The quiet Sunday afternoon was perfect to walk the empty streets of the neighborhood alone. She felt the cool breeze caressing her face and glanced at the upper branches of the huge trees. She took a deep breath and smiled to herself, letting her mind get lost in careless thought which inevitably lead her to that only face, which she loved so much. It would have been a perfect chance to meet, she thought, but, on the other hand, she felt pleased to be all by herself. She hadn’t realized how much she enjoyed those moments of loneliness and reflection, lost in the middle of nowhere, mindless of the few people who passed her by. She thought about him once more, she tried her best to concentrate on his eyes, on his hands, on his voice, but something, somehow, was preventing her from doing it. Perhaps the peace and quiet solitude surrounding her was meant for her to enjoy alone. Perhaps the sound of her footsteps on the pavement reminded her how many times she had walked those same streets before, how many times she had passed under that same bridge, the bridge where they used to say goodbye before taking each other’s ways home. Darkness came soon. Throughout the sidewalk she could see the inside of some of the houses through the curtains. There were families gathered round tables, talking, having coffee… She wondered what they may be talking about…Was it something important? Were they just updating themselves on their latest affairs on work and leisure? She and he, they never had those kinds of conversations, no. They used to talk about sublime things, such as poetry, music and love… Love as the only redeemer of sins; love as the only way to live; love as the force that moves the world… Something form above made her turn and see the sky… In the middle of the dark clouds, an only tiny star revealed her beauty. She smiled broadly, just as she used to when they were together. A smile of joy, of bliss… Then he came to her mind, clearly and in full detail… and they walked together the remaining blocks, holding, caressing, and kissing each other, like only lovers do.
domingo, 7 de julio de 2013
domingo, 9 de junio de 2013
Pequeño Tzadik*
Para Emilio, mi pequeño Tzadik
Todos los días ocurren pequeños milagros que la mayoría de las veces nos pasan desapercibidos pues estamos siempre “ocupados” con nuestros propios asuntos y este egocentrismo nos impide ver más allá de nuestro mundo individual. Estos milagros ocurren para que no olvidemos que no importa cuantas carencias tengamos, siempre hay algo que podemos hacer por los demás. Algo aparentemente insignificante, pero que a otras personas puede traerles un poco de alegría.
Ayer por la tarde, al salir del supermercado, me detuve ante una mujer que vendía dulces mexicanos (barritas de amaranto) y que tenía a su niño como de ocho años recostado en sus piernas, ambos sentados sobre el piso y junto al muro del supermercado. El sol inclemente a esa hora del día había hecho que el niño se adormeciera junto a su madre. No pude evitar preguntarles dónde vivían y de dónde eran. Me contestaron en su dialecto y con un poco de Español y no alcancé a comprender bien lo que me decían. Les compré un par de barritas y les dije que volvería más tarde con algo de ropa para Carlos (así se llama el niño). Mi hijo creció durante el verano y mucha de su ropa quedó casi nueva, por lo que se me ocurrió (al ver los zapatos sin suelas del niño), regalárselas.
Antes e abordar el taxi, el niño corrió a alcanzarme y sólo alcancé a escuchar entre los ruidos del tráfico la palabra “bicicleta”. Camino a casa en el taxi, las lágrimas rodaron por mis mejillas sin saber por qué. No podía quitarme de la cabeza la carita del niño y su sonrisa al despedirse de mí. Tampoco los ojos de María (su madre), negros, pequeños, profundos, y buenos. Me sentí miserable. Traía las bolsas con las cosas que había comprado y quería arrojarlas por la ventana. ¡Cuántas cosas que no necesitaba! Sentía una especie de vergüenza e impotencia.
Al llegar a casa, mi hijo y mi esposo notaron mi cara y me hicieron preguntas. Mientras les contaba, mi hijo, sin pensarlo demasiado, fue a coger su bicicleta, la limpió un poco y me dijo “tenemos que echarle aire”. Después fuimos a su cuarto y sacó del clóset mucha ropa y un par de tenis casi sin usar pero que ya no le quedan. También sugirió que pusiéramos en las bolsas algunos juguetes, pero le dije que Carlos y María no podrían llevar tantas cosas a pie y decidimos dejarlo para otra ocasión. Bajamos a toda prisa las escaleras de nuestro edificio pues temíamos que se fueran antes de que llegáramos con las cosas, pues el calor estaba insoportable. Decidimos caminar y mi hijo, después de echar aire a la bicicleta dijo “me iré en ella por última vez”. Yo lo seguí caminando y mientras lo veía de lejos, mis lágrimas se mezclaron con una sonrisa de satisfacción y orgullo. Todas las enseñanzas que su padre y yo hemos tratado de inculcarle, han rendido frutos y Emilio es ahora un jovencito con ideas propias, con iniciativa y que decide lo que es bueno y lo que no con base en esas enseñanzas.
Al llegar al estacionamiento del supermercado, el corazón se me paró por un instante ¡no estaban Carlos y María! Emilio se adelantó en su bici y me dijo “aquí están”. Se habían movido hacia la fila de carritos del súper, para obtener un poco de sombra. Carlos ni siquiera volteó a vernos, sólo corrió y se montó en a bicicleta. Le pregunté si sabía manejarla y sin contestarme agarró vuelo por la banqueta y de la emoción se cayó, pero se incorporó de inmediato. Entré al súper por una botella de agua para dárselas. Les dimos las cosas y nos dieron las gracias. María dijo que se irían más tarde a su pueblo y que no volverían hasta dentro de dos meses. Le dije que la vería entonces y sólo sonrió (con sus labios y también con sus ojos) que a ella también se le habían nublado un poco. Carlos nos dijo adiós y la “chocó” con mi hijo (como se saludan entre los chavitos).
Camino a casa, abracé a mi niño. Con sus ojos me decía cosas que sólo las madres podemos comprender. Su mirada preguntaba por qué había gente que no tenía nada y gente que tenía de sobra. Me preguntaba por qué la vida era injusta. Por qué uno siempre se queja de lo que no tiene y no ve lo que sí tiene... Sólo pude apretarlo un poco más contra mi pecho y besar su cabeza, llena de ideas, de sueños, de preguntas, de dudas, de miedos. Y junto a mi pude sentir cómo latía con fuerza su hermoso corazón, el corazón amado de mi pequeño Tzadik.
*Tzadik en hebreo significa “justo, generoso, bondadoso”
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Verano, 2013
lunes, 13 de mayo de 2013
El desorden armónico de Gustav Mahler
A Hector, quien me ha conducido por estas armonías desordenadas
En la naturaleza conviven brutalmente el orden y el caos. Después de tormentas avasallantes, sale el sol y el cielo se aclara. Las nubes se disipan y reina la armonía. Las aves trinan sin cesar y la hierba verde cubre las colinas. El balance perfecto entre ambas fuerzas es lo que hace posible la vida. En la naturaleza humana ocurre lo mismo. La razón y la pasión (logos vs. pathos) son las dos fuerzas motoras que impulsan al hombre a actuar. El ansia por desentrañar al menos algunos de los misterios de la vida aunado al impulso primigenio de unirse físicamente con alguien, de fundirse con otro ser, son la maquinaria detrás de la creación artística, de la investigación científica, de la movilidad del mundo.
