allá como aquí, tengo también grandes amigos a quienes quiero y añoro. La ciudad me embrujó desde un principio por todo lo que ofrece a quienes, como yo, llegan ahí ávidos por devorarse su historia, su cultura, sus lugares mágicos. Además, pude ver concretado uno de mis más grandes sueños, entrar a la UNAM  a estudiar literatura. En México, mis días transcurrían entre la vida universitaria, las librerías, las salas de concierto, los museos, las galerías y las cantinas tradicionales del centro y de Coyoacán. En fin, una típica vida bohemia, siempre ente amigos queridos y charlas enriquecedoras.
En 1999, después de 6 meses de haber estallado la huelga en la UNAM y sin indicios de una salida en el corto plazo al conflicto, decidimos venir a vivir a Hermosillo, animados por otro gran amigo (cajemense, por cierto), Edmundo Armenta. Él se encargó de hallarnos trabajo y nosotros nos dedicamos a “encargar” a nuestro hijo. José Emilio nació una calurosa tarde de septiembre del 2000 en la “Tierra del sol” y estuvimos rodeados de gente buena, generosa y querida, quienes ya se contaban entre nuestros amigos para toda la vida. Recuerdo en especial a Ramón Miranda. Un ser excepcional y una de las mentes más brillantes que conozco. Él y mi madre registraron a nuestro hijo en Villa de Seris. Por cierto, fue Ramón quien bautizó a José Emilio con el sobrenombre de “cochimilo”, debido a la constitución “robusta” del niño a los tres meses de edad.
Dejamos Sonora por primera vez un año después de nuestra llegada debido a circunstancias desafortunadas en nuestro trabajo. Regresamos al D.F. con un hijo pequeño, dos perros y nuestros amados libros (que ahora incluían algunos para padres primerizos, cuentos infantiles, fábulas, nanas, entre otros).  De vuelta en México, nos reencontramos con nuestra vida ajetreada, pero ya era imposible la bohemia y la vida social de antaño. Ahora nuestros paseos sabatinos y dominicales incluían, además de las librerías de viejo, parques infantiles, circos, ferias y zoológicos.
Cuando el ritmo de vida y las distancias resultaron insoportables, decidimos, después de ponderarlo durante varios meses, dejar la vieja y amada ciudad, amigos imprescindibles y  un trabajo estable de 10 años en la UNAM. Añorando la tierra, volvimos a Sonora. Esta vez a Cajeme. La acogida de este querido lugar fue, como siempre que yo había estado aquí, cálida, hospitalaria y generosa. Amigos queridos de antaño, como Alejandro Jacobo (a) “el maestrín”,  nos ayudaron a conseguir trabajo como maestros universitarios y durante estos 6 años, hemos estado rodeados de personas para quienes la amistad es el más grande y noble de los vínculos afectivos, y quienes, para nuestra fortuna, ocupan ahora un lugar muy especial en nuestros corazones y en nuestros pensamientos.
Durante estos 6 años hemos hecho, junto a todos ellos, grandes cosas. Hemos participado activamente de la vida académica y cultural de Cajeme. Hemos tenido una página en internet dedicada al quehacer cultural de la región, hemos colaborado con artículos de opinión en algunos periódicos locales, hemos producido y realizado un programa de radio (en radiobemba de Hermosillo), hemos dirigido cursos de historia del arte en galerías, coordinado talleres literarios, impartido clases en diversas universidades en materias de humanidades y muchos de nuestros alumnos son ahora grandes amigos nuestros y, en fin, creo que hemos aportado nuestro granito de arena desde la trinchera que hemos resguardado.
