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sábado, 27 de abril de 2013

Nigromante



 
Hola, doy  la bienvenida al blog a un amigo quien combina a la perfección la poesía, la paternidad y el heavy metal. Ahora mismo, mientras escribo esta breve presentación, él asiste a una función de danza de sus niñas. Pero, al caer la noche, cuando se desatan los poderes ocultos, nuestro poeta se transforma en Nigromante e invoca a los muertos y conjura a los espíritus a participar de un ritual nocturno de magia negra y adivinación, utilizando como instrumento a su guitarra eléctrica, negra, como su cabello, como su alma y como la noche…

YA ESTÁS AQUÍ

TANTO TIEMPO FUÍSTE INVISIBLE
SÉ QUE ME HAS ESTADO SIGUIENDO
DEJANDO SENTIR EL GRAN HUECO QUE ERES,
PRESAGIANDO EL OCASO

CONDUJISTE MI ADOLESCENCIA,
VIGILASTE MI CRECIMIENTO,
REAPARECES Y ME SONRÍES DE NUEVO
SECA, CRUEL, CONTUNDENTE…

LLEGASTE PARA QUEDARTE,
OBSOLETAS MI ESFUERZO,
TE APODERAS COMO LA HUMEDAD
OBJETAS MIS RAZONES…

CREÍ PERDERTE DE VISTA,
NO PENSAR EN TÍ.
ÍNTIMA DEL SILENCIO,
SERVIDORA DE LA MUERTE

VIAJA Y DAME TREGUA,
DUERME…

MUTAS EN MULTIFORMES DISFRACES
IMPIDES MI RAZONAMIENTO
ME CUBRES DE TU NEBLINA,
DEVORAS MIS INTENTOS,

DUELES...



 SIEMPRE PRESENTE

COMO SOMBRA AL ACECHO,
SIEMPRE ESTÁS PRESENTE,
DORMITANDO, PERMITIENDO,
MARCANDO TU PRESENCIA

NECESARIA COMPAÑERA, VAS Y VIENES.
TE BUSCO A VECES,
TE RELEGO Y NIEGO TU PRESENCIA,
... Y AL FINAL DEL DÍA, ME BAÑA TU SUDOR

SE QUE ESTÁS CONMIGO,
NO TE VEO, PERO TE HUYO Y TE DESEO,
TE SUFRO Y TE DISFRUTO
MALDITA SEAS, NO ME NIEGUES EL VIAJE
AHORA QUE ABRES TUS ALAS…

VEN AQUÍ, ERES MÍA,
SÓLO DEJAME RESPIRAR,
DAME OPORTUNIDAD DE BUSCARTE, DE DESEARTE,
VEN Y LLÉNAME

CÚBREME DE TU AUSENCIA,
NO ME DEJES OLVIDARTE
COMO COMPAÑERA EN MI VIAJE,
TE NIEGO Y TE RELEGO, SÓLO PARA QUE AL FINAL,
ME TOMES DE NUEVO…

miércoles, 17 de abril de 2013

La sociedad del miedo


“Happiness is a warm gun, momma”
John Lennon
La sociedad contemporánea es la sociedad del miedo. Vivimos inmersos en un mundo cada vez más proclive a la violencia, a la barbarie y a la transgresión. Habrá quienes argumenten (no sin mucha razón) que siempre ha sido así, que desde el surgimiento del primer homo sapiens, la lucha por el dominio, el poder y el control han sido una constante hasta nuestros días. El hombre, movido por el miedo primigenio, el miedo a la muerte y a la soledad, ha recurrido a toda clase de métodos para exorcizarlo y el más efectivo ha sido el de la represión, el control y el dominio del otro, del extraño, del diferente, del extranjero, de quien no es como él pues, según la creencia generalizada, ese, el diferente a nosotros es el enemigo a vencer.
Necesitamos al otro para corroborar que no estamos solos en el mundo y ejercemos sobre él nuestro poder para sentir que los sometemos, que los dominamos, que somos invencibles, inmortales. En el otro, en el que sometemos, vemos el reflejo del débil, del esclavo, del “mortal”.  Es necesario ese sometimiento para sentir que hemos vencido sobre la muerte, nuestro miedo primigenio. Somos como “dioses”, invulnerables.
Al menos eso creemos, hasta que enfrentamos a alguien más poderoso que nosotros. Hasta que la muerte nos toca de cerca, en alguien que nos ha hecho sentir vulnerables. Y entonces, todas nuestras muestras de fortaleza se desvanecen como figuras de arena arrasadas por las olas. Enfrentamos nuestra miserable condición de mortales y ese enfrentamiento nos frustra, nos enfurece y buscamos desesperadamente alguien más a quien someter y otros métodos para lograrlo.
Y entre esos métodos, uno delos más socorridos y que más gusta a los norteamericanos es la creación de héroes y de leyendas que justifiquen su Historia (con mayúscula) y que le den sentido y coherencia a su espíritu de “libertad y de justicia”, que hacen de esa patria una nación “independiente, humana y generosa” (nótense las comillas). No es de extrañar que los Estados Unido sean la cuna de muchos de los súper héroes del cómic, del cine y de la pantalla chica. Ellos son fuertes, hermosos, buenos, justicieros, inteligentes, independientes, y, sobre todo, invencibles. Los Iron men son el prototipo de “hombre” estadunidense. Pero como eso sólo existe en la ficción, para ejercer el poder, muchas personas recurren otros métodos, más prácticos, más accesibles, más fáciles: al sexo como la forma de sometimiento por excelencia. A la música estridente, al alcohol, a las drogas, al desenfreno, a la anarquía, a la desobediencia y a la rebeldía para demostrar a los demás y a ellos mismos que son “fuertes”, “valientes”, “dueños de sus vidas”, “independientes”, “autónomos”, que no le temen a nada ni a nadie y que no necesitan a los otros para que los afirmen.
Pero de todas esas formas de sometimiento, el miedo es la más poderosa y el miedo que provocan las armas, es el peor de ellos. Porque las armas se usan para matar y nadie quiere morir, aunque su vida sea la más miserable de todas. Y tal vez sea verdad que ese tipo de “control psicológico” que se ejerce a través de las armas haya sido así desde siempre, pero no cabe duda que ahora se ha vuelto cada vez más sofisticado, más “fino”, más sutil, si se quiere. Hoy en día la influencia que los medios ejercen en el pensamiento de las personas aunado al control de estos medios por los grupos de poder, han hecho que la violencia se vuelva algo cotidiano, algo “normal”.
Los recientes acontecimientos en Boston, por ejemplo, son sólo la punta del iceberg. Los tiroteos en las escuelas que han vuelto a poner en la mesa de discusión el control de las armas en aquel país son sólo la consecuencia lógica de un culto por las mismas que hunde sus raíces en los albores de la historia norteamericana. Los estadounidenses aman las armas tanto como aman la sensación de poder que dan a quienes las portan. Defienden con la vida su derecho a tenerlas y a usarlas pues esto les confiere “respeto”, dicen. Uno de los argumentos más fuertes que esgrimen para la defensa de las armas es el de que “el enemigo acecha y hay que estar preparado. Pero, ¿de qué enemigo hablan? ¿De quién o de quiénes hay que defenderse? “Puede ser cualquiera”, dicen.  Una frase muy socorrida entre ellos es “Sleeping with the enemy”. Y sí, efectivamente, el peor enemigo de los estadunidenses son ellos mismos.
La cultura del culto a la violencia que profesan muchos de los estadunidenses y que plasman no sólo en sus películas, en sus series televisivas, sino en su estilo de vida en general, aunado al negocio tan jugoso que la industria de las armas representa (entre 30 y 35 billones de dólares anuales en ventas directas por contratos y en que en años recientes se ha elevado hasta alcanzar entre  50 y 60 billones), son sólo algunas de las causas. El show anual que realiza la NRA (Asociación Nacional del Rifle) y que exhibe los “daddy´s new toys”, como las llaman los amantes de las armas, arroja también ganancias jugosísimas no sólo para los fabricantes, sino para los comerciantes y, por supuesto, para el gobierno. Pero no sólo eso, sino el uso y abuso que los Estados Unidos han hecho de su poder para obtener el poderío económico mundial, sometiendo a países débiles y erigiéndose como el parangón de la democracia para invadir países ricos en recursos naturales con el pretexto de “libraros del yugo de la opresión de sus gobiernos” y enfrascándose en cruentas guerras que sólo han traído más dolor y más miseria para aquellos países y más locura y más odio para Estados Unidos.
Con todo esto no intento justificar la violencia interna que padece aquel país. A él me unen vínculos afectivos muy grandes, pues allá vive la mitad de mi familia, allá nació mi esposo y allá viví muchas de las experiencias más gratas de mi vida, pues crecí en la frontera y viajaba continuamente a Estados Unidos. No, nada más lejano a mi intención. Sólo intento abordar los recientes acontecimientos desde la óptica de la historia cercana de Estados Unidos para tratar de entender (si eso fuera posible), las causas y los motivos que orillan al odio exacerbado y que desembocan en tragedias como las de Boston que cobran la vida de muchas personas inocentes. Porque cuando se lucha frente a frente y se conoce al enemigo, se le puede llegar a vencer, pero cuando la batalla se libra contra un enemigo invisible, como en la mayoría de los actos terroristas, la lucha está perdida de antemano.
En este caso, no sólo el enemigo es invisible, sino que las armas mortales utilizadas en esta barbarie, fueron de fabricación casera y de lo más rudimentarias. Ollas de presión. Ollas que las amas de casa usan para preparar la comida de su familia. Ollas que las mujeres atesoran pues de ahí surgen cosas deliciosas que hacen felices a los suyos. Eso es lo más irónico y tal vez haya un mensaje oculto en todo ello. Un mensaje subyacente que diga “Ni siquiera hemos utilizado sus cochinas armas para aterrorizarlos, sino que lo hemos hecho con utensilios de uso diario y que se hallan en el corazón de sus hogares”. El país más poderoso del mundo no tiene idea de quién o quiénes perpetraron este ataque terrorista. Lo único que saben a ciencia cierta, es que las ollas usadas decían “Stainless Steel, USA”. En un lugar en donde todo gira en torno a la violencia, cualquier cosa puede ser utilizada como un arma de destrucción masiva.

