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martes, 18 de junio de 2019

Pasar desapercibido




Cuando era niña, jamás escuché frases como “de bajo perfil” para referirse a las personas. Hoy en día, en plena época de Facebook, donde todos nos exhibimos en nuestros “perfiles” con lujo de detalle y desplegando belleza, inteligencia, logros, viajes, entre otras cosas, ser una persona de bajo perfil, tiene sus ventajas.
En México estamos viviendo una época de violencia sin precedentes gracias, entre otros factores, a la corrupción, la impunidad, la desigualdad y al crimen que tal parece ser lo único  “organizado” en nuestro país.

Durante las últimas tres décadas, coincidiendo con las políticas económicas neoliberales, el auge del consumismo y la aparición de internet que nos permite acceder a casi cualquier tipo de información, las personas hemos dejado de serlo para convertirnos en una especie de conglomerado que aglutina a todo tipo de gente en torno a noticias alarmistas, chismes de la farándula, ‘memes’ políticos, chistes subidos de tono, consignas anti gobierno, preferencias musicales y literarias, comentarios homofóbicos y racistas, escenas de la vida cotidiana de quién sabe cuántas personas que supuestamente son nuestros “amigos”.

Y si bien es cierto que nadie nos hemos librado del hechizo de Facebook, pues todos queremos saber de la vida de al menos algunas personas y hacerles saber de la nuestra, también lo es que esta red social se ha convertido en un arma muy poderosa para los delincuentes, quienes han sabido usarla para rastrear a sus víctimas hasta lo más íntimo y los resultados han sido nefastos.
Los últimos 8 años las cifras de asesinatos, secuestros y desapariciones han aumentado exponencialmente y tal parece que no hay tregua para el crimen.  Y cuando vemos en las redes sociales el rostro de alguna persona víctima de cualquiera de estos crímenes, casi siempre es de alguna fotografía que compartió en Facebook.

Hubo un tiempo (¡bendita época!) en que las fotografías no eran algo cotidiano. Se tomaban sólo en ocasiones especiales como fiestas de cumpleaños, graduaciones, navidades, o fotos para el pasaporte, la cartilla, el certificado escolar, etcétera y eran un asunto estrictamente familiar. Las veían sólo los más allegados a la familia en el álbum o en las paredes de la casa de la abuela.  Algunas eran tan viejas que aún eran en color sepia o blanco y negro y otras a color e instantáneas tomadas con alguna cámara “Polaroid” que siempre tenía algún tío rico.

Esas fotos mostraban a las personas tal y como eran. En situaciones cotidianas y casi siempre sin posar, sino espontáneamente. Niños riéndose y mostrando el hueco de su diente caído pegándole a una piñata, los primos en torno al pastel de cumpleaños, tratando de quedarse quietos para la foto pero volteando a ver el pastel o los regalos; niñas mostrando su vestido del bailable escolar, papás tratando de enseñar al hijo a andar en bici, mamás horneando un pastel en la cocina “integral”, que apenas se ponía de moda. En fin. Las fotografías nos contaban la historia de nuestras vidas y volver a verlas en el viejo álbum cada año en torno al árbol navideño y con un ponche calientito, era revivir aquellos años dorados en que éramos buenos y felices.

Hoy es distinto. Nos tomamos “selfies”, con nuestro “Smartphone”, pues siempre estamos solos (pero conectados con muchos “amigos”); nuestra sonrisa es fingida y ensayada para el momento, nuestro maquillaje y peinado también es especial para la ocasión. Las fotos de hoy tienen un solo objetivo: ver cuántos “me gusta” recibimos y así sentirnos bien. Queridos, admirados e incluso envidiados.

También nuestros “posts” tratan de decir algo de nosotros. Qué pensamos de la política y de los políticos, en qué o en quién creemos (si somos religiosos o espirituales), cuáles son nuestros gustos musicales, literarios, qué pasatiempos tenemos, nuestro tipo de hombre o mujer, qué marca de carro, de ropa o de perfume preferimos, en fin, que a través de Facebook nos atrevemos a descubrirnos tal y como somos, sin inhibiciones, cosa que tal vez seríamos incapaces de hacer en persona, frente a frente con los demás.

Y todo este despliegue de información personal, es utilizado astutamente por los criminales para rastrear y dar con sus víctimas y casi siempre lo logran. Y las víctimas son muchas veces personas de “alto perfil”, es decir, que tienen más de 1000 amigos en Facebook, que suben más de 30 o 40 fotos o comentarios al día, que se toman y suben muchas “selfies” con algún comentario de dónde están, qué están haciendo, a dónde fueron, con quién y, además haciendo alarde de sus viajes, de su nuevo carro, del restaurante de lujo donde cenaron, del hotel de 5 estrellas donde se alojaron, etcétera.

Somos un pueblo “feisbuquero” y hemos dejado atrás los pocos buenos hábitos que teníamos (si es que los teníamos) como leer, conversar (en persona, de verdad), salir a dar un paseo vespertino por el barrio y tomar un café con un amigo o amiga, practicar un deporte, inventar una nueva receta, visitar a viejos amigos o familiares, asistir a un concierto, a la presentación de un libro, a una exposición, en fin, todo aquello que solían hacer los adultos y que les provocaba satisfacción e incluso placer.

Esto, aunado al hecho de que pasamos gran parte del día conectados a esta y otra redes sociales, echando un vistazo a los comentarios y publicaciones de los demás, contestándolos con un “like” o una carita feliz, triste, sorprendida, etcétera, ha provocado que nuestra vida privada ya no exista y todo lo que somos sea del dominio público, lo cual ha resultado en un aumento alarmante de secuestros, desapariciones, asesinatos, extorsiones, difamación, entre otros delitos.

Por eso muchas veces es mejor pasar desapercibidos. Ser alguien de “bajo perfil”. No querer inflar nuestro ego con los halagos de los demás. Navegar bajo la superficie y compartir de nuestra vida sólo aquello que no nos ponga en evidencia ni nos exponga a la envidia y el acoso de miles de personas que ni siquiera conocemos pero que tuvieron acceso a nuestro perfil pues es público o porque son conocidos de algún conocido de un conocido nuestro.

