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domingo, 22 de octubre de 2017

El soundtrack de mi vida (A propósito de mis 50 años)



Freud decía que la infancia era destino. Que lo que sucedía en nuestra vida adulta sería como una re edición de lo que había sido nuestra niñez. Yo no sé qué tan cierto sea esto, pero lo que sí sé es que mi infancia y mi adolescencia fueron etapas muy felices en mi vida y no fueron para nada compatibles con la idea idílica que se tiene de esa edad, al menos para una niña.
No crecí entre hermanas, sino entre hermanos, más grandes que yo. No tuve una educación “femenina y delicada”, sino masculina y hasta cierto punto burda, tosca. Mis juegos de infancia fueron más de niño que de niña: canicas, bicicleta, patines, papalotes. Mi cuarto era el mismo de mis hermanos y no era color de rosa ni con papel tapiz de flores, sino azul y con pósters de los Bee Gees, Farah Fawcett, Creedence Clearwater y los Beatles.
Aprendí a andar en moto a los catorce, a trabajar con máquinas de limpieza a los trece y manejé mi primer carro a los 15, un pick up Ford 1965, color vino, con la palanca de los cambios durísima y en dónde apenas si alcanzaba los pedales del clutch y del freno.  Mis hermanos me enseñaron a nadar desde pequeña, en la alberca Chávez, en Matamoros. Después me enseñaron a tirar golpes de verdad. Aprendí a pelear como si fuera una mini boxeadora peso pluma: jabs, ganchos al hígado, cruzados, upper cuts. Mis golpes resultaron tan buenos que varias veces, ensayando, dejé a mis hermanos el ojo morado.
Otra cosa que aprendí en aquella época y que sería, esa sí, definitiva en mi vida futura, fue el amor por la música. Cuando nos mudamos de Matamoros a Mexicali, dejamos atrás un pasado claroscuro. Familia, vecinos y amigos queridos, pero también problemas familiares irresolubles y turbulentos. Mexicali nos acogió calurosamente (en sentido literal pero también metafórico). Allí todos, desde el primer día, mi tía, mis primos y los amigos que hicimos al llegar, nos recibieron con afecto y amabilidad y como si nos conocieran y quisieran desde siempre.
La música, desde entonces, servía para llenar todos los momentos de nuestra nueva vida y también para recordar con nostalgia lo que habíamos dejado atrás. Fue mi hermano Héctor, “Torín”, como lo conocen todos, quien más me contagió su gusto por los Beatles, los Bee Gees, Creedence Clearwater Revival, los Rolling Stones, y tantos otros grupos, algunos pop, de su época preparatoriana, como Chicago, y otros más pesados y más viejos como Led Zeppelin.
De ahí nació mi gusto por el inglés, por la literatura y por la música. Pero también el rock (y el pop) fueron el vínculo más fuerte entre yo, una niña de apenas doce años, y mis hermanos, uno de 17 y otro de 20. Yo sentía entonces que cada canción había sido escrita para nosotros, yo y mi familia, mis amigos de infancia y mi ciudad, Mexicali. Aunque en realidad las canciones hubieran sido concebidas al otro lado del mundo, en lugares muy distintos al mío y en condiciones diametralmente opuestas a lo que era mi vida. Yo las hacía mías, las reinventaba.
Recuerdo el camino de nuestra casa, en la colonia industrial, hacia la secundaria. Debía pasar por un lote baldío, de esos que abundan en Mexicali, con el sol a plomo sobre mis espaldas de niña, pero yo iba cantando “Penny Lane is in my ears and in my eyes, there beneath the blue suburban skies…” Mi cielo no era suburbano ni azul, sino plomizo y con un sol abrazador, pero yo me hallaba a miles de kilómetros de distancia, allende el mar, en Livepool , con John, Paul, George y Ringo caminando a mi lado. Mis amigos de aquella época, hace más de 35 años, me recuerdan como “la que se sabía todas las de los Beatles”.
Al salir de la escuela, en los meses de otoño e invierno, ya está oscuro en Mexicali. De regreso a mi casa, bordeaba el lote baldío y atravesaba por callejones llenos de casas viejas de madera estilo californiano, con tejas de barro y corredores. Desde los radios de algunas de esas casas llegaban hasta mí melodías del programa “Beatlemanía”, de radio 790 A. M. Casi siempre me detenía para escuchar el final de alguna de mis favoritas.
Al llegar a mi casa, me esperaban mis hermanos con algunos de sus amigos y a veces también mis primos, escuchando a Boston, Foreinger o Supertramp y preparando tortillas de harina, frijolitos con chorizo y un chocolate “Quick” para cenar. Mi hermano Torín siempre ha sido buen cocinero, pues le encanta comer.
Después me dejaban salir un rato en mi bici de carreras, una Huffy color beige con café, regalo de navidad de mi mamá, y mientras pedaleaba a la casa de alguno de mis amiguillos, iba tarareando “Help”, “A Hard Day’s Night”, o alguna de moda, como “Don’t Stop Believing” de Journey. Una vez reunida con mis amigos, sacábamos una vieja grabadora Sony y poníamos un cassette para escuchar música mientras hacíamos una fogata en algún lote baldío y nos pasábamos una coca o un gansito. “Hot Blooded,” “Juke Box Hero”, de Foreinger,  “Separate Ways” de Journey, “Logical Song” de Supertramp, se escuchaban cada vez más lentas y distorsionadas hasta acabarse las pilas Rayo Vac. Nos despedíamos prometiendo volver a la noche siguiente, aunque el frío del desierto nos calara en los huesos, pues el calor de la fogata y más aún, el de la amistad, nos mantenían tibios.
A pesar de haber crecido entre hombres y mayores que yo, mis hermanos, mis primos y sus amigos, siempre me trataron con afecto, con un cariño especial, de hermana menor, de niña y no recuerdo una sola vez en la cual no me defendieran o me ayudaran si me metía en problemas. Me hicieron mi fiesta de quince años, con chambelán, vestido rosa y todo lo demás, pero eso sí, con el “Danger Discoteque” amenizando. Un sonido disco del gran Luisón, (qepd,) querido amigo de mis primos y hermanos. En mi fiesta hubo sobre todo rock, pop en inglés y una que otra cumbia de Rigo Tovar, pues era el orgullo de “Mi Matamoros Querido”.
Durante esa época fui siempre la chaperona de mis hermanos y sus novias. Debían llevarme con ellos cuando las visitaban o las invitaban al cine o a algún otro lugar. A mí no me importaba mucho, siempre y cuando me compraran algo rico y me dejaran andar sola un rato. Aunque hubo algunas que me resultaban más bonitas y simpáticas que otras, nunca expresé mi opinión, pues sabía bien que no la tomarían en cuenta, después de todo, yo era la hermanita menor.
Después entré a la prepa. Poco a poco, mis hermanos y yo nos fuimos distanciando, pero nunca demasiado como para no ayudarnos, como para no acompañarnos en las buenas y en las malas, como para no sacar la casta a la hora de ayudar a mamá en todo. Mis amigos y amigas de esa época son entrañables no sólo para mí, sino para mi familia, pues crecí en un tiempo en el que la amistad era aún de verdad y para siempre. Tuve mi primer novio. Un rockero greñudo y gordito del que yo estaba perdidamente enamorada. Era el guitarrista de la primera banda de rock que formé en mi vida. Por supuesto, mis hermanos y mi madre debieron dar su aprobación y él tuvo que pasar varias pruebas de fuego si quería que le concedieran permiso para ser mi novio. La primera fue la más dura, cortarse la melena. La pasó. 
Las canciones de esa época también fueron definitivas en mi vida, esta vez, como vínculo entre yo y mis amigos. Canciones de Scorpions, Rush, Iron Maiden, entre otras de nuestras bandas favoritas muchas delas cuales pudimos ir a escuchar en vivo al San Diego Sports Arena, todos juntos.
Luego conseguí mi primer trabajo, a los 18 años, de secretaria bilingüe en el parque industrial Mexicali I. Me lo dieron en la primera entrevista. Cuando me preguntaron dónde había aprendido a hablar inglés de manera tan fluida y con tan buena pronunciación, esbocé una ligera sonrisa y dije: “en los discos”. Sí, en los LP’s que me compraba mi hermano Torín y que oíamos una y otra vez al acostarnos, o mientras hacíamos una carne asada con los amigos, o en el viejo pick Ford color vino, o mientras limpiábamos la casa, los tres juntos, mis hermanos y yo.
Nuestra vida en Mexicali transcurrió como la de cualquier familia, con fiestas de cumpleaños, velorios de amigos y parientes, viajes a Las Vegas, Disneyland, Sea World, y al mar, a la montaña y al desierto. Después vinieron tragedias. Algunas muy dolorosas e insuperables. Pero incluso esas tragedias sirvieron para mantenernos más unidos. La música que empecé a escuchar se volvió cada vez más oscura, tal vez por la etapa en la que estaba pasando. Pink Floyd, Black Sabbath, Uriah Heep, encerrada en mi cuarto, con luces apagadas en las noches gélidas de invierno. Pero aquello también pasó.
Luego mis hermanos formaron sus familias. Me quedé sola en casa con mi mamá. Estudié, trabajé, me casé y formé, yo también mi familia. Hoy, la música sigue siendo parte de mi vida, pero el sonido es otro, la motivación es otra, la expresividad es otra. Con mi esposo he aprendido a amar, comprender, analizar y disfrutar la música clásica de una forma que sólo los melómanos entienden. También el jazz y el blues, entre otros géneros, nutren nuestra vida adulta y tenemos la fortuna de poder disfrutarlos con nuestro hijo, quien también ama la música y la interpreta.
Algunas personas dicen que me he convertido en una mujer joven, guapa, madura e inteligente. Otros que sigo siendo la misma niña libre, salvaje e inquieta de hace muchos años. Yo no sabría definirme en esos términos. Lo que sí sé es quién he sido, cuál es mi historia, mis raíces y salvo por la muerte prematura de mi hermanita de 12 años, no cambiaría ni una sola cosa. Cada canción, cada libro, cada viaje, cada relación y cada lugar han dejado huella en mí y son el material con que me nutro para escribir, para cantar, para vivir.
Porque cada persona que he conocido y cada acontecimiento que he vivido a su lado, triste o alegre, amargo o afortunado, han hecho de mí la persona que soy y creo que no ha sido para mal, pues tengo la fortuna de contar con el amor y el afecto de mucha gente, quienes conservan siempre un buen recuerdo mío y eso es lo que da sentido a mi vida, lo que hace que haya valido la pena llegar hasta este momento rodeada de amor y de música. Y sólo tengo que decirles, a cada una de ellas, gracias por recordarme y por quererme. El sentimiento es mutuo. Que sus vidas estén siempre llenas de música, de buena música y que haya entre todas, una canción que me traiga a sus mentes.
Quisiera terminar este homenaje a la música y a la gente que he amado con una frase de “In My Life” de John Lennon (canción que amo más que a ninguna, pues con ella nació mi hijo):
“Though I know I’ll never lose affection, for people and things that went before, I know I’ll often stop and think about them, In my life, I love you more.”