Y por cierto de creación artística, tal vez la música sea la más pura de todas las artes, la música absoluta, pues en ella se funden completamente el fondo y la forma, es decir, el contenido y la cualidad. Los estados anímicos que provoca el escuchar una pieza de música clásica, por ejemplo, son muy distintos a los de contemplar una pintura o ser espectadores de una obra de teatro. Aunque, por supuesto, no me refiero a toda la música. Los niveles de abstracción y de rigurosidad presentes en una composición sinfónica, por ejemplo, son muchas veces inversamente proporcionales al estado de ánimo que provocan en quien la escucha.
De todos los compositores de finales del siglo XIX y principios del XX, es en Mahler en donde las fuerzas antagónicas a que me referí antes están presentes con más fuerza y con más exactitud. En Mahler no sólo la sinfonía alcanza dimensiones colosales, sino que sus composiciones contienen la vida, el mundo, el ser humano completo, tal cual es. El bien y el mal, la espiritualidad y la carne, el nacimiento y la muerte, la serenidad y el caos, la brutalidad y la belleza, la soberbia y la humildad, el dolor y el consuelo, la trasgresión y el perdón, la vulgaridad y lo sublime, el pecado y el arrepentimiento. Y, al igual que en la naturaleza, en Mahler todas estas fuerzas vitales conviven en un “caos perfecto”, o en una “armonía desordenada”, si se quiere.
Gustav Mahler nació en Bohemia en 1860, en el seno de una familia judía. Ingresó en el conservatorio de Viena en 1875 en donde estudió con Anton Bruckner, otro gran compositor tardío romántico. Fue un pianista sobresaliente y en 1880 compuso su primera obra importante, Das Klagende Lied, (la canción del lamento), una obra muy compleja y que requería una orquestación muy grande. Ese mismo año debuta como director asistente en Bad Hall, Austria. Se desempeñó como director durante casi 20 años en varias ciudades de Europa con un reconocimiento y aceptación por parte no sólo de los críticos, sino del público y de los músicos. Sin embargo, el fantasma del antisemitismo ya rondaba Europa y Mahler renunció a la religión hebrea (que nunca guardó celosamente, pues era más bien laico, aunque su judaísmo se ponga de manifiesto siempre en sus obras) para ocupar uno de los puestos más importantes al que un músico de su época podía aspirar: director de la Ópera Imperial de Viena. Sien embargo, su prestigio como director no era proporcional al de compositor. Las obras a las que Mahler se consagraba en cuerpo y alma durante los veranos no gozaron en su época del reconocimiento que merecían. Mahler comenzó a ser víctima de una disimulada campaña difamatoria en la que ya estaba presente también el antisemitismo.
En 1902, a los 42 años, Mahler se casó con Alma Schindler, también de origen judío, a quien había conocido en Viena un año antes. Alma era la musa de varios artistas e intelectuales de la época. Su juventud, belleza e inteligencia la volvieron una de las mujeres más codiciadas de su época. Gustav Klimt la inmortalizó en uno de sus cuadros. Mahler no fue la excepción. Él también sucumbió a sus encantos y le propuso matrimonio a pesar de la diferencia de edades (Gustav era casi 20 años mayor que Alma). La vida de los Mahler es casi del dominio público y la historia de amor, de pasión, de celos y de sufrimiento que ambos escribieron, ha sido llevada a la pantalla en varias ocasiones, recientemente en una película llamada “Mahler en el diván”, en donde se pone énfasis, sobre todo, en las sesiones que el compositor sostuvo con Sigmund Freud, con quien acudió a terapia varias veces después de descubrir la infidelidad de su mujer con el joven y prominente arquitecto Walter Gropius. No voy a profundizar en detalles acerca de la película, pero sí me gustaría señalar que la leyenda “mahleriana” puede servir como telón de fondo para comprender un poco al menos algunos aspectos de su música.
Mahler amó profundamente a su esposa y este hecho fue fundamental en algunas de sus más bellas composiciones. Y el sentimiento fue mutuo. Alma fue tal vez la primera en entender su música, en sentirla, en sufrirla y en vivirla. En una de las escenas más bellas de la película, mientras Mahler da a leer a su mujer la partitura del adagio de la quinta sinfonía (ella también componía e interpretaba el piano), ella, extasiada, con los ojos cerrados, a punto de estallar en llanto mientras él la contempla con una amorosa mirada le dice a su esposo: “Tú eres mi dios… vivo por ti, muero por ti… Jamás sentí cosas tan grandiosas como contigo… Sólo ansiaba estar junto a ti y amarte….Yo estoy en tu música, Mahler.”
Mahler murió a los cincuenta años, el 18 de mayo de 1911 en Viena, víctima de una aflicción cardiaca que venía aquejándole desde años atrás. Sus sinfonías son un viaje introspectivo, profundamente psicológico y fluctúan entre el optimismo y la desolación con toques de ironía. Esta combinación de tristeza y euforia, dieron como resultado algunas de las más grandes composiciones del romanticismo tardío y son la nota distintiva del músico. Sin embargo, casi todas sus sinfonías tienen un desenlace optimista, por no decir alegre. Yo más bien lo calificaría de esperanzador Tal vez una de las piezas musicales de Mahler que mejor ejemplifica lo anterior sea el adagietto de la Quinta sinfonía o, (mi favorita), el final de La canción de la tierra. Su música transmite toda la vulnerabilidad de la condición humana a través de una grandiosa musicalidad.
Teresa de Jesús Padrón Benavides, primavera, 2013
miércoles, 8 de mayo de 2013
Tan cerca y tan lejos
Ella decía: “Ya no dejaré de mirarte. Te miraré para siempre.”
Milán Kundera, La identidad
Martin Buber, el gran filósofo judío austriaco, en su monumental “Yo y tú”, dice que existen dos tipos de relación la del “Yo-Ello”, en donde me refiero a la otra persona como un "Ello", como una cosa. Lo considero como algo que está ahí delante de mí, como algo sobre lo cual pienso, algo que experimento o conozco, manipulo, deseo, o trato de ayudar o explotar. Si, por ejemplo, pienso para mis adentros: "Me pregunto cómo se siente ahora", entonces estoy en una relación Yo-Ello.