En estos días aciagos e inciertos, lo mejor es recuperar nuestra vida privada y disfrutar de la intimidad y el refugio que nos brinda nuestro hogar, nuestra familia y amigos cercanos e incluso, nuestra soledad y nuestro silencio. Así podremos mantenernos a salvo y, además, recuperaremos lo que de incierto tenía nuestra vida para los demás, pues eso la hacía más interesante. Cuando exponemos todo lo que creemos, pensamos, sentimos y deseamos, perdemos ese halo de misterio que volvía a las personas mucho más interesantes.
 
Teresa Padrón Benavides
Ciudad de México, verano del 2019.
 

martes, 15 de enero de 2019

ROMA



No fue sino hasta ayer por la noche cuando vi Roma. No quise leer reseñas ni críticas para no crearme falsas expectativas. Sin embargo, no había podido evitar escuchar comentarios y leer halagos a la cinta, pues no se habla de otra cosa en las redes sociales y en los medios de comunicación.
Una gran película está hecha no sólo de imágenes. Tiene su olor propio, su sonido propio, su textura y su sabor propios. Si pensamos, por ejemplo, en películas como La Strada de Fellini, podemos oír el ruido constante de la motoneta en que viajan Zampanó y Gelsomina, y también escuchar la dulce melodía de la trompeta que ella tocaba, que no es otra cosa, que la bella música de Nino Rota. Podemos también escuchar el oleaje en la magistral escena final con Anthony Quinn tirado en la playa y sentir compasión por el hombre rudo y fuerte, convertido en un despojo, desecho y llorando inconsolable. O en Kagemusha, de Akira Kurosawa, en la escena final, cuando el ejército enemigo masacra a la casa de Takeda y a sus caballos en la histórica batalla de Nagashino, el Kagemusha toma una lanza y en un último ímpetu de lealtad, emprende la inútil empresa de arremeter contra la fortificación enemiga. No escuchamos ya el resoplar de los caballos agonizantes ni el oleaje del mar, sino la trompeta tocando el tema inolvidable de Shinishiro Ikebe. De nuevo, el mar como telón de fondo. Como testigo inmutable de la miseria humana. Esas películas nos resultan entrañables no sólo por su fotografía, su música, sus locaciones, sino por sus personajes.
Lo mismo ocurre con Roma, de Alfonso Cuarón. Desde la primera escena, el agua es el elemento que permeará toda la película. El agua que corre por los pasillos de la vieja casa de la histórica colonia Roma después del aseo matutino. El agua de los lavaderos en las azoteas; la lluvia que cae una tarde de verano mientras Cleo la contempla desde la cocina, en silencio; los charcos fangosos de las ciudades perdidas en los márgenes de la metrópoli; el mar, balanceando los cuerpos de Cleo y de los niños y amenazando con arrastrarlos hacia sus entrañas. Y no sólo el agua está presente de principio a fin, sino también el sonido que ésta produce en sus distintas manifestaciones. La orquesta de lluvia del granizo golpeando el cristal de las ventanas, por ejemplo.
Y a propósito de sonidos, la música de la película es esencial para recrear la atmósfera que Cuarón intenta, el México de principios de los setenta. El auge económico de la clase media, con sus coches, sus viajes, sus “problemas” personales y su servidumbre. Los movimientos sociales y estudiantiles, reprimidos cruelmente de nuevo en el sangriento Jueves de Corpus por el presidente Echeverría, quien orquestó, años antes, la matanza de Tlatelolco.
La música de Roma nos remite, a quienes éramos niños o jóvenes entonces, a unos días en que la radio era la compañera ideal de la clase trabajadora, pero también de las amas de casa y de los señores mientras manejaban hacia el trabajo. A través de la radio nos enterábamos de cómo estaba el mundo pero también oíamos radionovelas y escuchábamos melodías de moda y a sus intérpretes: Juan Gabriel, Leo Dan, Rigo Tovar, José José, Rocío Durcal, Los pasteles verdes, entre otros. Si la televisión en esa época era el centro en torno al cual se reunían las familias cada noche,  la radio era el corazón con que latía la vida cotidiana en las casas, los centros de trabajo, el transporte público y los comercios. La banda sonora de Roma es no sólo un homenaje a la música de esa época que añoramos, sino un personaje más de la película, pues cada canción nos remite a un cierto lugar, a un cierto tiempo, a un cierto olor, a ciertas personas.
