Freud decía que la infancia era destino. Que lo que sucedía en nuestra vida adulta sería como una re edición de lo que había sido nuestra niñez. Yo no sé qué tan cierto sea esto, pero lo que sí sé es que mi infancia y mi adolescencia fueron etapas muy felices en mi vida y no fueron para nada compatibles con la idea idílica que se tiene de esa edad, al menos para una niña.
No crecí entre hermanas, sino entre hermanos, más grandes que yo. No tuve una educación “femenina y delicada”, sino masculina y hasta cierto punto burda, tosca. Mis juegos de infancia fueron más de niño que de niña: canicas, bicicleta, patines, papalotes. Mi cuarto era el mismo de mis hermanos y no era color de rosa ni con papel tapiz de flores, sino azul y con pósters de los Bee Gees, Farah Fawcett, Creedence Clearwater y los Beatles.
Aprendí a andar en moto a los catorce, a trabajar con máquinas de limpieza a los trece y manejé mi primer carro a los 15, un pick up Ford 1965, color vino, con la palanca de los cambios durísima y en dónde apenas si alcanzaba los pedales del clutch y del freno. Mis hermanos me enseñaron a nadar desde pequeña, en la alberca Chávez, en Matamoros. Después me enseñaron a tirar golpes de verdad. Aprendí a pelear como si fuera una mini boxeadora peso pluma: jabs, ganchos al hígado, cruzados, upper cuts. Mis golpes resultaron tan buenos que varias veces, ensayando, dejé a mis hermanos el ojo morado.
Otra cosa que aprendí en aquella época y que sería, esa sí, definitiva en mi vida futura, fue el amor por la música. Cuando nos mudamos de Matamoros a Mexicali, dejamos atrás un pasado claroscuro. Familia, vecinos y amigos queridos, pero también problemas familiares irresolubles y turbulentos. Mexicali nos acogió calurosamente (en sentido literal pero también metafórico). Allí todos, desde el primer día, mi tía, mis primos y los amigos que hicimos al llegar, nos recibieron con afecto y amabilidad y como si nos conocieran y quisieran desde siempre.
La música, desde entonces, servía para llenar todos los momentos de nuestra nueva vida y también para recordar con nostalgia lo que habíamos dejado atrás. Fue mi hermano Héctor, “Torín”, como lo conocen todos, quien más me contagió su gusto por los Beatles, los Bee Gees, Creedence Clearwater Revival, los Rolling Stones, y tantos otros grupos, algunos pop, de su época preparatoriana, como Chicago, y otros más pesados y más viejos como Led Zeppelin.
De ahí nació mi gusto por el inglés, por la literatura y por la música. Pero también el rock (y el pop) fueron el vínculo más fuerte entre yo, una niña de apenas doce años, y mis hermanos, uno de 17 y otro de 20. Yo sentía entonces que cada canción había sido escrita para nosotros, yo y mi familia, mis amigos de infancia y mi ciudad, Mexicali. Aunque en realidad las canciones hubieran sido concebidas al otro lado del mundo, en lugares muy distintos al mío y en condiciones diametralmente opuestas a lo que era mi vida. Yo las hacía mías, las reinventaba.
Recuerdo el camino de nuestra casa, en la colonia industrial, hacia la secundaria. Debía pasar por un lote baldío, de esos que abundan en Mexicali, con el sol a plomo sobre mis espaldas de niña, pero yo iba cantando “Penny Lane is in my ears and in my eyes, there beneath the blue suburban skies…” Mi cielo no era suburbano ni azul, sino plomizo y con un sol abrazador, pero yo me hallaba a miles de kilómetros de distancia, allende el mar, en Livepool , con John, Paul, George y Ringo caminando a mi lado. Mis amigos de aquella época, hace más de 35 años, me recuerdan como “la que se sabía todas las de los Beatles”.
Al salir de la escuela, en los meses de otoño e invierno, ya está oscuro en Mexicali. De regreso a mi casa, bordeaba el lote baldío y atravesaba por callejones llenos de casas viejas de madera estilo californiano, con tejas de barro y corredores. Desde los radios de algunas de esas casas llegaban hasta mí melodías del programa “Beatlemanía”, de radio 790 A. M. Casi siempre me detenía para escuchar el final de alguna de mis favoritas.
Al llegar a mi casa, me esperaban mis hermanos con algunos de sus amigos y a veces también mis primos, escuchando a Boston, Foreinger o Supertramp y preparando tortillas de harina, frijolitos con chorizo y un chocolate “Quick” para cenar. Mi hermano Torín siempre ha sido buen cocinero, pues le encanta comer.
Después me dejaban salir un rato en mi bici de carreras, una Huffy color beige con café, regalo de navidad de mi mamá, y mientras pedaleaba a la casa de alguno de mis amiguillos, iba tarareando “Help”, “A Hard Day’s Night”, o alguna de moda, como “Don’t Stop Believing” de Journey. Una vez reunida con mis amigos, sacábamos una vieja grabadora Sony y poníamos un cassette para escuchar música mientras hacíamos una fogata en algún lote baldío y nos pasábamos una coca o un gansito. “Hot Blooded,” “Juke Box Hero”, de Foreinger, “Separate Ways” de Journey, “Logical Song” de Supertramp, se escuchaban cada vez más lentas y distorsionadas hasta acabarse las pilas Rayo Vac. Nos despedíamos prometiendo volver a la noche siguiente, aunque el frío del desierto nos calara en los huesos, pues el calor de la fogata y más aún, el de la amistad, nos mantenían tibios.
