Mi lista de blogs


lunes, 27 de agosto de 2012

Antopófagos


“Y enviaré hambre al país, no hambre de pan ni de agua,
sino de escuchar las palabras del Eterno”.
Amós, VIII, 2

El capítulo XXX de La Guía de los Perplejos de Maimónides[1], se titula “Del verbo ajal, ((אכל (comer) aplicado al alimento intelectual, a la ciencia y a la percepción de las cosas intangibles”.  No añadiré nada ni comentaré respecto de la obra de Maimónides, pues además de  carecer de la autoridad y de la inteligencia para hacerlo, el mismo Rambam nos lo prohíbe explícitamente al inicio de su hermoso tratado, no sea que añadamos u omitamos alguna cosa que pueda tergiversar su obra.
Lo único que me atreveré a hacer, es utilizar el capítulo XXX de su Guía, como telón de fondo de una breve reflexión acerca de la ignorancia. En particular, la que asola nuestro país y nos consume día a día.   La ignorancia es el flagelo de las sociedades. Un país de ignorantes es un país en donde priva el caos, la desigualdad social, la corrupción, el abuso de autoridad, la falta de oportunidades. Es un lugar inhabitable, insoportable, pues la vorágine de males que la ignorancia trae consigo, nos “consume”, con “come”, literalmente. Agota nuestras posibilidades de vivir una vida buena, en cualquier sentido, pues no hay lugar para  el orden, para la paz, para la tranquilidad y el bienestar, que son los instrumentos indispensables para desarrollar nuestras potencialidades al máximo y a favor de todos.
Maimónides hace énfasis en dos acepciones para el verbo comer (ajal). La primera, en relación con que “la cosa comida se pierde y se va, quiero decir, que su forma se corrompe…el animal, debido a lo que come, continúa conservándose,  prolongando su existencia y restaurando las fuerzas de su cuerpo”  . Maimónides utiliza el verbo “comer” como metáfora de todo aquello que se pierde y se destruye, para todo lo que pierde su forma original y se transforma en desecho.
Si nos atenemos a esta definición y la aplicamos al contexto el México actual, cae como anillo al dedo. Vivimos sólo para satisfacer nuestras necesidades primitivas (comer, dormir, beber, defecar, copular) y estamos consumiendo rápidamente no sólo nuestros recursos naturales, sino la poca capacidad de raciocinio que es lo que nos distingue del resto e los animales. A donde sea que volteemos, sólo vemos consumo exacerbado: gente comiendo, bebiendo, fumando, produciendo sólo basura, “ingiriendo” (ojel) basura también: basura publicitaria, basura televisiva, basura radiofónica, basura impresa y en video (revistas y películas pornográficas), etcétera. Y alguien que consume basura, desecha basura. Una sociedad cuyo fin último es el e consumir y desechar, está destinad al fracaso. Ninguna persona digna de ostentar ese título (persona), puede basar su vida en este sólo propósito.
La estupidez, la ignorancia, la indiferencia imperan en nuestra sociedad y han devenido en cosas peores: violencia, brutalidad, terror. Y tal parece que la ignorancia se ha vuelto la nota distintiva entre nosotros y el resto del mundo. Ahora México se distingue no por sus tradiciones, su riquísima cultura, su diversidad étnica y su folklore, sino por ocupar los primeros lugares en pornografía infantil, en pederastia, en feminicidios, en corrupción, abuso de autoridad y en un bajísimo nivel educativo y de crecimiento económico.  Los gobiernos corruptos han pactado con el crimen, han otorgado concesiones y permisos que permiten a unos cuantos “empresarios”, concentrar la fortuna del país, sin un compromiso social, sin una ética profesional que haga énfasis en crear más empleo bien remunerado, sin una conciencia de bienestar común (que se traduce, al mediano plazo, en paz social) y sin ningún respeto por la vida y el entorno.
Eso es antropofagia. Nos estamos comiendo vivos. Y lo peor, es que lo estamos haciendo ante la vista del mundo entero, quien afirma, con mucha razón, que los mexicanos somos nuestros peores enemigos. Porque hemos llegado a un nivel de ignorancia y de estupidez que nos impide ver más allá de nuestras necesidades inmediatas y el egoísmo y la indiferencia ante las necesidades de los otros, la envidia y el hambre de saciar nuestros apetitos más básicos, nos está convirtiendo en algo peor que bestial, pues las bestias actúan así por mero instinto,  a falta de capacidad de razonamiento, pero nosotros lo hacemos con alevosía, ventaja y conocimiento de causa ¿o no? Me temo que ya no. La poca sensatez que nos quedaba, parece que también se la ha devorado la bestia del consumismo exacerbado, de la avaricia y de la lucha diaria por obtener más y más cosas. Salimos a la calle a ver a quién consumimos, a ver a quién usamos, a ver a quién devoramos y así obtenemos nuestra cuota diaria de placer y saciamos nuestro apetito devorador. Pero como este apetito es cada vez mayor, pues no sacia las verdaderas necesidades (las espirituales, las intelectuales, las afectivas), vamos por la vida, literalmente, “comiendo y desechando”, no solo cosas, sino personas, pues utilizamos a los demás come medios para obtener placer y no como fines a los cuales llegar, a los cuales aproximarse.
Sin embargo, Maimónides alude también a una segunda consideración de la palabra “comer” (ojel), para “designar metafóricamente el saber y la instrucción y, en general, las percepciones intelectuales por las cuales la forma humana continúa conservándose en el estado más perfecto, lo mismo que el cuerpo se mantiene con el alimento en su mejor estado. Por ejemplo “Venid, comprad y comed” (Isaías, LV:1); “Escuchadme y comeréis lo que es bueno” (Ibid, 2); “Come miel, hijo mío, que es cosa buena. La miel pura el duce a tu paladar, tal es para tu alma el conocimiento de la sabiduría” (Proverbios XXIV, 13-14). Y no sólo el comer, sino el beber conocimiento, nos sacia y nos alimenta. Dice Maimónides, un poco más adelante “De la misma forma se llama a la ciencia agua , por ejemplo: “Oh vosotros, todos los sedientos id hacia el agua” (Isaías LV:1).
Pero Maimónides se refiere a un alimento y a un agua específicos. Se refiere al pan y al gua de vida que emanan de la fuente de la Ley.  “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente” (Salmos, XLII:3). De esto hay numerosos ejemplos. Las palabras “Y tomareis agua con alegría de las fuentes e la salvación (Isaías XII:3) y un poco más adelante, Moshe Maimónides cita a otro famoso rabí, Jonatán ben Uziel: “Y recibirás con alegría una nueva doctrina de los elegidos de entre los justos” y hace observar que el agua designa la ciencia y el conocimiento y la palabra “fuentes” la asimila a “fuentes de la comunidad” (Números XV:24) y sigue Maimónides “que los sabios son los elegidos entre los justos porque la justicia y la piedad son la verdadera salvación”.
Según Maimónides, para que prive la justicia en el mundo, es necesario “comer y beber” sabiduría. Es decir, la ignorancia es oscuridad, la sabiduría, el conocimiento, son luz. La sabiduría, igual que la luz, nos permite “ver” al otro. Ver su rostro, tal  cual es, ver sus carencias, sus necesidades, su dolor y actuar en consecuencia. La ignorancia, en cambio, nos impide ver lo que nos rodea, incluso lo más inmediato y vamos por el mundo como por un túnel interminable de oscuridad y tinieblas, que sólo conduce a un abismo aun más profundo y más desolado. Y como no tenemos esperanza alguna de llegar a un lugar mejor, pues no conocemos la Verdad (con mayúscula) despreciamos la vida y nos la consumimos a diario en placeres y excesos, destruyéndola a nuestro paso y con ella la posibilidad de que prive algún día la razón y la sabiduría,  que conducen a la paz, la justicia y la armonía, única condición posible para el desarrollo pleno de nuestras potencialidades, de todo aquello que nos acerca, al menos un poco a Él, quien sacia nuestra hambre y apaga nuestra sed, que es la fuente de vida y el pan de salvación. [2]


