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sábado, 12 de mayo de 2012

Desde la fila de los desolados




Right now I can't read too good
Don't send me no more letters no
Not unless you mail them
From Desolation Row.
Bob Dylan


Viernes de una noche hermosa y fresca. El tráfico y el ajetreo de avenida Insurgentes a la altura del recinto, anticipaban una velada inolvidable, como lo fue. El lugar tal vez no era el más apropiado para tan anhelado acontecimiento, sin embargo, ahí estábamos, casi al fondo y entre más de cinco mil almas expectantes, igual que nosotros, por ver y escuchar al legendario personaje. Henos ahí, intentando hallar el lugar con la mejor vista posible entre la multitud y a una distancia de más de setenta metros, lo cual se antojaba cada vez menos probable, pues el auditorio carece de inclinación. Optamos por el extremo derecho y creo que fue lo mejor, pues ahí estaba, junto a una de las columnas de hierro, un gran bote de basura sobre el cual me paré para ver mejor.
Nueve en punto. Se apagan las luces y sobre el escenario muy sobrio (sólo un telón negro sobre el que se reflejaba una luz azul), aparecen proyectando sus sombras Bob Dylan y su banda: Stu Kimball en la guitarra rítmica, Charlie Sexton en la guitarra armónica, George Recelli en la batería y las percusiones y le gran Tony Garnier, en el bajo eléctrico y el contrabajo. También estaba ahí su viejo amigo y compañero de batalla, Donny Herron, en el violín. El Maestro, guitarra en mano, inicia los primeros versos de “Leopard-Skin Pill-Box Hat” y la gente grita a todo pulmón. A pesar de que los acordes iniciales no permitían reconocerla, en el estribillo nadie dudó un instante en corear “Well, I see you got your brand new leopard-skin pill-box hat, Yes, I see you got your brand new leopard-skin pill-box hat… Well, you must tell me, baby, How your head feels under somethin’ like that. Under your brand new leopard-skin pill-box hat”
Echo un vistazo alrededor. Gente de todas las edades, jóvenes de entre 18 hasta 30 años; parejas en sus cuarentas y cincuentas, señores de entre 65 y 70 años. Todos con una expresión de complacencia y agradecimiento, a pesar del lugar tan poco privilegiado que nos había tocado y sin quitar la vista del escenario. Cada quien lleva su propio Dylan dentro, pienso mientras busco desesperadamente a mi esposo a quien en algún momento perdí de vista mientras compraba una cerveza. Distingo su silueta alta y espigada unas cuantas filas atrás y le hago señas para que voltee. Al fin me ve y viene a mi encuentro mientras comienza “To Ramona”, una de nuestras favoritas. Y entonces pienso que Dylan es nuestro, mío, suyo, de todos y cada uno de los que ahí estamos. Cada canción, cada verso, nos pertenece, nos es familiar y entrañable. “And someday, maybe, who knows baby, I’ll come and be cryin’ to you”.
Comienzan unos acordes acústicos de Dylan de algo que no termino de reconocer hasta el estribillo, “People are crazy and times are strange, I’m locked in tight, I’m out of range, I used to care, but things have changed”.  Things have changed, tema de la película Wonder Boys de 2000 con Michael Douglas. Y vaya que si las cosas han cambiado. Atrás ha quedado la voz de “sand and glue”, como la llamaba Bowie y ahora Dylan suena chillón y rasposo al mismo tiempo. Aguardentoso y agudo a la vez. Y nosotros, sus fans, también hemos cambiado. Nos sentimos, la mayoría, como dice el estribillo de la canción, “fuera de foco”, raros, inadaptados, anacrónicos. Solía importarnos, pero las cosas han cambiado. Después viene “Desolation Row” y T.S. Eliot y Ezra Pound, y Shakespeare y Cenicienta y Romeo y Julieta y Caín y Abel y toda la caterva de personajes famosos desfila por mi cabeza y no puedo evitar llorar de emoción y de pena por la futilidad de nuestra vida que, no importa quiénes hayamos sido o qué hayamos hecho, al final todos coincidiremos en la fila de la desolación. Y como si él supiera que las lágrimas habían rodado por mis mejillas, comienza, justamente “Cry a while”.
Me seco las lágrimas, doy un trago a mi cerveza e intento llegar al cielo antes de que cierren la puerta. “Trying to Get to Heaven”, del Time Out of Mind, de 1997, muy querido por nosotros, pues nos recuerda la época de recién casados, con veladas interminables entre charla, música, vino y amigos queridos. El ritmo acompasado y lento de esta balada puso a bailar “pegadito” a varias parejas alrededor nuestro. Y hasta nosotros comenzamos a balancearnos un poco, abrazados con “Spirit on the wáter” del Modern Times, con su ritmo tranquilo, como de canción de crooner de los años treinta “Life without you, doesn’t mean a thing to me, if I can’t have you, I’ll throw my love into the deep blue see….”. Ahora sí, aquello se ha vuelto literalmente una pista de baile, las parejas mejilla con mejilla. Termina la canción con el contrabajo, los acordes suaves de la Gibson Les Paul y la armónica de Dylan, dulce, melódica.
Después de la gran ovación, ahora sí, viene “el plato fuerte”, el rock rupestre de la carretera 61 revisitada, en donde Di_s le pide a Abraham que le sacrifique un hijo o si no habrá de conocerlo en toda su furia. Ahora las voces son una sola coreando cada uno de los versos fuerte y duro, para que se escuche y para que no quepa duda de que, después de 40 años, Dylan sigue siendo Dylan y, tal como lo demostró anoche, tiene para rato, salvo que ocurriese una simple vuelta del destino. “Simple Twist of Fate” (una de mis consentidas), sigue causando estragos en el corazón de todos los dylanianos que hemos sido víctimas de las flechas de Cupido más de una vez.  People tell me it's a sin, to know and feel too much within” y yo pienso que no, que no es pecado saber y sentir tanto por alguien y para celebrarlo, doy otro trago a mi cerveza. Y a propósito de amor y dolor, lo que sigue es “Love Sick”,  “I’m sick of love, I wish I’d never met you, I’m sick of love, I’m trying to forget you…” canta el maestro acompañado de su Fender, mientras atrás el hammond marca una sola nota, obstinada, como el amor imposible, inalcanzable, el amor enfermizo. Después de la histeria colectiva al terminar “Love Sick”, hizo su flamante aparición una de las favoritas de todos los tiempos, y algo está pasando pero no sabemos qué y entonces los acordes del Hammond acompañados del compás del piano nos recuerdan a un tal Mr. Jones y recordamos, sí recordamos “Ballad of a Thin Man”, del Highway 61, y también recordamos las muchas veces que nos han preguntado qué se siente ser un freak, y que no hemos sabido exactamente a qué se referían.