Pero lo mejor de todo ha sido no lo que nosotros le hallamos dado a Sonora, sino lo que Sonora nos ha dado a nosotros. Sonora par mi, es el lugar en donde me gustaría ver el atardecer por última vez. De preferencia en el mar. Sonora, es el lugar donde se hunden más profundamente mis raíces, puesto que aquí  conocí a mi esposo y aquí me convertí en madre. Sonora es el sito que más me duele dejar, sobre todo ahora, por segunda vez, pues  aquí ha transcurrido la infancia de mi hijo.  Aquí, en esta tierra bendecida con la abundancia de recursos naturales, con especies de plantas y animales hermosos. Con paisajes tan variados y bellos como el bosque, el mar y el desierto, aquí, digo, es donde no puedo dejar de evocar la frase de Sabina  que sirve de epígrafe a este escrito. Porque no se debe volver al lugar en donde uno ha sido tan feliz, so pena de sufrir, mucho más que la primera vez, al tener que dejarlo.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Invierno, 2011


miércoles, 9 de noviembre de 2011

Educación moral posmoderna

Héctor Islas Azaïs
¿Qué tipo de competencias morales se supone que debemos fomentar en los estudiantes de una sociedad posmoderna? Con ello me refiero a una sociedad que se caracteriza, entre otras cosas, por su diversidad, relativismo y hedonismo, en contraste con una cultura moderna, aparentemente en vías de extinción, basada en la confianza en los grandes proyectos, la racionalidad y la emancipación de la humanidad. Una sociedad en la que lo que creíamos saber sobre moralidad es puesto en tela de juicio. Si anteriormente podíamos tratar de comprender nuestras acciones morales diciendo, por ejemplo, que son acciones universales, razonadas, basadas en principios y válidas eternamente, hoy se nos pide que intentemos concebirlas como sucesos particulares, inciertos, espontáneos y de corta duración. A la idea de fundamentar los valores en una teoría y construir con ellos proyectos globales de vida la sustituye la tendencia a cambiar las justificaciones racionales por nuestros impulsos inmediatos, la opinión de la mayoría o el cinismo, y los valores se instrumentalizan para dejar de ser motivos de desarrollo humano y convertirse en barreras contra la intrusión de los otros; muy útiles para “llevar la fiesta en paz”. Esta ausencia de un fundamento axiológico y el estancamiento del discurso escolar sobre la moral muestran una fisura entre la acción educativa y la cultura, una precaria circunstancia que A. Finkielkraut resumió al decir que hoy tenemos una escuela moderna con alumnos posmodernos. No intentaré en esta charla examinar este horizonte general, con todos sus vaivenes teóricos y pronunciamientos sobre la muerte de Dios, la moral o el hombre y otros juicios apocalípticos por el estilo, sino que me concentraré, para atender la pregunta con la que comencé estas líneas, en un concepto en torno al cual aún gira la mayor parte de la educación moral en nuestros días, a saber, la noción de autonomía. Y para ello debemos comenzar con Kant, el padre filosófico de la moral moderna.
El lugar central que ocupa el principio de autonomía en la ética kantiana resulta evidente cuando se dice de él, en el capítulo segundo de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, que es el “fundamento de la dignidad de la naturaleza humana” y el “principio supremo de la moralidad”. Recordemos que en la Fundamentación Kant se propone investigar cuál es el fundamento de la obligación moral, lo que lo lleva a emprender un análisis del imperativo categórico, llamado también imperativo de la moralidad. Así, sus esfuerzos se centran en averiguar cuál es el imperativo categórico, qué dice, cuál es su forma y cómo es posible. Y, según Kant, la característica específica que hace posible el imperativo categórico es “la idea de todo ser racional como voluntad legisladora universal”, la cual no es otra cosa que el principio de autonomía. En oposición a esto, Kant llama “heterónomo” a cualquier principio que se base en algún interés particular o, más en general, en cualquier determinación externa a la voluntad legisladora.
Como no se trata de aburrirnos aquí con disquisiciones demasiado técnicas, intentaré resumir las ideas que me importa destacar. La autonomía es la independencia de la voluntad de un individuo de todo deseo o influencia externa y su capacidad para determinarse conforme a una ley propia, que es la ley de la razón. Es condición de posibilidad de la moralidad, y únicamente tiene sentido si suponemos que somos libres. Es decir, quien no es libre no puede ser moral, porque sólo será una especie de marioneta de los dictados de otros o de sus propios impulsos irracionales. Si yo me comporto según las normas morales para evitar un castigo o ganarme una recompensa, porque me agrada, por hacerles caso a mis padres o a Dios o por cualquier otro motivo que no sea por elección libre y racional, no soy, según Kant, un sujeto moral. Y como se ve, algunas de estas intuiciones aún chispean en nuestra visión moral como cuando indagamos por los motivos de una persona que nos extraña por sus acciones buenas o cuando nos detenemos a reflexionar si puede existir algún sentido de obligación sin presuponer una noción de autonomía, esto es, si puedo llamarle a algo mi deber sin ser capaz al mismo tiempo de evitar hacerlo.