Al revés, en la relación Yo-Tú, hay una proximidad, una cercanía. Es una relación en donde ambos sujetos están juntos. Yo estoy contigo y tú conmigo. Puede ser no sólo una persona, sino cualquier ser vivo, un árbol, una planta, un animal, un paisaje natural. No trato de entenderlo, no lo utilizo, no lo experimento, no lo analizo ni lo examino desde “fuera”, desde “lejos”, sino que estoy absolutamente junto a él y no hay distancia que nos separe. Y aunque ambos continuamos siendo “individuos”, dos personas diferentes (sino no existiría una relación entre nosotros), estamos plenamente uno con el otro. Esta proximidad, esta cercanía, implica “todo mi ser”, a diferencia de la relación Yo-Ello, en donde la otra persona se vuelve un objeto y mi relación con ella involucra sólo una parte limitada, sólo mi pensamiento, mi curiosidad, mi deseo, etcétera.
Para entender esta idea de Buber, podemos pensar en un momento especial, en que estoy sentado o recostado con mi amigo (a) o amante. No se dicen ni una sola palabra. No están tratando de impresionarse uno al otro, de analizarse o de entenderse. Simplemente “están uno con el otro”. Ese encuentro puede ser también a contemplar un paisaje natural en todo su esplendor. No tratas de identificar los árboles o las planas y sus nombres. Simplemente te sobreviene un sentimiento de asombro (a state of awe), como se dice en Inglés y te fundes con la naturaleza, te vuelves uno con ela, con todo tu ser.
Sin embargo, cuando esa proximidad, esa cercanía es muy grande, se corre el riesgo de perder la identidad, el “Yo”, del que habla Buber. Es decir, cuando no existe ninguna distancia entre dos personas, la identidad del otro se disuelve en la nuestra y llega un momento en que ninguno de los dos se reconoce a sí mismo. Es como acercamos demasiado un objeto a los ojos, simplemente no lo vemos tal y como es. Lo que vemos son figuras distorsionadas, colores imprecisos, pero no lo vemos “tal cual” es, en toda su esencia. Y es entonces cuando decimos que el otro no nos “ve”, que es como si no existiéramos para él (ella). Y nos sobreviene una terrible urgencia de “desengancharnos”, del otro (de la otra). De liberarnos para reencontrarnos con nosotros mismos. De tomar distancia para poder verlo a él también, tal como es.
Esto ocurre con frecuencia en las relaciones amorosas. Cuando dos se aman demasiado, llega el momento en que se funden uno con el otro de tal modo que se despojan de su “yo”, de su ego y se funden con el otro, con el “tú”. Pero es justamente esa pérdida de la identidad individual lo que deviene en tragedia muchas veces. Pues al intentar recuperar nuestro yo, decidimos alejarnos, tomar distancia, desengancharnos de el otro o de la otra, para poder verlo de nuevo, contemplarlo, analizarlo, comprenderlo y en ese proceso, lo convertimos en objeto. Lo despojamos de su identidad de sujeto, de su calidad de “tú” y lo volvemos un “ello”.
Y una vez convertido en objeto, podemos manipularlo a nuestro antojo, pues nos posicionamos en un sitio privilegiado respecto de eso que antes considerábamos parte complementaria de nosotros. Eso que antes considerábamos como “Tú”. Y pueden ocurrir dos cosas. O que la distancia sea sólo la necesaria para volver a ver a la persona amada tal cual es y volver a enamorarme de ella o que sea una distancia y un alejamiento tan grande, que no halla posibilidad de reencuentro entre ambos.
Desafortunadamente, casi siempre ocurre lo segundo. Cuando el tedio, el hastío, la cotidianidad han hecho que la otra persona pierda su identidad y que yo también deje de reconocerme a mí mismo, pues estoy disuelto con ella, esgrimo todo tipo de argumentos del tipo “necesito mi espacio”; “hay que darnos un tiempo lejos uno del otro”; “si te amo, pero necesito estar conmigo mismo…”, etcétera. Y es entonces cuando se pone a prueba el amor entre amas personas. Pues, como dije, la distancia que ambos decidan poner de por medio puede ser tan grande, que no haya posibilidad de volver a reunirse. Pues en ese lapso, pueden ocurrir cosas que hagan que la otra persona pierda por completo los vínculos amorosos que le unían y que eran la argamasa que daba cohesión a su relación, como la confianza, por ejemplo.
De seo trata La identidad, de MIlán Kundera. Escrita en 1997, esta hermosa historia nos narra la vida de Chantal, una mujer de casi cincuenta años y de Jean-Marc, su amante durante muchos años y un poco menor que ella. Ella está angustiada pues “los hombres ya no voltean a verme”, dice. Pero “yo te veo”, dice él. Sin embargo, no es suficiente. Ella necesita con urgencia la mirada del “otro”, del desconocido, para volver a sentirse viva y él, en cambio, la necesita junto suyo para que su vida tenga sentido.
Después de un experimento en e que uno de ellos es el “conejillo de indias” y el otro su creador, y de un proceso de separación que toca los límites entre lo real y lo ficticio, ambos vuelven a encontrarse sólo para darse cuenta que la vida, la verdadera vida, (o tal vez la muerte) está siempre frente a nuestros ojos. Que todo lo demás, nuestros sueños, anhelos, angustias, deseos, son sólo fantasía. Que esa búsqueda de algo más, que ese anhelo de liberarse y de encontrar algo nuevo, algo que nos devuelva las ganas de vivir, será siempre un retorno a ese lugar y con esa única persona, a la que amamos y de quien no podemos prescindir pues la llamamos por su nombre, la conocemos tal cual es, la hemos hecho parte nuestra. “Cada nuevo encuentro, me lleva siempre a ti y cada nuevo rostro, es siempre tu rostro”, dice Chantal en una da las últimas páginas y agrega, casi el final, ya recostada de nuevo en el hombro de Jean Marc: “Ya no dejaré de mirarte. Te miraré sin parar… dejaré la lámpara encendida toda la noche, todas las noches.”
Teresa de Jesús Padrón Benavides
sábado, 27 de abril de 2013
Nigromante
Hola, doy la bienvenida al blog a un amigo quien combina a la perfección la poesía, la paternidad y el heavy metal. Ahora mismo, mientras escribo esta breve presentación, él asiste a una función de danza de sus niñas. Pero, al caer la noche, cuando se desatan los poderes ocultos, nuestro poeta se transforma en Nigromante e invoca a los muertos y conjura a los espíritus a participar de un ritual nocturno de magia negra y adivinación, utilizando como instrumento a su guitarra eléctrica, negra, como su cabello, como su alma y como la noche…
YA ESTÁS AQUÍ
TANTO TIEMPO FUÍSTE INVISIBLE
SÉ QUE ME HAS ESTADO SIGUIENDO
DEJANDO SENTIR EL GRAN HUECO QUE ERES,
PRESAGIANDO EL OCASO
CONDUJISTE MI ADOLESCENCIA,
VIGILASTE MI CRECIMIENTO,
REAPARECES Y ME SONRÍES DE NUEVO
SECA, CRUEL, CONTUNDENTE…
LLEGASTE PARA QUEDARTE,
OBSOLETAS MI ESFUERZO,
TE APODERAS COMO LA HUMEDAD
OBJETAS MIS RAZONES…
CREÍ PERDERTE DE VISTA,
NO PENSAR EN TÍ.