Teresa de Jesús Padrón Benavides
Agosto, 2012


[1] Maimónides, Guía de los perplejos, Cap. XXX, pp. 113-115, “Cien del Mundo”, FCE, México, 1993
[2] Esta frase, aunque suena más cristiana que judía, la tomo literalmente de Maiónides, de donde dice “los sabios son los elegidos de entre los justos pues la justicia y la piedad son la verdadera salvación”.  (las cursivas son mías).

jueves, 5 de julio de 2012

Esclavos



“Nada es tan desalentador como un esclavo satisfecho”
Ricardo Flores Magón

Cuando Moisés dirigía a los israelitas a través del desierto para librarlos e la esclavitud del faraón egipcio y conducirlos a la tierra que Dios les había prometido, hubo un motín en su contra, encabezado por un tal Coré,  quien, junto con Datán, Abirón y 250 hombres más, hacían reclamos  a Moisés y le echaban en cara haberlos sacado de Egipto para conducirlos a un desierto en donde podían perecer “¿Te parece poco habernos sacado de una tierra que mana leche y miel para hacernos perecer en el desierto y además, te eriges como príncipe entre nosotros?” (Génesis 16:13). Narra el texto bíblico que Moisés se enojó mucho, pues en cuanto supo de su descontento, les llamó para decirles “¿Os parece poco que el Dios de Israel os haya apartado del resto de la comunidad para hacerlos sacerdotes y prestar servicio al templo y estar al frente de la comunidad atendiendo el culto?” puesto que no eran capaces de ver más allá de sus intereses propios e inmediatos y darse cuenta que el precio de la libertad era alto, pero que nada podía compararse con ésta. El capítulo termina con la furia de Yavhé consumiendo a los 250 rebeldes y convirtiéndolos en ceniza, y a los líderes de la rebelión, se los tragó vivos la tierra ante los ojos atónitos de los israelitas. Y la divina promesa se cumplió. Moisés murió en su ancianidad entonando un hermoso cántico de alabanza a Yavhé por su lealtad con el pueblo de Israel.
La libertad es el más precioso de los dones. La historia de la humanidad es la historia de la lucha por la libertad. Pero la libertad tiene un costo muy alto que no todos están dispuestos a pagar, ya que la libertad implica responsabilidad y esa es una cuota demasiado riesgosa, demasiado comprometedora. Sin embargo, la libertad sin responsabilidad, no es libertad, sino más bien, una sujeción, un sometimiento a un orden de cosas que no fue diseñado por uno mismo, sino impuesto desde fuera, por alguien más. Responsabilidad es una palabra que, según el Diccionario de la Real Academia Española, significa responder de nuestros propios actos o de los de alguien más, cuando las consecuencias de éstos puedan interferir con la libertad o el derecho de los demás. Ser responsable implica contraer una deuda de reparar y satisfacer; estar obligado a responder de algo o por alguien.
En otras palabras, ser libre es la condición indispensable para ser responsable y viceversa. Sin embargo, la libertad implica también conocimiento, sabiduría, pero, sobre todo, respeto. Y el respeto surge invariablemente de un cierto grado de temor. Temor a una autoridad superior, temor aun castigo o a una consecuencia desfavorable para nosotros. Temor a la Ley, con mayúscula. Pero para que el temor se traduzca en respeto, es necesario también otro ingrediente, el amor. Y cuando hablo de amor, no me refiero precisamente al amor romántico entre dos personas, sino al amor en general. Al amor por la vida, por la propia y por la de los otros así como por la vida en todas sus formas. Para que alguien sea capaz de amar a otro o a otros, debe primero sentir amor por sí mismo. Y el amor propio se alcanza sólo a través del auto conocimiento. Uno no puede amar aquello que no conoce. Sin embargo, nos pasamos la vida evadiendo con toda clase de distractores ese enfrentamiento con nosotros mismos.
Preferimos auto engañarnos antes de hacer un viaje hacia dentro de nosotros y vernos tal y como somos porque seguramente lo que hallaremos no será de nuestro agrado. Todos los defectos, todas las mentiras, todos los miedos de los que somos presa saldrán a relucir con una nitidez y una claridad que seremos incapaces de soportar. Por eso siempre es mejor hallar un chivo expiatorio a quien culpar de todos los males que nos aquejan, antes de mirarnos en el espejo de nuestra miserable condición de esclavos. De esclavos de nuestras pasiones, de nuestros apetitos, de esclavos de la mercadotecnia, de la parafernalia, de la basura televisiva, (futbol, comida chatarra, telenovelas, chismes de la farándula, programas idiotas de chistes vulgares), de la palabrería hueca de los políticos, de sus discursos mesiánicos, redentores, que nos hacen irrumpir en un llanto liberador como el que sentimos ante la imagen guadalupana, y creer que ahora sí saldremos de pobres, ahora sí seremos autosuficientes, ahora sí habrá empleo bien remunerado, ahora sí no habrá corrupción, porque “él” o “ella” nos librarán de todos los males, de todas las amenazas que, curiosamente, siempre vienen de “fuera”, de otra parte. Porque nosotros, los mexicanos, “somos buenos, derechos, honrados, tenemos palabra y no nos rajamos”.
¡Cuánta falsedad hay en tales afirmaciones! ¡Cómo nos gustaauto engañarnos! Somos los eternos adolescentes, que prefieren hacer desmanes, cerrar calles, quemar camiones, gritar consignas contra el gobierno corrupto, mismo que nosotros elegimos una y otra vez, mismo al que nosotros encumbramos en la cima del poder para que siga aplastándonos, asfixiándonos y sometiéndonos a sus designios, pues no hemos sido capaces de hacerle frente con armas lo suficientemente fuertes, porque para que haya fuerza se necesita unidad y esa es la palabra clave y el talón de Aquiles de la sociedad mexicana. No hay unidad, no hay cohesión, no existe un reclamo común de justicia, respeto, legalidad, libertad, oportunidad, pues cada quien ve para su santo. Cada quien quiere llevar agua a su molino, ver por su causa individual y los demás “ahí se la echan”. Que cada quien se rasque con sus uñas. Ese es el pensamiento que nos define.
Porque para que surja entren nosotros un sentimiento de cohesión, de unidad, tenemos que vernos como hijos de un mismo Padre, con una herencia común, con un pasado y una historia compartidos y sobre todo, con una responsabilidad individual primero y colectiva después. Pero para ser capaces de concebirnos como un todo, los mexicanos debemos comenzar por crecer, por volvernos un país de adultos maduros, capaces de verse en el espejo de la Historia y de corregir los errores pasados. Y eso, como dije, implica hacernos responsables y eso es justamente lo que tratamos de evitar a toda costa. La responsabilidad, pues ésta conlleva la aceptación de los defectos, y la humildad para reconocer nuestras fallas, la vulnerabilidad, las flaquezas. Pero también implica el valor para cambiar el rumbo de nuestra vida individual y en sociedad.
No hay libertad gratuita. Su precio es incalculable puesto que no hay nada más preciado que ella. Sin ella simplemente no podemos desarrollar todas nuestras potencialidades. Todas las maravillas de las que el hombre ha sido capaz a lo largo de su historia, han sido posibles en la libertad y desde la libertad. Un pueblo esclavo  jamás logrará la autosuficiencia, jamás alcanzará la plenitud de sus potencialidades y vivirá en la oscuridad de los tiempos por siempre. Lo sabemos, sin embargo, preferimos seguir siendo esclavos y conformarnos con las sobras de lo que nos correspondería por derecho propio si fuésemos capaces de reclamarlo, si tuviéramos el valor de hacerlo. No hay peor esclavitud que el conformismo. Como bien reza el epígrafe de este artículo del gran educador y humanista mexicano Flores Magón. Somos “esclavos satisfechos”. “Podríamos estar peor”, decimos. Y así seguimos, estancados, atorados en medio del desierto de la ignorancia y la apatía. Esclavos que añoran volver a su vieja esclavitud antes que soportar un poco de sufrimiento a cambio de la libertad absoluta. Como los israelitas que se sublevaron contra Moisés y fueron tragados por la tierra.
Tenemos miedo. Miedo de “someternos” a esa única sumisión que nos haría libres. Somos esclavos de todo y de todos, pero no queremos aceptar dócilmente esa dulce sumisión a la única autoridad digna de obedecer. La autoridad suprema, la que debiera ser el parangón de todas las leyes humanas. La Ley de la cual debían desprenderse todas las otras leyes, puesto que sólo en la Ley con mayúscula están contenidos todos los preceptos y los ideales de justicia, de paz, de solidaridad, de igualdad y de respeto que harían de nosotros una sociedad libre y responsable. La ley está ahí, al alcance de todos, sólo exige de nosotros una cosa, compromiso irrestricto a su cumplimiento. Pero preferimos conformarnos con los mendrugos y vivir nuestras “pequeñas” libertades, pues son muy fáciles de obtener y no exigen mayor compromiso, antes de ir en pos dela única y suprema libertad, la del hombre con Dios.