Teresa de Jesús Padrón Benavides

domingo, 10 de marzo de 2013

Amour


Una de las primeras secuencias transcurre en la cocina de un departamento parisino grande y antiguo. Sentados en la pequeña mesa, rodeados de periódicos, de una jarra con café y de restos del desayuno, están un matrimonio de ancianos. Ella, aparentemente atenta a los comentarios de su esposo, queda inmóvil repentinamente, con la mirada perdida y sin responder a las preguntas de él. Ante el asombro que esto le produce, el anciano decide salir en busca de ayuda y olvida cerrar la llave del grifo. Justo antes e salir, oye que el agua ha dejado de correr y decide volver a la cocina. Para su sorpresa, su mujer se halla nuevamente animada, desayunado y preguntándole por qué ha dejado el grifo abierto. Son los primeros síntomas. Unos días después, ella sufrirá un infarto que la dejará paralizada de la parte derecha de su cuerpo.
A partir de entonces, nada será igual para Anne y Georges, dos músicos y profesores retirados. Su amor, que ha atravesado por más de 50 años de vida en común, entre otras difíciles pruebas, habrá de intentar a toda costa librar también esta batalla, tal vez la más dura, pues el enemigo a quien habrá que enfrentar esta vez, es el tiempo mismo. Y contra Cronos, como bien se sabe, toda batalla está perdida de antemano.
El cuerpo anciano, como protagonista de esta cinta de Michael Heneke, es abordado con lucidez y realismo. El cuerpo, que encierra a una persona, a lo que es, a lo que siente, a lo que piensa, envejece inexorablemente. La epidermis que envuelve la potencialidad intelectual y afectiva de una persona, su esencia, se vuelve fláccida y cubre un esqueleto también frágil y unos órganos que han comenzado a disminuir su capacidad de realizar las funciones básicas del cuerpo.
Una vez en casa, después de una breve temporada en el hospital, Anne hace prometer a su marido que jamás la internará en un nosocomio. Él se lo promete y emprende una titánica labor en el cuidado de su mujer. Anciano él mismo, habrá de hacer a un lado sus propios achaques con tal de devolver a su esposa a su vida de antes. En el proceso, Georges pondrá a prueba, entre otras cosas, su paciencia, su tolerancia, su entereza y su fortaleza no sólo física, sino de carácter. No siempre saldrá bien librado, pero finalmente, el Amor (con mayúscula), habrá de hallar el camino. Ambos habrán de disfrutar todavía un poco más de su vida en común. Sus libros, su música (Schubert, Bach y Beethoven, son algunos de los personajes secundarios de esta historia), sus charlas durante el té de la tarde y, en fin, su compañía. No daré más detalles respecto de la trama, pues no quisiera arruinar la película. Sólo quiero utilizar esta historia como telón de fondo de un tema que me parece casi tabú en nuestra sociedad contemporánea: El amor entre ancianos.
Cuando pensamos en el amor lo primero que se nos viene a la mente es una pareja joven. Un amor apasionado, intenso, rebosante de juventud y fortaleza físicas, con dosis de romanticismo y de seducción, de ternura y de atracción física. El amor entre viejos sólo podemos imaginarlo como algo idílico, como el afecto, el compañerismo, la solidaridad y la amistad compartidos por dos personas durante muchos años y que ha rendido sus frutos en hijos y nietos y en un legado familiar de tradiciones y costumbres que deberán guardarse celosamente por las nuevas generaciones. En el mejor de los casos, los “abuelos”, sólo pueden permitirse un beso recatado para la foto familiar de las “bodas de oro”.
En nuestra concepción del amor en la vejez la sociedad de consumo ha impreso su huella indeleble. El amor sólo puede ser posible entre los jóvenes. Después de cierto tiempo, el amor cede su lugar no al afecto ni a la amistad genuina, sino a los celos, la envidia, el odio. Imposible imaginar a los ancianos en una escena de amor romántico o, al menos, compartiendo gustos e intereses comunes que cultivaron desde jóvenes y que fueron la argamasa que unió su relación durante tantos años.
Por eso es que nos empeñamos en perpetuar nuestra juventud. Consumimos todo tipo de elíxires, de pócimas de la “eterna juventud”; recurrimos a dietas extremas, ejercicios físicos extenuantes, cremas, pomadas, aceites y todo tipo de tratamientos quirúrgicos para evitar o al menos retardar los efectos del paso del tiempo. Pero no sólo eso. La cultura juvenil es también nuestra. La música que escuchamos es estridente, banal, vacía, como la de los jóvenes. Somos “rebeldes” en el vestir, en el hablar, en el actuar. La cultura juvenil del desenfreno, los excesos, el despilfarro y la adrenalina, la hemos hecho nuestra también. Todo con tal de no envejecer, de no madurar, de no crecer. Patéticos. Eso es lo que somos. Pues, por más esfuerzos que hagamos, el cuerpo nos reclama lo suyo.
La cultura consumista que promueve el patrón de belleza juvenil con su culto a la apariencia externa, nos obliga a intentar a toda costa ser algo que no somos. Y como la vida se nos ha ido tras ese absurdo afán de perpetuar la juventud, ni tiempo hemos tenido de cultivar las cosas imperecederas, las que no envejecen sino que, al contrario, maduran y rinden frutos, como todo ciclo vital natural. Ni tiempo hemos tenido para cultivar hábitos que habrán de acompañarnos en la madurez y en la ancianidad incondicionalmente, como la lectura o el escuchar y apreciar la buena música y las artes, en general. Pero, y lo más triste, no hemos tenido tiempo de crecer intelectual y afectivamente con nuestra pareja. Nos afanamos en vivir en un estado continuo de placer y ante la imposibilidad de lograrlo, nos hemos vuelto seres frustrados, amargados, infelices, en vez de adultos plenos, satisfechos y agradecidos.
En Amour, los protagonistas no sólo enfrentan su condición sino que la asumen, dignamente y sin lamentarse. Por supuesto que hay añoranza de los días de juventud, cuando la vida se nos entregaba con toda su voluptuosidad y sus encantos, pero es una añoranza sin reproche, sin auto conmiseración. El amor entre estas personas se manifiesta ahora, en su vejez, de formas insospechadas. Y entre esas formas, está también la del deseo y del placer físico. El cuerpo amado ha envejecido, sí, pero sigue siendo el objeto del deseo del amante. En una de las primeras escenas, al volver a casa después de un recital de piano de uno de sus viejos alumnos, Georges ofrece una copa de vino a Anne, y con tono seductor le dice: “verdaderamente lucías muy bella esta noche.”
La idea de que el placer físico es exclusivo de los jóvenes, es un invento de la modernidad consumista, de la sociedad hedonista y auto complaciente. El amor maduro, fruto de la vida compartida entre dos individuos que han seguido nutriéndose de experiencias enriquecedoras en todos los ámbitos, se manifiesta también en la libido. Pero el cuerpo requiere ahora, en esta etapa de la vida,  de cuidados especiales. El amor habrá de manifestarse también cambiando los pañales, bañando y dando de comer en la boca a nuestro amado (amada). La idea del amor entre dos viejos que siguen teniendo el ímpetu y el vigor físico adolescente, es una falacia y una invención del cine norteamericano, principal promotor del culto a la juventud. La verdad inexorable es que el cuerpo se atrofia y las facultades menguan.
Mientras hojea un viejo álbum de fotografías, Anne dice “Es hermosa”, y George le pregunta, “¿Qué cosa?”, “La vida”, responde ella, dibujando una ligera sonrisa en sus labios. Y uno no puede sino coincidir con ella. La vida es hermosa y vale la pena vivirse, sobre todo si el amor ha prevalecido a pesar de los vaivenes de la vanidad y del egoísmo mundanos y ha echado raíces y dado su fruto a tiempo. La vida es hermosa y es posible sólo en el amor y éste, a su vez, es posible, sólo en la madurez.
Amour, 2012, es una película del director Michael Heneke. Es una producción francesa, alemana y suiza protagonizada por Jean-Louis Trintignant y Emanuelle Riva.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Marzo, 2013

jueves, 7 de marzo de 2013

Rosh Jodesh, la fiesta judía de las mujeres.