ÍNTIMA DEL SILENCIO,
SERVIDORA DE LA MUERTE
VIAJA Y DAME TREGUA,
DUERME…
MUTAS EN MULTIFORMES DISFRACES
IMPIDES MI RAZONAMIENTO
ME CUBRES DE TU NEBLINA,
DEVORAS MIS INTENTOS,
DUELES...
TANTO TIEMPO FUÍSTE INVISIBLE
SÉ QUE ME HAS ESTADO SIGUIENDO
DEJANDO SENTIR EL GRAN HUECO QUE ERES,
PRESAGIANDO EL OCASO
CONDUJISTE MI ADOLESCENCIA,
VIGILASTE MI CRECIMIENTO,
REAPARECES Y ME SONRÍES DE NUEVO
SECA, CRUEL, CONTUNDENTE…
LLEGASTE PARA QUEDARTE,
OBSOLETAS MI ESFUERZO,
TE APODERAS COMO LA HUMEDAD
OBJETAS MIS RAZONES…
CREÍ PERDERTE DE VISTA,
NO PENSAR EN TÍ.
ÍNTIMA DEL SILENCIO,
SERVIDORA DE LA MUERTE
VIAJA Y DAME TREGUA,
DUERME…
MUTAS EN MULTIFORMES DISFRACES
IMPIDES MI RAZONAMIENTO
ME CUBRES DE TU NEBLINA,
DEVORAS MIS INTENTOS,
DUELES...
COMO SOMBRA AL ACECHO,
SIEMPRE ESTÁS PRESENTE,
DORMITANDO, PERMITIENDO,
MARCANDO TU PRESENCIA
NECESARIA COMPAÑERA, VAS Y VIENES.
TE BUSCO A VECES,
TE RELEGO Y NIEGO TU PRESENCIA,
... Y AL FINAL DEL DÍA, ME BAÑA TU SUDOR
SE QUE ESTÁS CONMIGO,
NO TE VEO, PERO TE HUYO Y TE DESEO,
TE SUFRO Y TE DISFRUTO
MALDITA SEAS, NO ME NIEGUES EL VIAJE
AHORA QUE ABRES TUS ALAS…
VEN AQUÍ, ERES MÍA,
SÓLO DEJAME RESPIRAR,
DAME OPORTUNIDAD DE BUSCARTE, DE DESEARTE,
VEN Y LLÉNAME
CÚBREME DE TU AUSENCIA,
NO ME DEJES OLVIDARTE
COMO COMPAÑERA EN MI VIAJE,
TE NIEGO Y TE RELEGO, SÓLO PARA QUE AL FINAL,
ME TOMES DE NUEVO…
miércoles, 17 de abril de 2013
La sociedad del miedo
“Happiness is a warm gun, momma”
John Lennon
La sociedad contemporánea es la sociedad del miedo. Vivimos inmersos en un mundo cada vez más proclive a la violencia, a la barbarie y a la transgresión. Habrá quienes argumenten (no sin mucha razón) que siempre ha sido así, que desde el surgimiento del primer homo sapiens, la lucha por el dominio, el poder y el control han sido una constante hasta nuestros días. El hombre, movido por el miedo primigenio, el miedo a la muerte y a la soledad, ha recurrido a toda clase de métodos para exorcizarlo y el más efectivo ha sido el de la represión, el control y el dominio del otro, del extraño, del diferente, del extranjero, de quien no es como él pues, según la creencia generalizada, ese, el diferente a nosotros es el enemigo a vencer.
Necesitamos al otro para corroborar que no estamos solos en el mundo y ejercemos sobre él nuestro poder para sentir que los sometemos, que los dominamos, que somos invencibles, inmortales. En el otro, en el que sometemos, vemos el reflejo del débil, del esclavo, del “mortal”. Es necesario ese sometimiento para sentir que hemos vencido sobre la muerte, nuestro miedo primigenio. Somos como “dioses”, invulnerables.
Al menos eso creemos, hasta que enfrentamos a alguien más poderoso que nosotros. Hasta que la muerte nos toca de cerca, en alguien que sí nos ha hecho sentir vulnerables. Y entonces, todas nuestras muestras de fortaleza se desvanecen como figuras de arena arrasadas por las olas. Enfrentamos nuestra miserable condición de mortales y ese enfrentamiento nos frustra, nos enfurece y buscamos desesperadamente alguien más a quien someter y otros métodos para lograrlo.
Y entre esos métodos, uno delos más socorridos y que más gusta a los norteamericanos es la creación de héroes y de leyendas que justifiquen su Historia (con mayúscula) y que le den sentido y coherencia a su espíritu de “libertad y de justicia”, que hacen de esa patria una nación “independiente, humana y generosa” (nótense las comillas). No es de extrañar que los Estados Unido sean la cuna de muchos de los súper héroes del cómic, del cine y de la pantalla chica. Ellos son fuertes, hermosos, buenos, justicieros, inteligentes, independientes, y, sobre todo, invencibles. Los Iron men son el prototipo de “hombre” estadunidense. Pero como eso sólo existe en la ficción, para ejercer el poder, muchas personas recurren otros métodos, más prácticos, más accesibles, más fáciles: al sexo como la forma de sometimiento por excelencia. A la música estridente, al alcohol, a las drogas, al desenfreno, a la anarquía, a la desobediencia y a la rebeldía para demostrar a los demás y a ellos mismos que son “fuertes”, “valientes”, “dueños de sus vidas”, “independientes”, “autónomos”, que no le temen a nada ni a nadie y que no necesitan a los otros para que los afirmen.
Pero de todas esas formas de sometimiento, el miedo es la más poderosa y el miedo que provocan las armas, es el peor de ellos. Porque las armas se usan para matar y nadie quiere morir, aunque su vida sea la más miserable de todas. Y tal vez sea verdad que ese tipo de “control psicológico” que se ejerce a través de las armas haya sido así desde siempre, pero no cabe duda que ahora se ha vuelto cada vez más sofisticado, más “fino”, más sutil, si se quiere. Hoy en día la influencia que los medios ejercen en el pensamiento de las personas aunado al control de estos medios por los grupos de poder, han hecho que la violencia se vuelva algo cotidiano, algo “normal”.