En el concierto de Dylan no hubo mariachis, ni pirotecnia, ni bromas con el público ni diálogos. Bastó con su poesía y su música, amada, venerada, incluso las canciones irónicas, mordaces, incisivas, las hirientes, las que preguntan ¿cómo se siente, después de haber estado en la cima del mundo,  no tener casa, ser un perfecto desconocido, una piedra rodante? Like a Rolling Stone hizo estremecer el auditorio en sus cimientos. Y cómo no, si es, tal vez, el  icono musical de los sesenta. La canción más popular de Dylan y la que el público más deseaba escuchar, aun a sabiendas e que sería el preámbulo de la despedida. Y así fue. Después de la tempestad, vino un breve lapso de calma. Bob presentó a los músicos, dio las gracias al público en Español y entonó, en una versión muy sui generis, el himno de la generación hippie “Blowing in the Wind”, que sonó más vigente que nunca, en estos tiempos oscuros e inciertos en que vivimos. Y Dylan nos preguntaba cuántas muertes más serían necesarias, antes de darnos cuenta de que ha muerto mucha gente y la respuesta soplaba en el viento.
Bob y su banda hicieron una reverencia, dieron las gracias y salieron del escenario. Sin embargo, la euforia del público los hizo volver para el encore. El maestro, a sus 72 años, lucía algo cansado y parecía decir “Debe haber una forma de salir de aquí”.  “All Along the Watchtower”, cerró con broche de oro la noche y el público la acompañó a todo pulmón y con palmas y silbidos. Nosotros, complacidos, agradecidos de haber visto finalmente a Dylan en vivo, contemplábamos satisfechos la escena desde la última fila. La fila de los desolados.