Para todas las mujeres de mi vida: mi mamá, mis hermanas, mis tías y mis amigas
El 8 de marzo se conmemora en el Día internacional de la mujer. En muchas partes el mundo, habrá toda clase de festejos. Desde protestas y marchas a favor de los derechos delas mujeres hasta carnavales y desfiles en donde las mujeres “emancipadas” habrán de dar rienda suelta a sus derechos y a sus libertades exhibiéndose medio en cueros ante la mirada expectante del mundo.  Sin embargo, en casi tres cuartas partes el planeta, (incluyendo México), las mujeres vivirán un día más de trabajo esclavizador, de humillaciones, de violencia por parte de sus compañeros sentimentales, de falta de oportunidades y de desigualdad social.
En los países más afortunados, las mujeres festejarán su día entre “amigas”, coreando consignas anti machistas, haciendo alarde de su belleza, de su libertad y de su independencia masculina. También será ocasión propicia para lucir y exhibir sus “armas”, las que someten a los hombres a su dominio, es decir, su cuerpo, sus atavíos, sus accesorios y, en fin, todo eso que, según ellas, las hace más “femeninas”. Todo esto se hará bajo la premisa de que “las mujeres somos más chingonas que los hombres”, sin percatarnos de que, justamente, estamos pecando delo mismo que siempre hemos criticado de los hombres, de machismo. Las mujeres, para ganarnos el respeto y la admiración delos hombres, deberíamos empezar por respetarnos y gustarnos y querernos a nosotros mismas tal y como somos y de considerar nuestra feminidad no como un arma, sino como un complemento de lo masculino. Como la parte que equilibra la balanza entre hombre y mujer.
En el judaísmo, hay un acontecimiento que se asocia a las mujeres y que muchas organizaciones civiles y congregaciones religiosas judías, han determinado como la “fiesta femenina” por excelencia. Es Rosh Chodesh (ראש חודש), o “la cabeza del mes”. El calendario judío, a diferencia del nuestro, es lunar. Es decir, los días inician no a la medianoche, sino al atardecer, justo a la salida de la luna.  Según la tradición (y no sólo el judaísmo sino varias religiones orientales), la luna se ha asociado siempre a la mujer. Una de las explicaciones más aceptadas es que el ciclo menstrual femenino coincide con el ciclo lunar. De hecho, la palabra hebrea para vientre  “rejem” (רחם), contiene las mismas letras que la palabra hebrea para cabeza de los meses “jodeshim” (רשי חדשים). Otro lugar en donde se asocia a la mujer con la luna en el judaísmo es en el Zohar, el libro que es la autoridad en cuestiones de misticismo. En el Zohar, se habla de la Shekiná ( שקינה ), que es la Presencia Divina, que los místicos asocian a la parte femenina de Dios. Sólo cuando el mundo sea redimido de sus pecados, la shekiná se unirá a su aspecto masculino y la luna brillará más intensamente que nunca. La luna nueva, entonces, como símbolo de renovación, de creación de vida, está íntimamente relacionada con la fertilidad femenina.
Pero la leyenda más aceptada dentro del judaísmo de por qué se asocia Rosh Jodesh a las mujeres, la hallamos en el libro de Éxodo. Cuando Moisés libera al pueblo hebreo de la esclavitud egipcia, sube al Sinaí para recibir os diez mandamientos de Dios. Al ver que tardaba mucho en volver, los hebreos le piden a Aarón, el sacerdote, hermano de Moisés, que les fabrique un “dios” que marche delante de ellos y los guíe a través del desierto. Construyen un becerro de oro y piden a las mujeres sus alhajas para tal efecto. Ellas se oponen a participar en tal blasfemia y se niegan a entregar sus joyas para construir dioses falsos. Las mujeres judías tienen una conexión especial a Rosh Jodesh y por consiguiente se abstienen del trabajo extra en ese día. Esta conexión especial se explica en un antiguo libro llamado Pirkei de Rabi Eliezer (capítulo 45): “Cuando los hombres Israelitas quisieron usar los aretes de oro de sus esposas para el Becerro de Oro, las mujeres no estuvieron de acuerdo. Dijeron: ‘¿Ustedes quieren nuestras joyas para traer desgracia y abominación? No los escucharemos! ‘ “Di-s las recompensó en este mundo celebrando Rosh Jodesh y concediéndoles méritos en el mundo por venir, donde ellas se renovarán como el nuevo mes.”
Cualquiera de las tres explicaciones anteriores nos sirven para darnos cuenta dela importancia que para el judaísmo tiene el aspecto femenino de la vida, en general. Por eso es que Dios dijo en el libro del Génesis: “No es bueno que el hombre esté solo” y creo a la mujer. Por eso es que hay luna y hay sol; hay noche y hay día; hay frío y hay calor; hay agua y hay fuego. La dualidad dela divinidad, está presente en muchas otras culturas, tradiciones y religiones. Cualquiera que sea nuestra concepción del mundo, no debemos olvidar que la igualdad entre ambos sexos debe estar fundada en el complemento, en la fusión de ambos, hombre y mujer, para crear, para compartir, para crecer juntos, para completar ese doble aspecto de nuestra condición en donde no debería sobresalir uno más que el otro; no debería destacar uno opacando al otro; no debería distinguirse uno en detrimento del otro, sino al contrario, deberían ambos ocupar el mismo sitio privilegiado en nuestra vida, pues sólo así podremos fundar una sociedad justa, igualitaria y democrática en donde hombres y mujeres no hagan énfasis en su machismo o su feminismo, en la superioridad de unos o de otros, sino que busquen el lugar de encuentro entre ambos. Sólo así, aceptando que somos absolutamente indispensables la una para el otro, podremos tener motivos para festejar a las mujeres, no sólo el 8 de marzo, sino cada día del año.