Pero una película está hecha sobre todo de imágenes. La fotografía de Roma es magistral. No podía Cuarón acertar más cuando eligió que fuese en blanco y negro, pues la historia, los personajes y la ambientación hubiesen demeritado mucho de haberse filmado a color. Los acercamientos lentos de la cámara al rostro de los personajes, en especial al de Cleo, su protagonista, resaltan la belleza de sus facciones y el negro de su cabello largo se torna más brillante filmado de esa forma. El blanco y el negro como dos realidades irreconciliables que, aunque coexistan una al lado de la otra, jamás serán iguales. Los patrones siempre serán blancos. Los sirvientes siempre serán de piel oscura. También el hecho de que sea en blanco y negro es, a mi parecer, un homenaje a las grandes películas de la época de oro del cine. A Emilio Fernández, a Buñuel, a Fellini.
Pero dejando a un lado esos dos elementos, me gustaría decir qué pienso de la película y por qué la considero digna de figurar entre mis favoritas. Roma es un microcosmos que encierra la vida en general. Es un escaparate a través del cual podemos ver todas las emociones humanas. El miedo, el dolor, la tristeza, el placer, la alegría, el odio, los prejuicios, la nostalgia. Y los personajes encarnan algunas de estas emociones a la perfección.  Cleo, por ejemplo, podría representar la nostalgia, la tristeza, la ingenuidad, el miedo, pero también la alegría que dan los pequeños placeres de la vida. Mientras que Fermín, el protagonista masculino, encarna el odio, el complejo de inferioridad, la venganza.
Roma no es sólo una película acerca del machismo, aunque también es eso. No es sólo acerca del amor ingenuo, aunque también es eso. No es sólo acerca de los problemas de la clase media y sus prejuicios, aunque también es eso. No es sólo acerca de la barrera infranqueable entre pobres y ricos, aunque también es eso. No es sólo acerca de la nostalgia por la tierra abandonada para buscar una mejor vida en la ciudad, aunque también es eso. No es sólo acerca del papel predominante de las mujeres en la sociedad, aunque también es eso.
Roma es, a mi juicio, no sólo la historia de una joven indígena que ve cómo la vida en la ciudad amenaza con arrebatarle todo lo que es importante para las personas: su familia, su lugar, sus costumbres, su lengua, su dignidad, sino un homenaje al trabajo que desempeñan y al papel que juegan las empleadas domésticas en la sociedad mexicana contemporánea. Es una reivindicación de la importancia que tienen en la vida de muchas personas de clase media y clase alta, pues ellas no sólo son quienes nos facilitan la vida, sino quienes crían a nuestros hijos, los cuidan, juegan con ellos, les cantan, los llevan a la escuela, los curan si están enfermos.
Muchos de nosotros hemos tenido la fortuna de tener una “nana”, una señora que venía de algún pueblo cercano a nuestra ciudad y que se instalaba en nuestra casa y se volvía “parte de la familia”. Si entrecomillo esto es porque en la realidad, esto jamás ocurre del todo. Aunque las tratemos “bien”, aunque viajen con nosotros y sean nuestro paño de lágrimas, nuestras confidentes, siempre habrá una “diferencia” que jamás debe perderse de vista, entre la “patrona” y “la muchacha”.  Y por más amables y condescendientes que seamos con ellas, si tuvimos un mal día o no estamos de humor, les haremos saber cuál es su sitio y quién es quién en la casa. Y por más que finjamos “estar en sus zapatos”, entender su situación, esto jamás será posible.
 Y esto queda de manifiesto en la escena del parto. El dolor que experimenta Cleo en el parto de su hija no es sólo físico, sino es un dolor del alma, profundo y permanente. Vemos reflejado en su rostro la angustia y el miedo al voltear a ver a su bebé mientras la suturan, pues no escuchó su llanto ni sintió su respiración. Los médicos, con su frialdad característica, le dicen que no hay nada qué hacer. La niña nació muerta. Cuando le preguntan si aun así quiere ver a la criatura y ella accede, la toma en su pecho y llora desconsoladamente, su llanto no es sólo por su hija muerta, sino por su vida entera, por su condición de mujer, pobre e indígena. Es un llanto desgarrador por lo que nunca cambiará, a pesar de las buenas intenciones de algunos cuantos privilegiados, como su patrona.
Y no es la típica historia en donde los pobres o los indígenas son los “buenos” y los blancos de la ciudad son los “malos”. No. Roma es realista como sólo puede serlo la vida misma. Hay gente perversa entre los marginados, como Fermín y hay gente bien intencionada entre los acomodados, como la abuela e incluso la madre de la casa, Sofía. Sin embargo, una obra como Roma no puede juzgarse en esos términos. Está sujeta a muchas interpretaciones y tiene muchas lecturas.
Yo me quedo con la de que Roma es un relato hermoso y realista de la vida misma. De la de cualquier ser humano en condición de desventaja, vulnerable. Es como un poema en donde, como en el haikú, en unas cuantas líneas se nos despliega un pensamiento o una sensación profundos, en unos minutos se nos narra la condición humana, en todas sus facetas.