Teresa de Jesús Padrón Benavides
Verano, 2012

sábado, 12 de mayo de 2012

Desde la fila de los desolados




Right now I can't read too good
Don't send me no more letters no
Not unless you mail them
From Desolation Row.
Bob Dylan


Viernes de una noche hermosa y fresca. El tráfico y el ajetreo de avenida Insurgentes a la altura del recinto, anticipaban una velada inolvidable, como lo fue. El lugar tal vez no era el más apropiado para tan anhelado acontecimiento, sin embargo, ahí estábamos, casi al fondo y entre más de cinco mil almas expectantes, igual que nosotros, por ver y escuchar al legendario personaje. Henos ahí, intentando hallar el lugar con la mejor vista posible entre la multitud y a una distancia de más de setenta metros, lo cual se antojaba cada vez menos probable, pues el auditorio carece de inclinación. Optamos por el extremo derecho y creo que fue lo mejor, pues ahí estaba, junto a una de las columnas de hierro, un gran bote de basura sobre el cual me paré para ver mejor.
Nueve en punto. Se apagan las luces y sobre el escenario muy sobrio (sólo un telón negro sobre el que se reflejaba una luz azul), aparecen proyectando sus sombras Bob Dylan y su banda: Stu Kimball en la guitarra rítmica, Charlie Sexton en la guitarra armónica, George Recelli en la batería y las percusiones y le gran Tony Garnier, en el bajo eléctrico y el contrabajo. También estaba ahí su viejo amigo y compañero de batalla, Donny Herron, en el violín. El Maestro, guitarra en mano, inicia los primeros versos de “Leopard-Skin Pill-Box Hat” y la gente grita a todo pulmón. A pesar de que los acordes iniciales no permitían reconocerla, en el estribillo nadie dudó un instante en corear “Well, I see you got your brand new leopard-skin pill-box hat, Yes, I see you got your brand new leopard-skin pill-box hat… Well, you must tell me, baby, How your head feels under somethin’ like that. Under your brand new leopard-skin pill-box hat”
Echo un vistazo alrededor. Gente de todas las edades, jóvenes de entre 18 hasta 30 años; parejas en sus cuarentas y cincuentas, señores de entre 65 y 70 años. Todos con una expresión de complacencia y agradecimiento, a pesar del lugar tan poco privilegiado que nos había tocado y sin quitar la vista del escenario. Cada quien lleva su propio Dylan dentro, pienso mientras busco desesperadamente a mi esposo a quien en algún momento perdí de vista mientras compraba una cerveza. Distingo su silueta alta y espigada unas cuantas filas atrás y le hago señas para que voltee. Al fin me ve y viene a mi encuentro mientras comienza “To Ramona”, una de nuestras favoritas. Y entonces pienso que Dylan es nuestro, mío, suyo, de todos y cada uno de los que ahí estamos. Cada canción, cada verso, nos pertenece, nos es familiar y entrañable. “And someday, maybe, who knows baby, I’ll come and be cryin’ to you”.
Comienzan unos acordes acústicos de Dylan de algo que no termino de reconocer hasta el estribillo, “People are crazy and times are strange, I’m locked in tight, I’m out of range, I used to care, but things have changed”.  Things have changed, tema de la película Wonder Boys de 2000 con Michael Douglas. Y vaya que si las cosas han cambiado. Atrás ha quedado la voz de “sand and glue”, como la llamaba Bowie y ahora Dylan suena chillón y rasposo al mismo tiempo. Aguardentoso y agudo a la vez. Y nosotros, sus fans, también hemos cambiado. Nos sentimos, la mayoría, como dice el estribillo de la canción, “fuera de foco”, raros, inadaptados, anacrónicos. Solía importarnos, pero las cosas han cambiado. Después viene “Desolation Row” y T.S. Eliot y Ezra Pound, y Shakespeare y Cenicienta y Romeo y Julieta y Caín y Abel y toda la caterva de personajes famosos desfila por mi cabeza y no puedo evitar llorar de emoción y de pena por la futilidad de nuestra vida que, no importa quiénes hayamos sido o qué hayamos hecho, al final todos coincidiremos en la fila de la desolación. Y como si él supiera que las lágrimas habían rodado por mis mejillas, comienza, justamente “Cry a while”.
Me seco las lágrimas, doy un trago a mi cerveza e intento llegar al cielo antes de que cierren la puerta. “Trying to Get to Heaven”, del Time Out of Mind, de 1997, muy querido por nosotros, pues nos recuerda la época de recién casados, con veladas interminables entre charla, música, vino y amigos queridos. El ritmo acompasado y lento de esta balada puso a bailar “pegadito” a varias parejas alrededor nuestro. Y hasta nosotros comenzamos a balancearnos un poco, abrazados con “Spirit on the wáter” del Modern Times, con su ritmo tranquilo, como de canción de crooner de los años treinta “Life without you, doesn’t mean a thing to me, if I can’t have you, I’ll throw my love into the deep blue see….”. Ahora sí, aquello se ha vuelto literalmente una pista de baile, las parejas mejilla con mejilla. Termina la canción con el contrabajo, los acordes suaves de la Gibson Les Paul y la armónica de Dylan, dulce, melódica.
Después de la gran ovación, ahora sí, viene “el plato fuerte”, el rock rupestre de la carretera 61 revisitada, en donde Di_s le pide a Abraham que le sacrifique un hijo o si no habrá de conocerlo en toda su furia. Ahora las voces son una sola coreando cada uno de los versos fuerte y duro, para que se escuche y para que no quepa duda de que, después de 40 años, Dylan sigue siendo Dylan y, tal como lo demostró anoche, tiene para rato, salvo que ocurriese una simple vuelta del destino. “Simple Twist of Fate” (una de mis consentidas), sigue causando estragos en el corazón de todos los dylanianos que hemos sido víctimas de las flechas de Cupido más de una vez.  People tell me it's a sin, to know and feel too much within” y yo pienso que no, que no es pecado saber y sentir tanto por alguien y para celebrarlo, doy otro trago a mi cerveza. Y a propósito de amor y dolor, lo que sigue es “Love Sick”,  “I’m sick of love, I wish I’d never met you, I’m sick of love, I’m trying to forget you…” canta el maestro acompañado de su Fender, mientras atrás el hammond marca una sola nota, obstinada, como el amor imposible, inalcanzable, el amor enfermizo. Después de la histeria colectiva al terminar “Love Sick”, hizo su flamante aparición una de las favoritas de todos los tiempos, y algo está pasando pero no sabemos qué y entonces los acordes del Hammond acompañados del compás del piano nos recuerdan a un tal Mr. Jones y recordamos, sí recordamos “Ballad of a Thin Man”, del Highway 61, y también recordamos las muchas veces que nos han preguntado qué se siente ser un freak, y que no hemos sabido exactamente a qué se referían.