A pesar de haber crecido entre hombres y mayores que yo, mis hermanos, mis primos y sus amigos, siempre me trataron con afecto, con un cariño especial, de hermana menor, de niña y no recuerdo una sola vez en la cual no me defendieran o me ayudaran si me metía en problemas. Me hicieron mi fiesta de quince años, con chambelán, vestido rosa y todo lo demás, pero eso sí, con el “Danger Discoteque” amenizando. Un sonido disco del gran Luisón, (qepd,) querido amigo de mis primos y hermanos. En mi fiesta hubo sobre todo rock, pop en inglés y una que otra cumbia de Rigo Tovar, pues era el orgullo de “Mi Matamoros Querido”.
Durante esa época fui siempre la chaperona de mis hermanos y sus novias. Debían llevarme con ellos cuando las visitaban o las invitaban al cine o a algún otro lugar. A mí no me importaba mucho, siempre y cuando me compraran algo rico y me dejaran andar sola un rato. Aunque hubo algunas que me resultaban más bonitas y simpáticas que otras, nunca expresé mi opinión, pues sabía bien que no la tomarían en cuenta, después de todo, yo era la hermanita menor.
Después entré a la prepa. Poco a poco, mis hermanos y yo nos fuimos distanciando, pero nunca demasiado como para no ayudarnos, como para no acompañarnos en las buenas y en las malas, como para no sacar la casta a la hora de ayudar a mamá en todo. Mis amigos y amigas de esa época son entrañables no sólo para mí, sino para mi familia, pues crecí en un tiempo en el que la amistad era aún de verdad y para siempre. Tuve mi primer novio. Un rockero greñudo y gordito del que yo estaba perdidamente enamorada. Era el guitarrista de la primera banda de rock que formé en mi vida. Por supuesto, mis hermanos y mi madre debieron dar su aprobación y él tuvo que pasar varias pruebas de fuego si quería que le concedieran permiso para ser mi novio. La primera fue la más dura, cortarse la melena. La pasó.
Las canciones de esa época también fueron definitivas en mi vida, esta vez, como vínculo entre yo y mis amigos. Canciones de Scorpions, Rush, Iron Maiden, entre otras de nuestras bandas favoritas muchas delas cuales pudimos ir a escuchar en vivo al San Diego Sports Arena, todos juntos.
Luego conseguí mi primer trabajo, a los 18 años, de secretaria bilingüe en el parque industrial Mexicali I. Me lo dieron en la primera entrevista. Cuando me preguntaron dónde había aprendido a hablar inglés de manera tan fluida y con tan buena pronunciación, esbocé una ligera sonrisa y dije: “en los discos”. Sí, en los LP’s que me compraba mi hermano Torín y que oíamos una y otra vez al acostarnos, o mientras hacíamos una carne asada con los amigos, o en el viejo pick Ford color vino, o mientras limpiábamos la casa, los tres juntos, mis hermanos y yo.
Nuestra vida en Mexicali transcurrió como la de cualquier familia, con fiestas de cumpleaños, velorios de amigos y parientes, viajes a Las Vegas, Disneyland, Sea World, y al mar, a la montaña y al desierto. Después vinieron tragedias. Algunas muy dolorosas e insuperables. Pero incluso esas tragedias sirvieron para mantenernos más unidos. La música que empecé a escuchar se volvió cada vez más oscura, tal vez por la etapa en la que estaba pasando. Pink Floyd, Black Sabbath, Uriah Heep, encerrada en mi cuarto, con luces apagadas en las noches gélidas de invierno. Pero aquello también pasó.
Luego mis hermanos formaron sus familias. Me quedé sola en casa con mi mamá. Estudié, trabajé, me casé y formé, yo también mi familia. Hoy, la música sigue siendo parte de mi vida, pero el sonido es otro, la motivación es otra, la expresividad es otra. Con mi esposo he aprendido a amar, comprender, analizar y disfrutar la música clásica de una forma que sólo los melómanos entienden. También el jazz y el blues, entre otros géneros, nutren nuestra vida adulta y tenemos la fortuna de poder disfrutarlos con nuestro hijo, quien también ama la música y la interpreta.
Algunas personas dicen que me he convertido en una mujer joven, guapa, madura e inteligente. Otros que sigo siendo la misma niña libre, salvaje e inquieta de hace muchos años. Yo no sabría definirme en esos términos. Lo que sí sé es quién he sido, cuál es mi historia, mis raíces y salvo por la muerte prematura de mi hermanita de 12 años, no cambiaría ni una sola cosa. Cada canción, cada libro, cada viaje, cada relación y cada lugar han dejado huella en mí y son el material con que me nutro para escribir, para cantar, para vivir.
Porque cada persona que he conocido y cada acontecimiento que he vivido a su lado, triste o alegre, amargo o afortunado, han hecho de mí la persona que soy y creo que no ha sido para mal, pues tengo la fortuna de contar con el amor y el afecto de mucha gente, quienes conservan siempre un buen recuerdo mío y eso es lo que da sentido a mi vida, lo que hace que haya valido la pena llegar hasta este momento rodeada de amor y de música. Y sólo tengo que decirles, a cada una de ellas, gracias por recordarme y por quererme. El sentimiento es mutuo. Que sus vidas estén siempre llenas de música, de buena música y que haya entre todas, una canción que me traiga a sus mentes.
Quisiera terminar este homenaje a la música y a la gente que he amado con una frase de “In My Life” de John Lennon (canción que amo más que a ninguna, pues con ella nació mi hijo):
“Though I know I’ll never lose affection, for people and things that went before, I know I’ll often stop and think about them, In my life, I love you more.”
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Otoño, 2017, Ciudad de México