Podemos estar de acuerdo o no con Kant en cuanto a su caracterización de la autonomía, pero lo que es innegable es que hay que tenerlo presente para entender qué ocurre hoy con ese concepto —y en particular, como me interesa aquí, en el contexto de la educación moral. El problema consiste en que hoy enseñamos a nuestros estudiantes a ser autónomos y que no hay moral sin autonomía, pero al hacerlo echamos mano de un concepto de autonomía que justamente ha perdido su conexión con la moralidad. Quizás me pueda explicar si subrayamos tres momentos estrechamente conectados de la autonomía kantiana recién esbozada.
El primero es el de la universalidad. Para Kant, la voluntad libre no puede elegir cualquier ley para ser moral, sino sólo las leyes morales que puedan universalizarse, es decir, ser válidas para todos. Esta idea garantizaba un lazo entre la elección libre y la racionalidad. Si elijo una norma por capricho o por temor, elijo por egoísmo o por prudencia, pero no moralmente. Sólo la elección racional es moral. La segunda idea es la de la trascendentalidad del sujeto práctico que, dicho de manera simple, implica que la autonomía es en realidad atributo de una persona ideal, con características racionalmente necesarias, y no un rasgo empírico de las personas concretas. Es como decir que los seres humanos somos autónomos por definición, y no necesariamente en la realidad. De hecho, sólo Dios o los ángeles podrían ser, de acuerdo con esta teoría, plenamente autónomos. (Esta idea de trascendencia puede entenderse si recordamos que Kant pensaba que nunca podemos estar seguros, ni ustedes ni yo, de que somos libres, pero que no nos queda más remedio que hacerlo así para entender lo que somos y cómo actuamos.) Y el tercer rasgo es el momento de la libertad negativa, esto es, la capacidad de la voluntad de actuar sin interferencias de otros individuos ni de las cosas del mundo. Pues bien, lo que ha sucedido con el concepto de autonomía desde Kant hasta nuestros días es que ha ido perdido paulatinamente los dos primeros rasgos mencionados hasta quedar reducido al mero momento de la libertad negativa. El principio de universalidad recibió ataques casi prácticamente desde la primera publicación de la obra de Kant, y en una época, como la nuestra, en que el pluralismo se confunde con el relativismo cultural y aun con el subjetivismo, la universalidad de las normas morales tiene cada vez menos popularidad. En cuanto a la trascendentalidad, hoy tenemos menos paciencia con dualismos metafísicos, o al menos con ideas metafísicas de este tipo, pues quién duda que hoy la credulidad ha vuelto por sus fueros. Pero la libertad, el tercer componente de la autonomía, la seguimos valorando. Lo que ha sucedido entonces es el paso de una voluntad racional que al elegir se constituía en moral a una voluntad solitaria que sólo elige. La autonomía se ha vaciado de contenido moral y es, por lo tanto, neutral en relación con las preferencias, valores e incluso la naturaleza de las personas autónomas. De acuerdo con esta definición, las personas autónomas podrían ser nazis, algo totalmente contradictorio para la mayoría de los pensadores modernos, según los cuales elegir racionalmente implica, por necesidad, elegir bien.
Ya no vemos una conexión ineludible entre nuestras razones y el bien. Tampoco pensamos que la autonomía nos viene dada por alguna segunda naturaleza metafísica y más bien la concebimos como un proceso de construcción, algo que cada quien debe esforzarse por alcanzar por sus propios medios. De acuerdo con Zygmunt Bauman, en una cultura posmoderna la individualidad es la tarea que la propia sociedad fija para sus miembros, y esa individualidad “representa, sobre todo, la autonomía de la persona que, a su vez, es vista al mismo tiempo como el derecho y el deber de ésta”. Según este pensador, la afirmación “soy un individuo” significa ante todo que yo soy el único responsable de mis virtudes y de mis fallos, y que es tarea mía cultivar las primeras y arrepentirme de las segundas. Cada uno se siente compelido a buscar ser original y forjarse su propio talante moral. Los educadores morales se ven reducidos a ser meros acompañantes en este proceso de autoconstrucción que echan porras a quienes consiguen organizar su personalidad en torno a algún conjunto de valores vigentes y abuchean a quienes fracasan en ese intento. Ya no decimos a nuestros alumnos “sean así o asá”, sino, simplemente, a cada uno le decimos “sé tú mismo”. En el contexto escolar actual, esos llamados a la autenticidad sólo pueden interpretarse, como escuchamos tantas veces en las aulas, con frases como “los valores son de cada quien”, “fulano tiene sus propios valores” o, abusando de una jerga pedagógica también muy de moda, “los valores los construye cada sujeto”. Y también la tesis “Todo individuo tiene derecho a elaborar racional y reflexivamente sus propios criterios éticos” debe considerarse, sin una idea medianamente robusta de razón o un discurso social compartido, mal planteada o por lo menos incompleta.