Teresa de Jesús Padrón Benavides

lunes, 18 de febrero de 2013

Tía Otila


In Memoriam
Dicen que uno al morir uno no muere del  todo, pues permanece en la memoria de quienes lo han amado. Yo así lo creo, pero también creo que al morir alguien a quien hemos querido tanto, muere también un pedazo nuestro. Es decir, morimos un poco con cada uno de nuestros amados muertos. La sensación de tristeza, de dolor y de pérdida que experimentamos es el reflejo de esa pequeña “muerte que vivimos” junto con quien se nos ha ido.
A mí se me han muerto muchas personas amadas. Esta vez fue alguien sin quien no concibo mi infancia, mi adolescencia y mi primera juventud: mi tía Otila. Hermana de mi madre, ella y mis primos, sus cuatro hijos, fueron determinantes en mi vida, en muchos sentidos. Cuando niña, rodeada sólo de varones (mis dos hermanos y mis cuatro primos), mi tía y mi madre eran los únicos referentes femeninos con quienes yo contaba. Y ambas, mi mamá y ella, fueron mis patrones a seguir en cuanto a mi “lado femenino”.
En su casa me sentía rodeada de cariño y de atención por parte de mis primos, quienes sentían por mi un afecto especial, pues era su única prima, además de los detalles que mi tía siempre tuvo conmigo, incluso después de que me casé y dejé Mexicali, ella siempre halaba algún detalle que enviarme con mi mamá (una mascada, unos aretes, una bolsa) siempre acompañados de algunas líneas escritas “a la carrera”, como ella decía en donde me pedía saludar a mi esposo y a mi hijo y me daba bendiciones y buenos deseos.
Quiero a todas mis tías con un afecto especial, pero con mi tía Otila fue con quien conviví desde niña, pues nos mudamos a Mexicali cuando yo tenía apenas 9 años y ella y su familia ya estaban allá. Desde el día en que llegué a esa amada ciudad, ella y mis primos me prodigaron toda suerte de cuidados. Me enseñaron a querer cada casa en la que vivimos, cada calle en la que jugamos, cada amigo que hicimos y cada momento que pasamos juntos. Mi tía siempre ha sido para mí un ejemplo de lo que una mujer viuda puede lograr por amor a sus hijos. Y ese amor y ese esfuerzo incondicionales dieron sus frutos en cada uno de mis primos y de sus familias. Por fortuna, Dios le permitió vivir para atestiguarlo.
Las recuerdo a ambas, mi madre y mi tía, siempre activas, luchadoras, alegres, yéndose a jugar “bingo” a Calexico o en tour a  Las Vegas con sus amigas  (les fascinaba jugar), pero siempre siendo el centro dela vida familiar de ambas familias, la suya y la nuestra. Recuerdo a mi madre, yendo en su carro por ella, silbándole (el clásico silbido de los Benavides) y escabulléndose rápidamente para que no les reclamáramos que se iban a “la jugada”. Era fácil advertir cuándo habían tenido una buena noche, pues llegaban siempre alegres y con algo delicioso para que cenáramos.  También las recuerdo tomando café en las tardes, platicando de sus viejas amistades de juventud en Matamoros. Haciendo el recuento de los muertos, de las viudas, los huérfanos y también evocando anécdotas de infancia.
No puedo concebir volver a Mexicali y no ver a mi tía. No ir a su casa, a tomar café, a merendar y platicar largo y tendido. Simplemente me resulta increíble. No podré pasar por su casa sin imaginar que saldrá, como siempre, a recibirme con un llanto de alegría, con un gran abrazo y con reclamos por no haberle llamado últimamente. No será lo mismo. ¿A quién escogeré un regalo para llevárselo? ¿A dónde llevaré a mi hijo a saludarla? ¿Quién me hará los tamales rojos de res con café que sólo ella sabía hacer? ¿Con quién tomaré café en la tarde y platicaré por horas? Lo haré con mi mamá, pero nos faltará ella. Ya no diremos más “Vamos por mi tía, pero hay que llamarla  primero para que esté lista.”
Sé que ella está bien. Que allá, igual que aquí, está rodeada de amor de muchas personas a quienes quiso y que se fueron antes que ella (su esposo y su nietecita, entre otras).  La imagino en el paraíso, rodeada por mis abuelos, (sus padres) Emilio y Amelia; de mi tío Javier (su esposo); de mis sobrinitas Ive y Marilú (sobrina y nieta); de mis tíos (sus hermanos) Mimí, Nacha, Tomás y Angélica. Todos tomando café, merendando un pan de maíz, platicando y riéndose con una risa que seguramente llenará el alma de Dios de alegría.

