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lunes, 19 de noviembre de 2018

Espejos




“No oprimirás al extranjero, pues extranjero fuiste en la tierra de Egipto”
(Éxodo 22:20)
¿Cuántos de nosotros hemos debido dejar nuestro lugar de origen e irnos a un lugar extraño, dentro y fuera del país por diversos motivos (violencia, inseguridad, falta de oportunidades de empleo, problemas familiares, entre otros)? Y ¿cuántas veces hemos sentido temor a ser rechazados, excluidos, maltratados por no ser “de ahí”, por tener otras costumbres, otras tradiciones, otra forma de ver la vida? Creo que casi la mayoría de quienes lean esto.
Todos, o casi todos, en algún momento de nuestras vidas hemos sido “extranjeros”, incluso dentro del país. Hemos debido migrar, dejar nuestra casa, nuestra familia, nuestros amigos en pos de algo mejor, algo que simplemente NO hubiésemos podido tener en nuestra propia tierra, no sólo en términos materiales, sino también en cuanto a estabilidad emocional y afectiva.
Muchos hemos llegado a lugares hospitalarios donde nos han recibido con amabilidad e incluso nos han brindado oportunidades de tener la vida digna que se nos negó en el lugar donde nacimos. Yo, por ejemplo, migré con mi madre y hermanos de Matamoros, una ciudad asolada por el crimen y la violencia desde hace décadas, a Mexicali, donde pudimos labrarnos una vida buena y donde hicimos amigos entrañables y formamos nuestras familias. No imagino cómo hubiera sido mi vida de haberme quedado donde nací, pero lo que soy ahora y lo que he logrado, fue gracias a que crecí y me formé en Mexicali.
Sin embargo, no todas las personas corren con la misma suerte. Recuerdo mi infancia en Matamoros, viendo el viacrucis de los inmigrantes centro americanos, siendo testigo de cómo muchos agentes de migración mexicanos los extorsionaban quitándoles el poco dinero que traían consigo y no sólo eso, sino humillándolos y maltratándolos verbalmente, que es tal vez la peor forma de opresión.
Les llamaban “mojados”, “parias”, “chuecos” (por carecer de documentos), entre otros motes despectivos. Yo era niña y mi padre era agente de migración y algunas de las veces que lo acompañé, vi a mujeres siendo separadas de sus esposos, a niños de mi edad (entonces debía tener 8 o 9 años), sucios, hambrientos, cansados, llorando mientras esperaban por días en la central de autobuses o en las oficinas de migración a que sus familiares del “otro lado”, les ayudaran a cruzar la frontera.
Recuerdo en especial a una familia de Guatemala, que por alguna razón hospedamos en nuestra casa un par de semanas hasta que finalmente pudieron pasar del otro lado con sus familiares. Nos dejaron algunos quetzales, la moneda de su país y a mí una muñequita con atuendo maya que conservé muchos años, pues recuerdo a la niña que me la dio y con quien jugué durante esos días.
Después, durante una temporada que pasé en Saltillo con una de mis tías, ya en la secundaria, recuerdo a los estudiantes salvadoreños y hondureños de agronomía que mi tía alojaba en su casa de huéspedes. Eran muchachos y muchachas amables, respetuosos, alegres y sencillos. Mi tía los quería más que a los demás, tal vez por saber que estaban muy lejos de su país y de su familia.
Ya en Mexicali, conocí a inmigrantes de diferentes partes. Tuve un amigo guatemalteco, Marco, con quien trabajé un tiempo en radio universidad. Era una persona culta, había estudiado economía en su país, pero se vino a México siguiendo a quien sería su esposa, Margarita, una cachanilla como todas, trabajadora, sencilla y alegre, además de guapa.  También conocí a Henri, un haitiano profesor de francés en la UABC en la facultad de idiomas, donde yo estudiaba traducción.
Ahora mismo, mientras escribo, me llega un whatsapp de mi amiga Gladys, venezolana, profesora de alemán en la universidad donde trabajo y me dice que está alarmada por la situación de los migrantes en la frontera norte. Ella salió huyendo de Venezuela, como miles de sus compatriotas, por la situación terrible en que el presidente ha hundido a su país. Es una mujer sexagenaria, culta, preparada, inteligente, agradable y carismática que está muy agradecida con México por haberla recibido.
Sin embargo, la mayoría de los inmigrantes que entran a nuestro país, son personas de bajos recursos que buscan labrarse un mejor futuro en Estados Unidos, en donde tienen familiares. Muchos sólo terminaron la educación básica y justo por su situación tan vulnerable, son presa fácil del crimen organizado y de la violencia de las pandillas.
Lo más terrible de su realidad es que en su tránsito hacia Estados Unidos, deben cruzar por nuestro país, donde son extorsionados y vejados por agentes del Instituto Nacional de Migración, reclutados por los cárteles de la droga (a quienes se niegan los masacran, como en San Fernando, Tamaulipas), las mujeres violadas o vendidas para prostituirlas en “Paraísos turísticos” como Cancún o Acapulco y muchos de los niños, explotados en fincas cafetaleras de Chiapas, Tabasco y Veracruz o en campos agrícolas de Baja California, Sinaloa y Sonora.
México es la peor pesadilla para los inmigrantes que cruzan la frontera sur. Sin embargo, prefieren correr el riesgo a esperar la muerte segura en cualquier momento en sus países.
Estos días, mientras asistimos al éxodo masivo de inmigrantes hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, las redes sociales se han llenado de comentarios xenófobos y racistas, en especial de mis coterráneos en la frontera norte pero también de familiares y amigos que son ellos mismos migrantes mexicanos en Estados Unidos.
Da tristeza y vergüenza ver cómo se expresan de los migrantes centroamericanos y del discurso de odio que esgrimen hacia ellos. ¿Se les olvidó su pasado difícil? ¿No recuerdan lo que ellos mismos debieron soportar y tolerar por parte de los agentes de migración estadounidense y también del racismo y la xenofobia de los “native americans”?
Creo que lo que subyace bajo este odio hacia los migrantes es un odio hacia nosotros mismos. Queremos vengar nuestro pasado de pueblo conquistado y sometido en personas más vulnerables, más desprotegidas, pues no podemos hacerlo contra nuestros verdaderos verdugos: los políticos corruptos, los criminales y sobre todo, contra nuestro enemigo histórico, Estados Unidos. No podemos porque durante siglos hemos vivido con el complejo de inferioridad ante lo europeo y ante lo norteamericano. Pues de ambos lugares nos han sometido no sólo política y religiosamente, sino culturalmente.
Pero personas como yo, que nacimos y crecimos en la frontera norte y que ahora vivimos en el centro del país y vemos el panorama desde otra perspectiva, sabemos que el verdadero enemigo duerme en casa. Que los peores criminales y los gobernantes más corruptos son mexicanos. Algunos son incluso de nuestra tierra materna. Algunos incluso eran nuestros vecinos. Ellos son los responsables de la descomposición moral, social y política del país. Ellos, no los inmigrantes.
Los inmigrantes siempre serán el chivo expiatorio de todo lo malo que ocurra en un país. Así es en Estados Unidos con el discurso anti inmigrante de Trump y así es en México actualmente contra los centroamericanos.
Porque es muy difícil ver la paja en nuestro propio ojo. Es duro aceptar que son nuestros propios compatriotas los verdugos del país. Pero cada criminal y cada gobernante corrupto es un espejo de nuestra propia realidad. Nos devuelve nuestra propia imagen y lo que vemos, simplemente no nos gusta, por eso lo negamos y culpamos al “otro”, al “extranjero” de todos los males que nos aquejan como sociedad.
Si tan sólo acudiéramos a las sabias palabras de la Biblia y atendiéramos su mensaje, nuestro mundo sería un lugar menos hostil y más habitable: “Cuando un extranjero viva en tu tierra contigo, no lo maltrates. Debe ser tratado como uno de los tuyos. Ámalo como a ti mismo, pues tú fusite extranjero en la tierra de Egipto. Yo soy el señor tu Dios.” (Levítico 19:33-34). Si enfatizo la frase “ámalo como a ti mismo”, es justo porque, como dice el rabino Jonathan Sacks , “el extranjero soy yo mismo”, porque incluso si mi color de piel, mi lengua y mi cultura son distintos a los suyos, ambos, ellos y yo, fuimos creados a imagen y semejanza de un padre común. Uno que nos ordena repetidamente en la Biblia, amar al extranjero, pues todos hemos sido extranjeros alguna vez.