Todo esto es compatible desde luego con la ética de los jóvenes (y adultos) light, basada (en el mejor de los casos) en la estadística y las encuestas; armada sobre convicciones sin fuerza y cuya ideología es el pragmatismo. La felicidad desde esta perspectiva se identifica con el bienestar: un buen nivel de vida y ausencia de molestias físicas o problemas importantes. En nuestros estudiantes domina la frivolidad; no tienen inquietudes culturales y en lo intelectual sólo buscan aquello que tiene relación inmediata con su vida profesional (y aquí resuena la penosa pregunta que todos enfrentamos en el aula “Maestro, ¿y eso para qué me va a servir?”). Manifiestan preocupación e incluso impugnan algunos aspectos de su sociedad, pero su rechazo lo ejercen “desde la distancia”, sin compromisos y refugiándose en el consumo, en el que se ha consolidado incluso un fuerte “mercado de la contracultura”. En la época posmoderna, el ambiente moral se caracteriza por las dudas sobre uno mismo, la pérdida de confianza, el cinismo o el mero desprecio por el esfuerzo de pensar en la vida humana de una forma que no sea la más superficial posible.
Para Kant la Ilustración se definía como la liberación del hombre de su culpable incapacidad para servirse de su inteligencia sin la guía de otro, y resumía su orientación con la consigna “¡Atrévete a saber!”. Pues bien, Si los críticos de la modernidad tienen algo de razón, hemos pasado del ¡Sapere aude! ilustrado al “Sé tu mismo, toma Pepsi”, sin apenas darnos cuenta.
Que la autonomía es un concepto central en la educación moral contemporánea lo revela el examen más distraído de las perspectivas teóricas actuales sobre el tema y los contenidos de cursos, currículos y declaraciones de los objetivos y la misión de las más diversas escuelas y universidades. Por citar un caso concreto, el Manual de formación cívica y ética para las secundarias públicas de nuestro país menciona la necesidad de “centrar” la educación en valores en el “desarrollo de la autonomía”. Y la definición misma del concepto que ofrece este manual nos ayuda a entender lo que trato de explicar: “autonomía” es ahí “la capacidad de las personas para elegir libremente entre diversas opciones de valor con referencia a principios éticos identificados con los derechos humanos y la democracia”. La acotación que se añade a la definición es importante, qué duda cabe. Sólo que revela también la disociación de que hablo entre autonomía y contenidos morales específicos, pues cada vez que escribimos sobre el tema o les explicamos a nuestros alumnos el concepto nos sentimos obligados a agregar que la autonomía hay que ejercerla siempre y cuando “se respete a los demás”, “no se violen los derechos de los otros” o incluso siempre y cuando “no se confunda con el egoísmo”. Esto es, siempre y cuando sea “moral”. Pero el hecho de que se pueda confundir con tanta facilidad con el egoísmo es señal de un equívoco profundo. Desde esta perspectiva, la autonomía no es ya condición suficiente de moralidad, y ello debería por lo menos hacernos reflexionar sobre el papel que se le concede como el concepto “central” de la enseñanza moral.
En lo que se refiere a las perspectivas teóricas sobre el tema, tras muchos años de dominio de teorías que reivindicaban la necesidad de transmitir contenidos morales específicos a las jóvenes generaciones, la década de los años setenta presenció el surgimiento de la teoría del desarrollo del juicio moral que, apoyada en las tesis de Jean Piaget sobre el desarrollo psíquico e intelectual, mostró una cara liberal frente a la educación moral tradicional y rechazó la transmisión de normas y prácticas morales como una alternativa para fomentar el pensamiento autónomo. La neutralidad axiológica fue su bandera contra el adoctrinamiento imperante de los años precedentes. Esto representó sin duda una propuesta muy razonable, así sea sólo porque una de las pocas certezas que podemos tener acerca de la moralidad es que no puede ceñirse sólo a las nociones que imponen las normas sociales; que los principios, creencias y valores morales, las costumbres y convenciones sociales que transmite la tradición son susceptibles de evaluación y que es tarea del agente moral autónomo someterlas al juicio de su razón. (Y esto nos recuerda la paradoja de la educación moral moderna que parece hacer incompatibles la transmisión de valores tradicionales y el impulso al ejercicio crítico). Pero aquí de nuevo, según algunos autores (como Betty Sichel y David Carr) el vacío de la enseñanza sobre contenidos morales específicos a que da lugar la teoría del desarrollo del juicio moral es un responsable más de las notas de individualismo rampante que caracteriza a las sociedades en las últimas décadas. La idea de esta crítica es que la enseñanza de la autonomía entre los alumnos junto con la falsa neutralidad adoptada por el profesor fomenta la apatía y el relativismo antes que una toma de postura informada y comprometida con respecto a los problemas sociales más urgentes.
