“No oprimirás al extranjero, pues extranjero fuiste en
la tierra de Egipto”
(Éxodo 22:20)
¿Cuántos de
nosotros hemos debido dejar nuestro lugar de origen e irnos a un lugar extraño,
dentro y fuera del país por diversos motivos (violencia, inseguridad, falta de
oportunidades de empleo, problemas familiares, entre otros)? Y ¿cuántas veces
hemos sentido temor a ser rechazados, excluidos, maltratados por no ser “de ahí”,
por tener otras costumbres, otras tradiciones, otra forma de ver la vida? Creo
que casi la mayoría de quienes lean esto.
Todos, o
casi todos, en algún momento de nuestras vidas hemos sido “extranjeros”,
incluso dentro del país. Hemos debido migrar, dejar nuestra casa, nuestra
familia, nuestros amigos en pos de algo mejor, algo que simplemente NO
hubiésemos podido tener en nuestra propia tierra, no sólo en términos materiales,
sino también en cuanto a estabilidad emocional y afectiva.
Muchos hemos
llegado a lugares hospitalarios donde nos han recibido con amabilidad e incluso
nos han brindado oportunidades de tener la vida digna que se nos negó en el
lugar donde nacimos. Yo, por ejemplo, migré con mi madre y hermanos de
Matamoros, una ciudad asolada por el crimen y la violencia desde hace décadas,
a Mexicali, donde pudimos labrarnos una vida buena y donde hicimos amigos
entrañables y formamos nuestras familias. No imagino cómo hubiera sido mi vida
de haberme quedado donde nací, pero lo que soy ahora y lo que he logrado, fue
gracias a que crecí y me formé en Mexicali.
Sin embargo,
no todas las personas corren con la misma suerte. Recuerdo mi infancia en
Matamoros, viendo el viacrucis de los inmigrantes centro americanos, siendo
testigo de cómo muchos agentes de migración mexicanos los extorsionaban
quitándoles el poco dinero que traían consigo y no sólo eso, sino humillándolos
y maltratándolos verbalmente, que es tal vez la peor forma de opresión.
Les llamaban
“mojados”, “parias”, “chuecos” (por carecer de documentos), entre otros motes
despectivos. Yo era niña y mi padre era agente de migración y algunas de las
veces que lo acompañé, vi a mujeres siendo separadas de sus esposos, a niños de
mi edad (entonces debía tener 8 o 9 años), sucios, hambrientos, cansados,
llorando mientras esperaban por días en la central de autobuses o en las
oficinas de migración a que sus familiares del “otro lado”, les ayudaran a
cruzar la frontera.
Recuerdo en
especial a una familia de Guatemala, que por alguna razón hospedamos en nuestra
casa un par de semanas hasta que finalmente pudieron pasar del otro lado con
sus familiares. Nos dejaron algunos quetzales, la moneda de su país y a mí una
muñequita con atuendo maya que conservé muchos años, pues recuerdo a la niña
que me la dio y con quien jugué durante esos días.
Después,
durante una temporada que pasé en Saltillo con una de mis tías, ya en la
secundaria, recuerdo a los estudiantes salvadoreños y hondureños de agronomía que
mi tía alojaba en su casa de huéspedes. Eran muchachos y muchachas amables,
respetuosos, alegres y sencillos. Mi tía los quería más que a los demás, tal
vez por saber que estaban muy lejos de su país y de su familia.
Ya en
Mexicali, conocí a inmigrantes de diferentes partes. Tuve un amigo
guatemalteco, Marco, con quien trabajé un tiempo en radio universidad. Era una
persona culta, había estudiado economía en su país, pero se vino a México
siguiendo a quien sería su esposa, Margarita, una cachanilla como todas,
trabajadora, sencilla y alegre, además de guapa. También conocí a Henri, un haitiano profesor
de francés en la UABC en la facultad de idiomas, donde yo estudiaba traducción.
Ahora mismo,
mientras escribo, me llega un whatsapp de mi amiga Gladys, venezolana,
profesora de alemán en la universidad donde trabajo y me dice que está alarmada
por la situación de los migrantes en la frontera norte. Ella salió huyendo de
Venezuela, como miles de sus compatriotas, por la situación terrible en que el
presidente ha hundido a su país. Es una mujer sexagenaria, culta, preparada,
inteligente, agradable y carismática que está muy agradecida con México por
haberla recibido.