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Ciudad de México, invierno de 2019

lunes, 19 de noviembre de 2018

Espejos




“No oprimirás al extranjero, pues extranjero fuiste en la tierra de Egipto”
(Éxodo 22:20)
¿Cuántos de nosotros hemos debido dejar nuestro lugar de origen e irnos a un lugar extraño, dentro y fuera del país por diversos motivos (violencia, inseguridad, falta de oportunidades de empleo, problemas familiares, entre otros)? Y ¿cuántas veces hemos sentido temor a ser rechazados, excluidos, maltratados por no ser “de ahí”, por tener otras costumbres, otras tradiciones, otra forma de ver la vida? Creo que casi la mayoría de quienes lean esto.
Todos, o casi todos, en algún momento de nuestras vidas hemos sido “extranjeros”, incluso dentro del país. Hemos debido migrar, dejar nuestra casa, nuestra familia, nuestros amigos en pos de algo mejor, algo que simplemente NO hubiésemos podido tener en nuestra propia tierra, no sólo en términos materiales, sino también en cuanto a estabilidad emocional y afectiva.
Muchos hemos llegado a lugares hospitalarios donde nos han recibido con amabilidad e incluso nos han brindado oportunidades de tener la vida digna que se nos negó en el lugar donde nacimos. Yo, por ejemplo, migré con mi madre y hermanos de Matamoros, una ciudad asolada por el crimen y la violencia desde hace décadas, a Mexicali, donde pudimos labrarnos una vida buena y donde hicimos amigos entrañables y formamos nuestras familias. No imagino cómo hubiera sido mi vida de haberme quedado donde nací, pero lo que soy ahora y lo que he logrado, fue gracias a que crecí y me formé en Mexicali.
Sin embargo, no todas las personas corren con la misma suerte. Recuerdo mi infancia en Matamoros, viendo el viacrucis de los inmigrantes centro americanos, siendo testigo de cómo muchos agentes de migración mexicanos los extorsionaban quitándoles el poco dinero que traían consigo y no sólo eso, sino humillándolos y maltratándolos verbalmente, que es tal vez la peor forma de opresión.
Les llamaban “mojados”, “parias”, “chuecos” (por carecer de documentos), entre otros motes despectivos. Yo era niña y mi padre era agente de migración y algunas de las veces que lo acompañé, vi a mujeres siendo separadas de sus esposos, a niños de mi edad (entonces debía tener 8 o 9 años), sucios, hambrientos, cansados, llorando mientras esperaban por días en la central de autobuses o en las oficinas de migración a que sus familiares del “otro lado”, les ayudaran a cruzar la frontera.
Recuerdo en especial a una familia de Guatemala, que por alguna razón hospedamos en nuestra casa un par de semanas hasta que finalmente pudieron pasar del otro lado con sus familiares. Nos dejaron algunos quetzales, la moneda de su país y a mí una muñequita con atuendo maya que conservé muchos años, pues recuerdo a la niña que me la dio y con quien jugué durante esos días.
Después, durante una temporada que pasé en Saltillo con una de mis tías, ya en la secundaria, recuerdo a los estudiantes salvadoreños y hondureños de agronomía que mi tía alojaba en su casa de huéspedes. Eran muchachos y muchachas amables, respetuosos, alegres y sencillos. Mi tía los quería más que a los demás, tal vez por saber que estaban muy lejos de su país y de su familia.
Ya en Mexicali, conocí a inmigrantes de diferentes partes. Tuve un amigo guatemalteco, Marco, con quien trabajé un tiempo en radio universidad. Era una persona culta, había estudiado economía en su país, pero se vino a México siguiendo a quien sería su esposa, Margarita, una cachanilla como todas, trabajadora, sencilla y alegre, además de guapa.  También conocí a Henri, un haitiano profesor de francés en la UABC en la facultad de idiomas, donde yo estudiaba traducción.
Ahora mismo, mientras escribo, me llega un whatsapp de mi amiga Gladys, venezolana, profesora de alemán en la universidad donde trabajo y me dice que está alarmada por la situación de los migrantes en la frontera norte. Ella salió huyendo de Venezuela, como miles de sus compatriotas, por la situación terrible en que el presidente ha hundido a su país. Es una mujer sexagenaria, culta, preparada, inteligente, agradable y carismática que está muy agradecida con México por haberla recibido.
Sin embargo, la mayoría de los inmigrantes que entran a nuestro país, son personas de bajos recursos que buscan labrarse un mejor futuro en Estados Unidos, en donde tienen familiares. Muchos sólo terminaron la educación básica y justo por su situación tan vulnerable, son presa fácil del crimen organizado y de la violencia de las pandillas.
Lo más terrible de su realidad es que en su tránsito hacia Estados Unidos, deben cruzar por nuestro país, donde son extorsionados y vejados por agentes del Instituto Nacional de Migración, reclutados por los cárteles de la droga (a quienes se niegan los masacran, como en San Fernando, Tamaulipas), las mujeres violadas o vendidas para prostituirlas en “Paraísos turísticos” como Cancún o Acapulco y muchos de los niños, explotados en fincas cafetaleras de Chiapas, Tabasco y Veracruz o en campos agrícolas de Baja California, Sinaloa y Sonora.
México es la peor pesadilla para los inmigrantes que cruzan la frontera sur. Sin embargo, prefieren correr el riesgo a esperar la muerte segura en cualquier momento en sus países.
Estos días, mientras asistimos al éxodo masivo de inmigrantes hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, las redes sociales se han llenado de comentarios xenófobos y racistas, en especial de mis coterráneos en la frontera norte pero también de familiares y amigos que son ellos mismos migrantes mexicanos en Estados Unidos.
Da tristeza y vergüenza ver cómo se expresan de los migrantes centroamericanos y del discurso de odio que esgrimen hacia ellos. ¿Se les olvidó su pasado difícil? ¿No recuerdan lo que ellos mismos debieron soportar y tolerar por parte de los agentes de migración estadounidense y también del racismo y la xenofobia de los “native americans”?
Creo que lo que subyace bajo este odio hacia los migrantes es un odio hacia nosotros mismos. Queremos vengar nuestro pasado de pueblo conquistado y sometido en personas más vulnerables, más desprotegidas, pues no podemos hacerlo contra nuestros verdaderos verdugos: los políticos corruptos, los criminales y sobre todo, contra nuestro enemigo histórico, Estados Unidos. No podemos porque durante siglos hemos vivido con el complejo de inferioridad ante lo europeo y ante lo norteamericano. Pues de ambos lugares nos han sometido no sólo política y religiosamente, sino culturalmente.
Pero personas como yo, que nacimos y crecimos en la frontera norte y que ahora vivimos en el centro del país y vemos el panorama desde otra perspectiva, sabemos que el verdadero enemigo duerme en casa. Que los peores criminales y los gobernantes más corruptos son mexicanos. Algunos son incluso de nuestra tierra materna. Algunos incluso eran nuestros vecinos. Ellos son los responsables de la descomposición moral, social y política del país. Ellos, no los inmigrantes.
Los inmigrantes siempre serán el chivo expiatorio de todo lo malo que ocurra en un país. Así es en Estados Unidos con el discurso anti inmigrante de Trump y así es en México actualmente contra los centroamericanos.
Porque es muy difícil ver la paja en nuestro propio ojo. Es duro aceptar que son nuestros propios compatriotas los verdugos del país. Pero cada criminal y cada gobernante corrupto es un espejo de nuestra propia realidad. Nos devuelve nuestra propia imagen y lo que vemos, simplemente no nos gusta, por eso lo negamos y culpamos al “otro”, al “extranjero” de todos los males que nos aquejan como sociedad.
Si tan sólo acudiéramos a las sabias palabras de la Biblia y atendiéramos su mensaje, nuestro mundo sería un lugar menos hostil y más habitable: “Cuando un extranjero viva en tu tierra contigo, no lo maltrates. Debe ser tratado como uno de los tuyos. Ámalo como a ti mismo, pues tú fusite extranjero en la tierra de Egipto. Yo soy el señor tu Dios.” (Levítico 19:33-34). Si enfatizo la frase “ámalo como a ti mismo”, es justo porque, como dice el rabino Jonathan Sacks , “el extranjero soy yo mismo”, porque incluso si mi color de piel, mi lengua y mi cultura son distintos a los suyos, ambos, ellos y yo, fuimos creados a imagen y semejanza de un padre común. Uno que nos ordena repetidamente en la Biblia, amar al extranjero, pues todos hemos sido extranjeros alguna vez.