Agreguemos para completar este panorama los “valores del éxito” que se enseñan en las escuelas privadas y que ahora las escuelas públicas buscan como supuesto remedio para los males que las aquejan. Hoy se busca formar a los jóvenes en las virtudes de la competitividad, la eficiencia, el procesamiento de información “útil” y la capacidad de resolver problemas en un contexto cambiante. En función de ello se define la “excelencia educativa”. Se trata de una filosofía educativa que tiene elementos positivos al lado de otros inaceptables: una forma de pensar que define el sentido de la vida básicamente por la superación personal, el vencimiento de los obstáculos, el desarrollo de las capacidades para producir dinero y triunfar ante la competencia. Es la filosofía del ganador, fundada en la autoestima, la dinámica del perfeccionamiento continuo y la capacidad para salir avante en situaciones difíciles. Es sin duda esencial promover la autoestima de niños y jóvenes. Pero fomentar de manera exclusiva esta tendencia como si fuera la dinámica central del hombre, proponer el éxito individual como meta suprema (y encima reducirlo al logro de bienes materiales) es una simplificación y una distorsión de nuestra vida. Como acertadamente nos recuerda el investigador Latapí Sarré:

La existencia humana no es plenamente inteligible ni analizable ni sintetizable. Si se pierde de vista que somos seres vulnerables y paradójicos, nos salimos de la realidad. La madurez humana se construye de otra manera, a través de la materia prima de nuestros dolores, en la creciente conciencia de nuestra indigencia radical, necesitados de los demás y compartiendo con ellos nuestras experiencias: Esto significa que somos muchas veces perdedores al lado de otros perdedores y que crecemos junto con ellos en la medida en que compartimos una misma vulnerabilidad.

¿Qué queda entonces de la autonomía? ¿Hay que dejar de enseñarla en las escuelas? Permítaseme algunas vaguedades sobre el asunto. La autodeterminación de las personas es un aspecto de lo que suele incluirse en las caracterizaciones de la autonomía individual. Para comprender la importancia que se le concede a esta cualidad, debemos tratar de responder a la pregunta de por qué las personas se interesan por tomar por sí mismas decisiones sobre su vida pues, después de todo, constantemente apelamos a distintas autoridades para conducirnos en la vida, entre las cuales las autoridades intelectuales, médicas, nuestros padres, psicólogos y abogados son de los más comunes. Una razón de por qué ello es así tiene que ver otra vez con la creencia común de que un individuo es el mejor juez de su propio bien. Aplicado al ámbito de la autodeterminación, este rasgo implicaría que la autodeterminación individual tendría un valor instrumental para promover el bienestar individual, por lo menos en la mayoría de las veces en que se ejercita. El conocimiento de las personas de sus propios valores y propósitos alienta la opinión de que si dejamos a cada quien decidir sobre los asuntos que afectan su bienestar estaremos maximizando las posibilidades de que los cursos de acción que adopten promuevan ese bienestar.