jueves, 26 de abril de 2012

NIMBUS



Y os días no son plenos
Y las noches no son plenas
Y la vida se desliza como rata campera
Sin perturbar la hierba
Ezra Pound
Una gran nube negra cubre la noche plegada de estrellas. El viento frío en mi cara trae un recuerdo que duele, que cala en lo más hondo. Inhalo profundamente el aroma de los eucaliptos húmedos. Los grillos vuelven a cantar después de la lluvia y una luciérnaga ha extraviado el camino y revolotea junto a nosotros, mi perro y yo. No hay nadie afuera a esta hora. El silencio nos rodea salvo por los ruidos de insectos nocturnos, ladridos lejanos y el maullido de una gata en celo. Si al menos me hubiese dejado decirle que permanecería conmigo por siempre. Pero cortó de tajo el finísimo hilo que aún nos sostenía. Dicen que las nubes negras son de mal agüero. A mi me gustan. Cubren la resplandeciente luna que ya no brilla más para mí. Presagian tormentas y las tormentas me aquietan, pues silencian los fuertes latidos de mi corazón al recordarlo. Cuánto amor tenía aún que darle. Cuántas canciones, poemas, caricias, besos que no hallarán más destinatario. Sus manos estaban hechas justo al tamaño de mis pechos. Mi boca justo a la medida de la suya. Su piel exhalaba el aroma del amor. Esta noche, mi perro no insiste en tirar de la correa. Su paso se hace a la medida del mío, lento, acompasado, y sólo de vez en cuando voltea a verme, como si quisiera decirme que él conoce de mi pena. Se detiene a olfatear un poco las hojas. Yo también me detengo a mirar el cielo nocturno. Venus brilla como nunca hacia el poniente. Sólo en el amor es posible fundirse con la noche y ser tres y uno al mismo tiempo. Pero él se ha ido para siempre. No habrá más noches plenas para mí. Tendré, si acaso, el consuelo de una grata compañía, de una charla amena y de un destello de pasión lejano. Si al menos me hubiese permitido la posibilidad remota de un encuentro, me habría devuelto la alegría perdida.  Cierro los ojos e inhalo profundo. Mis lágrimas ruedan y saben a sal. Alguien dice mi nombre a lo lejos. No es él. Tiempo de volver. Mi perro se ha echado a mis pies. Tiro de la correa y se espabila sacudiendo el cuerpo. Yo creí que el amor duraba por siempre. Estaba equivocada. El suyo por mi terminó. El mío permanece inútilmente. Sólo espero que se aleje poco a poco. Como esa nube negra que cubre un pedazo de cielo en esta noche constelada.

México, D.F. primavera, 2012

lunes, 9 de abril de 2012

SHOW ME THE PLACE




“Show me the place, where you want your slave to go,
show me the place, I’ve forgotten, I don’t know…”
Leonard Cohen