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Ciudad de México, 19 de noviembre de 2018

lunes, 22 de octubre de 2018

Todos somos inmigrantes





“Al extranjero no maltratarás ni oprimirás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto.


 (Éxodo 22:21)



Casi todos, en algún momento de nuestra vida, hemos debido dejar nuestro lugar de nacimiento para irnos a uno distinto, ya sea dentro del país o fuera de él. A algunos nos han movido circunstancias familiares, a otros económicas, a unos más, profesionales, a otros, personales, a muchos, persecuciones de índole racista, pero la gran mayoría hemos emigrado por cuestiones de falta de oportunidades, inseguridad, violencia, crimen y pobreza.
La ciudad donde vivo, la capital del país, está llena de gente que no nació aquí y que debió venirse por motivos socio económicos, principalmente, pero también por causas de otra índole, como estudiar una carrera que sólo había aquí, o hacer un posgrado que sólo es posible aquí.
México es un país de inmigrantes. Hasta mediados del siglo pasado, llegaron por Veracrúz y también por el Pacífico muchas personas buscando asilo huyendo de los horrores de la guerra, el hambre, la persecución no sólo de Europa, sino de países de medio oriente, como Líbano o Siria y de Asia, como China y Japón.
Todos ellos se establecieron, formaron familias, abrieron negocios fructíferos que emplearon a muchos mexicanos en sus filas, contribuyeron al bienestar de sus comunidades y del país. Todos ellos se consideran mexicanos, pues uno no es del lugar donde nació, sino de aquel que lo acogió y lo protegió.
Sin embargo, hubo momentos oscuros en la Historia de México que hemos querido borrar, pero que están ahí como una mancha indeleble en nuestro pasado reciente. La masacre de más de 300 ciudadanos de origen chino en Torreón en 1911, es uno de los episodios más vergonzosos y menos discutidos de México. Reproduzco un breve párrafo del periodista que atestiguó la masacre, Delfino Ríos:
“Las calles de Torreón a las tres de la tarde estaban cubiertas de cadáveres… La consternación en que quedó la ciudad es indescriptible, no hay palabras con que expresarla".
El autor de estas líneas fue el periodista Delfino Ríos, testigo del asesinato de 303 chinos ocurrido el 15 de mayo de 1911.
Es la masacre más violenta de ciudadanos de ese país en la historia del continente americano, según historiadores.
La mitad de la comunidad china de Torreón, Coahuila, en el noreste de México fue asesinada.
Y sin embargo, el hecho es poco conocido en el país.

Yo crecí en una ciudad de las más alejadas del centro, con un clima inclemente, una tierra árida e indómita que se convirtió en poco tiempo en uno de los lugares más prósperos del Noroeste, Mexicali. Y eso fue, en gran medida, gracias a sus inmigrantes chinos, japoneses, pero también mexicanos de otros estados que llegaron ahí a principios del siglo pasado a trabajar la tierra, a echar los durmientes del ferrocarril del Pacífico, a iniciar comercios y restaurantes, a abrir escuelas, en fin, a formar una comunidad que prosperó cobijada bajo “un sol abrasador” y protegida de la contaminación del centro de México.  Los “cachanillas” somos gente trabajadora y honesta, en su mayor parte y venimos de muchos lugares, algunos del otro lado del mar, como los chinos y japoneses que también son cachanillas y están orgullosos de serlo.

He visto cómo la ciudad donde nací, Matamoros, y  donde crecí, Mexicali, ambas fronterizas, han debido improvisar albergues para muchos inmigrantes centroamericanos que intentan cruzar el Río Bravo o la línea hacia Estados Unidos buscando oportunidades de empleo y una vida digna para ellos y sus familias.

He visto a muchas de esas personas limpiando vidrios de carros, vendiendo agua embotellada, dulces y chicles a cambio de unas monedas para sobrevivir mientras esperan una oportunidad de cruzar al otro lado, pero también he visto cómo los agentes de migración mexicanos en ambas fronteras, la sur y la norte,  los han estafado, maltratado, torturado no sólo física sino psicológicamente e incluso han cometido crímenes peores con ellos, como secuestrarlos para el narco o violado a las mujeres.