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Ciudad de México, 19 de noviembre de 2018

lunes, 22 de octubre de 2018

Todos somos inmigrantes





“Al extranjero no maltratarás ni oprimirás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto.


 (Éxodo 22:21)



Casi todos, en algún momento de nuestra vida, hemos debido dejar nuestro lugar de nacimiento para irnos a uno distinto, ya sea dentro del país o fuera de él. A algunos nos han movido circunstancias familiares, a otros económicas, a unos más, profesionales, a otros, personales, a muchos, persecuciones de índole racista, pero la gran mayoría hemos emigrado por cuestiones de falta de oportunidades, inseguridad, violencia, crimen y pobreza.
La ciudad donde vivo, la capital del país, está llena de gente que no nació aquí y que debió venirse por motivos socio económicos, principalmente, pero también por causas de otra índole, como estudiar una carrera que sólo había aquí, o hacer un posgrado que sólo es posible aquí.
México es un país de inmigrantes. Hasta mediados del siglo pasado, llegaron por Veracrúz y también por el Pacífico muchas personas buscando asilo huyendo de los horrores de la guerra, el hambre, la persecución no sólo de Europa, sino de países de medio oriente, como Líbano o Siria y de Asia, como China y Japón.
Todos ellos se establecieron, formaron familias, abrieron negocios fructíferos que emplearon a muchos mexicanos en sus filas, contribuyeron al bienestar de sus comunidades y del país. Todos ellos se consideran mexicanos, pues uno no es del lugar donde nació, sino de aquel que lo acogió y lo protegió.
Sin embargo, hubo momentos oscuros en la Historia de México que hemos querido borrar, pero que están ahí como una mancha indeleble en nuestro pasado reciente. La masacre de más de 300 ciudadanos de origen chino en Torreón en 1911, es uno de los episodios más vergonzosos y menos discutidos de México. Reproduzco un breve párrafo del periodista que atestiguó la masacre, Delfino Ríos:
“Las calles de Torreón a las tres de la tarde estaban cubiertas de cadáveres… La consternación en que quedó la ciudad es indescriptible, no hay palabras con que expresarla".
El autor de estas líneas fue el periodista Delfino Ríos, testigo del asesinato de 303 chinos ocurrido el 15 de mayo de 1911.
Es la masacre más violenta de ciudadanos de ese país en la historia del continente americano, según historiadores.
La mitad de la comunidad china de Torreón, Coahuila, en el noreste de México fue asesinada.
Y sin embargo, el hecho es poco conocido en el país.

Yo crecí en una ciudad de las más alejadas del centro, con un clima inclemente, una tierra árida e indómita que se convirtió en poco tiempo en uno de los lugares más prósperos del Noroeste, Mexicali. Y eso fue, en gran medida, gracias a sus inmigrantes chinos, japoneses, pero también mexicanos de otros estados que llegaron ahí a principios del siglo pasado a trabajar la tierra, a echar los durmientes del ferrocarril del Pacífico, a iniciar comercios y restaurantes, a abrir escuelas, en fin, a formar una comunidad que prosperó cobijada bajo “un sol abrasador” y protegida de la contaminación del centro de México.  Los “cachanillas” somos gente trabajadora y honesta, en su mayor parte y venimos de muchos lugares, algunos del otro lado del mar, como los chinos y japoneses que también son cachanillas y están orgullosos de serlo.

He visto cómo la ciudad donde nací, Matamoros, y  donde crecí, Mexicali, ambas fronterizas, han debido improvisar albergues para muchos inmigrantes centroamericanos que intentan cruzar el Río Bravo o la línea hacia Estados Unidos buscando oportunidades de empleo y una vida digna para ellos y sus familias.

He visto a muchas de esas personas limpiando vidrios de carros, vendiendo agua embotellada, dulces y chicles a cambio de unas monedas para sobrevivir mientras esperan una oportunidad de cruzar al otro lado, pero también he visto cómo los agentes de migración mexicanos en ambas fronteras, la sur y la norte,  los han estafado, maltratado, torturado no sólo física sino psicológicamente e incluso han cometido crímenes peores con ellos, como secuestrarlos para el narco o violado a las mujeres.

México es un infierno para los inmigrantes que intentan llegar hacia Estados Unidos y así ha sido en los últimos 50 años. Somos un país inhóspito, racista, clasista y xenófobo. La hostilidad con la que tratamos a los inmigrantes centroamericanos sólo es comparable con la que los estadounidenses tratan a los inmigrantes mexicanos en su país.
Pero cuando se trata de los mexicanos en Estados Unidos, sí levantamos la voz. Queremos que se nos dé un trato “digno” incluso si somos ilegales. Exigimos garantías, seguridad, respeto a nuestros derechos humanos pero ¿cómo podemos atrevernos a exigir algo que nosotros no damos? ¿Con qué calidad moral demandamos a Estados Unidos lo que nosotros negamos a quienes intentan entrar a México por la frontera sur?
Si bien es cierto que los países de origen de los inmigrantes centroamericanos deben garantizar que no ocurra un éxodo masivo de sus ciudadanos, también lo es que el país de tránsito hacia su destino final debe hacer valer su soberanía y su derecho a negarle la entrada al país a quienes considere no aptos, pero debe revisar cada caso individualmente y no detenerlos en la frontera sur y deportarlos en masa a todos juntos.
México está en deuda con sus inmigrantes de todas partes del mundo, incluidos los centroamericanos y tiene el deber ético y moral de, al menos, analizar caso por caso su situación y actuar en consecuencia. Y también tiene la obligación de procurarles albergue, de garantizarles protección contra el crimen y contra los agentes corruptos del INM y de asegurarles un libre tránsito a través el país, sea cual sea su destino final.
Todos somos inmigrantes y en algún momento de nuestras vidas hemos sufrido en carne propia el desprecio, la humillación, la burla de algún tipo por parte de quienes debían acogernos o protegernos.
México tiene una oportunidad de oro para demostrarle al mundo que es realmente un país soberano, libre y que toma sus propias decisiones y que no es un simple lacayo de Estados Unidos. Ojalá y no la desperdicie.