En el concierto de Dylan no hubo mariachis, ni pirotecnia, ni bromas con el público ni diálogos. Bastó con su poesía y su música, amada, venerada, incluso las canciones irónicas, mordaces, incisivas, las hirientes, las que preguntan ¿cómo se siente, después de haber estado en la cima del mundo,  no tener casa, ser un perfecto desconocido, una piedra rodante? Like a Rolling Stone hizo estremecer el auditorio en sus cimientos. Y cómo no, si es, tal vez, el  icono musical de los sesenta. La canción más popular de Dylan y la que el público más deseaba escuchar, aun a sabiendas e que sería el preámbulo de la despedida. Y así fue. Después de la tempestad, vino un breve lapso de calma. Bob presentó a los músicos, dio las gracias al público en Español y entonó, en una versión muy sui generis, el himno de la generación hippie “Blowing in the Wind”, que sonó más vigente que nunca, en estos tiempos oscuros e inciertos en que vivimos. Y Dylan nos preguntaba cuántas muertes más serían necesarias, antes de darnos cuenta de que ha muerto mucha gente y la respuesta soplaba en el viento.
Bob y su banda hicieron una reverencia, dieron las gracias y salieron del escenario. Sin embargo, la euforia del público los hizo volver para el encore. El maestro, a sus 72 años, lucía algo cansado y parecía decir “Debe haber una forma de salir de aquí”.  “All Along the Watchtower”, cerró con broche de oro la noche y el público la acompañó a todo pulmón y con palmas y silbidos. Nosotros, complacidos, agradecidos de haber visto finalmente a Dylan en vivo, contemplábamos satisfechos la escena desde la última fila. La fila de los desolados.

jueves, 26 de abril de 2012

NIMBUS



Y os días no son plenos
Y las noches no son plenas
Y la vida se desliza como rata campera
Sin perturbar la hierba
Ezra Pound
Una gran nube negra cubre la noche plegada de estrellas. El viento frío en mi cara trae un recuerdo que duele, que cala en lo más hondo. Inhalo profundamente el aroma de los eucaliptos húmedos. Los grillos vuelven a cantar después de la lluvia y una luciérnaga ha extraviado el camino y revolotea junto a nosotros, mi perro y yo. No hay nadie afuera a esta hora. El silencio nos rodea salvo por los ruidos de insectos nocturnos, ladridos lejanos y el maullido de una gata en celo. Si al menos me hubiese dejado decirle que permanecería conmigo por siempre. Pero cortó de tajo el finísimo hilo que aún nos sostenía. Dicen que las nubes negras son de mal agüero. A mi me gustan. Cubren la resplandeciente luna que ya no brilla más para mí. Presagian tormentas y las tormentas me aquietan, pues silencian los fuertes latidos de mi corazón al recordarlo. Cuánto amor tenía aún que darle. Cuántas canciones, poemas, caricias, besos que no hallarán más destinatario. Sus manos estaban hechas justo al tamaño de mis pechos. Mi boca justo a la medida de la suya. Su piel exhalaba el aroma del amor. Esta noche, mi perro no insiste en tirar de la correa. Su paso se hace a la medida del mío, lento, acompasado, y sólo de vez en cuando voltea a verme, como si quisiera decirme que él conoce de mi pena. Se detiene a olfatear un poco las hojas. Yo también me detengo a mirar el cielo nocturno. Venus brilla como nunca hacia el poniente. Sólo en el amor es posible fundirse con la noche y ser tres y uno al mismo tiempo. Pero él se ha ido para siempre. No habrá más noches plenas para mí. Tendré, si acaso, el consuelo de una grata compañía, de una charla amena y de un destello de pasión lejano. Si al menos me hubiese permitido la posibilidad remota de un encuentro, me habría devuelto la alegría perdida.  Cierro los ojos e inhalo profundo. Mis lágrimas ruedan y saben a sal. Alguien dice mi nombre a lo lejos. No es él. Tiempo de volver. Mi perro se ha echado a mis pies. Tiro de la correa y se espabila sacudiendo el cuerpo. Yo creí que el amor duraba por siempre. Estaba equivocada. El suyo por mi terminó. El mío permanece inútilmente. Sólo espero que se aleje poco a poco. Como esa nube negra que cubre un pedazo de cielo en esta noche constelada.

México, D.F. primavera, 2012

lunes, 9 de abril de 2012

SHOW ME THE PLACE




“Show me the place, where you want your slave to go,
show me the place, I’ve forgotten, I don’t know…”
Leonard Cohen

Muchas veces olvidamos el camino. Son demasiadas las opciones, demasiadas las oportunidades de desviarnos, de perder de vista el puerto de llegada en un mar turbulento de distractores, de placeres fugaces, de ilusiones y quimeras respecto de lo que creemos que es la felicidad. Es muy fácil perderse cuando no se ha estudiado concienzudamente el mapa. Ninguna brújula mágica nos sirve de guía. Ningún faro brilla para nosotros y las bitácoras de viaje no son de provecho. Naufragamos en la inmensidad de un océano de confusión y entonces, si aún nos queda un mínimo de fuerza y de razón, intentamos nadar de regreso a nuestro puerto, al lugar de descanso, al remanso de paz, al refugio anhelado, junto a los nuestros y ahora sí, comenzamos a construir un barco nuevo, siguiendo el instructivo al pie de la letra y nos volvemos a aventurar mar adentro, con nuestro mapa de ruta, nuestro catalejo y nuestra tripulación bien provista para la travesía hacia puerto seguro. Y ahora sí recordamos el puerto hacia donde queremos llegar. Y es grande y es hermoso y es abundante en cosas buenas, cosas imperecederas, cosas que nos trascienden pues son intangibles, pero reales, invaluables, pero valiosas, y ese lugar siempre estuvo ahí, pero su cercanía impedía apreciarlo en su totalidad. Impedía verlo tal cual es pero ahora, después del naufragio que puso la distancia justa entre él y nosotros, podemos admirarlo en toda su belleza.
Y sólo entonces comprendemos que aquel naufragio había sido necesario. Que los tropiezos, los errores, las desviaciones y los intentos fallidos por retomar el camino una y otra vez, no fueron en balde. Cumplieron su misión aleccionadora y toca ahora sólo a nosotros, no volver a perder el rumbo. Y el mapa está ahí, ante nuestros ojos, expuesto en toda su amplitud. Su código es difícil de descifrar, pero no imposible. Sólo requiere de nuestra aplicación en su estudio, de nuestra apertura de mente y corazón, de nuestra disponibilidad de someternos a un dulce yugo, a un amoroso señorío de quien es el creador de todo cuanto existe, el creador de ese mapa, que es la Ley, que contiene las instrucciones precisas para llegar a buen puerto y disfrutar el viaje en cada una de sus estaciones.
La Ley, que es el mapa, es un libro abierto a todos y nadie puede negar conocerla. Al menos de oídas. Más no basta con solo conocerla, saber que “está ahí”, sino penetrar en ella, escudriñarla pacientemente, sopesarla, ponderar sus misterios, abrazarla y acogerla amorosamente, como se acoge a un viejo amigo a quien se temía perdido. Asignarle un tiempo especial y que ese sea el tiempo más anhelado del día. No postergar su estudio con pretextos fáciles. Hacer de esa ocasión el más esperado encuentro dentro de nuestras faenas diarias. Solemos decir “es que yo merezco darme este o aquel lujo, como recompensa por que me mato trabajando”, y bien, ¿Por qué no aprender a hacer de la Ley y su estudio ese “lujo”? ¿Por qué no aprender a sentir el mayor de los placeres durante esa hora santa en que penetramos al recinto de la Ley y comulgamos con Él? ¿Por qué no romper de tajo con las cadenas que nos atan a todo lo demás? Somos esclavos de todo y de todos. Compramos lo que nos venden, hacemos lo que nos dicen, actuamos servilmente ante casi cualquier cosa, pero somos incapaces de someternos a la Ley, pues ésta conlleva un esfuerzo y una valentía superiores a los de cualquier otro yugo. No cualquiera es capaz de soportar el régimen. Prefieren la aprobación inmediata, la aceptación instantánea de otros que son más esclavos que ellos y cuando no la obtienen, se amargan, se frustran y culpan al resto del mundo de su fracaso.