México es un infierno para los inmigrantes que intentan llegar hacia Estados Unidos y así ha sido en los últimos 50 años. Somos un país inhóspito, racista, clasista y xenófobo. La hostilidad con la que tratamos a los inmigrantes centroamericanos sólo es comparable con la que los estadounidenses tratan a los inmigrantes mexicanos en su país.
Pero cuando se trata de los mexicanos en Estados Unidos, sí levantamos la voz. Queremos que se nos dé un trato “digno” incluso si somos ilegales. Exigimos garantías, seguridad, respeto a nuestros derechos humanos pero ¿cómo podemos atrevernos a exigir algo que nosotros no damos? ¿Con qué calidad moral demandamos a Estados Unidos lo que nosotros negamos a quienes intentan entrar a México por la frontera sur?
Si bien es cierto que los países de origen de los inmigrantes centroamericanos deben garantizar que no ocurra un éxodo masivo de sus ciudadanos, también lo es que el país de tránsito hacia su destino final debe hacer valer su soberanía y su derecho a negarle la entrada al país a quienes considere no aptos, pero debe revisar cada caso individualmente y no detenerlos en la frontera sur y deportarlos en masa a todos juntos.
México está en deuda con sus inmigrantes de todas partes del mundo, incluidos los centroamericanos y tiene el deber ético y moral de, al menos, analizar caso por caso su situación y actuar en consecuencia. Y también tiene la obligación de procurarles albergue, de garantizarles protección contra el crimen y contra los agentes corruptos del INM y de asegurarles un libre tránsito a través el país, sea cual sea su destino final.
Todos somos inmigrantes y en algún momento de nuestras vidas hemos sufrido en carne propia el desprecio, la humillación, la burla de algún tipo por parte de quienes debían acogernos o protegernos.
México tiene una oportunidad de oro para demostrarle al mundo que es realmente un país soberano, libre y que toma sus propias decisiones y que no es un simple lacayo de Estados Unidos. Ojalá y no la desperdicie.

Teresa Padrón Benavides

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jueves, 26 de julio de 2018

Sabiduría, Inteligencia y Prudencia



“El principio central de la sabiduría es acceder a Dios, por lo tanto, un prerrequisito sería aceptar Su existencia.” Maimónides

Aristóteles en su Ética Nicomaquea, expone que la razón posee tres medios de desarrollo: la sabiduría (sophía), la inteligencia (sínesis) y la prudencia (phrónesis). De las tres palabras del sabio griego, la tradición filosófica árabe y judía construyó una teoría muy estructurada sobre el desarrollo de la mente humana, sus divisiones y funciones, así como sus tendencias prácticas. Así Maimónides, heredero de la tradición en cuestión, declara en su obra Shemoná Perakim que las virtudes intelectuales (capacidades racionales del pensamiento) se dividen en tres: la sabiduría (jojmá), el intelecto (sejel) y el entendimiento (tebuná).
Con respecto a la definición de sabiduría Maimónides dice: "es el conocimiento de las causas últimas y cercanas, después de haber comprendido la existencia de un ser sobre el cual se investigaron sus causas".  El tema es presentado más ampliamente en Moré Nebujim 3:54, donde Maimónides declara que el término "sabiduría" se aplica en hebreo sobre cuatro funciones: comprender las verdades (axiomas) a través de los cuales se alcanza el conocer a Dios, conocimientos de oficios y artesanías, capacidad de adquirir virtudes éticas y astucia para idear planes agudos y útiles.
Vivimos en una época en la que pareciera que tales virtudes son cada vez más raras y difíciles de hallar y en la que, además, dichas virtudes parecen haber perdido importancia y  cedido su lugar a la ignorancia, la vulgaridad, la estupidez y los vicios.
Es común ver, por ejemplo, el mal uso que hacemos de las nuevas formas de comunicación, en especial de las redes sociales, que han reemplazado a los libros, a las aulas y a los laboratorios, convirtiéndolas en el área común donde se desarrolla nuestra “vida”. En estos “lugares de encuentro humano”, se desarrolla gran parte de de nuestras actividades sociales, intelectuales e incluso afectivas.
En Facebook, por ejemplo, nos desinhibimos y explayamos nuestro carácter, nuestra personalidad y nuestras creencias ante un grupo concurrido de “amigos”, que están siempre al pendiente de lo que podamos “compartir” y dispuestos a “estar de acuerdo” o a “discrepar” con nosotros y a “dialogar” y “discutir” respecto del comentario que hayamos compartido. Si entrecomillo estas palabras es justamente por el sentido irónico conque las estoy utilizando.
Si nos atenemos a las definiciones de “sabiduría”, “intelecto” y “entendimiento” tanto de la tradición árabe judía como de Aristóteles, lo que nosotros hacemos hoy en día a través de las redes sociales, no contribuye en lo absoluto a desarrollar estas capacidades y habilidades y mucho menos a perfeccionarlas. Al contrario, las obstaculiza y las reduce a meras actividades cotidianas, rutinarias e inútiles, que poco a poco van reduciendo nuestra capacidad de pensar y nuestras habilidades críticas.
Tampoco las redes sociales añaden mucho a nuestra empatía, a nuestra capacidad de sentir compasión, a nuestros afectos y sentimientos como la ternura, el compañerismo, la solidaridad. Podemos “conmovernos” con un video o una imagen trágica, enternecedora o cruel y “reaccionar” con un meme o un like y hasta ahí llegará nuestra dosis diaria de participación ciudadana, de solidaridad y de empatía. La ayuda “real”, puede esperar o, mejor aún, llegar de otro lugar. Yo, a lo que sigue.
No nos engañemos. Los grandes científicos, los grandes virtuosos de la música, los grandes artistas, filósofos, escritores, NO están frente a su Smartphone o su Laptop todo el día. Están investigando, leyendo, trabajando, ensayando, componiendo, creando, cambiando al mundo con sus ideas y sus obras. Los grandes luchadores sociales tampoco son virtuales. Están allá afuera, en el mundo “real”, enfrentándose a problemas reales, a personas de carne y hueso, escuchando sus causas y luchando sus batallas.
La tecnología es muy útil, nos facilita la vida en todos los aspectos, pero debe ser eso, una herramienta más que contribuya a volvernos personas más inteligentes, más críticas, más independientes pero también que coadyuve a desarrollar nuestras capacidades afectivas, nuestra empatía “real” por la gente “real”. Los grandes inventores de los paratos que nosotros utilizamos a diario para “socializar”, no llegaron a sus descubrimientos estando sentados frente a una computadora, sino leyendo, estudiando, experimentando y también, valiéndose de la tecnología que tenían a la mano.
La sabiduría, el intelecto y el entendimiento, es decir, el juicio, están en los libros, en el arte, en las universidades, en los museos, en los talleres, en los laboratorios, en las salas de concierto, no frente a un ordenador o un teléfono celular.
Rivka Jaya, 14 Av, 5778



viernes, 2 de febrero de 2018

El árbol de la familia









“Que tus contornos te quieran, que te respete la muerte.”
A una encina verde, Joan Manuel Serrat