Teresa de Jesús Padrón Benavides

Febrero de 2013

domingo, 13 de enero de 2013

Mexicali Blues




“Y uno se cree que los mató el tiempo y la ausencia…”
Serrat
Para Clara Aiko, Enrique, Fausto, Rosy, Lupita, Laura, Armando, Maricela, Alonso,
y quien resulte afectado..


Dicen que uno no debiera volver al lugar donde fue feliz, pues corre el riesgo de querer permanecer ahí para siempre. También dicen que el hogar está donde está el corazón. Yo no sé si será así para todos, pero lo es para mí.
Volver a Mexicali después de un largo tiempo, reencontrar a viejos y queridos amigos y constatar que su amistad permanece incólume a través de los años; saludar y platicar con los vecinos de antaño y volver a sentir el afecto, la hospitalidad y la calidez característica de los “cachanillas”, es siempre gratificante y un antídoto contra la apatía, la desconfianza y el egoísmo de las grandes ciudades, como en la que vivo. Recorrer las viejas y amadas calles evocando recuerdos de juventud y de niñez, ver a mi familia, compartir con ellos anécdotas nuevas y viejas y comprobar que, no importa cuántos eventos desafortunados hayamos podido pasar o cuánta distancia y diferencias haya entre nosotros, la familia está siempre ahí para ayudar.
Todo eso es lo que lo arraiga a uno a un lugar en especial. Y la luz. La luz de Mexicali es única. Los atardeceres de invierno poseen una belleza incomparable. Púrpura, naranja, rosa y azul desplegándose en toda su hermosura hacia el poniente, hacia la Rumorosa, hacia el Centinela, ¡Ah! Eso es indescriptible. Hay que verlo para creerlo.
“Chicali”, como le llamamos los cachanillas, es cálida en todo sentido, en el del clima y en el de la gente. Es, además, extremosa. Inviernos gélidos y veranos hirvientes. Hay ventiscas y tolvaneras en primavera y son escasos los meses templados. Sin embargo, este clima adverso es parte de la personalidad de mi terruño querido y ha moldeado el carácter único de su gente. Los cachanillas se distinguen por su amor al trabajo duro, por ser hospitalarios, alegres, sinceros, por ser honestos y directos y no andarse con rodeos. Además, saben sacar ventaja del clima aprovechando cualquier refugio y cualquier acicate contra el calor (como una cerveza bien helada) o contra el frío (la misma receta) y ese factor jamás ha sido impedimento para organizar una buena carne asada y reunir a los amigos.
Y por cierto de amigos, los de Mexicali son amigos para siempre. Y cuando hablo de amigos, me refiero al significado real de la palabra y no a su tergiversación actual ni a su connotación banal o superficial. Los amigos cachanillas somos para toda la vida, no importa cuánto tiempo pase sin vernos y cuánta tierra haya de por medio entre nosotros, al reencontrarnos, es como si nunca nos hubiésemos separado. Como cuando el hijo pródigo vuelve a la cas paterna y halla su lugar en la mesa aún esperándole; su cuarto y sus libros aún en su sitio. Como dice la canción de Serrat: “Decir amigo es decir lejos y antes fue decir adiós. Y ayer y siempre, lo tuyo nuestro y lo mío de los dos. Decir amigo, decir amigo se me figura que decir amigo es ternura. Dios y mi canto saben a quién nombro tanto”
Eso es tal vez lo mejor de mi amado terruño y lo que más añoro. Es lo que me ancla a él. Cuando pienso en un próximo reencuentro con mis viejos amigos, el corazón me da un vuelco de emoción y alegría y cuando, por alguna circunstancia, no podré ver a alguno de ellos, me invade la tristeza. Además, siempre está latente la posibilidad de un reencuentro con ese amigo (a) especial, con quien compartimos cosas y acontecimientos decisivos en nuestras vidas. Con quien maduramos afectiva e intelectualmente. A quien profesamos un afecto único y con quien fuimos afines en varios terrenos.
Tal vez porque pertenezco a la así llamada generación “x”, que nació a fines de los sesenta, con Vietnam y Woodstock, que creció cuando la Guerra Fría estaba llegando a término; con Lech Walesa y “Solidaridad”; con el Muro de Berlín a punto de ser derrumbado; con hermanos y hermanas que habían sido hippies y quienes nos inyectaron una buena dosis de buen rock clásico y música de protesta. No sé. Tal vez por todo eso y porque la idea de un futuro mejor aún se vislumbraba, el caso es que fuimos la última generación en cultivar un sentido de la amistad que ya no existe. Fuimos los últimos idealistas, los últimos soñadores y ahora, casados y con hijos, nos toca, en la medida de lo posible, infundir ese sentimiento en las actuales generaciones, desde cualquier trinchera que defendamos y así servir de contrapeso al egocentrismo exacerbado, al culto a la personalidad y a la banalidad y frivolidad de estos tiempos.
Pero, digresiones aparte, Mexicali es mi amor. Lo es por todo lo anterior y lo seguirá siendo siempre. Ahí se hunden mis recuerdos más tristes, pero también los más hermosos. Ahí y también en Sonora, están dos terceras partes de m corazón. La otra, la que llevo siempre conmigo y que me ancla al planeta tierra, siempre está anhelando volver a unirse a aquéllas. Y cuando sucede el milagro, el corazón, ya unificado, se siente verdaderamente en casa.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Invierno, 2013

sábado, 20 de octubre de 2012

MIRADA DE OSO




Y dijo Dios “que la tierra produzca criaturas según su especie,
bestias, reptiles y animales terrestres según su especie.
Y sí fue…. Y vio Dios que era bueno.” Génesis 1:24