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Otoño, 2017, Ciudad de México


domingo, 13 de agosto de 2017

“Los Olvidados”, la película “inolvidable” de Buñuel.




El buen cine y la buena literatura lo son porque reflejan la realidad pero lo hacen de manera profunda, no superficial.  El cine y la literatura se permiten licencias que enfatizan y resaltan todo lo que de malo (y de bueno) tiene la realidad  y, además, añaden elementos que pertenecen al ámbito de la psique, de los sueños, el sub consciente y eso las convierte en obras maestras, pues es muy difícil retratar el interior de las personas y la esencia de las cosas.
Los olvidados, de Luis Buñuel, se inserta en el así llamado género “surrealista”, al que pertenecieron pintores como Dalí, Max Ernest, entre otros y escritores como Guillaume Apollinaire y André Breton y que surgió a principios de la década de los años 20.
Pero no profundizaré aquí acerca de lo que es el surrealismo pues se han escrito chorros de tinta al respecto. Sólo me gustaría resaltar los elementos de surrealismo que hay en la película para tratar de entender cómo Buñuel logró combinar a la perfección el híper realismo (es decir, la realidad tal cual) con los elementos que pertenecen al campo del sub consciente, a los sueños, a lo irracional, para crear una obra oscura, que retrata la marginalidad, la miseria, el abandono y la falta de amor y cómo esto desemboca en la crueldad y la brutalidad humanas más descarnadas.
Haciendo una comparación entre la obra maestra del realismo italiano “Pobres, sucios y malos” de Ettore Scola, y “Los olvidados”, nos encontramos ante una realidad que se repite en todas las grandes urbes del mundo, sobre todo en la era capitalista: cinturones de miseria en medio de edificios de lujo, población indígena que debe migrar a la ciudad en busca de trabajo, falta de educación y de empleo de calidad, prostitución, crímenes, etcétera.
La película transcurre en el México de principios de los cincuenta, en un barrio marginal en donde el crimen y la desolación  son el pan de cada día. Jaibo, un adolescente infractor que acaba de escapar del reclusorio, regresa a su barrio para continuar sus fechorías en complicidad de los otros muchachos de la vecindad, en su mayoría niños y adolescentes que pasan el día robando para vivir, pues no asisten a la escuela.
El jaibo desea vengarse del joven que lo delató y que provocó que lo recluyeran, Julián, un muchacho bien intencionado, honrado y trabajador que sólo desea mantenerse alejado del jaibo y compañía. Para llevar a cabo su venganza, el jaibo contará con la complicidad de Pedro, su mejor amigo, un chico despreciado por su madre, cuya rebeldía es más por esa falta de amor que por maldad, pues varias veces durante la película, Pedro quiere reivindicarse y ganar el amor de su madre, pero el miedo que siente por el jaibo y el coraje y frustración por ser rechazado por su propia madre, lo involucran en el crimen y lo hacen cómplice y víctima.
Los personajes secundarios juegan también un papel crucial en la película, pues aunque no caen en los estereotipos, sí encajan a la perfección en el ambiente oscuro y marginal de la trama. El ciego, un anciano invidente que se gana la vida pidiendo limosna y tocando instrumentos. El ojitos, un niño de que viene del campo y que es abandonado por su padre en la gran urbe por librarse de una boca más que mantener. La madre de Pedro, una mujer joven y amargada debido al abandono de su marido y a tener que trabajar de sol a sol lavando ropa para mantener a su familia. Meche, una niña a quien el entorno en el que vive ha vuelto huraña y desconfiada, pero que conserva su buen corazón y su candor.
Los personajes, todos, son muy humanos en el sentido de que aquí no hay buenos y malos, es decir, todos, pueden tener las peores intenciones, pero también mueven a compasión y a lástima. Pues algunas veces son movidos por sus más bajos instintos y eso desemboca en crímenes y otras son víctimas de las circunstancias en las que viven.
En Los olvidados no hay una lectura fácil ni una sola escena en donde se pueda juzgar a alguien en términos objetivos, puesto que sus personajes son tan “reales”, es decir, tan parecidos a nosotros, que no sabemos qué esperar de ellos ante tal o cual estímulo.
 En “Los olvidados”, Igual que en la película de Scola,  no podemos juzgar sesgadamente a nadie, pues todos son víctimas y verdugos. Por ejemplo, el jaibo, un joven sin escrúpulos a quien no le mueve a compasión ni siquiera la invalidez de un indigente a quien, junto con sus compinches, despojan de su dinero y del carrito con el que se transporta y lo dejan tirado en plena calle, es un paria, vive en el abandono absoluto, solo, sin familia y eso es ya razón suficiente para compadecerlo (no para justificarlo). O el mismo ciego, el anciano indigente que toca instrumentos y canta para sobrevivir, es víctima del sistema que le niega asistencia social, pero es también un ser cruel, lascivo y avaro. O a la madre de Pedro, que si bien trabaja y mantiene a sus otros hijos, también repudia y rechaza a Pedro, su hijo mayor, a quien tuvo a los catorce años, producto de una violación. O incluso Meche, la niña dulce y tierna que se compadece del “ojitos”, el niño que viene del campo y a quien su padre abandonó, tiene su lado “oscuro”, pues al final de la película, es cómplice de su abuelo de un acto injusto e inhumano.
En este sentido, los olvidados son cada uno de los personajes, el joven abandonado desde la infancia; el niño rechazado por su madre, el invidente a quien se le niega asistencia, la mujer a quien su marido dejó con tres hijos, el niño del campo cuyo padre huyó dejándolo en la ciudad, en fin, los olvidados son los “invisibles”, a quienes la sociedad les voltea la cara, los que no tienen rostro, ni voz ni voto, aquellos que nacen y mueren sin ser percibidos. Todos aquellos cuyas vidas son irrelevantes para los demás y que son vistos únicamente cuando los “otros”, los que sí son “vistos”, son víctimas de alguno de ellos o cuando finalmente deciden formar alianzas criminales y vengarse de la sociedad que los ha relegado durante toda su vida.
Los olvidados es una gran película porque nos muestra de lo que somos capaces cuando el hambre, la miseria y la marginación nos mueven a actuar para cambiar radicalmente nuestra situación. Y ¿quién puede juzgar los crímenes cometidos por aquellos a quienes se les ha negado la oportunidad de vivir una vida digna durante tanto tiempo?
La crueldad, el sexo, la muerte, son las constantes de la película que culmina, como la Ilíada de Homero, con la muerte de sus dos “héroes” (o anti héroes, como se prefiera). Uno, a manos de su enemigo (antes amigo) y el otro, como era de esperarse, a manos de la “justicia”, entre comillas, pues no hay justicia en Los olvidados. No hay posibilidad de redención, por más intentos que, al menos Pedro, haya hecho. Porque es muy difícil dejar de ser uno de “los olvidados”.
Las extraordinarias actuaciones de Roberto Cobo como “el jaibo”, le valieron en 1951, el Ariel a mejor actor juvenil y la película es considerada por la UNESCO como “Memoria del mundo”, una categoría que sólo ostentan “Metrópolis” de Fritz Lang, “El mago de Oz” de Victor Fleming, además de toda la filmografía de los hermanos Lumiere. Luis Buñuel fue también galardonado ese año con el Ariel a mejor director.