Si uno observa bien, cada familia es un árbol y cada árbol es una familia. Los árboles tienen, al igual que nosotros,  raíces que surgen de la semilla que alguien plantó o que algún ave o el mismo viento depositaron en algún lugar donde había tierra fértil. Y esas raíces se aferran firmemente al suelo y absorben el agua subterránea o el agua de lluvia. Esta agua, junto a la luz del sol, son el alimento que el árbol necesitará durante toda su vida para crecer firme y enhiesto y con un follaje espeso, bajo cuya sombra descansarán muchas personas, en cuyo tronco se apoyará una pareja de enamorados y entre cuyas ramas construirán las aves sus nidos.
Muchos son los símiles que se han hecho acerca de los árboles con las familias, pero me gustaría aquí reflexionar un poco acerca del papel que desempeña cada miembro de la familia en el buen o mal desarrollo del árbol genealógico.
Los bisabuelos y abuelos (e incluso los tatarabuelos, si contamos con detalles acerca de sus vidas), son las raíces del árbol. A ellos y a ellas están ligados nuestros rasgos no sólo físicos, sino de carácter. También nos vincula a ellos una historia común, un camino que recorrieron hasta llegar a donde se establecieron y decidieron vivir y criar una familia y hacer un patrimonio. Luego vienen los padres, con sus respectivas historias, que serían el equivalente al tronco del árbol. De los nutrientes que cada uno de los padres decida aportar, dependerá que el tronco crezca firme y enhiesto o débil y torcido. Pero no sólo de eso, sino también de que ambos padres se arraiguen al suelo con firmeza y se mantengan unidos, pues los vientos fuertes, las tempestades y los peligros externos, como las plagas y los machetes y hachas que blandirán en su contra, pueden acabar con el hermoso árbol de un solo tajo o en muy poco tiempo.
Si el tronco se mantiene a salvo de todo eso, de él brotarán ramas firmes y hermosas, los hijos e hijas, cuyo follaje será perenne. Ese follaje serán todos los atributos y virtudes de ellos, de los hijos e hijas, pues en las hojas verdes y brillantes se refleja la salud del árbol. Del tronco, es decir, de los padres, dependerá en gran medida que ese follaje luzca siempre hermoso.
Pero ahí no termina todo. Cada rama, a su vez, se ramificará en otras más pequeñas, es decir, las familias que los hijos e hijas formen cada cual. Estas ramas, a su vez, seguirán nutriéndose de las mismas raíces y del mismo tronco que sus padres y, al igual que ellos, mostrarán un follaje hermoso y perenne o, por el contrario, serán débiles, frágiles, vulnerables y se irán secando poco a poco hasta morir.
Pero si ocurre el milagro de que el árbol continúe creciendo sano y firme, será también el hogar de muchas aves que lo alegrarán con sus cantos y que harán de él el hogar ideal para sus crías. Es decir, el árbol no sólo dará sombra y oxígeno, sino que será él mismo la casa de otros seres vivos.
Lo mismo ocurre con las familias. Cuando en la casa reina la paz, la armonía, el buen humor, la alegría, llegarán otras personas, familiares, amigos, vecinos y querrán estar ahí, aunque sea por un breve tiempo, pues se sienten ellos mismos como en casa y se consideran también parte de ese árbol familiar, firme, frondoso y lleno de trino de pájaros.
Y ese privilegio, el de ser un árbol placentero, que acoge no sólo a sus miembros, sino a todo el que quiera cobijarse en él, es tal vez la más grande bendición de todas. La de ser una casa abierta a la vida, al amor, a la alegría.
Por eso el judaísmo nos enseña a amar profundamente nuestras raíces, a arraigarnos a nuestros valores y tradiciones, a continuar enseñándolas a nuestros hijos e hijas y ellos, a su vez, a los suyos. Sólo así podremos asegurarnos que nuestro paso por la vida no ha sido en vano, pues mientras haya alguien en la familia que nos recuerde, por alguna virtud, por alguna anécdota, por alguna receta familiar, por alguna historia, viviremos por siempre. Y seremos como un árbol sempiterno bien enraizado, firme, majestuoso y lleno de vida.

Rivka Haya, 17 de Shebat, 5778

martes, 31 de octubre de 2017

Pensar con el Corazón




When I was Young, I admired clever people. Now that I’m old I admire kind people.
Abraham Joshua Heschel
Para Amos, quien piensa con el corazón y ama con la razón