Sin embargo,
la mayoría de los inmigrantes que entran a nuestro país, son personas de bajos
recursos que buscan labrarse un mejor futuro en Estados Unidos, en donde tienen
familiares. Muchos sólo terminaron la educación básica y justo por su situación
tan vulnerable, son presa fácil del crimen organizado y de la violencia de las
pandillas.
Lo más
terrible de su realidad es que en su tránsito hacia Estados Unidos, deben
cruzar por nuestro país, donde son extorsionados y vejados por agentes del
Instituto Nacional de Migración, reclutados por los cárteles de la droga (a
quienes se niegan los masacran, como en San Fernando, Tamaulipas), las mujeres
violadas o vendidas para prostituirlas en “Paraísos turísticos” como Cancún o
Acapulco y muchos de los niños, explotados en fincas cafetaleras de Chiapas,
Tabasco y Veracruz o en campos agrícolas de Baja California, Sinaloa y Sonora.
México es la
peor pesadilla para los inmigrantes que cruzan la frontera sur. Sin embargo,
prefieren correr el riesgo a esperar la muerte segura en cualquier momento en
sus países.
Estos días,
mientras asistimos al éxodo masivo de inmigrantes hondureños, salvadoreños y
guatemaltecos, las redes sociales se han llenado de comentarios xenófobos y
racistas, en especial de mis coterráneos en la frontera norte pero también de
familiares y amigos que son ellos mismos migrantes mexicanos en Estados Unidos.
Da tristeza
y vergüenza ver cómo se expresan de los migrantes centroamericanos y del
discurso de odio que esgrimen hacia ellos. ¿Se les olvidó su pasado difícil?
¿No recuerdan lo que ellos mismos debieron soportar y tolerar por parte de los
agentes de migración estadounidense y también del racismo y la xenofobia de los
“native americans”?
Creo que lo
que subyace bajo este odio hacia los migrantes es un odio hacia nosotros
mismos. Queremos vengar nuestro pasado de pueblo conquistado y sometido en
personas más vulnerables, más desprotegidas, pues no podemos hacerlo contra
nuestros verdaderos verdugos: los políticos corruptos, los criminales y sobre
todo, contra nuestro enemigo histórico, Estados Unidos. No podemos porque
durante siglos hemos vivido con el complejo de inferioridad ante lo europeo y
ante lo norteamericano. Pues de ambos lugares nos han sometido no sólo política
y religiosamente, sino culturalmente.
Pero
personas como yo, que nacimos y crecimos en la frontera norte y que ahora
vivimos en el centro del país y vemos el panorama desde otra perspectiva,
sabemos que el verdadero enemigo duerme en casa. Que los peores criminales y
los gobernantes más corruptos son mexicanos. Algunos son incluso de nuestra
tierra materna. Algunos incluso eran nuestros vecinos. Ellos son los
responsables de la descomposición moral, social y política del país. Ellos, no
los inmigrantes.
Los
inmigrantes siempre serán el chivo expiatorio de todo lo malo que ocurra en un
país. Así es en Estados Unidos con el discurso anti inmigrante de Trump y así
es en México actualmente contra los centroamericanos.
Porque es
muy difícil ver la paja en nuestro propio ojo. Es duro aceptar que son nuestros
propios compatriotas los verdugos del país. Pero cada criminal y cada
gobernante corrupto es un espejo de nuestra propia realidad. Nos devuelve
nuestra propia imagen y lo que vemos, simplemente no nos gusta, por eso lo
negamos y culpamos al “otro”, al “extranjero” de todos los males que nos
aquejan como sociedad.
Si tan sólo acudiéramos
a las sabias palabras de la Biblia y atendiéramos su mensaje, nuestro mundo
sería un lugar menos hostil y más habitable: “Cuando un extranjero viva en tu
tierra contigo, no lo maltrates. Debe ser tratado como uno de los tuyos.
Ámalo como a ti mismo, pues tú fusite extranjero en la tierra de Egipto. Yo
soy el señor tu Dios.” (Levítico 19:33-34). Si enfatizo la frase “ámalo como a
ti mismo”, es justo porque, como dice el rabino Jonathan Sacks , “el extranjero
soy yo mismo”, porque incluso si mi color de piel, mi lengua y mi cultura son
distintos a los suyos, ambos, ellos y yo, fuimos creados a imagen y semejanza
de un padre común. Uno que nos ordena repetidamente en la Biblia, amar al
extranjero, pues todos hemos sido extranjeros alguna vez.
Teresa de
Jesús Padrón Benavides
Ciudad de
México, 19 de noviembre de 2018