Teresa Padrón Benavides

Ciudad de México, verano del 2017

viernes, 11 de noviembre de 2016

Leonard Cohen, el poeta, el cantor, el profeta.


Para mi Hector

En hebreo, la palabra para canción, “shir” (שיר), es la misma que para poema. El poeta “meshorer” (משורר), es también un cantor, “zameret” (זמרת).  Porque desde que surgió, la canción está hecha de música, pero sobre todo de palabras. Recordamos un poema mejor cuando lo “cantamos”, es decir, cuando respetamos la métrica, el ritmo y la “musicalidad” del poema. Los judíos cantamos al hacer tefilá (oración), porque así es más fácil grabar en nuestra mente y corazón las palabras sagradas.
Leonard Cohen comenzó como novelista y poeta, pero decepcionado de no haber logrado éxito como escritor, decidió, a fines de los sesenta, coger una guitarra acústica y musicalizar sus poemas con música sencilla y con una voz profunda y delicada a la vez, una voz que no quería sonar estridente, que no quería molestar los sonidos del mundo, una voz que sólo pretendía ser  la de “un cantor de los coros menores en la sinfonía divina de la creación”, como él mismo escribió en uno de sus poemas (salmos) tardíos.
Desde entonces, Leonard Cohen se convirtió en uno de los cantautores más influyentes en la historia de la música popular del siglo XX. Desde Judy Collins, pasando por Frank Sinatra, el cantaor flamenco Enrique Morente, Richie Havens, Nick Cave, Tom Waits y el mismo Bob Dylan, casi cualquier músico o intérprete auténtico y bueno, se reconocen deudores de Cohen. Y no es casual que así sea.
Las canciones de Cohen, desde las primeras, a fines de los sesenta, hasta las de su último e inconcluso “You want it darker”, tocan las fibras más íntimas de la sensibilidad humana por su honestidad, por su oscuridad y luminosidad, por su verdad y su mentira, por su amor y su odio, por ser mundanas y espirituales, porque apelan a nuestra doble naturaleza, por nuestra inclinación hacia el bien o hacia el mal, pero sobre todo, porque desnudan el alma y nos dejan indefensos, frágiles y vulnerables ante una Verdad que está más allá de nosotros y que nos abruma, son aterra, pero que no podemos evadirla por más intentos que hagamos. Y esa Verdad (con mayúsculas) para Cohen, como para cualquier judío religioso, se llama Dios.
Todos los poemas (canciones) de Leonard Cohen, incluso los inspirados en la contemplación de la belleza del cuerpo femenino, en el amor físico (que para Cohen es lo mismo que amor a secas), están imbuidos de religiosidad, de misticismo, de espiritualidad.
Leonard Cohen nació y creció como judío creyente, pero fue también un hombre de mundo, un “bon vivant”, alguien para quien los placeres de la vida eran también motivo de gratitud y de asombro, pues éstos también fueron creados por Di_s para nuestro disfrute, siempre y cuando no cometiéramos excesos o hiriéramos a alguien. Al igual que el rey David, a quien menciona en la que sea tal vez su canción más famosa , “Hallelujah”, él también contempló a Betsabé, la mujer del Hitita bañándose y quedó prendado de su belleza y sólo pudo exclamar las palabras de alabanza a Yavhé, “Hallelujah”.
Pero así como Dios perdonó a los amantes, también los castigó por el doble pecado de adulterio y asesinato de Urías, el hitita, haciendo morir al hijo de ambos a los siete días de nacido, no por venganza, sino por justicia y para hacerles ver que debemos responder por nuestros actos, así Leonard Cohen se debatió toda su vida entre la debilidad de lo sensual y la fortaleza de lo religioso. Siempre se planteó el dilema moral de cómo debía vivir. Canciones como “If It Be Your Will” (si es Tu voluntad), son un hermoso y claro ejemplo de cómo a Cohen le angustiaba saber qué es lo que debía hacer, cómo le atormentaba la cuestión de qué era lo que Dios quería de él, de para qué lo había enviado el mundo. Dice:  “Si es Tu voluntad, que yo no hable más y mi voz se quede quieta, como era antes, no hablaré más, soportaré hasta que sea llamado, si es Tu voluntad” *
Todos sus poemas y canciones contienen alusiones y metáforas bíblicas que para alguien que no haya leído el Libro, resultan incomprensibles y por eso difícilmente aprecian a Cohen en su justa dimensión.  Por ejemplo, una de las últimas, “Show Me The Place” (muéstrame el lugar), del álbum “Old Ideas”, dice: “Muéstrame el lugar hacia donde quieres que tu esclavo se dirija, muéstrame el lugar, lo olvidé, lo desconozco, muéstrame el lugar, donde la Palabra se hizo hombre, muéstrame el camino donde comenzó el sufrimiento…” *
O el primer poema de su libro “Book of Mercy” (el libro de la misericordia), que dice: “Me detuve a escuchar, pero Él no vino. Comencé de nuevo con una sensación de pérdida. Mientras esta sensación se agudizaba, Lo escuché de nuevo. Dejé de detenerme y dejé de comenzar, y me permití ser aplastado por la ignorancia. Esto fue sólo una estrategia, pero no funcionó. Mucho tiempo, años desperdicié en la sombra. Regateo ahora, me humillo por Su amor. Suplico  misericordia.  Despacio, Él cede. Pausádamente avanza hacia Su trono. Los ángeles,  muy a su pesar, se conceden uno a otro permiso para cantar. En una sucesión tan delicada que no puede señalarse, la corte se establece en filas de dorada simetría, y de nuevo soy un cantante de los coros bajos, nacido hace cincuenta años, para alzar mi voz hasta esta altura y no más alto.” *
Hacia el final de su vida, esa voz baja de la que él habla, la voz varonil y delicada al mismo tiempo, la voz masculina y tierna, la voz del “cantante de los coros bajos”, se fue haciendo aún más pausada y más grave, más baja y más acompasada, como debieron ser las veces de los profetas, como la voz de Amos, el profeta “menor” (mi favorito),  quien condenó la corrupción de las élites gobernantes, la injusticia social y la idolatría y lo hizo desde su condición humilde, de agricultor (cultivaba higos).
Como Amos, Leonard Cohen fue un profeta que predijo, desde hace años, en discos como “The Future”, el caos delos tiempos oscuros actuales. Canciones como la que da título al disco, hablan de manera irónica, cruda y grotesca, el anhelo de violencia, de crimen y de sometimiento al que somos proclives, traduzco:
“Devuélvanme mi noche rota
Mi cuarto de espejos, mi vida secreta
Se está solo aquí, no hay nadie ya a quien torturar…
Denme poder absoluto sobre cada alma viviente
Y acuéstate a mi lado, nena, ¡es una orden!
Denme crack y sexo anal
Corten el último árbol que queda
Y métanselo al culo de su cultura
Denme de nuevo el muro de Berlín
Denme a Stalin y a San Pablo
He visto el futuro, hermano
Es asesinato.” *
Y aunque Cohen, a diferencia de los profetas bíblicos, no se privó de ninguno de los privilegios de su condición social, tampoco vivió la vida alocada y de excesos de muchos de sus colegas. Nunca fue motivo de escándalo debido a su vida disipada, pues jamás la tuvo y si llegó a tenerla, era eso, su vida privada y al vivirla, vivió paralelamente una vida de retiro espiritual, de soledad y recogimiento, de aislamiento y de peregrinaje hacia el centro de sí mismo, de su alma y de su corazón, y esa vida aislada fue la que produjo muchas de sus mejores canciones y poemas, llenos de reflexiones profundas acerca de lo que él era para sí mismo.
Leonard Cohen vivió algunos años en un monasterio budista en California y de esa experiencia, la cual combinó siempre con el ejercicio de su fe judía y el estudio de la Torá, surgieron grandes cosas, como su libro de poemas “Book of Mercy” y “Book of Longing” y un poco después, un gran disco, “Ten new songs” de 2001, que contiene algunas de las más hermosas letras jamás escritas por un compositor moderno, como “The Land of Plenty” (la Tierra de la abundancia, en una clara alusión a la Biblia). Dice una parte:

“Por la decisión más íntima
Que no podemos dejar de obedecer
Por lo que queda de nuestra religión
Levanto mi voz y rezo:
Que las luces en  la Tierra de la abundancia
Brillen sobre la Verdad algún día”. *
Gracias Leonard, por devolvernos la fe y la esperanza en estos tiempos oscuros.

*  Traducción de los poemas y canciones por Teresa Padrón.


miércoles, 27 de julio de 2016

Make Love, not War...



"Atribuirles a los animales emociones humanas ha sido desde hace mucho tiempo un tabú para la ciencia… pero si no lo hacemos, no estamos perdiendo algo fundamental acerca de ambos, nosotros y ellos.”
Frans de Waal

En 2012, el primatólogo holandés Frans de Waal recibió el premio nobel de medicina en su apartado de anatomía por su contribución al entendimiento de la capacidad natural de los primates para empatizar y de la cercanía que hay entre nosotros, los primates humanos y el resto de los monos. Sus investigaciones, publicadas en varios libros, nos dicen que sentimientos como la compasión, el altruismo, la ayuda mutua, la solidaridad, el respeto, el afecto, no sólo son exclusivos del hombre, sino de muchas otras especies animales.

Una de las grandes aportaciones de de Waal a la sociología animal y humana es la que realizó con los bonobos del Congo. Los bonobos, o chimpancés pigmeos, comparten con los humanos el 98 por ciento del ADN. Es decir, estamos tan emparentados, que nuestros comportamientos sociales, psicológicos y sexuales, son muy parecidos a los suyos. En sus estudios con los bonobos, de Waal, analizando los grandes conflictos humanos de la historia, encontró que casi la totalidad de la cultura occidental actual está basada en la idea de la autonomía y del individuo que es libre de elegir cómo quiere vivir sin tomar en consideración si su elección afecta negativa o positivamente a otros. De ahí que la sociedad contemporánea viva inmersa en el egoísmo, la violencia, el crimen y la insensibilidad.

Sin embargo, dice de Waal, ni los primates ni nosotros fuimos creados para vivir aislados. Creamos vínculos con nuestra familia, amigos, comunidad, vecinos. Nos arraigamos a un lugar, pertenecemos a una religión y nos identificamos con quienes comparten nuestra forma de vida.

En este sentido, los bonobos nos dan una lección acerca de cómo debemos vivir en sociedad. Las hembras de bonobo, por ejemplo, crean coaliciones y unen fuerza en contra de los machos que quieren copular sin su consentimiento. De hecho, los bonobos son una sociedad matriarcal y las hembras son las que organizan la vida social.

Los machos, por su parte, se ayudan mutuamente en la cacería de algunas especies, o en la búsqueda y recolección de algunos frutos, ya que los bonobos son omnívoros y comparten el botín entre las diferentes familias de manera equitativa. Es decir, son una democracia en donde impera la justicia y,  aunque haya jerarquías, éstas se respetan pues los líderes de cada grupo lo son por méritos propios y son justos con el resto del grupo.

Los bonobos, a diferencia de los chimpancés, son pacifistas. Han encontrado en el sexo el antídoto ideal para resolver sus conflictos. Por eso sus prácticas sexuales son muy diversas e incluyen la homosexualidad. Pareciera que su lema fuera “Haz el amor, no la guerra”.  Y los bonobos no sólo “tienen sexo”, sino que se relacionan afectivamente con sus parejas en turno, de manera tal que el vínculo amistoso entre ellos o ellas perdura para siempre.

Es así que el estudio de estos animales ha ayudado a los científicos a comprender por qué las sociedades individualistas tienden hacia la violencia y son más proclives a cometer crímenes de todo tipo, pues la vida en comunidad nos permite desarrollar sentimientos como la empatía, el afecto, el respeto, la compasión y la solidaridad, mientras que la cultura del “Yo”, del “selfie” y de la autonomía el individualismo tiende a romper esos vínculos o en el mejor de los casos, a volverlos frágiles hasta el punto de disolverlos en una maraña de egoísmo y vanidad en donde cada quien tiene “su propia moral”, basada en un relativismo estúpido que ignora las consecuencias que nuestros actos tienen para los otros y que poco a poco van minando los cimientos de una sociedad ya de por sí frágil.

Dice de Waal en su libro “La era de la empatía: lecciones de la Naturaleza para una sociedad más benévola”: Una moral centrada exclusivamente en el individuo, tiende a ignorar los vínculos, las necesidades y las inter dependencias que han caracterizado nuestra existencia desde el principio de la humanidad. Es una moralidad fría que crea espacios entre la gente, asignándole a cada quién su propio rincón en el universo…. ¿cómo pudo surgir esta “caricatura” de sociedad en la mente de los grandes pensadores? Es un misterio y una desgracia….

Para el judaísmo, el valor de cada persona es fundamental. Cada individuo es valioso en sí mismo y debe concedérsele el mismo valor si ha de vivir en una sociedad justa. Sin embargo, somos miembros de una sociedad en la cual vivimos, nos desarrollamos, trabajamos, creamos, convivimos, amamos. En ese sentido, una sociedad basada sólo en los derechos individuales va en detrimento de la comunidad, de la familia, de las tradiciones, de las lealtades y de los códigos éticos comunes, que son los que nos dicen lo que está bien y lo que está mal, lo que es permitido y lo que es prohibido para que funcione la vida común,  pues sin estos valores compartidos, no puede funcionar una sociedad libre.

En una sociedad libre y justa, debemos tener derecho a elegir nuestra religión, nuestras amistades, nuestra forma de vida, siempre y cuando aceptemos y respetemos la diversidad y la elección de los demás. Pero siempre debe haber un “terreno común”, un lugar de encuentro en donde converjan y se enriquezcan nuestras culturas, nuestras tradiciones, y ese terreno común viene dado por esas instituciones sociales en donde nos formamos como individuos pero también como miembros de una sociedad: la familia, los amigos, el barrio, la escuela, la comunidad religiosa, el lugar de origen.

Tenemos derechos como individuos, pero adquirimos identidad sólo en cuanto a que pertenecemos  a una tribu, a una comunidad. Debemos, por difícil que resulte, concederles el mismo valor a ambas cosas si es que queremos acabar con la ola de odio en la que estamos inmersos debido, entre otras cosas, a nuestro egocentrismo y al olvido al que hemos relegado a los demás.

Los bonobos y los animales en general, aún tienen mucho que enseñarnos acerca de cómo vivir en armonía con nuestros semejantes.

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Ciudad de México, 26 de julio de 2016

Hacer el Amor, no la guerra


"Atribuirles a los animales emociones humanas ha sido desde hace mucho tiempo un tabú para la ciencia… pero si no lo hacemos, no estamos perdiendo algo fundamental acerca de ambos, nosotros y ellos.”
Frans de Waal

En 2012, el primatólogo holandés Frans de Waal recibió el premio nobel de medicina en su apartado de anatomía por su contribución al entendimiento de la capacidad natural de los primates para empatizar y de la cercanía que hay entre nosotros, los primates humanos y el resto de los monos. Sus investigaciones, publicadas en varios libros, nos dicen que sentimientos como la compasión, el altruismo, la ayuda mutua, la solidaridad, el respeto, el afecto, no sólo son exclusivos del hombre, sino de muchas otras especies animales.