La palabra hebrea para sabiduría es “jojmá” . Un sabio es un “jajam”. Y en hebreo la palabra cálido, es “jam”. Un hombre que posee un corazón bondadoso tiene un “lev jam”.  La palabra cálido, aplicada al carácter de las personas quiere decir “bondadoso, generoso, agradable”, y la palabra sabiduría quiere decir también madurez, prudencia, acierto, conocimiento, experiencia. Etimológicamente, en hebreo, ambas palabras, sabiduría “jojmá” y calidez “jamim”, poseen la misma raíz, las letras Jet y Mem (חם).  Muchos sabios dicen que es así porque ambas cosas, la sabiduría y la calidez humanas, es decir, la bondad, son sinónimos.
Crecí escuchando que a la gente buena le llamaban estúpida. Que el mundo era de los astutos y que el más vivo vivía del más idiota. También crecí escuchando que no había gente buena en el mundo y que los pocos que quedaban lo eran porque eran tontos, cobardes o porque no tenían ningún atributo físico. En el fondo, nunca me lo creí y con el tiempo he llegado a comprobar que quienes decían eso estaban equivocados y que yo tenía razón. Que la gente buena es mucha y que, al contrario de lo que me decían, la mayoría de esa gente es inteligente, independiente, dueña de su vida y eso los hace bellos (al menos a los ojos de otras personas igualmente buenas o inteligentes).
Hoy más que nunca vivimos en un mundo que no valora a las personas por lo que son sino por lo que tienen. La bondad, la amabilidad, el respeto, la cordialidad, la generosidad han dejado de ser atributos loables y en cambio, ahora consideramos digno de admiración a alguien rico, famoso (incluso por algo malo), físicamente dotado, audaz, atrevido, astuto, y, sobre todo, admiramos a quienes aprovechan su poder para abusar o dominar a otros.
Sólo basta ver quiénes son los héroes actuales para darnos cuenta cuales son las “virtudes” que se aprecian hoy en día: futbolistas, modelos, actores y actrices de muy mala categoría y reputación; criminales famosos, gángsters, políticos corruptos (pero ricos), chicas audaces que se atreven a decir lo que piensan sin pudor en la red y que se ganan la popularidad y la simpatía de la mayoría de los idiotas que las escuchan y las siguen.
¿Dónde quedaron los héroes de la época de Oro de la literatura? ¿Dónde se fueron Ájax, Odiseo, Héctor, Aquiles, Don Qujote, el Amadís de Gaula, el Mio Cid? ¿O de la Historia, con mayúscula, como Gandhi, Martin Luther King, Abraham Lincoln, Juárez, Iturbide, Guerrero, Allende?  ¿O algunos que fueron poetas y escritores y que, al mismo tiempo, usaron su arte y su poesía como arma contra la tiranía de sus países como Miguel Hernández, Federico García Lorca, Reinaldo Arenas? ¿Qué fue de los hombres y mujeres que dieron su vida o la arriesgaron por una causa justa o que inventaron o descubrieron cosas que ayudarían a la humanidad entera como Marie Curie, Oskar Schindler, Louis Pasteur? Nadie los conoce. Nadie ha oído de ellos y a nadie le importa. Mucho menos a los millones de héroes anónimos, soldados desconocidos, que dieron su vida para que a nosotros nos tocara vivir en una sociedad más “justa” y “libre” (nótense las comillas).
¿Por qué ser una buena persona es sinónimo de ser un “loser”? ¿Por qué ahora todo mundo educa a sus hijos para ser “triunfadores”, “ganadores”, “competitivos” sin importar a quién se lleven por delante y sin detenerse a pensar en si sus actos afectan a otros? ¿Contra qué o contra quién están compitiendo? ¿Y cuál es el juego y cuál es el premio?
Lo que yo he visto, a lo largo de mi medio siglo de vida, o al menos desde que comencé a percatarme de lo que pasaba en torno mío, es que el éxito en el terreno económico o social no es sinónimo de felicidad y que la gente que vive para alcanzar ese tipo de éxito, casi nunca logra estar cien por ciento satisfecha. Una de las razones es tal vez el hecho de que, por más riqueza y poder que acumulemos, jamás podremos, por ejemplo, comprar el afecto y el cariño de las personas. “Money can´t buy me love”, decían los Beatles allá por 1962.
Además, por más dinero o poder que alguien tenga, ¿puede acaso librarse de la muerte, de las enfermedades, de las tragedias? No. El dinero y el poder nos sirven como armas de control, pues una persona poderosa o rica infunde temor, miedo e incluso terror a veces. Pero alguien que se hace respetar a través de ese tipo de control, es justamente porque no posee virtudes que lo hagan amable, querible, entrañable.
En su obra de teatro “Calígula”, el escritor francés Albert Camus describe al tirano emperador como un ser mucho más vil de lo que nos dicen los libros históricos. Alguien capaz de cometer actos sádicos,  crueles y despiadados con tal de obtener lo que desea. Pero como lo que ahora desea es nada más y nada menos que volver a la vida a Drusila, su hermana y amante y sabe que eso es imposible, trama su propio asesinato. “Los hombres mueren y no son felices”, dice Calígula en la obra.
En cambio, también a lo largo de mi vida he visto cómo, las personas más sencillas, las que han vivido con lo indispensable, han sido también las más felices.  Pienso en este momento en personas muy cercanas a mí , a quienes no recuerdo haber visto tristes, enojadas o angustiadas y cuya compañía yo disfrutaba más que cualquier otra. Dios siempre proveyó para ellas lo indispensable a través de mucha gente que las quiso, justo por ser buenas.
No estoy negando que el dinero no sea necesario para vivir una vida digna, sin tener que preocuparse por lo inmediato y para poder dedicarnos a otras actividades que nos ennoblezcan y nos hagan crecer como personas. No, lo que estoy diciendo es que cuando le concedemos más valor a obtener más y más dinero, bienes o poder, nuestra vida se vuelve miserable, vacía, sin sentido, pues es la ambición, el deseo de tener más de lo necesario, lo que causa la desgracia humana.
Pero volviendo a lo de las personas buenas, si ser alguien inteligente es sinónimo de ser alguien astuto, poderoso, rico o famoso, pues eso conduce a la felicidad ¿cómo es que la mayoría de estas personas no logran ser felices? Y si, por el contrario, ser alguien estúpido es sinónimo de ser un perdedor, un don nadie, un cero a la izquierda, alguien de bajo perfil, ¿por qué muchas de estas personas son más felices y están más satisfechas con su vida? Si la felicidad se mide en términos de satisfacción, de alegría, de amor y de bienestar, la mayoría de las personas con dinero y poder carecen de ellas, mientras que las personas con menos recursos materiales, pero más recursos humanos, afectivos, amistosos, manifiestan en cada aspecto de su vida, mucha más alegría y felicidad que las primeras.
Porque, ¿qué es lo que finalmente queremos lograr a través de lo que hacemos? Que nos amen. Que nos quieran y nos requieran, que busquen estar cerca nuestro, que nos demuestren afecto, cariño, respeto y amor. Porque no somos nadie si los demás no nos reconocen, si no nos ven, si no nos consideran. Porque incluso el peor de los tiranos lo es porque no posee una sola virtud que lo haga un ser amable, digno de amor y de respeto. Porque las virtudes son difíciles de cultivar, requieren paciencia, humildad para aprender de los demás, valor para reconocer nuestras limitaciones, capacidad de soportar el dolor, tolerancia ante la frustración, constancia y otras muchas que sólo poseen las personas inteligentes.
Y como es mucho más difícil cultivar estas virtudes que nos hacen especiales, recurrimos a la violencia, al sometimiento, al terror y al crimen para así hacernos presentes, para que nos vean, aunque no nos quieran, para que nos teman, aunque no nos amen. Pues son muy pocas las personas realmente inteligentes (que para mí es sinónimo de buenas), que poseen todo aquello que los demás envidian porque no pueden tener: el respeto, la admiración y el amor verdaderos.  Por eso es que las personas buenas son inteligentes, porque se esfuerzan en cultivar las virtudes que los hacen ser amados, pues eso, el amor, es por lo que la gente vive y muere, mata y da vida.