Los recientes acontecimientos en Boston, por ejemplo, son sólo la punta del iceberg. Los tiroteos en las escuelas que han vuelto a poner en la mesa de discusión el control de las armas en aquel país son sólo la consecuencia lógica de un culto por las mismas que hunde sus raíces en los albores de la historia norteamericana. Los estadounidenses aman las armas tanto como aman la sensación de poder que dan a quienes las portan. Defienden con la vida su derecho a tenerlas y a usarlas pues esto les confiere “respeto”, dicen. Uno de los argumentos más fuertes que esgrimen para la defensa de las armas es el de que “el enemigo acecha y hay que estar preparado. Pero, ¿de qué enemigo hablan? ¿De quién o de quiénes hay que defenderse? “Puede ser cualquiera”, dicen. Una frase muy socorrida entre ellos es “Sleeping with the enemy”. Y sí, efectivamente, el peor enemigo de los estadunidenses son ellos mismos.
La cultura del culto a la violencia que profesan muchos de los estadunidenses y que plasman no sólo en sus películas, en sus series televisivas, sino en su estilo de vida en general, aunado al negocio tan jugoso que la industria de las armas representa (entre 30 y 35 billones de dólares anuales en ventas directas por contratos y en que en años recientes se ha elevado hasta alcanzar entre 50 y 60 billones), son sólo algunas de las causas. El show anual que realiza la NRA (Asociación Nacional del Rifle) y que exhibe los “daddy´s new toys”, como las llaman los amantes de las armas, arroja también ganancias jugosísimas no sólo para los fabricantes, sino para los comerciantes y, por supuesto, para el gobierno. Pero no sólo eso, sino el uso y abuso que los Estados Unidos han hecho de su poder para obtener el poderío económico mundial, sometiendo a países débiles y erigiéndose como el parangón de la democracia para invadir países ricos en recursos naturales con el pretexto de “libraros del yugo de la opresión de sus gobiernos” y enfrascándose en cruentas guerras que sólo han traído más dolor y más miseria para aquellos países y más locura y más odio para Estados Unidos.
Con todo esto no intento justificar la violencia interna que padece aquel país. A él me unen vínculos afectivos muy grandes, pues allá vive la mitad de mi familia, allá nació mi esposo y allá viví muchas de las experiencias más gratas de mi vida, pues crecí en la frontera y viajaba continuamente a Estados Unidos. No, nada más lejano a mi intención. Sólo intento abordar los recientes acontecimientos desde la óptica de la historia cercana de Estados Unidos para tratar de entender (si eso fuera posible), las causas y los motivos que orillan al odio exacerbado y que desembocan en tragedias como las de Boston que cobran la vida de muchas personas inocentes. Porque cuando se lucha frente a frente y se conoce al enemigo, se le puede llegar a vencer, pero cuando la batalla se libra contra un enemigo invisible, como en la mayoría de los actos terroristas, la lucha está perdida de antemano.
En este caso, no sólo el enemigo es invisible, sino que las armas mortales utilizadas en esta barbarie, fueron de fabricación casera y de lo más rudimentarias. Ollas de presión. Ollas que las amas de casa usan para preparar la comida de su familia. Ollas que las mujeres atesoran pues de ahí surgen cosas deliciosas que hacen felices a los suyos. Eso es lo más irónico y tal vez haya un mensaje oculto en todo ello. Un mensaje subyacente que diga “Ni siquiera hemos utilizado sus cochinas armas para aterrorizarlos, sino que lo hemos hecho con utensilios de uso diario y que se hallan en el corazón de sus hogares”. El país más poderoso del mundo no tiene idea de quién o quiénes perpetraron este ataque terrorista. Lo único que saben a ciencia cierta, es que las ollas usadas decían “Stainless Steel, USA”. En un lugar en donde todo gira en torno a la violencia, cualquier cosa puede ser utilizada como un arma de destrucción masiva.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
domingo, 10 de marzo de 2013
Amour
Una de las primeras secuencias transcurre en la cocina de un departamento parisino grande y antiguo. Sentados en la pequeña mesa, rodeados de periódicos, de una jarra con café y de restos del desayuno, están un matrimonio de ancianos. Ella, aparentemente atenta a los comentarios de su esposo, queda inmóvil repentinamente, con la mirada perdida y sin responder a las preguntas de él. Ante el asombro que esto le produce, el anciano decide salir en busca de ayuda y olvida cerrar la llave del grifo. Justo antes e salir, oye que el agua ha dejado de correr y decide volver a la cocina. Para su sorpresa, su mujer se halla nuevamente animada, desayunado y preguntándole por qué ha dejado el grifo abierto. Son los primeros síntomas. Unos días después, ella sufrirá un infarto que la dejará paralizada de la parte derecha de su cuerpo.
A partir de entonces, nada será igual para Anne y Georges, dos músicos y profesores retirados. Su amor, que ha atravesado por más de 50 años de vida en común, entre otras difíciles pruebas, habrá de intentar a toda costa librar también esta batalla, tal vez la más dura, pues el enemigo a quien habrá que enfrentar esta vez, es el tiempo mismo. Y contra Cronos, como bien se sabe, toda batalla está perdida de antemano.
El cuerpo anciano, como protagonista de esta cinta de Michael Heneke, es abordado con lucidez y realismo. El cuerpo, que encierra a una persona, a lo que es, a lo que siente, a lo que piensa, envejece inexorablemente. La epidermis que envuelve la potencialidad intelectual y afectiva de una persona, su esencia, se vuelve fláccida y cubre un esqueleto también frágil y unos órganos que han comenzado a disminuir su capacidad de realizar las funciones básicas del cuerpo.
Una vez en casa, después de una breve temporada en el hospital, Anne hace prometer a su marido que jamás la internará en un nosocomio. Él se lo promete y emprende una titánica labor en el cuidado de su mujer. Anciano él mismo, habrá de hacer a un lado sus propios achaques con tal de devolver a su esposa a su vida de antes. En el proceso, Georges pondrá a prueba, entre otras cosas, su paciencia, su tolerancia, su entereza y su fortaleza no sólo física, sino de carácter. No siempre saldrá bien librado, pero finalmente, el Amor (con mayúscula), habrá de hallar el camino. Ambos habrán de disfrutar todavía un poco más de su vida en común. Sus libros, su música (Schubert, Bach y Beethoven, son algunos de los personajes secundarios de esta historia), sus charlas durante el té de la tarde y, en fin, su compañía. No daré más detalles respecto de la trama, pues no quisiera arruinar la película. Sólo quiero utilizar esta historia como telón de fondo de un tema que me parece casi tabú en nuestra sociedad contemporánea: El amor entre ancianos.
Cuando pensamos en el amor lo primero que se nos viene a la mente es una pareja joven. Un amor apasionado, intenso, rebosante de juventud y fortaleza físicas, con dosis de romanticismo y de seducción, de ternura y de atracción física. El amor entre viejos sólo podemos imaginarlo como algo idílico, como el afecto, el compañerismo, la solidaridad y la amistad compartidos por dos personas durante muchos años y que ha rendido sus frutos en hijos y nietos y en un legado familiar de tradiciones y costumbres que deberán guardarse celosamente por las nuevas generaciones. En el mejor de los casos, los “abuelos”, sólo pueden permitirse un beso recatado para la foto familiar de las “bodas de oro”.