Teresa Padrón Benavides

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jueves, 26 de julio de 2018

Sabiduría, Inteligencia y Prudencia



“El principio central de la sabiduría es acceder a Dios, por lo tanto, un prerrequisito sería aceptar Su existencia.” Maimónides

Aristóteles en su Ética Nicomaquea, expone que la razón posee tres medios de desarrollo: la sabiduría (sophía), la inteligencia (sínesis) y la prudencia (phrónesis). De las tres palabras del sabio griego, la tradición filosófica árabe y judía construyó una teoría muy estructurada sobre el desarrollo de la mente humana, sus divisiones y funciones, así como sus tendencias prácticas. Así Maimónides, heredero de la tradición en cuestión, declara en su obra Shemoná Perakim que las virtudes intelectuales (capacidades racionales del pensamiento) se dividen en tres: la sabiduría (jojmá), el intelecto (sejel) y el entendimiento (tebuná).
Con respecto a la definición de sabiduría Maimónides dice: "es el conocimiento de las causas últimas y cercanas, después de haber comprendido la existencia de un ser sobre el cual se investigaron sus causas".  El tema es presentado más ampliamente en Moré Nebujim 3:54, donde Maimónides declara que el término "sabiduría" se aplica en hebreo sobre cuatro funciones: comprender las verdades (axiomas) a través de los cuales se alcanza el conocer a Dios, conocimientos de oficios y artesanías, capacidad de adquirir virtudes éticas y astucia para idear planes agudos y útiles.
Vivimos en una época en la que pareciera que tales virtudes son cada vez más raras y difíciles de hallar y en la que, además, dichas virtudes parecen haber perdido importancia y  cedido su lugar a la ignorancia, la vulgaridad, la estupidez y los vicios.
Es común ver, por ejemplo, el mal uso que hacemos de las nuevas formas de comunicación, en especial de las redes sociales, que han reemplazado a los libros, a las aulas y a los laboratorios, convirtiéndolas en el área común donde se desarrolla nuestra “vida”. En estos “lugares de encuentro humano”, se desarrolla gran parte de de nuestras actividades sociales, intelectuales e incluso afectivas.
En Facebook, por ejemplo, nos desinhibimos y explayamos nuestro carácter, nuestra personalidad y nuestras creencias ante un grupo concurrido de “amigos”, que están siempre al pendiente de lo que podamos “compartir” y dispuestos a “estar de acuerdo” o a “discrepar” con nosotros y a “dialogar” y “discutir” respecto del comentario que hayamos compartido. Si entrecomillo estas palabras es justamente por el sentido irónico conque las estoy utilizando.
Si nos atenemos a las definiciones de “sabiduría”, “intelecto” y “entendimiento” tanto de la tradición árabe judía como de Aristóteles, lo que nosotros hacemos hoy en día a través de las redes sociales, no contribuye en lo absoluto a desarrollar estas capacidades y habilidades y mucho menos a perfeccionarlas. Al contrario, las obstaculiza y las reduce a meras actividades cotidianas, rutinarias e inútiles, que poco a poco van reduciendo nuestra capacidad de pensar y nuestras habilidades críticas.
Tampoco las redes sociales añaden mucho a nuestra empatía, a nuestra capacidad de sentir compasión, a nuestros afectos y sentimientos como la ternura, el compañerismo, la solidaridad. Podemos “conmovernos” con un video o una imagen trágica, enternecedora o cruel y “reaccionar” con un meme o un like y hasta ahí llegará nuestra dosis diaria de participación ciudadana, de solidaridad y de empatía. La ayuda “real”, puede esperar o, mejor aún, llegar de otro lugar. Yo, a lo que sigue.
No nos engañemos. Los grandes científicos, los grandes virtuosos de la música, los grandes artistas, filósofos, escritores, NO están frente a su Smartphone o su Laptop todo el día. Están investigando, leyendo, trabajando, ensayando, componiendo, creando, cambiando al mundo con sus ideas y sus obras. Los grandes luchadores sociales tampoco son virtuales. Están allá afuera, en el mundo “real”, enfrentándose a problemas reales, a personas de carne y hueso, escuchando sus causas y luchando sus batallas.
La tecnología es muy útil, nos facilita la vida en todos los aspectos, pero debe ser eso, una herramienta más que contribuya a volvernos personas más inteligentes, más críticas, más independientes pero también que coadyuve a desarrollar nuestras capacidades afectivas, nuestra empatía “real” por la gente “real”. Los grandes inventores de los paratos que nosotros utilizamos a diario para “socializar”, no llegaron a sus descubrimientos estando sentados frente a una computadora, sino leyendo, estudiando, experimentando y también, valiéndose de la tecnología que tenían a la mano.
La sabiduría, el intelecto y el entendimiento, es decir, el juicio, están en los libros, en el arte, en las universidades, en los museos, en los talleres, en los laboratorios, en las salas de concierto, no frente a un ordenador o un teléfono celular.
Rivka Jaya, 14 Av, 5778



viernes, 2 de febrero de 2018

El árbol de la familia









“Que tus contornos te quieran, que te respete la muerte.”
A una encina verde, Joan Manuel Serrat