Sin embargo, existe una razón más importante para explicar el deseo de las personas de tomar decisiones por sí mismas que es independiente del hecho de que crean que siempre, o que muchas veces, estén en la mejor posición para tomarlas. Y es que guiarnos en nuestra vida por una idea del bien tiene siempre un valor que va más allá de lo instrumental, más allá del razonamiento basado en medios y fines. Deseamos tomar decisiones por nosotros mismos porque también deseamos satisfacer nuestra capacidad de autoevaluarnos, de considerar qué motivaciones queremos tener y qué tipo de personas anhelamos ser. Este ideal se encuentra en la base de una concepción de autonomía defendida por muchos teóricos recientes, que suele llamarse la teoría jerárquica de la autonomía. Según estos pensadores, la autonomía es un deseo de segundo orden, una forma que tenemos de aceptar o rechazar nuestros deseos y propósitos. Así que el valor que le concedemos a la autodeterminación no se basa necesariamente en la promoción de nuestro propio bienestar. A veces deseamos tomar decisiones por nosotros mismos aunque sepamos que existen otros que tienen mejores elementos para emitir un fallo más adecuado. Esto puede generar un conflicto entre los valores de la autodeterminación y el bienestar personal, pues es perfectamente posible que un individuo maduro decida de manera que afecte su bienestar.
Creo que la cualidad que acabo de esbozar de la autonomía puede respaldarse con buenas razones y que el ambiente cultural no es (aún) abiertamente hostil a su acogida. Pero me interesa mencionar por último algo que considero mucho más importante. Se trata de un asunto muy amplio que no podría abordar como se debe en este momento. No tenemos que ni debemos sucumbir al desencanto de la cultura posmoderna. Pero ello no implica dejar de ser críticos ante la modernidad y sus proyectos. Y en mi opinión, no creo que haya crítica más pertinente (e incluso urgente) de la cultura moderna que la que señala que el proceso de deshumanización que conduce al crimen y a la injusticia sigue desarrollándose en muchos elementos de las sociedades posmodernas. Me parece que una moral posmoderna, o “moderna crítica” o como se la quiera llamar puede encontrar en la diversidad y el debilitamiento del concepto de autonomía una buena oportunidad para reponer un concepto de heteronomía, e incluso para reivindicar ese concepto como fundante y precedente de la autonomía. Una moral que cuestione nuestra autonomía, que descentre el sujeto y haga prevalecer la responsabilidad por los otros sobre la libertad negativa. Y, sobre todo, retomando las palabras de Latapí Sarré, una moral que sea conciente de nuestra indigencia radical y que no pretenda que la existencia humana es plenamente comprensible o sintetizable. La moral moderna y su herencia fragmentada nos presenta una imagen del “otro” como alguien que debemos respetar en la medida en que es como nosotros: comparte nuestra humanidad, posee autonomía como nosotros, derechos como uno, etc. Incluso la “empatía”, también muy mencionada en la educación moral de hoy, se caracteriza comúnmente como una cualidad activa del sujeto autónomo, quien es capaz de abandonar su perspectiva y adoptar la del otro. Pero la heteronomía del otro, la alteridad absoluta del otro implicaría aquí una moral no condicional o contractualista, sino imperativa e incondicional; no confiada en la razón y la empatía sino una que se rinde ante la mirada del otro y que, antes que la empatía, exige la escucha del otro. La autonomía no será entonces condición de posibilidad de la moral; será la heteronomía la que nos desafiará a ejercer nuestra libertad: el reconocimiento del otro, del valor, de aquello que no podemos instrumentalizar. Decía E. Levinas que  “El Otro es más allá y antes de toda relación”. Y pienso que algo similar debe ocurrir en cualquier apreciación de valores en otros campos, como la estética y la religión. Sin una capacidad de contemplación no posesiva de lo que es valioso no somos capaces verdaderamente de percibir ningún valor.

La idea de mi charla fue exponer el individualismo posmoderno como un fenómeno cultural que reduce al absurdo la idea moderna de autonomía y cuestiona el sentido de la enseñanza moral de hoy. La conexión entre autonomía y moral ha perdido fuerza y en su lugar nos hemos quedado con una idea de autonomía estrictamente procedimental, valorativamente neutra, de aspecto ramplón pero de efectos corrosivos. Me parece que la solución no tiene por qué ser abandonar por completo el discurso moderno de la autonomía y posmodernizar irreflexivamente la educación moral. Propuse por último rescatar ciertos aspectos de la idea de autodeterminación que aún me parece válidos y mencioné la oportunidad actual para desplazar la importancia exagerada que se concede al concepto de autonomía mediante la reivindicación de (algunas formas de) heteronomía. Se trataría de gestar un saber que parta de la experiencia de la no autosuficiencia, que procure que las diferencias decanten la alteridad. Una pedagogía posmoderna puede al mismo tiempo respetar la diversidad y recuperar un sentido del misterio; combatir la indiferencia nihilista, oponerse a la violencia y sanar el sufrimiento.