Pero la recompensa de vivir de acuerdo a la Ley no es a corto ni a largo plazo. Es permanente, es como un premio del que podemos disfrutar de por vida, puesto que no se irá, a menos que nosotros lo decidamos. Di_s nunca se aleja, nosotros simplemente dejamos de buscarle o le damos la espalda. Y esa recompensa se manifiesta no sólo en los grandes logros de nuestra vida, sino en las cosas sencillas, en lo cotidiano, en lo inmediato. En nuestra capacidad de asombro ante el mundo que nos rodea y nuestro agradecimiento por estar vivos, por sentir alegría, dolor, conmiseración, deseo, pasión, compasión, euforia. En tener la humildad suficiente para dejar de lado nuestro egoísmo y poder ver el rostro de los demás tal y como es y amarlo tal y como es, porque es diferente pero semejante a mi. Eso es vivir de acuerdo a la Ley.  Y eso es la búsqueda más alta, el fin último, el verdadero lugar al que deberíamos aspirar todos sin excepción, pues es el lugar donde mora Él y ese lugar está aquí mismo, en la tierra, en el corazón de cada persona y el mapa de ruta está en la Torá.

Tere Padrón

martes, 3 de abril de 2012

Carta de amor



I hold this letter in my hand, a plea, a petition, a kind of prayer
I hope it does as I have planned
Losing her again is more than I can bear

Nick Cave



Ya nadie se escribe cartas, mucho menos de amor. Tal parece que en nuestro mundo moderno, invadido por la tecnología y la prisa, el género epistolar ha quedado en el olvido. Pero quienes alguna vez tuvimos el privilegio de recibir cartas, en especial de amor, las devorábamos en cuanto asomaba el sobre blanco en nuestro buzón. No leíamos entre líneas, no ponderábamos respecto de qué querían decirnos, sólo queríamos terminarlas para contestar con otra carta, igual de amorosa,  igual d e apasionada, igual de apremiante. Sin embargo ahora, a la distancia, las releemos con la sabia paciencia y madurez que no teníamos entonces, y  hallamos que todas las promesas ahí vertidas, se han consumado  y han resistido el peso del tiempo y de las vicisitudes.
Las conservamos amorosamente en una caja, Las llevamos con nosotros a cada ciudad a donde nos mudamos, les asignamos un lugar especial en la casa, como el cajón de un armario y nos gusta voltear a ver de reojo, de vez en cuando, ese rincón y así recordar que ellas están ahí, como testigos silenciosos de un juramento de amor hecho y consumado. Como cómplices de nuestros secretos de juventud sólo dichos ahí, y sólo compartidos con su destinatario. Nuestras cartas  hablan por nosotros cuando sentimos que el amor se nos escapa, cuando olvidamos nuestros votos y nos alejamos física y espiritualmente, de su destinatario (a). Ellas nos recuerdan, sutilmente, en voz baja, todo aquello por lo cual nos enamoramos de esa persona. Ellas testifican a su favor, le devuelven todos los atributos que nosotros les quitamos a través de tiempo. Nuestras cartas nos devuelven el rostro verdadero del amado (a) y acabamos besando su nombre plasmado en el sobre que alguna vez fue blanco y que ahora ha adquirido un tono amarillento y un olor a madera y a recuerdo.
Y entonces, nos invade una alegría indescriptible. Sólo comparada como la que sentimos al recibirlas, en medio del éxtasis y el júbilo, en plena juventud y llenos de esperanzas. Terminamos de releerlas con una sonrisa tranquila y con una que otra lágrima en la mejilla. Volteamos hacia el sillón de la sala y hallamos a su destinatario absorto en sus lecturas. Es él. Ahora peina canas, ya no fuma y usa gafas. Pero es él. El dueño de esas cartas y de todo el amor que ellas contienen, está aquí, junto a mi, tal y como lo prometió hace casi 20 años en sus cartas. Y yo, a su lado, tal y como lo juré, sin curas ni iglesias de por medio. Sólo ante él hice mis votos y sólo mis cartas lo atestiguan.