Si uno observa bien, cada familia es un árbol y cada árbol es una familia. Los árboles tienen, al igual que nosotros,  raíces que surgen de la semilla que alguien plantó o que algún ave o el mismo viento depositaron en algún lugar donde había tierra fértil. Y esas raíces se aferran firmemente al suelo y absorben el agua subterránea o el agua de lluvia. Esta agua, junto a la luz del sol, son el alimento que el árbol necesitará durante toda su vida para crecer firme y enhiesto y con un follaje espeso, bajo cuya sombra descansarán muchas personas, en cuyo tronco se apoyará una pareja de enamorados y entre cuyas ramas construirán las aves sus nidos.
Muchos son los símiles que se han hecho acerca de los árboles con las familias, pero me gustaría aquí reflexionar un poco acerca del papel que desempeña cada miembro de la familia en el buen o mal desarrollo del árbol genealógico.
Los bisabuelos y abuelos (e incluso los tatarabuelos, si contamos con detalles acerca de sus vidas), son las raíces del árbol. A ellos y a ellas están ligados nuestros rasgos no sólo físicos, sino de carácter. También nos vincula a ellos una historia común, un camino que recorrieron hasta llegar a donde se establecieron y decidieron vivir y criar una familia y hacer un patrimonio. Luego vienen los padres, con sus respectivas historias, que serían el equivalente al tronco del árbol. De los nutrientes que cada uno de los padres decida aportar, dependerá que el tronco crezca firme y enhiesto o débil y torcido. Pero no sólo de eso, sino también de que ambos padres se arraiguen al suelo con firmeza y se mantengan unidos, pues los vientos fuertes, las tempestades y los peligros externos, como las plagas y los machetes y hachas que blandirán en su contra, pueden acabar con el hermoso árbol de un solo tajo o en muy poco tiempo.
Si el tronco se mantiene a salvo de todo eso, de él brotarán ramas firmes y hermosas, los hijos e hijas, cuyo follaje será perenne. Ese follaje serán todos los atributos y virtudes de ellos, de los hijos e hijas, pues en las hojas verdes y brillantes se refleja la salud del árbol. Del tronco, es decir, de los padres, dependerá en gran medida que ese follaje luzca siempre hermoso.
Pero ahí no termina todo. Cada rama, a su vez, se ramificará en otras más pequeñas, es decir, las familias que los hijos e hijas formen cada cual. Estas ramas, a su vez, seguirán nutriéndose de las mismas raíces y del mismo tronco que sus padres y, al igual que ellos, mostrarán un follaje hermoso y perenne o, por el contrario, serán débiles, frágiles, vulnerables y se irán secando poco a poco hasta morir.
Pero si ocurre el milagro de que el árbol continúe creciendo sano y firme, será también el hogar de muchas aves que lo alegrarán con sus cantos y que harán de él el hogar ideal para sus crías. Es decir, el árbol no sólo dará sombra y oxígeno, sino que será él mismo la casa de otros seres vivos.
Lo mismo ocurre con las familias. Cuando en la casa reina la paz, la armonía, el buen humor, la alegría, llegarán otras personas, familiares, amigos, vecinos y querrán estar ahí, aunque sea por un breve tiempo, pues se sienten ellos mismos como en casa y se consideran también parte de ese árbol familiar, firme, frondoso y lleno de trino de pájaros.
Y ese privilegio, el de ser un árbol placentero, que acoge no sólo a sus miembros, sino a todo el que quiera cobijarse en él, es tal vez la más grande bendición de todas. La de ser una casa abierta a la vida, al amor, a la alegría.
Por eso el judaísmo nos enseña a amar profundamente nuestras raíces, a arraigarnos a nuestros valores y tradiciones, a continuar enseñándolas a nuestros hijos e hijas y ellos, a su vez, a los suyos. Sólo así podremos asegurarnos que nuestro paso por la vida no ha sido en vano, pues mientras haya alguien en la familia que nos recuerde, por alguna virtud, por alguna anécdota, por alguna receta familiar, por alguna historia, viviremos por siempre. Y seremos como un árbol sempiterno bien enraizado, firme, majestuoso y lleno de vida.

Rivka Haya, 17 de Shebat, 5778

martes, 31 de octubre de 2017

Pensar con el Corazón




When I was Young, I admired clever people. Now that I’m old I admire kind people.
Abraham Joshua Heschel
Para Amos, quien piensa con el corazón y ama con la razón