En nuestra concepción del amor en la vejez la sociedad de consumo ha impreso su huella indeleble. El amor sólo puede ser posible entre los jóvenes. Después de cierto tiempo, el amor cede su lugar no al afecto ni a la amistad genuina, sino a los celos, la envidia, el odio. Imposible imaginar a los ancianos en una escena de amor romántico o, al menos, compartiendo gustos e intereses comunes que cultivaron desde jóvenes y que fueron la argamasa que unió su relación durante tantos años.
Por eso es que nos empeñamos en perpetuar nuestra juventud. Consumimos todo tipo de elíxires, de pócimas de la “eterna juventud”; recurrimos a dietas extremas, ejercicios físicos extenuantes, cremas, pomadas, aceites y todo tipo de tratamientos quirúrgicos para evitar o al menos retardar los efectos del paso del tiempo. Pero no sólo eso. La cultura juvenil es también nuestra. La música que escuchamos es estridente, banal, vacía, como la de los jóvenes. Somos “rebeldes” en el vestir, en el hablar, en el actuar. La cultura juvenil del desenfreno, los excesos, el despilfarro y la adrenalina, la hemos hecho nuestra también. Todo con tal de no envejecer, de no madurar, de no crecer. Patéticos. Eso es lo que somos. Pues, por más esfuerzos que hagamos, el cuerpo nos reclama lo suyo.
La cultura consumista que promueve el patrón de belleza juvenil con su culto a la apariencia externa, nos obliga a intentar a toda costa ser algo que no somos. Y como la vida se nos ha ido tras ese absurdo afán de perpetuar la juventud, ni tiempo hemos tenido de cultivar las cosas imperecederas, las que no envejecen sino que, al contrario, maduran y rinden frutos, como todo ciclo vital natural. Ni tiempo hemos tenido para cultivar hábitos que habrán de acompañarnos en la madurez y en la ancianidad incondicionalmente, como la lectura o el escuchar y apreciar la buena música y las artes, en general. Pero, y lo más triste, no hemos tenido tiempo de crecer intelectual y afectivamente con nuestra pareja. Nos afanamos en vivir en un estado continuo de placer y ante la imposibilidad de lograrlo, nos hemos vuelto seres frustrados, amargados, infelices, en vez de adultos plenos, satisfechos y agradecidos.
En Amour, los protagonistas no sólo enfrentan su condición sino que la asumen, dignamente y sin lamentarse. Por supuesto que hay añoranza de los días de juventud, cuando la vida se nos entregaba con toda su voluptuosidad y sus encantos, pero es una añoranza sin reproche, sin auto conmiseración. El amor entre estas personas se manifiesta ahora, en su vejez, de formas insospechadas. Y entre esas formas, está también la del deseo y del placer físico. El cuerpo amado ha envejecido, sí, pero sigue siendo el objeto del deseo del amante. En una de las primeras escenas, al volver a casa después de un recital de piano de uno de sus viejos alumnos, Georges ofrece una copa de vino a Anne, y con tono seductor le dice: “verdaderamente lucías muy bella esta noche.”
La idea de que el placer físico es exclusivo de los jóvenes, es un invento de la modernidad consumista, de la sociedad hedonista y auto complaciente. El amor maduro, fruto de la vida compartida entre dos individuos que han seguido nutriéndose de experiencias enriquecedoras en todos los ámbitos, se manifiesta también en la libido. Pero el cuerpo requiere ahora, en esta etapa de la vida, de cuidados especiales. El amor habrá de manifestarse también cambiando los pañales, bañando y dando de comer en la boca a nuestro amado (amada). La idea del amor entre dos viejos que siguen teniendo el ímpetu y el vigor físico adolescente, es una falacia y una invención del cine norteamericano, principal promotor del culto a la juventud. La verdad inexorable es que el cuerpo se atrofia y las facultades menguan.
Mientras hojea un viejo álbum de fotografías, Anne dice “Es hermosa”, y George le pregunta, “¿Qué cosa?”, “La vida”, responde ella, dibujando una ligera sonrisa en sus labios. Y uno no puede sino coincidir con ella. La vida es hermosa y vale la pena vivirse, sobre todo si el amor ha prevalecido a pesar de los vaivenes de la vanidad y del egoísmo mundanos y ha echado raíces y dado su fruto a tiempo. La vida es hermosa y es posible sólo en el amor y éste, a su vez, es posible, sólo en la madurez.
Amour, 2012, es una película del director Michael Heneke. Es una producción francesa, alemana y suiza protagonizada por Jean-Louis Trintignant y Emanuelle Riva.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Marzo, 2013
jueves, 7 de marzo de 2013
Rosh Jodesh, la fiesta judía de las mujeres.
Para todas las mujeres de mi vida: mi mamá, mis hermanas, mis tías y mis amigas
El 8 de marzo se conmemora en el Día internacional de la mujer. En muchas partes el mundo, habrá toda clase de festejos. Desde protestas y marchas a favor de los derechos delas mujeres hasta carnavales y desfiles en donde las mujeres “emancipadas” habrán de dar rienda suelta a sus derechos y a sus libertades exhibiéndose medio en cueros ante la mirada expectante del mundo. Sin embargo, en casi tres cuartas partes el planeta, (incluyendo México), las mujeres vivirán un día más de trabajo esclavizador, de humillaciones, de violencia por parte de sus compañeros sentimentales, de falta de oportunidades y de desigualdad social.
En los países más afortunados, las mujeres festejarán su día entre “amigas”, coreando consignas anti machistas, haciendo alarde de su belleza, de su libertad y de su independencia masculina. También será ocasión propicia para lucir y exhibir sus “armas”, las que someten a los hombres a su dominio, es decir, su cuerpo, sus atavíos, sus accesorios y, en fin, todo eso que, según ellas, las hace más “femeninas”. Todo esto se hará bajo la premisa de que “las mujeres somos más chingonas que los hombres”, sin percatarnos de que, justamente, estamos pecando delo mismo que siempre hemos criticado de los hombres, de machismo. Las mujeres, para ganarnos el respeto y la admiración delos hombres, deberíamos empezar por respetarnos y gustarnos y querernos a nosotros mismas tal y como somos y de considerar nuestra feminidad no como un arma, sino como un complemento de lo masculino. Como la parte que equilibra la balanza entre hombre y mujer.