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Otoño, 2017

domingo, 22 de octubre de 2017

El soundtrack de mi vida (A propósito de mis 50 años)



Freud decía que la infancia era destino. Que lo que sucedía en nuestra vida adulta sería como una re edición de lo que había sido nuestra niñez. Yo no sé qué tan cierto sea esto, pero lo que sí sé es que mi infancia y mi adolescencia fueron etapas muy felices en mi vida y no fueron para nada compatibles con la idea idílica que se tiene de esa edad, al menos para una niña.
No crecí entre hermanas, sino entre hermanos, más grandes que yo. No tuve una educación “femenina y delicada”, sino masculina y hasta cierto punto burda, tosca. Mis juegos de infancia fueron más de niño que de niña: canicas, bicicleta, patines, papalotes. Mi cuarto era el mismo de mis hermanos y no era color de rosa ni con papel tapiz de flores, sino azul y con pósters de los Bee Gees, Farah Fawcett, Creedence Clearwater y los Beatles.
Aprendí a andar en moto a los catorce, a trabajar con máquinas de limpieza a los trece y manejé mi primer carro a los 15, un pick up Ford 1965, color vino, con la palanca de los cambios durísima y en dónde apenas si alcanzaba los pedales del clutch y del freno.  Mis hermanos me enseñaron a nadar desde pequeña, en la alberca Chávez, en Matamoros. Después me enseñaron a tirar golpes de verdad. Aprendí a pelear como si fuera una mini boxeadora peso pluma: jabs, ganchos al hígado, cruzados, upper cuts. Mis golpes resultaron tan buenos que varias veces, ensayando, dejé a mis hermanos el ojo morado.
Otra cosa que aprendí en aquella época y que sería, esa sí, definitiva en mi vida futura, fue el amor por la música. Cuando nos mudamos de Matamoros a Mexicali, dejamos atrás un pasado claroscuro. Familia, vecinos y amigos queridos, pero también problemas familiares irresolubles y turbulentos. Mexicali nos acogió calurosamente (en sentido literal pero también metafórico). Allí todos, desde el primer día, mi tía, mis primos y los amigos que hicimos al llegar, nos recibieron con afecto y amabilidad y como si nos conocieran y quisieran desde siempre.
La música, desde entonces, servía para llenar todos los momentos de nuestra nueva vida y también para recordar con nostalgia lo que habíamos dejado atrás. Fue mi hermano Héctor, “Torín”, como lo conocen todos, quien más me contagió su gusto por los Beatles, los Bee Gees, Creedence Clearwater Revival, los Rolling Stones, y tantos otros grupos, algunos pop, de su época preparatoriana, como Chicago, y otros más pesados y más viejos como Led Zeppelin.
De ahí nació mi gusto por el inglés, por la literatura y por la música. Pero también el rock (y el pop) fueron el vínculo más fuerte entre yo, una niña de apenas doce años, y mis hermanos, uno de 17 y otro de 20. Yo sentía entonces que cada canción había sido escrita para nosotros, yo y mi familia, mis amigos de infancia y mi ciudad, Mexicali. Aunque en realidad las canciones hubieran sido concebidas al otro lado del mundo, en lugares muy distintos al mío y en condiciones diametralmente opuestas a lo que era mi vida. Yo las hacía mías, las reinventaba.
Recuerdo el camino de nuestra casa, en la colonia industrial, hacia la secundaria. Debía pasar por un lote baldío, de esos que abundan en Mexicali, con el sol a plomo sobre mis espaldas de niña, pero yo iba cantando “Penny Lane is in my ears and in my eyes, there beneath the blue suburban skies…” Mi cielo no era suburbano ni azul, sino plomizo y con un sol abrazador, pero yo me hallaba a miles de kilómetros de distancia, allende el mar, en Livepool , con John, Paul, George y Ringo caminando a mi lado. Mis amigos de aquella época, hace más de 35 años, me recuerdan como “la que se sabía todas las de los Beatles”.
Al salir de la escuela, en los meses de otoño e invierno, ya está oscuro en Mexicali. De regreso a mi casa, bordeaba el lote baldío y atravesaba por callejones llenos de casas viejas de madera estilo californiano, con tejas de barro y corredores. Desde los radios de algunas de esas casas llegaban hasta mí melodías del programa “Beatlemanía”, de radio 790 A. M. Casi siempre me detenía para escuchar el final de alguna de mis favoritas.
Al llegar a mi casa, me esperaban mis hermanos con algunos de sus amigos y a veces también mis primos, escuchando a Boston, Foreinger o Supertramp y preparando tortillas de harina, frijolitos con chorizo y un chocolate “Quick” para cenar. Mi hermano Torín siempre ha sido buen cocinero, pues le encanta comer.
Después me dejaban salir un rato en mi bici de carreras, una Huffy color beige con café, regalo de navidad de mi mamá, y mientras pedaleaba a la casa de alguno de mis amiguillos, iba tarareando “Help”, “A Hard Day’s Night”, o alguna de moda, como “Don’t Stop Believing” de Journey. Una vez reunida con mis amigos, sacábamos una vieja grabadora Sony y poníamos un cassette para escuchar música mientras hacíamos una fogata en algún lote baldío y nos pasábamos una coca o un gansito. “Hot Blooded,” “Juke Box Hero”, de Foreinger,  “Separate Ways” de Journey, “Logical Song” de Supertramp, se escuchaban cada vez más lentas y distorsionadas hasta acabarse las pilas Rayo Vac. Nos despedíamos prometiendo volver a la noche siguiente, aunque el frío del desierto nos calara en los huesos, pues el calor de la fogata y más aún, el de la amistad, nos mantenían tibios.