Teresa Padrón de Islas
Primavera, 2012

martes, 20 de marzo de 2012

Lecciones


"Together we stand, divided we fall"
Roger Waters
La mayoría de los animales aprendemos a través de la experiencia. Un cachorro de león aprende, después de ver a su hermano en las fauces de una hiena, que no debe alejarse mucho de su madre para buscar alimento y, sobre todo, que debe protegerse a sí mismo. Lo mismo ocurre con un niño cuando, por ejemplo, siente dolor al tocar el fuego de la hornilla de la estufa. Sin embargo, hay lecciones que nos resultan muy difíciles de aprender, tal vez porque el daño no nos haya tocado directamente a nosotros, tal vez porque hemos corrido con suerte de no haber sufrido en carne propia el dolor o tal vez porque simplemente activamos un mecanismo de autodefensa ante éste, el cual consiste básicamente en ignorarlo. Hacer como que no está pasando nada, como que las tragedias humanas o los desastres naturales son mejor evadirlos con una buena dosis de diversión, esparcimiento o trabajo.
Pero esta evasión, que no es otra cosa que cobardía, conduce casi siempre, a la insensibilidad y esta, a su vez, a la deshumanización.  El grado de violencia y de barbarie que estamos presenciando hoy día, es justamente producto de esta deshumanización. A diario somos testigos de cómo el hombre es el peor enemigo de sí mismo y a diario tenemos que salir a enfrentarnos a esta terrible realidad y a tratar de sobrevivir al peligro inminente.
A diario se despliegan ante nosotros los escenarios más cruentos de que el hombre es capaz contra sus semejantes: decapitaciones en plena vía pública, masacres frente a centros escolares a plena luz del día, cadáveres apilados en fosas clandestinas, y todo el amplio espectro de brutalidad sólo concebible entre la única bestia que actúa con saña, alevosía, ventaja y premeditación:  los seres humanos.
Y mientras esto ocurre, seguimos viviendo nuestra vida como si nada, como si no perteneciéramos a esta especie, como si no fuese esta nuestra casa común, como si los malos fueran otros, no nosotros. Somos incapaces de vernos reflejados en esos crímenes. Somos incapaces de ver siquiera un destello de nuestra propia maldad en lo que ocurre y así vamos por la vida, ocupándonos de nuestros propios asuntos, evadiendo la realidad con toda clase de placeres: sexo, drogas, música, alcohol, televisión, etcétera, mientras el mundo se colapsa frente a nuestros ojos. Lo peor es que al hacerlo, al evadir nuestra responsabilidad, le damos, al mismo tiempo, una licencia al crimen, a la corrupción y a la violencia de seguir operando a sus anchas. Le otorgamos un permiso y un perdón anticipado a los verdaderos culpables de que nuestra vida esté hecha mierda: políticos, empresarios, líderes sindicales, gobernantes en fin. Al no hacer nada, al evadir nuestra responsabilidad de exigir justicia y cese de políticos y funcionarios públicos corruptos, al no salir a las calles en masa, como lo han hecho en países como Colombia, Bolivia, Egipto, por citar sólo algunos,  estamos permitiendo que estas prácticas sigan ocurriendo.
Esto sólo demuestra que los seres humanos, específicamente los mexicanos, no sólo no aprendemos de nuestras experiencias, sino que, además, contribuimos a permanecer en un estado de cosas que va de mal en peor. Y eso sólo habla de la poca capacidad de raciocinio, de la poca inteligencia que tenemos y de la poca memoria. Porque olvidamos. Olvidamos lo que sucede cuando se conjuntan corrupción, ignorancia, marginalidad e injusticia. Olvidamos que todo eso junto, es el caldo de cultivo perfecto para la violencia. Lo olvidamos mientras nadie toque lo nuestro. Mientas nadie ose poner su pie en mi pequeña zona de confort. Y volvemos, irremediablemente, a caer en el engaño de los que nos tienen amarrados de brazos. Inmóviles. No aprendemos la lección, hasta que, un buen día, el dolor nos toca en donde más nos duele. En los “nuestros” y si lo entrecomillo es porque justamente, los nuestros deberían ser todos los demás, los que nos rodean, con los que interactuamos a diario, el prójimo, además de nuestra familia y amigos.
Sin embargo, hay un ámbito en el que, al menos así lo parece, sí hemos aprendido la lección. El día de hoy a las 12 en punto del mediodía, un sismo e 7.8 grados en la escala de Richter sacudió el sur del país. En la ciudad de México, el sismo se sintió fuerte, en especial en el sur. Las alarmas sísmicas se activaron casi con 50 segundos de anticipación. Las escuelas, oficinas y edificios fueron evacuados en orden y sin contratiempos. Salvo algunos ataques de pánico y desmayos, los accidentes humanos fueron casi nulos. No hubo pérdidas humanas y sólo daños materiales menores. En la escuela primaria en donde trabajo, los niños, maestros, directivos y personal, sabían lo que debían hacer y lo hicieron bien. Poco a poco, desde el tercer piso, fueron saliendo uno tas otro en orden y bajaron las escaleras en perfecta calma. Los pequeños de preescolar y de los primeros grados de primaria, cantaron con nosotros, sus maestros, mientras se reunían en el centro del patio escolar. Una vez que cesó el movimiento telúrico, los niños se pusieron a jugar, sin levantarse de sus lugares en el patio; otros platicaban de sus juegos favoritos; otros preguntaban si habría clases mañana, otros que si se quedarían sin clase el resto del día, en fin.
Pongo a los niños como ejemplo porque, a diferencia de nosotros los adultos, que no podemos resolver nuestras diferencias, ni ponernos de acuerdo, ni estar unidos por alguna causa común, los niños sí. Se protegían mientras buscaban a sus mejores amiguitos para, junto a ellos, cubrirse la cabeza y agacharse hasta que pasara el peligro. Mientras veía todo aquello, pensaba en los niños del Norte del país, concretamente de Monterrey, quienes, a diferencia de estos, son víctimas de otro tipo de peligro, uno que no es de origen natural y el cual todos somos responsables, el crimen y la violencia. Ellos, como estos, también hacen simulacros, pero ante tiroteos entre bandas de sicarios. Unos, crecerán sabiendo qué hacer en caso de un sismo. Otros, los que sobrevivan a la barbarie, crecerán creyendo que eso es “normal” , sin poder distinguir entre el bien y el mal y, en el peor de los casos, convirtiéndose ellos mismos en agentes del mal y, en el mejor, en sus cómplices.
Las lecciones que podemos (si somos medianamente inteligentes) aprender de estos acontecimientos son muchas, pero las que nos dan los niños, son tal vez, las más importantes.  Ellos sí saben qué hacer ante el peligro: estar juntos, protegerse, ayudarse, consolarse y conmiserarse ante el sufrimiento de sus compañeros. Saben que unidos vencemos y que separados caemos.