En el judaísmo, hay un acontecimiento que se asocia a las mujeres y que muchas organizaciones civiles y congregaciones religiosas judías, han determinado como la “fiesta femenina” por excelencia. Es Rosh Chodesh (ראש חודש), o “la cabeza del mes”. El calendario judío, a diferencia del nuestro, es lunar. Es decir, los días inician no a la medianoche, sino al atardecer, justo a la salida de la luna. Según la tradición (y no sólo el judaísmo sino varias religiones orientales), la luna se ha asociado siempre a la mujer. Una de las explicaciones más aceptadas es que el ciclo menstrual femenino coincide con el ciclo lunar. De hecho, la palabra hebrea para vientre “rejem” (רחם), contiene las mismas letras que la palabra hebrea para cabeza de los meses “jodeshim” (רשי חדשים). Otro lugar en donde se asocia a la mujer con la luna en el judaísmo es en el Zohar, el libro que es la autoridad en cuestiones de misticismo. En el Zohar, se habla de la Shekiná ( שקינה ), que es la Presencia Divina, que los místicos asocian a la parte femenina de Dios. Sólo cuando el mundo sea redimido de sus pecados, la shekiná se unirá a su aspecto masculino y la luna brillará más intensamente que nunca. La luna nueva, entonces, como símbolo de renovación, de creación de vida, está íntimamente relacionada con la fertilidad femenina.
Pero la leyenda más aceptada dentro del judaísmo de por qué se asocia Rosh Jodesh a las mujeres, la hallamos en el libro de Éxodo. Cuando Moisés libera al pueblo hebreo de la esclavitud egipcia, sube al Sinaí para recibir os diez mandamientos de Dios. Al ver que tardaba mucho en volver, los hebreos le piden a Aarón, el sacerdote, hermano de Moisés, que les fabrique un “dios” que marche delante de ellos y los guíe a través del desierto. Construyen un becerro de oro y piden a las mujeres sus alhajas para tal efecto. Ellas se oponen a participar en tal blasfemia y se niegan a entregar sus joyas para construir dioses falsos. Las mujeres judías tienen una conexión especial a Rosh Jodesh y por consiguiente se abstienen del trabajo extra en ese día. Esta conexión especial se explica en un antiguo libro llamado Pirkei de Rabi Eliezer (capítulo 45): “Cuando los hombres Israelitas quisieron usar los aretes de oro de sus esposas para el Becerro de Oro, las mujeres no estuvieron de acuerdo. Dijeron: ‘¿Ustedes quieren nuestras joyas para traer desgracia y abominación? No los escucharemos! ‘ “Di-s las recompensó en este mundo celebrando Rosh Jodesh y concediéndoles méritos en el mundo por venir, donde ellas se renovarán como el nuevo mes.”
Cualquiera de las tres explicaciones anteriores nos sirven para darnos cuenta dela importancia que para el judaísmo tiene el aspecto femenino de la vida, en general. Por eso es que Dios dijo en el libro del Génesis: “No es bueno que el hombre esté solo” y creo a la mujer. Por eso es que hay luna y hay sol; hay noche y hay día; hay frío y hay calor; hay agua y hay fuego. La dualidad dela divinidad, está presente en muchas otras culturas, tradiciones y religiones. Cualquiera que sea nuestra concepción del mundo, no debemos olvidar que la igualdad entre ambos sexos debe estar fundada en el complemento, en la fusión de ambos, hombre y mujer, para crear, para compartir, para crecer juntos, para completar ese doble aspecto de nuestra condición en donde no debería sobresalir uno más que el otro; no debería destacar uno opacando al otro; no debería distinguirse uno en detrimento del otro, sino al contrario, deberían ambos ocupar el mismo sitio privilegiado en nuestra vida, pues sólo así podremos fundar una sociedad justa, igualitaria y democrática en donde hombres y mujeres no hagan énfasis en su machismo o su feminismo, en la superioridad de unos o de otros, sino que busquen el lugar de encuentro entre ambos. Sólo así, aceptando que somos absolutamente indispensables la una para el otro, podremos tener motivos para festejar a las mujeres, no sólo el 8 de marzo, sino cada día del año.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
lunes, 18 de febrero de 2013
Tía Otila
In Memoriam
Dicen que uno al morir uno no muere del todo, pues permanece en la memoria de quienes lo han amado. Yo así lo creo, pero también creo que al morir alguien a quien hemos querido tanto, muere también un pedazo nuestro. Es decir, morimos un poco con cada uno de nuestros amados muertos. La sensación de tristeza, de dolor y de pérdida que experimentamos es el reflejo de esa pequeña “muerte que vivimos” junto con quien se nos ha ido.
A mí se me han muerto muchas personas amadas. Esta vez fue alguien sin quien no concibo mi infancia, mi adolescencia y mi primera juventud: mi tía Otila. Hermana de mi madre, ella y mis primos, sus cuatro hijos, fueron determinantes en mi vida, en muchos sentidos. Cuando niña, rodeada sólo de varones (mis dos hermanos y mis cuatro primos), mi tía y mi madre eran los únicos referentes femeninos con quienes yo contaba. Y ambas, mi mamá y ella, fueron mis patrones a seguir en cuanto a mi “lado femenino”.
En su casa me sentía rodeada de cariño y de atención por parte de mis primos, quienes sentían por mi un afecto especial, pues era su única prima, además de los detalles que mi tía siempre tuvo conmigo, incluso después de que me casé y dejé Mexicali, ella siempre halaba algún detalle que enviarme con mi mamá (una mascada, unos aretes, una bolsa) siempre acompañados de algunas líneas escritas “a la carrera”, como ella decía en donde me pedía saludar a mi esposo y a mi hijo y me daba bendiciones y buenos deseos.
Quiero a todas mis tías con un afecto especial, pero con mi tía Otila fue con quien conviví desde niña, pues nos mudamos a Mexicali cuando yo tenía apenas 9 años y ella y su familia ya estaban allá. Desde el día en que llegué a esa amada ciudad, ella y mis primos me prodigaron toda suerte de cuidados. Me enseñaron a querer cada casa en la que vivimos, cada calle en la que jugamos, cada amigo que hicimos y cada momento que pasamos juntos. Mi tía siempre ha sido para mí un ejemplo de lo que una mujer viuda puede lograr por amor a sus hijos. Y ese amor y ese esfuerzo incondicionales dieron sus frutos en cada uno de mis primos y de sus familias. Por fortuna, Dios le permitió vivir para atestiguarlo.
Las recuerdo a ambas, mi madre y mi tía, siempre activas, luchadoras, alegres, yéndose a jugar “bingo” a Calexico o en tour a Las Vegas con sus amigas (les fascinaba jugar), pero siempre siendo el centro dela vida familiar de ambas familias, la suya y la nuestra. Recuerdo a mi madre, yendo en su carro por ella, silbándole (el clásico silbido de los Benavides) y escabulléndose rápidamente para que no les reclamáramos que se iban a “la jugada”. Era fácil advertir cuándo habían tenido una buena noche, pues llegaban siempre alegres y con algo delicioso para que cenáramos. También las recuerdo tomando café en las tardes, platicando de sus viejas amistades de juventud en Matamoros. Haciendo el recuento de los muertos, de las viudas, los huérfanos y también evocando anécdotas de infancia.