A pesar de haber crecido entre hombres y mayores que yo, mis hermanos, mis primos y sus amigos, siempre me trataron con afecto, con un cariño especial, de hermana menor, de niña y no recuerdo una sola vez en la cual no me defendieran o me ayudaran si me metía en problemas. Me hicieron mi fiesta de quince años, con chambelán, vestido rosa y todo lo demás, pero eso sí, con el “Danger Discoteque” amenizando. Un sonido disco del gran Luisón, (qepd,) querido amigo de mis primos y hermanos. En mi fiesta hubo sobre todo rock, pop en inglés y una que otra cumbia de Rigo Tovar, pues era el orgullo de “Mi Matamoros Querido”.
Durante esa época fui siempre la chaperona de mis hermanos y sus novias. Debían llevarme con ellos cuando las visitaban o las invitaban al cine o a algún otro lugar. A mí no me importaba mucho, siempre y cuando me compraran algo rico y me dejaran andar sola un rato. Aunque hubo algunas que me resultaban más bonitas y simpáticas que otras, nunca expresé mi opinión, pues sabía bien que no la tomarían en cuenta, después de todo, yo era la hermanita menor.
Después entré a la prepa. Poco a poco, mis hermanos y yo nos fuimos distanciando, pero nunca demasiado como para no ayudarnos, como para no acompañarnos en las buenas y en las malas, como para no sacar la casta a la hora de ayudar a mamá en todo. Mis amigos y amigas de esa época son entrañables no sólo para mí, sino para mi familia, pues crecí en un tiempo en el que la amistad era aún de verdad y para siempre. Tuve mi primer novio. Un rockero greñudo y gordito del que yo estaba perdidamente enamorada. Era el guitarrista de la primera banda de rock que formé en mi vida. Por supuesto, mis hermanos y mi madre debieron dar su aprobación y él tuvo que pasar varias pruebas de fuego si quería que le concedieran permiso para ser mi novio. La primera fue la más dura, cortarse la melena. La pasó. 
Las canciones de esa época también fueron definitivas en mi vida, esta vez, como vínculo entre yo y mis amigos. Canciones de Scorpions, Rush, Iron Maiden, entre otras de nuestras bandas favoritas muchas delas cuales pudimos ir a escuchar en vivo al San Diego Sports Arena, todos juntos.
Luego conseguí mi primer trabajo, a los 18 años, de secretaria bilingüe en el parque industrial Mexicali I. Me lo dieron en la primera entrevista. Cuando me preguntaron dónde había aprendido a hablar inglés de manera tan fluida y con tan buena pronunciación, esbocé una ligera sonrisa y dije: “en los discos”. Sí, en los LP’s que me compraba mi hermano Torín y que oíamos una y otra vez al acostarnos, o mientras hacíamos una carne asada con los amigos, o en el viejo pick Ford color vino, o mientras limpiábamos la casa, los tres juntos, mis hermanos y yo.
Nuestra vida en Mexicali transcurrió como la de cualquier familia, con fiestas de cumpleaños, velorios de amigos y parientes, viajes a Las Vegas, Disneyland, Sea World, y al mar, a la montaña y al desierto. Después vinieron tragedias. Algunas muy dolorosas e insuperables. Pero incluso esas tragedias sirvieron para mantenernos más unidos. La música que empecé a escuchar se volvió cada vez más oscura, tal vez por la etapa en la que estaba pasando. Pink Floyd, Black Sabbath, Uriah Heep, encerrada en mi cuarto, con luces apagadas en las noches gélidas de invierno. Pero aquello también pasó.
Luego mis hermanos formaron sus familias. Me quedé sola en casa con mi mamá. Estudié, trabajé, me casé y formé, yo también mi familia. Hoy, la música sigue siendo parte de mi vida, pero el sonido es otro, la motivación es otra, la expresividad es otra. Con mi esposo he aprendido a amar, comprender, analizar y disfrutar la música clásica de una forma que sólo los melómanos entienden. También el jazz y el blues, entre otros géneros, nutren nuestra vida adulta y tenemos la fortuna de poder disfrutarlos con nuestro hijo, quien también ama la música y la interpreta.
Algunas personas dicen que me he convertido en una mujer joven, guapa, madura e inteligente. Otros que sigo siendo la misma niña libre, salvaje e inquieta de hace muchos años. Yo no sabría definirme en esos términos. Lo que sí sé es quién he sido, cuál es mi historia, mis raíces y salvo por la muerte prematura de mi hermanita de 12 años, no cambiaría ni una sola cosa. Cada canción, cada libro, cada viaje, cada relación y cada lugar han dejado huella en mí y son el material con que me nutro para escribir, para cantar, para vivir.
Porque cada persona que he conocido y cada acontecimiento que he vivido a su lado, triste o alegre, amargo o afortunado, han hecho de mí la persona que soy y creo que no ha sido para mal, pues tengo la fortuna de contar con el amor y el afecto de mucha gente, quienes conservan siempre un buen recuerdo mío y eso es lo que da sentido a mi vida, lo que hace que haya valido la pena llegar hasta este momento rodeada de amor y de música. Y sólo tengo que decirles, a cada una de ellas, gracias por recordarme y por quererme. El sentimiento es mutuo. Que sus vidas estén siempre llenas de música, de buena música y que haya entre todas, una canción que me traiga a sus mentes.
Quisiera terminar este homenaje a la música y a la gente que he amado con una frase de “In My Life” de John Lennon (canción que amo más que a ninguna, pues con ella nació mi hijo):
“Though I know I’ll never lose affection, for people and things that went before, I know I’ll often stop and think about them, In my life, I love you more.”

