Cuando era
niña, jamás escuché frases como “de bajo perfil” para referirse a las personas.
Hoy en día, en plena época de Facebook, donde todos nos exhibimos en nuestros “perfiles”
con lujo de detalle y desplegando belleza, inteligencia, logros, viajes, entre
otras cosas, ser una persona de bajo perfil, tiene sus ventajas.
En México estamos viviendo una época de violencia sin precedentes gracias, entre otros factores, a la corrupción, la impunidad, la desigualdad y al crimen que tal parece ser lo único “organizado” en nuestro país.
En México estamos viviendo una época de violencia sin precedentes gracias, entre otros factores, a la corrupción, la impunidad, la desigualdad y al crimen que tal parece ser lo único “organizado” en nuestro país.
Durante las
últimas tres décadas, coincidiendo con las políticas económicas neoliberales,
el auge del consumismo y la aparición de internet que nos permite acceder a
casi cualquier tipo de información, las personas hemos dejado de serlo para
convertirnos en una especie de conglomerado que aglutina a todo tipo de gente
en torno a noticias alarmistas, chismes de la farándula, ‘memes’ políticos, chistes
subidos de tono, consignas anti gobierno, preferencias musicales y literarias,
comentarios homofóbicos y racistas, escenas de la vida cotidiana de quién sabe
cuántas personas que supuestamente son nuestros “amigos”.
Y si bien es
cierto que nadie nos hemos librado del hechizo de Facebook, pues todos queremos
saber de la vida de al menos algunas personas y hacerles saber de la nuestra, también
lo es que esta red social se ha convertido en un arma muy poderosa para los
delincuentes, quienes han sabido usarla para rastrear a sus víctimas hasta lo
más íntimo y los resultados han sido nefastos.
Los últimos 8 años las cifras de asesinatos, secuestros y desapariciones han aumentado exponencialmente y tal parece que no hay tregua para el crimen. Y cuando vemos en las redes sociales el rostro de alguna persona víctima de cualquiera de estos crímenes, casi siempre es de alguna fotografía que compartió en Facebook.
Los últimos 8 años las cifras de asesinatos, secuestros y desapariciones han aumentado exponencialmente y tal parece que no hay tregua para el crimen. Y cuando vemos en las redes sociales el rostro de alguna persona víctima de cualquiera de estos crímenes, casi siempre es de alguna fotografía que compartió en Facebook.
Hubo un
tiempo (¡bendita época!) en que las fotografías no eran algo cotidiano. Se
tomaban sólo en ocasiones especiales como fiestas de cumpleaños, graduaciones,
navidades, o fotos para el pasaporte, la cartilla, el certificado escolar, etcétera
y eran un asunto estrictamente familiar. Las veían sólo los más allegados a la
familia en el álbum o en las paredes de la casa de la abuela. Algunas eran tan viejas que aún eran en color
sepia o blanco y negro y otras a color e instantáneas tomadas con alguna cámara
“Polaroid” que siempre tenía algún tío rico.
Esas fotos
mostraban a las personas tal y como eran. En situaciones cotidianas y casi
siempre sin posar, sino espontáneamente. Niños riéndose y mostrando el hueco de
su diente caído pegándole a una piñata, los primos en torno al pastel de
cumpleaños, tratando de quedarse quietos para la foto pero volteando a ver el
pastel o los regalos; niñas mostrando su vestido del bailable escolar, papás
tratando de enseñar al hijo a andar en bici, mamás horneando un pastel en la
cocina “integral”, que apenas se ponía de moda. En fin. Las fotografías nos
contaban la historia de nuestras vidas y volver a verlas en el viejo álbum cada
año en torno al árbol navideño y con un ponche calientito, era revivir aquellos
años dorados en que éramos buenos y felices.
Hoy es
distinto. Nos tomamos “selfies”, con nuestro “Smartphone”, pues siempre estamos
solos (pero conectados con muchos “amigos”); nuestra sonrisa es fingida y
ensayada para el momento, nuestro maquillaje y peinado también es especial para
la ocasión. Las fotos de hoy tienen un solo objetivo: ver cuántos “me gusta”
recibimos y así sentirnos bien. Queridos, admirados e incluso envidiados.
También
nuestros “posts” tratan de decir algo de nosotros. Qué pensamos de la política
y de los políticos, en qué o en quién creemos (si somos religiosos o
espirituales), cuáles son nuestros gustos musicales, literarios, qué
pasatiempos tenemos, nuestro tipo de hombre o mujer, qué marca de carro, de
ropa o de perfume preferimos, en fin, que a través de Facebook nos atrevemos a
descubrirnos tal y como somos, sin inhibiciones, cosa que tal vez seríamos
incapaces de hacer en persona, frente a frente con los demás.
Y todo este
despliegue de información personal, es utilizado astutamente por los criminales
para rastrear y dar con sus víctimas y casi siempre lo logran. Y las víctimas
son muchas veces personas de “alto perfil”, es decir, que tienen más de 1000
amigos en Facebook, que suben más de 30 o 40 fotos o comentarios al día, que se
toman y suben muchas “selfies” con algún comentario de dónde están, qué están
haciendo, a dónde fueron, con quién y, además haciendo alarde de sus viajes, de
su nuevo carro, del restaurante de lujo donde cenaron, del hotel de 5 estrellas
donde se alojaron, etcétera.
Somos un
pueblo “feisbuquero” y hemos dejado atrás los pocos buenos hábitos que teníamos
(si es que los teníamos) como leer, conversar (en persona, de verdad), salir a
dar un paseo vespertino por el barrio y tomar un café con un amigo o amiga,
practicar un deporte, inventar una nueva receta, visitar a viejos amigos o
familiares, asistir a un concierto, a la presentación de un libro, a una
exposición, en fin, todo aquello que solían hacer los adultos y que les
provocaba satisfacción e incluso placer.
Esto, aunado
al hecho de que pasamos gran parte del día conectados a esta y otra redes
sociales, echando un vistazo a los comentarios y publicaciones de los demás,
contestándolos con un “like” o una carita feliz, triste, sorprendida, etcétera,
ha provocado que nuestra vida privada ya no exista y todo lo que somos sea del
dominio público, lo cual ha resultado en un aumento alarmante de secuestros,
desapariciones, asesinatos, extorsiones, difamación, entre otros delitos.
Por eso
muchas veces es mejor pasar desapercibidos. Ser alguien de “bajo perfil”. No
querer inflar nuestro ego con los halagos de los demás. Navegar bajo la
superficie y compartir de nuestra vida sólo aquello que no nos ponga en
evidencia ni nos exponga a la envidia y el acoso de miles de personas que ni
siquiera conocemos pero que tuvieron acceso a nuestro perfil pues es público o
porque son conocidos de algún conocido de un conocido nuestro.
En estos
días aciagos e inciertos, lo mejor es recuperar nuestra vida privada y
disfrutar de la intimidad y el refugio que nos brinda nuestro hogar, nuestra
familia y amigos cercanos e incluso, nuestra soledad y nuestro silencio. Así
podremos mantenernos a salvo y, además, recuperaremos lo que de incierto tenía
nuestra vida para los demás, pues eso la hacía más interesante. Cuando
exponemos todo lo que creemos, pensamos, sentimos y deseamos, perdemos ese halo
de misterio que volvía a las personas mucho más interesantes.
Teresa Padrón Benavides
Ciudad de México, verano del 2019.
Teresa Padrón Benavides
Ciudad de México, verano del 2019.