No puedo concebir volver a Mexicali y no ver a mi tía. No ir a su casa, a tomar café, a merendar y platicar largo y tendido. Simplemente me resulta increíble. No podré pasar por su casa sin imaginar que saldrá, como siempre, a recibirme con un llanto de alegría, con un gran abrazo y con reclamos por no haberle llamado últimamente. No será lo mismo. ¿A quién escogeré un regalo para llevárselo? ¿A dónde llevaré a mi hijo a saludarla? ¿Quién me hará los tamales rojos de res con café que sólo ella sabía hacer? ¿Con quién tomaré café en la tarde y platicaré por horas? Lo haré con mi mamá, pero nos faltará ella. Ya no diremos más “Vamos por mi tía, pero hay que llamarla primero para que esté lista.”
Sé que ella está bien. Que allá, igual que aquí, está rodeada de amor de muchas personas a quienes quiso y que se fueron antes que ella (su esposo y su nietecita, entre otras). La imagino en el paraíso, rodeada por mis abuelos, (sus padres) Emilio y Amelia; de mi tío Javier (su esposo); de mis sobrinitas Ive y Marilú (sobrina y nieta); de mis tíos (sus hermanos) Mimí, Nacha, Tomás y Angélica. Todos tomando café, merendando un pan de maíz, platicando y riéndose con una risa que seguramente llenará el alma de Dios de alegría.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Febrero de 2013
domingo, 13 de enero de 2013
Mexicali Blues
“Y uno se cree que los mató el tiempo y la ausencia…”
Serrat
Para Clara Aiko, Enrique, Fausto, Rosy, Lupita, Laura, Armando, Maricela, Alonso,
y quien resulte afectado..
Dicen que uno no debiera volver al lugar donde fue feliz, pues corre el riesgo de querer permanecer ahí para siempre. También dicen que el hogar está donde está el corazón. Yo no sé si será así para todos, pero lo es para mí.
Volver a Mexicali después de un largo tiempo, reencontrar a viejos y queridos amigos y constatar que su amistad permanece incólume a través de los años; saludar y platicar con los vecinos de antaño y volver a sentir el afecto, la hospitalidad y la calidez característica de los “cachanillas”, es siempre gratificante y un antídoto contra la apatía, la desconfianza y el egoísmo de las grandes ciudades, como en la que vivo. Recorrer las viejas y amadas calles evocando recuerdos de juventud y de niñez, ver a mi familia, compartir con ellos anécdotas nuevas y viejas y comprobar que, no importa cuántos eventos desafortunados hayamos podido pasar o cuánta distancia y diferencias haya entre nosotros, la familia está siempre ahí para ayudar.
Todo eso es lo que lo arraiga a uno a un lugar en especial. Y la luz. La luz de Mexicali es única. Los atardeceres de invierno poseen una belleza incomparable. Púrpura, naranja, rosa y azul desplegándose en toda su hermosura hacia el poniente, hacia la Rumorosa, hacia el Centinela, ¡Ah! Eso es indescriptible. Hay que verlo para creerlo.
“Chicali”, como le llamamos los cachanillas, es cálida en todo sentido, en el del clima y en el de la gente. Es, además, extremosa. Inviernos gélidos y veranos hirvientes. Hay ventiscas y tolvaneras en primavera y son escasos los meses templados. Sin embargo, este clima adverso es parte de la personalidad de mi terruño querido y ha moldeado el carácter único de su gente. Los cachanillas se distinguen por su amor al trabajo duro, por ser hospitalarios, alegres, sinceros, por ser honestos y directos y no andarse con rodeos. Además, saben sacar ventaja del clima aprovechando cualquier refugio y cualquier acicate contra el calor (como una cerveza bien helada) o contra el frío (la misma receta) y ese factor jamás ha sido impedimento para organizar una buena carne asada y reunir a los amigos.
Y por cierto de amigos, los de Mexicali son amigos para siempre. Y cuando hablo de amigos, me refiero al significado real de la palabra y no a su tergiversación actual ni a su connotación banal o superficial. Los amigos cachanillas somos para toda la vida, no importa cuánto tiempo pase sin vernos y cuánta tierra haya de por medio entre nosotros, al reencontrarnos, es como si nunca nos hubiésemos separado. Como cuando el hijo pródigo vuelve a la cas paterna y halla su lugar en la mesa aún esperándole; su cuarto y sus libros aún en su sitio. Como dice la canción de Serrat: “Decir amigo es decir lejos y antes fue decir adiós. Y ayer y siempre, lo tuyo nuestro y lo mío de los dos. Decir amigo, decir amigo se me figura que decir amigo es ternura. Dios y mi canto saben a quién nombro tanto”
Eso es tal vez lo mejor de mi amado terruño y lo que más añoro. Es lo que me ancla a él. Cuando pienso en un próximo reencuentro con mis viejos amigos, el corazón me da un vuelco de emoción y alegría y cuando, por alguna circunstancia, no podré ver a alguno de ellos, me invade la tristeza. Además, siempre está latente la posibilidad de un reencuentro con ese amigo (a) especial, con quien compartimos cosas y acontecimientos decisivos en nuestras vidas. Con quien maduramos afectiva e intelectualmente. A quien profesamos un afecto único y con quien fuimos afines en varios terrenos.
Tal vez porque pertenezco a la así llamada generación “x”, que nació a fines de los sesenta, con Vietnam y Woodstock, que creció cuando la Guerra Fría estaba llegando a término; con Lech Walesa y “Solidaridad”; con el Muro de Berlín a punto de ser derrumbado; con hermanos y hermanas que habían sido hippies y quienes nos inyectaron una buena dosis de buen rock clásico y música de protesta. No sé. Tal vez por todo eso y porque la idea de un futuro mejor aún se vislumbraba, el caso es que fuimos la última generación en cultivar un sentido de la amistad que ya no existe. Fuimos los últimos idealistas, los últimos soñadores y ahora, casados y con hijos, nos toca, en la medida de lo posible, infundir ese sentimiento en las actuales generaciones, desde cualquier trinchera que defendamos y así servir de contrapeso al egocentrismo exacerbado, al culto a la personalidad y a la banalidad y frivolidad de estos tiempos.
Pero, digresiones aparte, Mexicali es mi amor. Lo es por todo lo anterior y lo seguirá siendo siempre. Ahí se hunden mis recuerdos más tristes, pero también los más hermosos. Ahí y también en Sonora, están dos terceras partes de m corazón. La otra, la que llevo siempre conmigo y que me ancla al planeta tierra, siempre está anhelando volver a unirse a aquéllas. Y cuando sucede el milagro, el corazón, ya unificado, se siente verdaderamente en casa.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Invierno, 2013
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