Una de las grandes aportaciones de de Waal a la sociología animal y humana es la que realizó con los bonobos del Congo. Los bonobos, o chimpancés pigmeos, comparten con los humanos el 98 por ciento del ADN. Es decir, estamos tan emparentados, que nuestros comportamientos sociales, psicológicos y sexuales, son muy parecidos a los suyos. En sus estudios con los bonobos, de Waal, analizando los grandes conflictos humanos de la historia, encontró que casi la totalidad de la cultura occidental actual está basada en la idea de la autonomía y del individuo que es libre de elegir cómo quiere vivir sin tomar en consideración si su elección afecta negativa o positivamente a otros. De ahí que la sociedad contemporánea viva inmersa en el egoísmo, la violencia, el crimen y la insensibilidad.

Sin embargo, dice de Waal, ni los primates ni nosotros fuimos creados para vivir aislados. Creamos vínculos con nuestra familia, amigos, comunidad, vecinos. Nos arraigamos a un lugar, pertenecemos a una religión y nos identificamos con quienes comparten nuestra forma de vida.

En este sentido, los bonobos nos dan una lección acerca de cómo debemos vivir en sociedad. Las hembras de bonobo, por ejemplo, crean coaliciones y unen fuerza en contra de los machos que quieren copular sin su consentimiento. De hecho, los bonobos son una sociedad matriarcal y las hembras son las que organizan la vida social.

Los machos, por su parte, se ayudan mutuamente en la cacería de algunas especies, o en la búsqueda y recolección de algunos frutos, ya que los bonobos son omnívoros y comparten el botín entre las diferentes familias de manera equitativa. Es decir, son una democracia en donde impera la justicia y,  aunque haya jerarquías, éstas se respetan pues los líderes de cada grupo lo son por méritos propios y son justos con el resto del grupo.

Los bonobos, a diferencia de los chimpancés, son pacifistas. Han encontrado en el sexo el antídoto ideal para resolver sus conflictos. Por eso sus prácticas sexuales son muy diversas e incluyen la homosexualidad. Pareciera que su lema fuera “Haz el amor, no la guerra”.  Y los bonobos no sólo “tienen sexo”, sino que se relacionan afectivamente con sus parejas en turno, de manera tal que el vínculo amistoso entre ellos o ellas perdura para siempre.

Es así que el estudio de estos animales ha ayudado a los científicos a comprender por qué las sociedades individualistas tienden hacia la violencia y son más proclives a cometer crímenes de todo tipo, pues la vida en comunidad nos permite desarrollar sentimientos como la empatía, el afecto, el respeto, la compasión y la solidaridad, mientras que la cultura del “Yo”, del “selfie” y de la autonomía el individualismo tiende a romper esos vínculos o en el mejor de los casos, a volverlos frágiles hasta el punto de disolverlos en una maraña de egoísmo y vanidad en donde cada quien tiene “su propia moral”, basada en un relativismo estúpido que ignora las consecuencias que nuestros actos tienen para los otros y que poco a poco van minando los cimientos de una sociedad ya de por sí frágil.

Dice de Waal en su libro “La era de la empatía: lecciones de la Naturaleza para una sociedad más benévola”: Una moral centrada exclusivamente en el individuo, tiende a ignorar los vínculos, las necesidades y las inter dependencias que han caracterizado nuestra existencia desde el principio de la humanidad. Es una moralidad fría que crea espacios entre la gente, asignándole a cada quién su propio rincón en el universo…. ¿cómo pudo surgir esta “caricatura” de sociedad en la mente de los grandes pensadores? Es un misterio y una desgracia….

Para el judaísmo, el valor de cada persona es fundamental. Cada individuo es valioso en sí mismo y debe concedérsele el mismo valor si ha de vivir en una sociedad justa. Sin embargo, somos miembros de una sociedad en la cual vivimos, nos desarrollamos, trabajamos, creamos, convivimos, amamos. En ese sentido, una sociedad basada sólo en los derechos individuales va en detrimento de la comunidad, de la familia, de las tradiciones, de las lealtades y de los códigos éticos comunes, que son los que nos dicen lo que está bien y lo que está mal, lo que es permitido y lo que es prohibido para que funcione la vida común,  pues sin estos valores compartidos, no puede funcionar una sociedad libre.

En una sociedad libre y justa, debemos tener derecho a elegir nuestra religión, nuestras amistades, nuestra forma de vida, siempre y cuando aceptemos y respetemos la diversidad y la elección de los demás. Pero siempre debe haber un “terreno común”, un lugar de encuentro en donde converjan y se enriquezcan nuestras culturas, nuestras tradiciones, y ese terreno común viene dado por esas instituciones sociales en donde nos formamos como individuos pero también como miembros de una sociedad: la familia, los amigos, el barrio, la escuela, la comunidad religiosa, el lugar de origen.

Tenemos derechos como individuos, pero adquirimos identidad sólo en cuanto a que pertenecemos  a una tribu, a una comunidad. Debemos, por difícil que resulte, concederles el mismo valor a ambas cosas si es que queremos acabar con la ola de odio en la que estamos inmersos debido, entre otras cosas, a nuestro egocentrismo y al olvido al que hemos relegado a los demás.

Los bonobos y los animales en general, aún tienen mucho que enseñarnos acerca de cómo vivir en armonía con nuestros semejantes.

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Ciudad de México, 26 de julio de 2016