Teresa Padrón Benavides

jueves, 8 de marzo de 2012

MACHISMO FEMENINO



Las mujeres no somos iguales a los hombres. En ningún sentido. Basta mirarnos al espejo para ver lo obvio. Nuestro cuerpo nos delata. Tenemos protuberancias ahí donde los hombres carecen de ellas. Nuestros rasgos faciales son más finos. Nuestras caderas son anchas y las de los hombres son estrechas. Nuestra voz es más tenue, menos ronca. Nuestros músculos no son tan definidos y, en fin, son muchas las cosas que nos distinguen de los hombres.  
Pero no sólo físicamente nos diferenciamos de ellos. Sin el afán de caer en generalidades, podríamos decir que las mujeres, amén de sus características individuales, su bagaje cultural, su nivel de educación, su condición social, compartimos rasgos comunes. Por ejemplo, al menos en nuestro país, es la mujer la encargada, la mayoría de las veces, de la educación de los hijos en casa, de su crianza. Aunque existen muchos hogares excepcionales, en donde el hombre asume su condición de igual ante la mujer, es ella, casi siempre,  la responsable de los quehaceres domésticos, de la administración del dinero (pagar cuentas, colegiaturas, etcétera).  Esto, por supuesto, se da por sentado, como parte de sus “deberes”, sin importar que la mujer también realice trabajo fuera de casa. Sea profesionista, empleada, vendedora, empresaria, maestra, la mujer desempeña casi siempre, como bien lo sabemos, la “doble jornada”, es decir, la de madre o esposa (o ambas) y la de trabajadora. Pero hay un terreno que sea tal vez el más obvio para analizar esos rasgos comunes que compartimos casi todas las mujeres y que es, el de la feminidad. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de “lo femenino”?
Vivimos en una sociedad patriarcal (por no decir machista), en donde se da por sentado que es la mujer y no el hombre, quien tiene que reivindicar su papel no de ama de casa, de esposa o de madre, sino de eso, de mujer. Es decir, las mujeres tenemos la obligación de acentuar todos esos rasgos que mencioné arriba y que nos distinguen de los hombres, antes de salir a enfrentar el mundo. Arreglarnos, perfumarnos, vestirnos de forma tal que resultemos “apetecibles” o, al menos, presentables a los demás, en especial, a los hombres. Y si bien, últimamente este papel de “objeto consumible” se aplica también a los hombres (hoy existen tantas revistas de moda para ellos como para ellas), aún persiste en el imaginario colectivo, que es la mujer quien tiene que “verse bien” para los demás. No es extraño que sean las mujeres, mucho más que los hombres, las principales consumidoras, es decir, quienes son más proclives a ir de compras.[1] Aunque este papel, el de compradoras, surge a partir justamente de que somos las mujeres las encargadas de administrar la economía familiar. Hay quienes sitúan este rol de compradoras o consumidoras en los albores del renacimiento, con el intercambio de mercancías entre el continente europeo y Asia. Hay quienes lo ubican más tarde, a comienzos de la revolución industrial, con el advenimiento del ferrocarril y de las grandes fábricas de bienes domésticos. Sea como fuere, el hecho es que, hasta la fecha, es la mujer la consumidora por excelencia y casi todos los anuncios de televisión, radio, prensa escrita e internet, van dirigidos a ellas.
Sin embargo, una cosa es el consumo de bienes y servicios familiares o comunes y otra, las compras compulsivas de objetos de uso personal como ropa, calzado y accesorios. La compulsión femenina por adquirir todo aquello que esté de moda, tiene que ver con esta idea de que las mujeres debemos vernos siempre bonitas, no importa en qué situación económica nos hallemos o cuál sea la tarea que desempeñemos. Las mujeres debemos “mostrar lo que tenemos”. La mayoría de los comerciales, incluso si lo que anuncian son productos de limpieza,  utilizan un lenguaje sexista. Oral o visual (o ambos).  El ama de casa que, en vez de un mandil, chanclas y un sacudidor, luce un peinado de salón, una ropa casual impecable y una sonrisa entre coqueta y tierna, para recibir a su marido “siempre bonita” y con la casa bien limpia, gracias a la “ayuda invaluable” de tal o cual producto (nunca se menciona a la mujer, de carne y hueso, que es quien verdaderamente hace el trabajo “sucio”, es decir, la trabajadora doméstica o la “chacha”, como se la llama despectivamente).
Los ejemplos de este tipo abundan, así que sólo mencionaré uno más, que utilicé previamente en otro artículo respecto del consumismo.  Es el caso de la mujer joven, esbelta, hermosa quien, ataviada ala última moda, camina segura de sí misma y de su belleza, como retando al mundo a que la admiren, por entre una fila de autos varados en la hora pico de un boulevard. Al llegar al automóvil de su novio, abre la puerta trasera y lo sorprende con su rival en pleno transe amoroso. Acto seguido, le espeta una tremenda bofetada, avienta la puerta y se va, oronda, con una sonrisa triunfal y la mirada de orgullo y de triunfo. El mensaje que se nos quiere dar es el de “no importa que me engañe, soy una reina de belleza” o algo así. Pero si no nos dejamos guiar por las apariencias, lo que verdaderamente nos dice es “cómprenme, lo tengo TODO”. Es decir, la mujer como objeto de consumo y no como sujeto. Lo que importa es su apariencia y no su esencia. Si nos atenemos a esta última interpretación, un discurso paralelo sería el de que, en este mundo materialista, todo es consumible y desechable, incluso las personas, en especial las mujeres. En este tipo de mensajes, aparentemente inofensivos, el lenguaje tanto corporal como verbal, ocupa un lugar preponderante.
Y es justamente el lenguaje y el papel que desempeña en la sociedad como agente de discriminación, no sólo sexual sino social y racial, uno de los factores decisivos en el discurso feminista. Las organizaciones feministas, ya sea mixtas o compuestas sólo por mujeres, pecan de lo mismo que critican. Es decir, apelan a todo aquello que las diferencia de los hombres en su lucha contra la discriminación o de las vejaciones de que somos víctimas las mujeres. Si bien es cierto que, como dice el filósofo Hector Islas Azaïs[2],  el lenguaje sexista, es decir, el que fomenta la discriminación de genero hacia las mujeres, es el más estudiado, el más difundido y extendido entre los especialistas, también lo es el hecho de que muchas veces el caso contario es también utilizado por los movimientos feministas. Es decir, el lenguaje “machista” prevalece en los discursos a favor de las mujeres.  Los argumentos que se esgrimen en defensa de la mujer pueden ser válidos, justos y estar bien sustentados, sin embargo, muchas veces se enfatiza lo superior que somos las mujeres respecto de los hombres y se hace recurriendo a los mismos clichés, los mismos insultos y las mismas frases discriminatorias usadas por los hombres para referirse a nosotras. Por ejemplo, “las viejas somos más chingonas que los hombres” (las cursivas son mías) es una frase no solo despectiva y vulgar, sino machista (hembrista), pues hace énfasis en la superioridad de las mujeres sobre los hombres y lo hace recurriendo a un lenguaje que se identifica más con el sexo masculino.
Si bien es cierto que, como afirma Hector Islas,  dentro de las múltiples formas del lenguaje discriminatorio, el  sexista es el más extendido y el que presenta más variantes, también lo es el que en el discurso a favor de las mujeres, al lenguaje hembrista es el que prevalece, haciendo énfasis en la misandria (odio hacia los varones) y en las diferencias entre hombres y mujeres, en vez de las semejanzas. Nadie niega que, a través e la historia, el lenguaje sexista es el que ha prevalecido. La Historia, con mayúscula, está escrita por hombres. Decimos “Dios padre”, para referirnos a la divinidad; “el hombre”, para referirnos a la humanidad; “los niños”, para hablar de la niñez; “los mexicanos”, para hablar indistintamente de toda la población mexicana, en fin.  También, citando a Hector Islas “el lenguaje sexista ha fomentado, con el empleo de estereotipos insidiosos y diferencias semánticas y sintácticas, una imagen de la mujer que desestima su contribución a la sociedad, incluso su presencia misma en ciertas áreas. También se le presenta como alguien fundamentalmente incompleta, que se define por su relación con los hombres, su sexualidad y sus funciones reproductivas…En cambio, los varones son los actores sociales, los agentes de cambio y los individuos por antonomasia.”
Esto, obviamente, ha contribuido a “normalizar” la percepción de esta idea y a hacer más evidente la actuación y la participación de los hombres en el ámbito público. Nos extraña cuando hay una “presidenta” de un país; cuando hay una campeona mundial de boxeo; una rectora de una universidad; una directora de una firma importante. Lo “normal” es que sean hombres.  El lenguaje sexista, entonces, contribuye a reafirmar prácticas discriminatorias  hacia la mujer y a fomentar las condiciones sociales desventajosas para ellas, pero justamente por eso, es que el discurso feminista debe ir más encaminado a lograr las condiciones de igualdad social y en todos los terrenos. El feminismo, si aspira a lograr un cambio verdadero en las condiciones de desventaja de las mujeres respecto de los hombres y a hacer valer los derechos de las mujeres y la igualdad de oportunidades entre ambos sexos, debe evitar caer en las mismas prácticas del machismo. Debe hacer énfasis en la igualdad, no en la superioridad de la mujer respecto del hombre. El discurso feminista debe hacer énfasis en las capacidades intelectuales de la mujer y no sólo apelar a su “arma más poderosa”, su cuerpo, para lograr un verdadero cambio en la percepción de lo que es una mujer y erradicar la idea de objeto que de ella se tiene.
Las mujeres debemos reafirmar nuestras particularidades, nuestras características exclusivas, pero para complementar las de los hombres. Para nutrirnos y enriquecernos mutuamente con nuestras experiencias propias. El lenguaje sexista perdería entonces fuerza y tendería a desaparecer, junto con las prácticas a que da lugar, allanando el terreno a una sociedad más justa para ambos, mujeres y hombres.
Teresa Padrón


[1] “Born to buy”, Juliet B. Schor, Amazon, 2005.
[2] Héctor Islas Azaïs, “Lenguaje y discriminación”, en Cuadernos de Igualdad, México, CONAPRED, 2005.

miércoles, 7 de marzo de 2012

memoria es vida, olvido es muerte (después de visitar el Museo de la Memoria y Tolerancia)




 “Recordar, pues, no es conmemorar un hecho que tuvo lugar hace medio siglo, sino reconocer que nuestro presente está construido sobre cadáveres y escombros, sobre los vencidos de la historia”.
Reyes Mate, Memoria de Auschwitz

El holocausto no fue la antítesis de la civilización moderna y de todo lo que
ésta representa o, al menos, eso es lo que queremos creer. Sospechamos,
aunque nos neguemos a admitirlo, que el holocausto podría haber descubierto
un rostro oculto de la sociedad moderna, un rostro distinto del que
ya conocemos y admiramos. Y que los dos coexisten con toda comodidad
Sygmunt Bauman