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Otoño, 2017, Ciudad de México


domingo, 13 de agosto de 2017

“Los Olvidados”, la película “inolvidable” de Buñuel.




El buen cine y la buena literatura lo son porque reflejan la realidad pero lo hacen de manera profunda, no superficial.  El cine y la literatura se permiten licencias que enfatizan y resaltan todo lo que de malo (y de bueno) tiene la realidad  y, además, añaden elementos que pertenecen al ámbito de la psique, de los sueños, el sub consciente y eso las convierte en obras maestras, pues es muy difícil retratar el interior de las personas y la esencia de las cosas.
Los olvidados, de Luis Buñuel, se inserta en el así llamado género “surrealista”, al que pertenecieron pintores como Dalí, Max Ernest, entre otros y escritores como Guillaume Apollinaire y André Breton y que surgió a principios de la década de los años 20.
Pero no profundizaré aquí acerca de lo que es el surrealismo pues se han escrito chorros de tinta al respecto. Sólo me gustaría resaltar los elementos de surrealismo que hay en la película para tratar de entender cómo Buñuel logró combinar a la perfección el híper realismo (es decir, la realidad tal cual) con los elementos que pertenecen al campo del sub consciente, a los sueños, a lo irracional, para crear una obra oscura, que retrata la marginalidad, la miseria, el abandono y la falta de amor y cómo esto desemboca en la crueldad y la brutalidad humanas más descarnadas.
Haciendo una comparación entre la obra maestra del realismo italiano “Pobres, sucios y malos” de Ettore Scola, y “Los olvidados”, nos encontramos ante una realidad que se repite en todas las grandes urbes del mundo, sobre todo en la era capitalista: cinturones de miseria en medio de edificios de lujo, población indígena que debe migrar a la ciudad en busca de trabajo, falta de educación y de empleo de calidad, prostitución, crímenes, etcétera.
La película transcurre en el México de principios de los cincuenta, en un barrio marginal en donde el crimen y la desolación  son el pan de cada día. Jaibo, un adolescente infractor que acaba de escapar del reclusorio, regresa a su barrio para continuar sus fechorías en complicidad de los otros muchachos de la vecindad, en su mayoría niños y adolescentes que pasan el día robando para vivir, pues no asisten a la escuela.
El jaibo desea vengarse del joven que lo delató y que provocó que lo recluyeran, Julián, un muchacho bien intencionado, honrado y trabajador que sólo desea mantenerse alejado del jaibo y compañía. Para llevar a cabo su venganza, el jaibo contará con la complicidad de Pedro, su mejor amigo, un chico despreciado por su madre, cuya rebeldía es más por esa falta de amor que por maldad, pues varias veces durante la película, Pedro quiere reivindicarse y ganar el amor de su madre, pero el miedo que siente por el jaibo y el coraje y frustración por ser rechazado por su propia madre, lo involucran en el crimen y lo hacen cómplice y víctima.
Los personajes secundarios juegan también un papel crucial en la película, pues aunque no caen en los estereotipos, sí encajan a la perfección en el ambiente oscuro y marginal de la trama. El ciego, un anciano invidente que se gana la vida pidiendo limosna y tocando instrumentos. El ojitos, un niño de que viene del campo y que es abandonado por su padre en la gran urbe por librarse de una boca más que mantener. La madre de Pedro, una mujer joven y amargada debido al abandono de su marido y a tener que trabajar de sol a sol lavando ropa para mantener a su familia. Meche, una niña a quien el entorno en el que vive ha vuelto huraña y desconfiada, pero que conserva su buen corazón y su candor.
Los personajes, todos, son muy humanos en el sentido de que aquí no hay buenos y malos, es decir, todos, pueden tener las peores intenciones, pero también mueven a compasión y a lástima. Pues algunas veces son movidos por sus más bajos instintos y eso desemboca en crímenes y otras son víctimas de las circunstancias en las que viven.
En Los olvidados no hay una lectura fácil ni una sola escena en donde se pueda juzgar a alguien en términos objetivos, puesto que sus personajes son tan “reales”, es decir, tan parecidos a nosotros, que no sabemos qué esperar de ellos ante tal o cual estímulo.
 En “Los olvidados”, Igual que en la película de Scola,  no podemos juzgar sesgadamente a nadie, pues todos son víctimas y verdugos. Por ejemplo, el jaibo, un joven sin escrúpulos a quien no le mueve a compasión ni siquiera la invalidez de un indigente a quien, junto con sus compinches, despojan de su dinero y del carrito con el que se transporta y lo dejan tirado en plena calle, es un paria, vive en el abandono absoluto, solo, sin familia y eso es ya razón suficiente para compadecerlo (no para justificarlo). O el mismo ciego, el anciano indigente que toca instrumentos y canta para sobrevivir, es víctima del sistema que le niega asistencia social, pero es también un ser cruel, lascivo y avaro. O a la madre de Pedro, que si bien trabaja y mantiene a sus otros hijos, también repudia y rechaza a Pedro, su hijo mayor, a quien tuvo a los catorce años, producto de una violación. O incluso Meche, la niña dulce y tierna que se compadece del “ojitos”, el niño que viene del campo y a quien su padre abandonó, tiene su lado “oscuro”, pues al final de la película, es cómplice de su abuelo de un acto injusto e inhumano.
En este sentido, los olvidados son cada uno de los personajes, el joven abandonado desde la infancia; el niño rechazado por su madre, el invidente a quien se le niega asistencia, la mujer a quien su marido dejó con tres hijos, el niño del campo cuyo padre huyó dejándolo en la ciudad, en fin, los olvidados son los “invisibles”, a quienes la sociedad les voltea la cara, los que no tienen rostro, ni voz ni voto, aquellos que nacen y mueren sin ser percibidos. Todos aquellos cuyas vidas son irrelevantes para los demás y que son vistos únicamente cuando los “otros”, los que sí son “vistos”, son víctimas de alguno de ellos o cuando finalmente deciden formar alianzas criminales y vengarse de la sociedad que los ha relegado durante toda su vida.
Los olvidados es una gran película porque nos muestra de lo que somos capaces cuando el hambre, la miseria y la marginación nos mueven a actuar para cambiar radicalmente nuestra situación. Y ¿quién puede juzgar los crímenes cometidos por aquellos a quienes se les ha negado la oportunidad de vivir una vida digna durante tanto tiempo?
La crueldad, el sexo, la muerte, son las constantes de la película que culmina, como la Ilíada de Homero, con la muerte de sus dos “héroes” (o anti héroes, como se prefiera). Uno, a manos de su enemigo (antes amigo) y el otro, como era de esperarse, a manos de la “justicia”, entre comillas, pues no hay justicia en Los olvidados. No hay posibilidad de redención, por más intentos que, al menos Pedro, haya hecho. Porque es muy difícil dejar de ser uno de “los olvidados”.
Las extraordinarias actuaciones de Roberto Cobo como “el jaibo”, le valieron en 1951, el Ariel a mejor actor juvenil y la película es considerada por la UNESCO como “Memoria del mundo”, una categoría que sólo ostentan “Metrópolis” de Fritz Lang, “El mago de Oz” de Victor Fleming, además de toda la filmografía de los hermanos Lumiere. Luis Buñuel fue también galardonado ese año con el Ariel a mejor director.

Teresa Padrón Benavides

Ciudad de México, verano del 2017