jueves, 30 de junio de 2016

Rosendo y los árboles



“Y había Dios plantado un huerto en Edén al oriente, y puso allí al hombre que había formado. Y había Dios hecho nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer: también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de ciencia del bien y del mal.”
Génesis 2:8-9
Para el chendo, por denunciar el descuido de los árboles en cajeme.
En la Biblia, desde el primer libro, el Génesis, apenas en el segundo capítulo se menciona a los árboles. La Biblia, en la tradición judía, se conoce como el “Árbol de la vida”, para mostrar cómo los árboles se vinculan con los valores más altos pero también porque los árboles simbolizan la vida misma. Un lugar yermo, sin árboles, sin plantas, es un lugar hostil e inhabitable, al menos para el hombre. Los árboles simbolizan un medio ambiente saludable y sostenible.
Cuando Dios creó a Adán, al primer hombre, lo llevó con Él a través del jardín de Edén y  le mostró Su creación y le dijo: “Mira mi obra, qué hermosa y digna de admiración es… y todo lo que he hecho, lo he hecho para ti. Ten cuidado de no destruir o arruinar Mi Mundo, pues si lo haces, no habrá alguien más que lo repare….”[1]
Esta Midrahs lo que nos dice es que los árboles del jardín del Edén, más que el jardín mismo, representan el mundo natural que Dios creó y nuestra obligación de obedecer el mandato divino de cuidarlos y de no destruirlos.
Pero también nos dice que tratemos de imitar las acciones de Dios, es decir, si lo primero que Él hizo fue plantar árboles, nosotros también debemos hacerlo, pero no sólo plantarlos y dejarlos a merced de las escasas lluvias o del viento o el sol inclemente, sino de ABONARLOS, REGARLOS, EN FIN, ¡CUIDARLOS!
Un lugar donde hay árboles y se les cuida, se les protege, se les tiene en alta estima, es un lugar donde habita gente buena, gente que ama y respeta la naturaleza, gente arraigada a su lugar de origen y consciente de que los árboles no sólo son necesarios para nosotros, sino que son preciosos y valiosos por sí mismos. Los árboles son esenciales para la vida, pero no sólo para la nuestra, para millones de otras especies en la Tierra, nuestra casa, la que se nos dio para cuidarla, para amarla, para santificarla.
¿Por qué en México, en muchos lugares, se depredan selvas y bosques enteros? ¿Por qué no podemos beber agua de los ríos o bañarnos en alguna laguna sin temor a morir? ¿Por qué la gente se empeña en tener casas ostentosas  y enormes pero lo primero que hacen es mandar talar los árboles? ¿Por qué la gente “cree” que los árboles estorban, que tiran muchas hojas, que no dejan ver la fachada elegante de nuestra casa, que no permiten que quepa nuestros carros en la cochera? ¿Por qué somos tan estúpidos?
Por una sencilla razón: no tenemos respeto por la vida, porque no nos gustamos ni nos queremos a nosotros mismos, porque estamos frustrados o nos sentimos inferiores, o tenemos complejos y por eso preferimos destruir a conservar, matar a salvar vidas, hacer daño a quienes no pueden defenderse, como plantas, árboles y animales en vez de cuidarlos y protegerlos. El desprecio que sentimos por el arte, la cultura, la educación, el conocimiento, es el mismo que sentimos por la Naturaleza, pues es un desprecio por la sabiduría y todos hemos escuchado aquello de que “La naturaleza es sabia.”
Vivimos en un mundo artificial, con clima artificial, senos artificiales, implantes plásticos en el cuerpo, consumimos materiales dañinos para el planeta y en grandes cantidades y los desechamos donde sea, sin siquiera reparar en si son biodegradables o no. Preferimos ser ignorantes, feos, malos, sucios, pues eso no es ninguna hazaña, mientras que conservar, reducir, reciclar, reusar requiere tiempo, esfuerzo, y, sobre todo, conciencia, y no tenemos, no somos conscientes de nada, vivimos enajenados, aislados, conectados a nuestros aparatos “smart”, porque ellos son más sabios que nosotros, nosotros sólo consumimos, depredamos, destruimos.
Somos mala gente. México es el país de la abundancia, de la abundancia de recursos, pero su gente es corrupta, no es temerosa de la Ley, con mayúscula. En pocas palabras, somos corruptos porque somos estúpidos, pues dice la Biblia que “el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría”.
¿Por qué admiramos los jardines y bosques canadienses o europeos, si nosotros pudiéramos tener unos mejores y más bellos si tan solo la corrupción no diera una “licencia para matar” a las grandes corporaciones a cambio de mucho dinero? Pero no sólo la corrupción de los políticos que se benefician de los permisos que otorgan, a nivel personal, nosotros, los mexicanos, ¿qué hacemos para cuidar la casa común? ¿Cómo protegemos el medio ambiente?
En Ciudad Obregón, Sonora, lugar donde viví y al que le tengo mucho cariño,  acaba de ocurrir un ecocidio a la vista indiferente de casi todos, salvo de unos pocos, como mi amigo Rosendo, quien ama la vida en todas sus formas y es un luchador incansable por la defensa de ésta. Él, sin sacar ventaja o beneficio alguno, por iniciativa propia, ha creado y promovido organizaciones a favor de la vida, de la donación de órganos, de la creación de una asociación protectora de animales, y también ha denunciado públicamente los abusos y las omisiones del gobierno municipal, estatal y federal en cuestiones de ecología, como la tala innecesaria de árboles o el abandono de éstos a merced del clima, como el caso que menciono.
Rosendo es un hombre común, como cualquiera de nosotros, pero a diferencia de la mayoría, no sólo “dice”, sino que “hace”. Las redes sociales nos vuelven insensibles a lo que pasa en torno nuestro, por eso Rosendo las usa sólo como vehículo para su lucha “real”, la que libara allá a fuera, en el calor de 45 grados, en su amada Cajeme, a pie, observando, meditando y sacando conclusiones de todo cuanto ve y después, señalando lo que está mal y luchando por cambiarlo, al lado de gente que como él, aman la vida, la vida real, la que compartimos con quienes queremos y nos quieren.
Rosendo es esposo y padre de dos niños preciosos a quienes ama y cuida con el mismo amor y cuidado con que trata la vida. Alguna vez él y yo fuimos compañeros de trabajo dando clases en el Instituto Tecnológico de Sonora y estuvieron a punto de corrernos por intentar impedir que cortaran una hermosa y enorme ceiba que reinaba majestuosa al centro del patio. No pudimos impedirlo, por más denuncias ante el municipio y ante las autoridades escolares, que nos tacharon de locos. Escribí en mi blog algo al respecto, hace ya seis años.
El “chendo”, como lo conocemos los amigos, es alguien que sufre la estupidez de la gente. Alguna vez le pregunté por qué hacía lo que hacía, mientras tomábamos una cerveza en el patio de mi casa y me dijo, con su clásico acento sonorense: “porque es lo correcto, ¿qué no?”.
Hacer lo correcto, lo que DEBEMOS y no sólo lo que QUEREMOS es cosa de valientes. De hombres y mujeres que aman más la vida en general que la de sólo unos cuantos. Y que la cuidan, la protegen y la reparan para beneficio no sólo suyo, sino de todos. Se requiere mucho valor y mucho amor para enfrentar la estupidez y la corrupción, pero Rosendo los tiene, y en abundancia. En cambio, los funcionarios públicos, los gobernantes, los políticos, son cobardes. Se echan la “bolita” unos a otros, como en este caso, que los árboles fueron plantados por la SEDENA, pero debían ser regados y cuidados por el municipio de Cajeme. Todos se desentendieron. Otra vez, la ética de la responsabilidad, ausente de este y de todos los asuntos públicos. Dejar morir los árboles es matar la vida.
¿Por qué ensañarse con los árboles o con los animales si no son nuestros enemigos? ¿Por qué destruir algo que tiene tanto derecho a estar aquí como nosotros y que, a diferencia de nosotros, ellos no nos hacen daño?  Ya lo dije, por cobardes, corruptos e ignorantes. Destruimos aquello que no puede defenderse, porque nuestra cobardía no nos deja enfrentarnos a alguien como nosotros. Pero la Naturaleza, esa sí es sabia, y ahora mismo nos está cobrando la factura del daño que le hacemos.
Eso somos, cobardes e ignorantes y seguiremos siéndolo mientras no vivamos nuestras vidas de acuerdo a un código ético y moral que rija nuestros actos. Y ese código no puede ser otro que la Torá bendita, pues ahí está contenida toda la sabiduría del mundo. La que necesitamos para preservar la vida, para amarla y cuidarla.
Yo no sé si el chendo es siquiera religioso, pero sí sé que es un buen hombre y aunque nunca hemos hablado de eso, sé que él está imbuido de Dios, pues lo irradia en su persona y lo lleva consigo a donde va y Él le da ánimo y fuerza vital para seguir al pie de lucha por las causas justas, como la de los árboles. Ojalá y siga habiendo Rosendo para rato, pues personas de valor, necesitamos muchas en México. Gente que actúe y no hable tanto.

Teresa de Jesús Padrón Benavides












miércoles, 8 de junio de 2016

La importancia del padre



Para Hector, el padre de mi hijo
“Escucha, hijo mío la Torá de tu madre y no olvides la instrucción de tu padre.”
Proverbios