Según el Génesis, el sexto día Dios creó a las diferentes especies de animales terrestres. Los reptiles, las bestias, las alimañas. Ese mismo día, un poco después, creo al hombre y a la mujer, a quienes dio la orden de ser fecundos y multiplicarse y dominar sobre la tierra y sobre el resto de las especies. Sin embargo, Dios dijo al hombre ya la mujer “Ved que os he dado toda hierba e semilla que existe sobre la faz de la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; os servirá de alimento”. (Génesis 1:29) En el siguiente versículo, Yahvé concede a todos los animales terrestres, a todos los reptiles y a todo “ser animado” sobre la Tierra la hierba verde como alimento.
De estos versículos podemos concluir varias cosas. La primera, que incluso la más repugnante de las alimañas precedió al hombre en la creación, lo cual debiera movernos a reflexionar en torno a la importancia que tienen todas y cada una de las especies vivas y de que nosotros, los humanos, no somos ni más ni menos importantes que éstas. Y en segundo lugar, que, si leemos bien, ambos, los seres humanos y los animales, somos vegetarianos en nuestro origen.
Los judíos del mundo estamos comenzando el año. Como cada año nuevo, iniciamos un nuevo ciclo leyendo la Torá desde el primer capítulo del Génesis, que habla justamente de la Creación. El judaísmo es muy enfático respecto del trato adecuado que damos a los animales. La crueldad y el sufrimiento innecesarios de un animal cualquiera, está estrictamente prohibido en la Torá. Esta visión contrasta totalmente con la mala interpretación que el cristianismo ha hecho de ella, a saber, que Dios nos dio “superioridad” sobre las bestias, por lo tanto podemos hacer uso de ellas a nuestro parecer.  Incluso muchas de las culturas más “civilizadas”, no adoptaron medidas de protección animal sino hasta muy recientemente, en pleno siglo XX.
Muchos de los grandes personajes de la Biblia, tuvieron un estrecho vínculo con los animales. Por ejemplo, Moisés, Jacob y David fueron pastores. De hecho, el Talmud menciona que Dios eligió a Moisés para guiar a su pueblo a través el desierto, pues él era misericordioso y compasivo con su rebaño. O Rebeca, quien fue elegida para ser la esposa de Isaac debido a su amor por los animales, al ofrecerse a dar de beber a los camellos de uno de los sirvientes de Abraham.
El judaísmo no prohíbe que nos sirvamos de ciertas especies de animales como alimento, como vestido e incluso con otros fines, como el de elaborar arneses y otros utensilios. Incluso los rollos de la Torá se escriben sobre piel de animales. Sin embargo, La Torá es muy enfática en el hecho de que estas necesidades sean legítimas y también en el hecho de que al animal en cuestión no se le haya hecho pasar por un maltrato o sufrimiento innecesarios. La cacería deportiva está estrictamente prohibida y el sacrificio animal debe ser hecho por un experto de manera rápida y procurando causarle el mínimo dolor. Tzaar Baalei Chayim quiere decir en hebreo “prevenir la crueldad hacia los animales”, y es una ley tan importante o incluso más, que muchas otras dentro del judaísmo.
Para ejemplificar lo anterior, me gustaría detenerme en la palabra hebrea para vida חיים)) y la palabra animal (חי ó בעל חיים) (se pronuncian “jaiim” y “jaí” ó baal jaiim), respectivamente. Curiosamente, en Español  la palabra “animal”, viene de “ánima” o “alma”, lo que sugiere el hecho de que los animales no sólo son seres sintientes, sino que poseen sentimientos, tienen recuerdos y sufren al ser maltratados. En el judaísmo los animales gozan de algunos de los derechos que los seres humanos (al menos de los de los judíos), como descansar los sábados. Se nos dice que tenemos la obligación de liberar a un animal de su sufrimiento, incluso sin consentimiento de su dueño,  porque por ejemplo, lo han dejado atado sin agua y sin comida, La palabra hebra “kosher” (כשר) significa “adecuado, legítimo, apropiado”, y aplica no sólo a los alimentos sino al tratamiento que demos a los animales al sacrificarlos, y esto viene estipulado en el Talmud, específicamente en la Halajá, (las opiniones legales).
Todo esto lo pongo como telón de fondo de una terrible nota que leí hoy en los periódicos y cuya fotografía, en primera plana, me llenó de terror y de coraje. Una osesna (bebé oso), atada de las cuatro patas, con sangre por todo el cuerpo por los golpes recibidos hasta causarle la muerte, era mostrada como trofeo por un grupo de “bestias” (con toda la connotación negativa que esta palabra pueda tener) de Protección Civil, quienes, atendiendo a una llamada de peligro, acudieron a una localidad de Coahuila para prestar “ayuda” y salvar del “peligro” a sus habitantes (las comillas son enfáticas). En la foto aparecen también familias con niños sonriendo ante la “gran hazaña” de los “héroes” de Protección Civil.
¿Hasta qué nivel de incomprensión y estupidez hemos llegado los seres humanos (y los mexicanos, específicamente)? ¿Qué es lo que nos han enseñado en las aulas? ¿Cuáles son los códigos éticos y morales que nos rigen? ¿Qué hemos aprendido al interior de nuestras casas? ¿Por qué nos causa un placer morboso la masacre de animales y los espectáculos macabros que involucran animales como las peleas clandestinas de perros, por ejemplo? ¿Por qué nos mueve, nos incita, casi hasta un grado orgásmico el asistir a este tipo de barbarie? Creo que la respuesta a todo esto la hallamos en lo más profundo de nuestra cultura y de nuestra historia. Los mexicanos siempre hemos rendido culto a la sangre, a los sacrificios (no sólo animales sino humanos) y nuestra propensión a someter a los más débiles e indefensos queda manifiesta en los anales históricos de México,  la anterior a la conquista y la posterior a ésta.
La combinación de nuestro pasado indígena, lleno de este tipo de prácticas sangrientas con la irrupción violenta de los españoles y su imposición a punta de armas, es lo que constituye nuestra fisionomía y nuestra identidad. Esto, aunado al hecho de que somos un pueblo católico por antonomasia y en esta tradición se privilegia la “superioridad” humana con respecto de la animal. Esto es lo que ha hecho de nosotros un pueblo carnicero, cruel y despiadado. Y eso lo vemos reflejado en la violencia desatada de estos tiempos. Pero lo peor, somos un pueblo ignorante. Y cuando hablo de ignorancia, no sólo me refiero a la falta de preparación académica (muchos de los pueblos más civilizados han cometido los peores crímenes contra natura), sino ignorantes de la Ley, de la Ley con mayúscula.
Quien no conoce a Dios no le teme y por lo tanto es capaz de cualquier cosa, no sólo contra la naturaleza, sino contra sus semejantes. “El temor de Yahvé es el principio de la sabiduría” dicen los Proverbios. Pero, cómo vamos a conocer a Dios y a guardar sus preceptos si no lo buscamos o más bien, lo buscamos en donde sabemos de antemano que no está: en las iglesias, en las congregaciones cristianas “light”, en las sectas “pare de sufrir” y en toda esa sarta de charlatanerías que nos dicen sólo lo que queremos oír: que todo está bien y que no somos responsables por lo malo que pasa en el mundo.
Pero sí somos responsables. Todos y cada uno de nosotros. Responsables por el resto de la Creación, puesto que sólo nosotros somos capaces de ver por el bienestar de todas las otras especies, animales y vegetales. Sólo nosotros tenemos la capacidad de razonar y de sopesar la consecuencia de nuestros actos. Pero no queremos sumir esa responsabilidad pues implica involucrarnos activamente en la defensa de los más vulnerables. Y eso, pensamos, ¿qué ganancia nos deja? Mientras sigamos creyendo que nuestra felicidad consiste sólo en las cosas materiales y perecederas, jamás lograremos revertir los efectos dañinos de vivir en una sociedad insensible, apática e irresponsable.
Los daños están ahí, a la vista de todos y van en aumento. Si no nos vemos reflejados en cada uno de los actos de violencia que padecemos, quiere decir que no hemos aprendido nada, que damos por hecho que la violencia es el estado “natural” del hombre y que no podemos hacer nada. La fotografía de la pequeña osa masacrada y exhibida como presea, sólo nos muestra lo que estamos haciéndole a Dios. Sus ojos abiertos en una mirada de horror y de súplica, reflejan la imagen de la barbarie humana.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Otoño, 2012