Los seres humanos tendemos con frecuencia a olvidar. Nuestra memoria es selectiva y recordamos sólo aquello que nos ha marcado de manera directa, para bien o para mal, pero sólo a nosotros mismos. Recordamos lo malo e intentamos olvidarlo, pero si no lo conseguimos, guardamos rencor hacia quien o quienes nos hicieron sufrir (pues, irremediablemente, culpamos  a alguien más de nuestras penas o fracasos) y recordamos lo bueno y queremos revivirlo a toda costa, sin importar que, en el proceso, hagamos daño a terceros.
Los sujetos construimos nuestra identidad a través de la memoria. La transmisión de las experiencias de los mayores a los menores, junto con las costumbres, las tradiciones y la historia familiar, son indispensables en la construcción de la identidad individual. Los momentos más importantes en la vida de las personas, adquirirán, con el tiempo, un significado diferente y funcionarán como cimiento sobre el cual construir su propia historia.
Sin embargo, cuando se trata de una memoria colectiva, de un evento de dimensiones enormes que involucra a otras personas y que ha tenido repercusiones colosales no sólo históricas, sino políticas, sociales, éticas y morales, a nivel mundial como el caso de la Shoah (el holocausto), o los genocidios contra armenios por parte del imperio otomano; los de los serbios contra musulmanes en Bosnia; los de Ruanda, los de Camboya; los de Sudamérica; la represión política, las desapariciones de opositores a los regímenes dictatoriales; las violaciones a los derechos elementales de las minorías étnicas, religiosas o políticas; las víctimas de la violencia y del crimen organizado, en fin, todos los eventos que involucran el sufrimiento de otros, tendemos, irremediablemente, a olvidar.
Pero somos, indefectiblemente, una sociedad y como tal, tenemos una historia común, es decir, una memoria colectiva que es la responsable que seamos como somos, cultural y socialmente. Esa memoria colectiva es la responsable de nuestros rasgos distintivos como sociedad. Y la memoria es la fuerza que perpetúa, que prolonga la identidad colectiva y que logra que perdure a través del tiempo. Si olvidásemos nuestro pasado, no sabríamos quiénes somos ni hacia dónde vamos. No tendríamos un referente histórico sobre el cual construir todos esos rasgos que nos distinguen de los demás, que nos identifican como una sociedad específica, con costumbres, tradiciones, y, en fin, con una cultura propia. 
Sin embargo, los responsables de transmitir esa historia común, esa memoria colectiva a las siguientes generaciones, no siempre hablan verdad. La Historia, con mayúscula, la escriben, como bien sabemos, los vencedores. Los poderosos que quieren perpetuar su sitio privilegiado en la sociedad a toda costa, valiéndose del engaño, manteniendo al pueblo en la ignorancia, en el miedo y en el sometimiento a través del control de los medios masivos, de la propaganda sucia y de un discurso gastado en el que nadie cree, pero que tampoco se discute por miedo a la represión. Lo peor es que ese discurso, de tan escuchado, termina por tomarse como cierto. Así, como decía Goebbels, el despiadado general responsable de la propaganda nazi: “una mentira repetida mil veces, se vuelve una verdad”, refiriéndose al discurso de la superioridad recial aria y de la condición infrahumana judía.
No es casual que en cada genocidio, los perpetradores intenten construir una “memoria oficial”, manipulando la información, negando el exterminio, una “historia oficial”, pues. Tampoco lo es el hecho que las víctimas sobrevivientes necesiten imperiosamente recordar la persecución y el extermino incorporándolo a la memoria como piedra de toque de esa identidad colectiva. Como sabemos, la Shoá no escapa a ese destino y hoy es considerado por todos los judíos sin distinción (laicos y religiosos; de izquierda y derecha; sefardíes o ashkenazim; etc.) como uno de los dos eventos históricos más importantes de la historia del judaísmo.
¿Por qué es imprescindible recordar los genocidios? No sólo para no repetir nuestros “errores”, sino para vernos reflejados en el espejo de la Historia y horrorizarnos (si es que podemos hacerlo aún) de los niveles de barbarie a los que hemos podido llegar. Para ver, sin que nada enturbie nuestra vista, “el fin de lo humano”, como bien lo llama Joan-Carles Mélich[1]. Lo que discute el artículo citado es, básicamente, si es posible educar después del holocausto. Porque uno se pregunta, a la luz de los acontecimientos de los últimos 100 años y sobre todo, después del holocausto, ¿tiene sentido enviar a nuestros hijos a la escuela? ¿Qué les enseñarán en sus clases de historia? ¿Les narrarán, detalladamente, el proceso por el cual los nazis hacían una “selección” minuciosa antes de enviar al exterminio en las cámaras de gas a millones de hombres, mujeres, niños y ancianos borrándolos, absolutamente, del mundo, convirtiéndoles en cenizas, en humo, en nada? ¿Les contaran las masacres de tutsis por parte de los hutus en Ruanda y los cadáveres apilados en fosas en aldeas familiares?  ¿Les mostrarán fotografías de los musulmanes de la ex Yugoslavia, que fueron casi borrados de los lugares en donde habían vivido por miles de años por los serbios?
Educar después del holocausto (y delos siguientes genocidios) ¿es aún posible? ¿Sobre qué cimientos históricos podemos erigir una educación sólida, ética, moral, que tome en consideración la responsabilidad que cada uno tenemos para con los demás? ¿Cómo hablarles a los niños y a los jóvenes de valores, de respeto, de tolerancia, de igualdad después de Aushwitz? ¿Tiene sentido seguir poniendo al hombre como parangón de la civilización después de lo ocurrido? ¿Podemos seguir defendiendo la dimensión “humana” en la educación? Yo creo que sí, siempre y cuando se reconsidere dicha dimensión, se redefina lo que es “ser humano” a la luz de los acontecimientos más oscuros de la historia de la humanidad y se circunscriba al hombre como parte, no como absoluto, de un mundo complejo, diverso, en donde debe haber lugar para todos, sin menoscabo de su condición social, de sus preferencias sexuales, su orientación religiosa, su bagaje cultural. Porque sólo así, nutriéndonos mutuamente de nuestras experiencias particulares, podremos construir una sociedad verdaderamente rica, diversa, heterogénea, plural y justa.
Sin embargo, educar para seguir creyendo en la humanidad, es una tarea titánica, no sólo para quienes estamos día a día en la trinchera del aula, sino para los padres de familia, los gobiernos, las instituciones, los medios masivos en fin, la sociedad en su conjunto. Todos tenemos la obligación moral, ética, de educar responsablemente. Es decir, debemos ser muy cuidadosos con los mensajes que enviamos a los demás, predicando con nuestra propia forma de vida. El ejemplo sigue siendo el mejor método de enseñanza.  Pero, además del ejemplo, y retomando la cuestión de la memoria, la enseñanza de la historia, la verdadera, no la oficial, es imprescindible si lo que queremos lograr es formar seres humanos conscientes, comprometidos, responsables, justos y, en fin, moralmente plenos. Debemos mostrar no sólo la mejor faceta del hombre sino también su peor rostro, el más inhumano, el más oscuro, para darnos cuenta, como dice Bauman en el epígrafe de este escrito, de que ambos rostros forman parte de un mismo cuerpo, pero que nuestra misión en la vida es hacer visible el rostro bueno. Lograr que triunfe l bien sobre el mal, la luz sobre las tinieblas, pero para eso, no debemos negar la historia. Al contrario, debemos aprender de ella. Vernos reflejados en su espejo para reconocernos en ella y congraciarnos, cuando hayan triunfado el amor y la razón y horrorizarnos, cuando hayan vencido el odio y la estupidez.
Esto no quiere decir que los millones de víctimas de guerras, genocidios y holocaustos nos deban servir de ejemplo pedagógico respecto de lo que no debemos hacer. Más bien, que su recuerdo, su memoria, sirva para luchar por la paz, la justicia, la igualdad, el respeto y todos aquellos valores que hacen de nosotros mejores personas. Educar después de Auschwitz es posible, siempre y cuando no neguemos la historia y no permitamos que ocurra de nuevo. Porque si bien reza el refrán “recordar es vivir”, vale entonces decir “olvidar es morir” (o más bien, matar).


[1] Joan-Carles Miélich, “El fin de lo humano. ¿Cómo educar después del holocausto?”, Universidad Autónoma de Barcelona.