“Hijo de hija, nieto será, hijo de hijo, en duda estará”, reza un viejo refrán popular. Y puede que sea cierto, pues todos sabemos quién es nuestra madre, pues nos llevó en su vientre, pero no todos sabemos quién es nuestro padre, pues eso es más difícil, aunque hoy en día basta una prueba de sangre para descubrirlo.
Sin embargo, hace tres mil años, en pleno exilio en Egipto, en un lugar cuyas costumbres morales permitían la promiscuidad tanto de hombres como de mujeres, a pesar de ser el pueblo egipcio una gran nación, reconocida por sus logros en filosofía, el arte  y en muchas otras áreas, sin embargo, su moral se fundaba en la razón no en la fe en Dios y, en ese sentido, se podían permitir o justificar cualquier cosa, incluida la esclavitud.
Una moral basada en la razón es reversible, puede modificarse e incluso se corre el riesgo de caer en un relativismo en donde cada quien actúa de acuerdo a “su propia moral”. En cambio, una moral basada en la fe, es irreversible, pues proviene de la creencia en Dios, la autoridad suprema de quien emana el código ético que nos rige y lo que viene de Dios, no puede ser inmoral, sino bueno.
Pero, ¿qué tiene que ver la moral con este artículo? Se preguntarán. Pues mucho. Retomando el refrán al que aludíamos al principio, fue justamente el pueblo hebreo, durante su travesía por el Sinaí, a quien Dios le dio la Ley que lo regiría y lo haría diferente a otras naciones, pues deberían guiar su comportamiento de acuerdo a un código moral específico. Y esa es la razón por la cual Dios ordenó a Moshe hacer un censo y contar a las familias por sus nombres paternos. No sólo para saber de quién eran los hijos, sino para que guardaran celosamente los preceptos de la Ley y se comportaran de acuerdo a ella.
Por eso para el judaísmo ambos, padre y madre, son igualmente importantes. La madre es quien provee a los hijos el nutriente amoroso que les da confianza y les permite adquirir una personalidad propia mientras que los padres guían sus caminos y les enseñan a distinguir lo bueno de lo malo. Por supuesto que estos papeles no son exclusivos de cada uno, pues a veces se invierten , pero ambos se complementan.
Ambos, el padre y la madre, contribuyen a su modo a desarrollar el sentido ético y moral de sus hijos. Las mamás nos enseñan a anhelar la bondad, a desearla y a apreciarla,  conminándonos a ser buenos hijos, a portarnos bien, a no caer en tentaciones, en pleitos, etcétera, mientras que los padres nos instruyen a seguir y a cumplir con las reglas impuestas, nos gusten o no, las entendamos o no, porque alguien debe encargarse de que dichas reglas se cumplan y esa función le corresponde al padre, cuando hay padre en casa.  Cuando los hijos se rebelan y exigen explicaciones, la madre se las da amorosamente y con paciencia, mientras el padre puede responder “porque lo digo yo” y se acabó. Y está bien, así debe ser, los hijos DEBEN APRENDER A OBEDECER REGLAS, deben saber que NO TODO ESTÁ BIEN Y NO TODO ESTÁ PERMITIDO y que hay autoridad en casa, en la sociedad y en la escuela y que, si esa autoridad PREDICA CON EL EJEMPLO, no se cuestiona, al contrario, se estima, se aprecia como algo necesario para que funcione una sociedad.
Los hijos necesitan saber que la curiosidad y el interés por aprender y por saber cosas es normal, y que las respuestas están disponibles a través de diversas fuentes, pero que no todas las fuentes son válidas.  Pero también necesitan saber que las reglas no son negociables y que no deben esperar entender TODO. Incluso los adultos no entendemos las razones por las que actuamos de tal o cual manera, sin embargo actuamos así porque ENTENDEMOS que está bien, porque sabemos que es lo correcto.
Pero, a diferencia de la filosofía, nosotros, los judíos, SABEMOS qué es lo correcto, porque CREEMOS en ello, porque nos lo dice no sólo la razón, sino la fe, la fe en Dios.
Y es por eso que llevamos el apellido paterno y no el materno. Porque el amor de una madre por sus hijos es absolutamente necesario para su desarrollo afectivo, pero el del padre es indispensable para su desarrollo moral. De ahí la importancia del padre, no sólo para el judaísmo, sino para que una sociedad llegue a alcanzar la libertad, la mayoría de edad, la independencia que conlleva una responsabilidad.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Junio del 2016


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miércoles, 25 de mayo de 2016

El ingrediente secreto



A mi Emilio, porque come muy bien.

Hoy en la mañana, mientras veía a mi hijo desayunar con mucho gusto un plato de avena con canelita, pasas y arándanos mientras platicábamos en la mesa, pensaba en algo que es realmente preocupante pero que, como siempre, es culpa de los padres: la mala alimentación, la obesidad, la anorexia, la bulimia, el raquitismo o el exceso de peso y la flaccidez en los cuerpos de niños y jóvenes actualmente y todos los problemas de salud que eso conlleva.

 Desde pequeño, mi hijo ha sido tragón. Disfruta muy placenteramente la comida, en especial la comida de casa. Los caldos, el arroz, los frijoles de la olla, la sopa aguada e incluso los desayunos mexicanos o americanos, pues no sólo ama los chilaquiles sino también los hot cakes. Le gusta tanto comer que él mismo ya cocina algunas cosas y a veces prepara el desayuno o la comida de fin de semana para todos. 
Cuando comemos fuera, prefiere los restaurantes sencillos, las fondas de barrio en donde el sabor es parecido al de casa y sólo a veces elige algún restaurante oriental, italiano o mexicano típico, pero sus gustos no son exóticos ni caros.  Él prefiere que la comida sea sencilla pero rica y que las cosas sepan a lo que son y no estén aderezadas o condimentadas en exceso.

Le hemos enseñado a conocer y disfrutar de los platillos regionales de varios lugres de México, en especial del norte, pues somos norteños, pero él ama también la comida del sur, como los tlacoyos, las gorditas, los sopes, etcétera.  Sus gustos van desde un cocido sonorense con tuétano y muchas verduras hasta unos noodles japoneses con algas y tofu.  Pero su regla de oro al comer es que las cosas sean sencillas y sepan rico, que no tengan mucho de todo sino lo suficiente de dos o tres ingredientes, pero que el sabor de cada uno de ellos se paladee y se reconozca al primer bocado.  Ama los espaguetis y tiene sus salsas preferidas, como la de espinacas con crema y nuez moscada, la de tomate y albahaca y la de aceite de olivo y ajo.

Jamás lo he visto condimentar con cátsup o salsa de soya o mayonesa algún plato típico, mucho menos con picante o limón, como hacen muchas personas, incluso antes de probar la comida. Y lo que definitivamente odia es la comida chatarra. Sólo cuando lo invitan a un lugar de comida rápida y por educación y consideración a quienes lo invitan, come una rebanada de pizza o unas papas fritas, pero siempre una ración pequeña y la acompaña de ensalada en abundancia. Tampoco le gustan las “modas” o los gustos “hipster” que han adoptado algunas familias que quieren un –“retorno a Natura”, después de haberse mal alimentado durante años por flojera y falta de imaginación y ahora compran productos naturales que antes se hallaban en las tiendas de semillas y condimentos en la esquina de la casa y ahora las venden empacadas en Estados Unidos en bolsas reutilizables y selladas con etiquetas muy vistosas y a precios exorbitantes como la chía, la linaza, el aceite de coco, etcétera. Él dice que todo eso es una moda estúpida y que esas cosas las consumían nuestros ancestros pre hispánicos desde hace cientos de años, sólo que ahora se han puesto de moda entre los veganos “buena onda”, que no comen animales, pero sí gastan mucho dinero en semillas y granos cuya producción excesiva también daña el planeta, pues erosiona el suelo rápidamente.

Mucha gente se sorprende de lo bien que come y de sus gustos, que son muy raros en un adolescente, y me preguntan ¿cómo le hiciste para enseñarlo a comer tan bien? ¿Cómo haces para que coma nopales, o pescado, o muchas verduras o frutas? Yo me sorprendo aún más y les pregunto de vuelta, ¿cómo le haces o le hiciste para NO enseñarle a comer bien? ¿Por qué diablos le preguntaste o le preguntas qué le gusta o qué quiere comer en vez de darle lo que es bueno para él o para ella? ¿Te ve a ti comer bien? ¿te ve disfrutar la comida y acompañarla con una buena plática en vez de comer apurada o sin ganas y conectada a tu teléfono?

Yo creo que, como todo lo que enseñamos y aprendemos, es cuestión de poner el ejemplo. Un niño pequeño irá absorbiendo como una esponja todo lo que vea que hacen sus padres, incluido lo que comen y cómo lo comen. Emilio nos ha visto a mí y a su padre cocinar juntos desde siempre, disfrutando lo que hacemos y acompañando el ritual con una copa de vino y buena música. Y casi siempre cocinando cosas para deleitar a nuestros amigos y amigas. Nos gusta mucho comer, pero también cocinar y a pesar de haber tenido cocinas muy pequeñas y con sartenes y ollas en no muy buen estado, la comida siempre se ha hecho y se ha hecho bien y ha quedado deliciosa y la hemos disfrutado en familia y con amigos. Los judíos disfrutamos mucho del buen comer y nuestras discusiones y pláticas siempre son en torno a la mesa familiar o de algún amigo o a miga. Sentados a la mesa, con abundante comida, es como arreglamos nuestros asuntos y la risa  y el vino siempre acompañan la comida.


Emilio ama las tortillas de harina de su abuela, en especial si hay frijoles de la olla, pero también el arroz rojo que yo hago y también el minestrone italiano o la comida hindú con cúrcuma y cardamomo que hace su padre. Yo creo que detrás de ese placer está el ingrediente “secreto” que debe haber en toda cocina: el amor. El amor entre las personas para las que se cocina y con las que se sienta uno a la mesa. El amor entre los amigos que llegan de visita a disfrutar la comida y la compañía que les ofrecemos. El amor que es como la sal, sin la cual todo sería insípido. El amor que hace que incluso la sopa de fideo del mediodía recalentada al día siguiente tenga el sabor único de nuestra madre. El amor sin el cual nada en la vida se disfruta, ni siquiera una cena costosa y elegante en el mejor restaurante del mundo.

miércoles, 20 de abril de 2016

Pésaj, un mensaje oportuno para nuestros días.