La palabra hebrea para sabiduría es “jojmá” . Un sabio es un “jajam”. Y en hebreo la palabra cálido, es “jam”. Un hombre que posee un corazón bondadoso tiene un “lev jam”.  La palabra cálido, aplicada al carácter de las personas quiere decir “bondadoso, generoso, agradable”, y la palabra sabiduría quiere decir también madurez, prudencia, acierto, conocimiento, experiencia. Etimológicamente, en hebreo, ambas palabras, sabiduría “jojmá” y calidez “jamim”, poseen la misma raíz, las letras Jet y Mem (חם).  Muchos sabios dicen que es así porque ambas cosas, la sabiduría y la calidez humanas, es decir, la bondad, son sinónimos.
Crecí escuchando que a la gente buena le llamaban estúpida. Que el mundo era de los astutos y que el más vivo vivía del más idiota. También crecí escuchando que no había gente buena en el mundo y que los pocos que quedaban lo eran porque eran tontos, cobardes o porque no tenían ningún atributo físico. En el fondo, nunca me lo creí y con el tiempo he llegado a comprobar que quienes decían eso estaban equivocados y que yo tenía razón. Que la gente buena es mucha y que, al contrario de lo que me decían, la mayoría de esa gente es inteligente, independiente, dueña de su vida y eso los hace bellos (al menos a los ojos de otras personas igualmente buenas o inteligentes).
Hoy más que nunca vivimos en un mundo que no valora a las personas por lo que son sino por lo que tienen. La bondad, la amabilidad, el respeto, la cordialidad, la generosidad han dejado de ser atributos loables y en cambio, ahora consideramos digno de admiración a alguien rico, famoso (incluso por algo malo), físicamente dotado, audaz, atrevido, astuto, y, sobre todo, admiramos a quienes aprovechan su poder para abusar o dominar a otros.
Sólo basta ver quiénes son los héroes actuales para darnos cuenta cuales son las “virtudes” que se aprecian hoy en día: futbolistas, modelos, actores y actrices de muy mala categoría y reputación; criminales famosos, gángsters, políticos corruptos (pero ricos), chicas audaces que se atreven a decir lo que piensan sin pudor en la red y que se ganan la popularidad y la simpatía de la mayoría de los idiotas que las escuchan y las siguen.
¿Dónde quedaron los héroes de la época de Oro de la literatura? ¿Dónde se fueron Ájax, Odiseo, Héctor, Aquiles, Don Qujote, el Amadís de Gaula, el Mio Cid? ¿O de la Historia, con mayúscula, como Gandhi, Martin Luther King, Abraham Lincoln, Juárez, Iturbide, Guerrero, Allende?  ¿O algunos que fueron poetas y escritores y que, al mismo tiempo, usaron su arte y su poesía como arma contra la tiranía de sus países como Miguel Hernández, Federico García Lorca, Reinaldo Arenas? ¿Qué fue de los hombres y mujeres que dieron su vida o la arriesgaron por una causa justa o que inventaron o descubrieron cosas que ayudarían a la humanidad entera como Marie Curie, Oskar Schindler, Louis Pasteur? Nadie los conoce. Nadie ha oído de ellos y a nadie le importa. Mucho menos a los millones de héroes anónimos, soldados desconocidos, que dieron su vida para que a nosotros nos tocara vivir en una sociedad más “justa” y “libre” (nótense las comillas).
¿Por qué ser una buena persona es sinónimo de ser un “loser”? ¿Por qué ahora todo mundo educa a sus hijos para ser “triunfadores”, “ganadores”, “competitivos” sin importar a quién se lleven por delante y sin detenerse a pensar en si sus actos afectan a otros? ¿Contra qué o contra quién están compitiendo? ¿Y cuál es el juego y cuál es el premio?
Lo que yo he visto, a lo largo de mi medio siglo de vida, o al menos desde que comencé a percatarme de lo que pasaba en torno mío, es que el éxito en el terreno económico o social no es sinónimo de felicidad y que la gente que vive para alcanzar ese tipo de éxito, casi nunca logra estar cien por ciento satisfecha. Una de las razones es tal vez el hecho de que, por más riqueza y poder que acumulemos, jamás podremos, por ejemplo, comprar el afecto y el cariño de las personas. “Money can´t buy me love”, decían los Beatles allá por 1962.
Además, por más dinero o poder que alguien tenga, ¿puede acaso librarse de la muerte, de las enfermedades, de las tragedias? No. El dinero y el poder nos sirven como armas de control, pues una persona poderosa o rica infunde temor, miedo e incluso terror a veces. Pero alguien que se hace respetar a través de ese tipo de control, es justamente porque no posee virtudes que lo hagan amable, querible, entrañable.
En su obra de teatro “Calígula”, el escritor francés Albert Camus describe al tirano emperador como un ser mucho más vil de lo que nos dicen los libros históricos. Alguien capaz de cometer actos sádicos,  crueles y despiadados con tal de obtener lo que desea. Pero como lo que ahora desea es nada más y nada menos que volver a la vida a Drusila, su hermana y amante y sabe que eso es imposible, trama su propio asesinato. “Los hombres mueren y no son felices”, dice Calígula en la obra.
En cambio, también a lo largo de mi vida he visto cómo, las personas más sencillas, las que han vivido con lo indispensable, han sido también las más felices.  Pienso en este momento en personas muy cercanas a mí , a quienes no recuerdo haber visto tristes, enojadas o angustiadas y cuya compañía yo disfrutaba más que cualquier otra. Dios siempre proveyó para ellas lo indispensable a través de mucha gente que las quiso, justo por ser buenas.
No estoy negando que el dinero no sea necesario para vivir una vida digna, sin tener que preocuparse por lo inmediato y para poder dedicarnos a otras actividades que nos ennoblezcan y nos hagan crecer como personas. No, lo que estoy diciendo es que cuando le concedemos más valor a obtener más y más dinero, bienes o poder, nuestra vida se vuelve miserable, vacía, sin sentido, pues es la ambición, el deseo de tener más de lo necesario, lo que causa la desgracia humana.
Pero volviendo a lo de las personas buenas, si ser alguien inteligente es sinónimo de ser alguien astuto, poderoso, rico o famoso, pues eso conduce a la felicidad ¿cómo es que la mayoría de estas personas no logran ser felices? Y si, por el contrario, ser alguien estúpido es sinónimo de ser un perdedor, un don nadie, un cero a la izquierda, alguien de bajo perfil, ¿por qué muchas de estas personas son más felices y están más satisfechas con su vida? Si la felicidad se mide en términos de satisfacción, de alegría, de amor y de bienestar, la mayoría de las personas con dinero y poder carecen de ellas, mientras que las personas con menos recursos materiales, pero más recursos humanos, afectivos, amistosos, manifiestan en cada aspecto de su vida, mucha más alegría y felicidad que las primeras.
Porque, ¿qué es lo que finalmente queremos lograr a través de lo que hacemos? Que nos amen. Que nos quieran y nos requieran, que busquen estar cerca nuestro, que nos demuestren afecto, cariño, respeto y amor. Porque no somos nadie si los demás no nos reconocen, si no nos ven, si no nos consideran. Porque incluso el peor de los tiranos lo es porque no posee una sola virtud que lo haga un ser amable, digno de amor y de respeto. Porque las virtudes son difíciles de cultivar, requieren paciencia, humildad para aprender de los demás, valor para reconocer nuestras limitaciones, capacidad de soportar el dolor, tolerancia ante la frustración, constancia y otras muchas que sólo poseen las personas inteligentes.
Y como es mucho más difícil cultivar estas virtudes que nos hacen especiales, recurrimos a la violencia, al sometimiento, al terror y al crimen para así hacernos presentes, para que nos vean, aunque no nos quieran, para que nos teman, aunque no nos amen. Pues son muy pocas las personas realmente inteligentes (que para mí es sinónimo de buenas), que poseen todo aquello que los demás envidian porque no pueden tener: el respeto, la admiración y el amor verdaderos.  Por eso es que las personas buenas son inteligentes, porque se esfuerzan en cultivar las virtudes que los hacen ser amados, pues eso, el amor, es por lo que la gente vive y muere, mata y da vida.

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Otoño, 2017