viernes, 28 de septiembre de 2012

El poder de las palabras


Al principio del libro de Éxodo,  Yahvé encomienda a Moisés la misión de liberar a su pueblo de la esclavitud en Egipto y le da instrucciones precisas respecto de lo que ha de decirle al faraón. Moisés, afligido, le responde: “Por favor, señor, yo nunca he sido hombre e palabras, ni aún después de haber hablado Tú con tu siervo, sino que soy torpe de boca y de lengua”. Yahvé le arengó diciendo: “¿Quién ha dado la boca al hombre? ¿Quién hace al mudo y al sordo?” “¿No soy Yo, Yahvé? Así pues, vete, que Yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que debes decir”. Moisés encomienda a Aarón, su hermano, la tarea de hablar al pueblo en su nombre, a sugerencia de Dios.
Sin embargo, hacia el final de la Torá, en Deuteronomio 32, Moisés se ha vuelto un hombre no sólo de acción, sino también de palabras. El capítulo comienza con un hermoso poema el “Cántico de Moisés”, que no sólo es un poema, sino una arenga a su pueblo y las primeras palabras que leemos son: “Prestad oídos, cielos y hablaré. Escuche la Tierra las palabras e mi boca. Como lluvia se derrame mi doctrina, caiga como rocío mi palabra, como suave lluvia sobre la hierba verde, como aguacero sobre el césped, porque voy a aclamar el nombre e Yahvé, ¡Ensalzad a nuestro Dios!”[1]
Muchos años han pasado, casi cuarenta, desde que Moisés acató la orden divina y ahora, anciano, cansado y a punto de morir, se ha vuelto un hombre sabio y Dios le ha otorgado el don de las palabras. Este bellísimo poema es una arenga a los hijos de Israel para que presten oídos al mensaje, para que se vuelvan hacia Él, que es el único camino posible. Para que dejen atrás su pasado idólatra y sólo obedezcan la Ley, que ha sido pronunciada, escuchada y escrita.
El judaísmo es una religión de palabras, no de imágenes. La Torá, el Talmud, y todos los textos sagrados son palabras puestas en papel. Palabras cuyo significado y trascendencia han moldeado la vida de los judíos a través de milenios. La palabra hebrea para “cosa” es la misma que para “palabra” דבר (davar) quiere decir ambas, cosa y palabra. Porque para el judaísmo una cosa no existe hasta que ha sido nombrada.
Si Dios no hubiera pronunciado “Hágase la luz”, la luz no habría sido. Y así con el resto dela Creación.  Si Dios no hubiese santificado el sábado con una bendición, no tendríamos nuestro día de descanso y de encuentro con Él. Si Dios no hubiese infundido en Adán el hálito divino, no existiría la raza humana. Y la primera encomienda que Dios hizo a Adán fue, justamente, la de dar nombre a todas sus criaturas.
A diferencia de otras religiones en donde se privilegia la imagen (cosa por cierto que contradice el mandamiento de no hacernos imagen de Dios, puesto que nadie lo ha visto), la judía está determinada por la palabra. Para un judío las palabras son más poderosas que las cosas del mundo material. En ese sentido, podemos decir que los judíos fueron el primer pueblo anti materialista del mundo. Nuestra tradición se funda en las palabras: habladas y escuchadas; escritas y cantadas. Palabras que se vuelven actos. Actos de amor, de gratitud, de justicia y de caridad.
Nuestra oración más importante es justamente la “Shemá Israel” (Escucha, Israel) dice “ Escucha, oh Israel, el Señor es tu Dios, el Señor es Uno” (Deuteronomio 6:4). En ella Dios nos habla y nos dice que escuchemos, que entendamos, que aprendamos y guardemos todos sus mandamientos. Y lo que escuchamos son palabras. Pronunciadas y escritas. Palabras que quedan grabadas en nuestro corazón, en nuestra mente y en nuestra alma para que recordemos. Para que jamás olvidemos lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Palabras tan poderosas que cada vez que las escuchamos, pareciera que escuchamos Su voz. Palabras que nos hacen experimentar un temblor y un temor que sólo se siente ante Su presencia. Porque cada vez que las decimos, Él está ahí. Se hace presente a través de nuestra palabra.  Como se hizo presente a Moisés, por última vez, en las estepas del Moab y le mostró de lejos la tierra que habrían e heredar sus hijos y de nuevo escuchó Moisés la voz de Yahvé quien le dijo “Esta es la tierra que bajo juramento prometí a Abraham, a Isaac y Jacob diciendo: A tu descendencia la daré. Te dejo verla con tus ojos, pero no pasarás a ella”.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Otoño, 2012


[1] Deuteronomio 32:1-3, Biblia de Jerusalén.

lunes, 27 de agosto de 2012

Antopófagos


“Y enviaré hambre al país, no hambre de pan ni de agua,
sino de escuchar las palabras del Eterno”.
Amós, VIII, 2