Por Teresa Padrón Benavides

¿Cuál es el mayor anhelo del hombre? La libertad. Por ella se han librado las batallas más cruentas de la Historia; en su nombre se han erigido naciones enteras en contra de tiranos y se han derramado mares de sangre inocente para conseguirla. La libertad es la condición necesaria para desarrollarnos plenamente como personas dignas y para ejercer nuestros potenciales, nuestras virtudes y nuestros dones. La libertad es el fin último (o al menos así debiera ser) de una sociedad justa. Sólo los individuos libres pueden vivir de acuerdo a sus creencias, a sus tradiciones y a sus costumbres sin que eso ponga en riesgo su integridad, su vida.

Porque, ¿de qué le vale al hombre trabajar de sol a sol para poseer bienes materiales si no es dueño de su propio tiempo para disfrutarlos? ¿Para qué acumular o anhelar tener más y más dinero, si lo gastamos en cosas que alguien más nos dice que debemos tener? ¿Somos libres en realidad? ¿O somos más bien esclavos del consumismo y de los vaivenes de la moda? ¿Podemos, realmente, ejercer nuestra condición de mujeres y hombres libres y hacer realmente con nuestro tiempo lo que nos plazca y podemos realmente vivir de acuerdo a nuestros ideales? ¿Nos atrevemos a desafiar el Status Quo imperante en nuestra sociedad (cuyo modelo es hoy por hoy Estados Unidos) o intentamos vivir de acuerdo a lo que creemos que es lo correcto y nos arriesgamos a ser “desechados” por el resto del mundo?

Egipto, hace más de tres mil años, era el parangón de la riqueza. No había en el mundo antiguo una nación con más poder económico, con más monumentos al poder (la pirámide de Giza, construida aproximadamente hace cuatro mil quinientos años, ya es testimonio viviente de cómo, desde entonces, Egipto era la nación más poderosa del mundo conocido. Durante épocas difíciles, muchos pueblos cercanos, especialmente del norte, viajaban ahí para comprar grano e intercambiar mercancías.

Uno de esos pueblos era el pueblo hebreo, una nación pequeña y nómada entre muchas que habitaban la región comprendida entre el Mar Rojo, el Sinaí y el Mediterráneo. Los hebreos, al igual que muchos de los pueblos semitas, cruzaban el Sinaí hacia Egipto en largas caravanas en busca de alimento y en épocas de sequía y escasez, de empleo. Fue así como muchos hebreos emigraron hacia el sur, hacia el país dela abundancia, y obtuvieron trabajo en la construcción, haciendo ladrillos para las grandes pirámides, tumbas y monumentos egipcios. Suena muy familiar y reciente esta historia, ¿no es verdad? Al igual que nuestros compatriotas actuales, los hebreos fueron esclavos de los poderosos, por un sueldo miserable, un trabajo arduo y en condiciones deplorables, sin “cobertura de salud”, ni “prestaciones”. La única diferencia tal vez, es que en aquella época emigraron hacia el sur, mientras que ahora, al menos desde esta parte del mundo, emigramos al norte. Pero la esclavitud es la misma, no importa dónde, cuándo ni quien someta a quien. Pésaj es la historia de cómo un pueblo sometido por los “poderosos” de la tierra, fueron ayudados por el Poder Supremo, el de Di_s,  para salir de la esclavitud y caminar hacia la libertad.

Pésaj, o la pascua hebrea, es la historia que los judíos hemos contado a nuestros hijos por más de cien generaciones, y es el canto de rebeldía de una nación pequeña que desafió a los poderosos y exigió su libertad y aunque el faraón se negó mil veces a concedérselas, aunque Di_s  envió a Egipto señales muy claras de su poder, castigándolo con plagas, hambre, muerte de los primogénitos y enfermedades, aun así, el faraón no cedía en su postura, pues es muy difícil tener el poder sobre alguien y luego concederle su autonomía, su libertad, pues una persona libre puede llegar a utilizar su libertad para sojuzgarnos o vengarse de nosotros.

Actualmente, nosotros somos esclavos de la nación más poderos del mundo conocido, pues no producimos sino sólo consumimos todo lo que ellos quieren que consumamos para mantenernos sometidos a su dominio. Toda la basura cultural, política, social y de consumo que ellos, los poderosos, producen, nosotros la consumimos y creemos que somos felices, pues, al igual que los hebreos en Egipto, se conformaban con tener trabajo seguro y pan en su mesa. Nosotros nos conformamos con un carro usado, comida chatarra, una pantalla gigante y celulares y videojuegos para enajenarnos más, para no pensar en nuestra mísera condición de esclavos del consumismo.

Pero eso no es la libertad, aunque nos “vendan” la terrible idea de que “tener es poder”.  Si eso fuera cierto, no tendríamos que trabajar como esclavos y vivir para el trabajo en lugar de dedicar tiempo al esparcimiento, a cultivarnos, a practicar el deporte o la actividad cultural de nuestra preferencia. Nuestro tiempo sería nuestro realmente para aprovechar al máximo nuestras capacidades mentales y físicas, para explotar nuestro potencial como seres humanos, en vez de pasar nuestro mínimo tiempo “libre” frente a una pantalla mientras otros, los hombres y mujeres realmente libres, inventan un nuevo artefacto o producto para mantenernos idiotizados y esclavizados, pero preferimos vivir así, esclavizados y enajenados y conformándonos con "pan y circo" como decían los romanos, antes que asumir que la libertad tiene un precio: la responsabilidad, pues la suprema y verdadera libertad va aparejada con la responsabilidad.

Por eso no queremos ser libres, al menos no nos gusta ese tipo de libertad, pues es una libertad que exige responsabilidad. Cuando un niño pide permiso a sus padres para salir a jugar con sus amigos, éstos, si nos buenos padres, le exigen primero que termine su tarea, que prepare sus cosas para el día siguiente, y así. Bueno, del mismo modo, como un padre bueno, amoroso y generoso, Dios nos pide que hagamos buen uso de nuestra libertad. Y ¿cómo lo hace? Como lo hizo con el pueblo hebreo, justamente durante el Éxodo de Egipto, cuando caminábamos hacia la libertad, cuando entregó a Moisés los diez mandamientos en el desierto.

Esa es la única condición que Él nos pide para ser libres. Que vivamos de acuerdo a un código ético y moral imperecedero y trascendente, que amemos al prójimo, que respetemos la vida, en todas sus formas, que no hagamos a los otros lo que no queremos que nos hagan, que cuidemos la “casa”, el planeta tierra, que sirvamos como ejemplo a otros de cómo se debe ejercer el más precioso de los dones, la libertad.

Cuando la libertad va acompañada de un código ético y moral fundado en valores que provienen de Di_s, no puede ser utilizada para someter, sino al contrario, para servir como ejemplo al resto de las naciones de cómo es que se debe vivir. Los hebreos lucharon por la libertad y el derecho a existir como pueblo y aunque  lo largo de más de tres mil años de historia otros han tratado de borrarlos de la faz de la tierra, seguimos aquí, pues nuestro poder no proviene de demostraciones y despliegues de grandiosidad, de monumentos, de carruajes tirados por caballos colosales, sino de la humildad ante la presencia del Di-s de la Creación. Nuestra fuerza proviene de la fe en el Di-s de la redención y de creer en que el mundo es sagrado pues Di_s lo creó y nosotros estamos aquí para resguardarlo, para protegerlo del deterioro a que lo someten las naciones poderosas. Deterioro no sólo ambiental, sino moral, cultural, social.

Por eso es que la historia de Pésaj sigue siendo vigente. No hay nada antiguo o pasado de moda. Trata de los mismos temas de actualidad que leemos en los periódicos a diario: la esclavitud, la política, el poder de una minoría sobre otra, el estado, la sociedad, la dignidad humana y de la responsabilidad de los hombres para con sus semejantes. Mientras la libertad de unos sea al precio del sometimiento de otros, la historia de Pésaj seguirá viva y nosotros, los judíos, seguiremos contándosela a nuestros hijos e hijas.