El capítulo XXX de La Guía de los Perplejos de Maimónides[1], se titula “Del verbo ajal, ((אכל (comer) aplicado al alimento intelectual, a la ciencia y a la percepción de las cosas intangibles”.  No añadiré nada ni comentaré respecto de la obra de Maimónides, pues además de  carecer de la autoridad y de la inteligencia para hacerlo, el mismo Rambam nos lo prohíbe explícitamente al inicio de su hermoso tratado, no sea que añadamos u omitamos alguna cosa que pueda tergiversar su obra.
Lo único que me atreveré a hacer, es utilizar el capítulo XXX de su Guía, como telón de fondo de una breve reflexión acerca de la ignorancia. En particular, la que asola nuestro país y nos consume día a día.   La ignorancia es el flagelo de las sociedades. Un país de ignorantes es un país en donde priva el caos, la desigualdad social, la corrupción, el abuso de autoridad, la falta de oportunidades. Es un lugar inhabitable, insoportable, pues la vorágine de males que la ignorancia trae consigo, nos “consume”, con “come”, literalmente. Agota nuestras posibilidades de vivir una vida buena, en cualquier sentido, pues no hay lugar para  el orden, para la paz, para la tranquilidad y el bienestar, que son los instrumentos indispensables para desarrollar nuestras potencialidades al máximo y a favor de todos.
Maimónides hace énfasis en dos acepciones para el verbo comer (ajal). La primera, en relación con que “la cosa comida se pierde y se va, quiero decir, que su forma se corrompe…el animal, debido a lo que come, continúa conservándose,  prolongando su existencia y restaurando las fuerzas de su cuerpo”  . Maimónides utiliza el verbo “comer” como metáfora de todo aquello que se pierde y se destruye, para todo lo que pierde su forma original y se transforma en desecho.
Si nos atenemos a esta definición y la aplicamos al contexto el México actual, cae como anillo al dedo. Vivimos sólo para satisfacer nuestras necesidades primitivas (comer, dormir, beber, defecar, copular) y estamos consumiendo rápidamente no sólo nuestros recursos naturales, sino la poca capacidad de raciocinio que es lo que nos distingue del resto e los animales. A donde sea que volteemos, sólo vemos consumo exacerbado: gente comiendo, bebiendo, fumando, produciendo sólo basura, “ingiriendo” (ojel) basura también: basura publicitaria, basura televisiva, basura radiofónica, basura impresa y en video (revistas y películas pornográficas), etcétera. Y alguien que consume basura, desecha basura. Una sociedad cuyo fin último es el e consumir y desechar, está destinad al fracaso. Ninguna persona digna de ostentar ese título (persona), puede basar su vida en este sólo propósito.
La estupidez, la ignorancia, la indiferencia imperan en nuestra sociedad y han devenido en cosas peores: violencia, brutalidad, terror. Y tal parece que la ignorancia se ha vuelto la nota distintiva entre nosotros y el resto del mundo. Ahora México se distingue no por sus tradiciones, su riquísima cultura, su diversidad étnica y su folklore, sino por ocupar los primeros lugares en pornografía infantil, en pederastia, en feminicidios, en corrupción, abuso de autoridad y en un bajísimo nivel educativo y de crecimiento económico.  Los gobiernos corruptos han pactado con el crimen, han otorgado concesiones y permisos que permiten a unos cuantos “empresarios”, concentrar la fortuna del país, sin un compromiso social, sin una ética profesional que haga énfasis en crear más empleo bien remunerado, sin una conciencia de bienestar común (que se traduce, al mediano plazo, en paz social) y sin ningún respeto por la vida y el entorno.
Eso es antropofagia. Nos estamos comiendo vivos. Y lo peor, es que lo estamos haciendo ante la vista del mundo entero, quien afirma, con mucha razón, que los mexicanos somos nuestros peores enemigos. Porque hemos llegado a un nivel de ignorancia y de estupidez que nos impide ver más allá de nuestras necesidades inmediatas y el egoísmo y la indiferencia ante las necesidades de los otros, la envidia y el hambre de saciar nuestros apetitos más básicos, nos está convirtiendo en algo peor que bestial, pues las bestias actúan así por mero instinto,  a falta de capacidad de razonamiento, pero nosotros lo hacemos con alevosía, ventaja y conocimiento de causa ¿o no? Me temo que ya no. La poca sensatez que nos quedaba, parece que también se la ha devorado la bestia del consumismo exacerbado, de la avaricia y de la lucha diaria por obtener más y más cosas. Salimos a la calle a ver a quién consumimos, a ver a quién usamos, a ver a quién devoramos y así obtenemos nuestra cuota diaria de placer y saciamos nuestro apetito devorador. Pero como este apetito es cada vez mayor, pues no sacia las verdaderas necesidades (las espirituales, las intelectuales, las afectivas), vamos por la vida, literalmente, “comiendo y desechando”, no solo cosas, sino personas, pues utilizamos a los demás come medios para obtener placer y no como fines a los cuales llegar, a los cuales aproximarse.
Sin embargo, Maimónides alude también a una segunda consideración de la palabra “comer” (ojel), para “designar metafóricamente el saber y la instrucción y, en general, las percepciones intelectuales por las cuales la forma humana continúa conservándose en el estado más perfecto, lo mismo que el cuerpo se mantiene con el alimento en su mejor estado. Por ejemplo “Venid, comprad y comed” (Isaías, LV:1); “Escuchadme y comeréis lo que es bueno” (Ibid, 2); “Come miel, hijo mío, que es cosa buena. La miel pura el duce a tu paladar, tal es para tu alma el conocimiento de la sabiduría” (Proverbios XXIV, 13-14). Y no sólo el comer, sino el beber conocimiento, nos sacia y nos alimenta. Dice Maimónides, un poco más adelante “De la misma forma se llama a la ciencia agua , por ejemplo: “Oh vosotros, todos los sedientos id hacia el agua” (Isaías LV:1).
Pero Maimónides se refiere a un alimento y a un agua específicos. Se refiere al pan y al gua de vida que emanan de la fuente de la Ley.  “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente” (Salmos, XLII:3). De esto hay numerosos ejemplos. Las palabras “Y tomareis agua con alegría de las fuentes e la salvación (Isaías XII:3) y un poco más adelante, Moshe Maimónides cita a otro famoso rabí, Jonatán ben Uziel: “Y recibirás con alegría una nueva doctrina de los elegidos de entre los justos” y hace observar que el agua designa la ciencia y el conocimiento y la palabra “fuentes” la asimila a “fuentes de la comunidad” (Números XV:24) y sigue Maimónides “que los sabios son los elegidos entre los justos porque la justicia y la piedad son la verdadera salvación”.
Según Maimónides, para que prive la justicia en el mundo, es necesario “comer y beber” sabiduría. Es decir, la ignorancia es oscuridad, la sabiduría, el conocimiento, son luz. La sabiduría, igual que la luz, nos permite “ver” al otro. Ver su rostro, tal  cual es, ver sus carencias, sus necesidades, su dolor y actuar en consecuencia. La ignorancia, en cambio, nos impide ver lo que nos rodea, incluso lo más inmediato y vamos por el mundo como por un túnel interminable de oscuridad y tinieblas, que sólo conduce a un abismo aun más profundo y más desolado. Y como no tenemos esperanza alguna de llegar a un lugar mejor, pues no conocemos la Verdad (con mayúscula) despreciamos la vida y nos la consumimos a diario en placeres y excesos, destruyéndola a nuestro paso y con ella la posibilidad de que prive algún día la razón y la sabiduría,  que conducen a la paz, la justicia y la armonía, única condición posible para el desarrollo pleno de nuestras potencialidades, de todo aquello que nos acerca, al menos un poco a Él, quien sacia nuestra hambre y apaga nuestra sed, que es la fuente de vida y el pan de salvación. [2]


Teresa de Jesús Padrón Benavides
Agosto, 2012


[1] Maimónides, Guía de los perplejos, Cap. XXX, pp. 113-115, “Cien del Mundo”, FCE, México, 1993
[2] Esta frase, aunque suena más cristiana que judía, la tomo literalmente de Maiónides, de donde dice “los sabios son los elegidos de entre los justos pues la justicia y la piedad son la verdadera salvación”.  (las cursivas son mías).