Muchas veces olvidamos el camino. Son demasiadas las opciones, demasiadas las oportunidades de desviarnos, de perder de vista el puerto de llegada en un mar turbulento de distractores, de placeres fugaces, de ilusiones y quimeras respecto de lo que creemos que es la felicidad. Es muy fácil perderse cuando no se ha estudiado concienzudamente el mapa. Ninguna brújula mágica nos sirve de guía. Ningún faro brilla para nosotros y las bitácoras de viaje no son de provecho. Naufragamos en la inmensidad de un océano de confusión y entonces, si aún nos queda un mínimo de fuerza y de razón, intentamos nadar de regreso a nuestro puerto, al lugar de descanso, al remanso de paz, al refugio anhelado, junto a los nuestros y ahora sí, comenzamos a construir un barco nuevo, siguiendo el instructivo al pie de la letra y nos volvemos a aventurar mar adentro, con nuestro mapa de ruta, nuestro catalejo y nuestra tripulación bien provista para la travesía hacia puerto seguro. Y ahora sí recordamos el puerto hacia donde queremos llegar. Y es grande y es hermoso y es abundante en cosas buenas, cosas imperecederas, cosas que nos trascienden pues son intangibles, pero reales, invaluables, pero valiosas, y ese lugar siempre estuvo ahí, pero su cercanía impedía apreciarlo en su totalidad. Impedía verlo tal cual es pero ahora, después del naufragio que puso la distancia justa entre él y nosotros, podemos admirarlo en toda su belleza.
Y sólo entonces comprendemos que aquel naufragio había sido necesario. Que los tropiezos, los errores, las desviaciones y los intentos fallidos por retomar el camino una y otra vez, no fueron en balde. Cumplieron su misión aleccionadora y toca ahora sólo a nosotros, no volver a perder el rumbo. Y el mapa está ahí, ante nuestros ojos, expuesto en toda su amplitud. Su código es difícil de descifrar, pero no imposible. Sólo requiere de nuestra aplicación en su estudio, de nuestra apertura de mente y corazón, de nuestra disponibilidad de someternos a un dulce yugo, a un amoroso señorío de quien es el creador de todo cuanto existe, el creador de ese mapa, que es la Ley, que contiene las instrucciones precisas para llegar a buen puerto y disfrutar el viaje en cada una de sus estaciones.
La Ley, que es el mapa, es un libro abierto a todos y nadie puede negar conocerla. Al menos de oídas. Más no basta con solo conocerla, saber que “está ahí”, sino penetrar en ella, escudriñarla pacientemente, sopesarla, ponderar sus misterios, abrazarla y acogerla amorosamente, como se acoge a un viejo amigo a quien se temía perdido. Asignarle un tiempo especial y que ese sea el tiempo más anhelado del día. No postergar su estudio con pretextos fáciles. Hacer de esa ocasión el más esperado encuentro dentro de nuestras faenas diarias. Solemos decir “es que yo merezco darme este o aquel lujo, como recompensa por que me mato trabajando”, y bien, ¿Por qué no aprender a hacer de la Ley y su estudio ese “lujo”? ¿Por qué no aprender a sentir el mayor de los placeres durante esa hora santa en que penetramos al recinto de la Ley y comulgamos con Él? ¿Por qué no romper de tajo con las cadenas que nos atan a todo lo demás? Somos esclavos de todo y de todos. Compramos lo que nos venden, hacemos lo que nos dicen, actuamos servilmente ante casi cualquier cosa, pero somos incapaces de someternos a la Ley, pues ésta conlleva un esfuerzo y una valentía superiores a los de cualquier otro yugo. No cualquiera es capaz de soportar el régimen. Prefieren la aprobación inmediata, la aceptación instantánea de otros que son más esclavos que ellos y cuando no la obtienen, se amargan, se frustran y culpan al resto del mundo de su fracaso.

Pero la recompensa de vivir de acuerdo a la Ley no es a corto ni a largo plazo. Es permanente, es como un premio del que podemos disfrutar de por vida, puesto que no se irá, a menos que nosotros lo decidamos. Di_s nunca se aleja, nosotros simplemente dejamos de buscarle o le damos la espalda. Y esa recompensa se manifiesta no sólo en los grandes logros de nuestra vida, sino en las cosas sencillas, en lo cotidiano, en lo inmediato. En nuestra capacidad de asombro ante el mundo que nos rodea y nuestro agradecimiento por estar vivos, por sentir alegría, dolor, conmiseración, deseo, pasión, compasión, euforia. En tener la humildad suficiente para dejar de lado nuestro egoísmo y poder ver el rostro de los demás tal y como es y amarlo tal y como es, porque es diferente pero semejante a mi. Eso es vivir de acuerdo a la Ley.  Y eso es la búsqueda más alta, el fin último, el verdadero lugar al que deberíamos aspirar todos sin excepción, pues es el lugar donde mora Él y ese lugar está aquí mismo, en la tierra, en el corazón de cada persona y el mapa de ruta está en la Torá.

Tere Padrón

martes, 3 de abril de 2012

Carta de amor



I hold this letter in my hand, a plea, a petition, a kind of prayer
I hope it does as I have planned
Losing her again is more than I can bear

Nick Cave



Ya nadie se escribe cartas, mucho menos de amor. Tal parece que en nuestro mundo moderno, invadido por la tecnología y la prisa, el género epistolar ha quedado en el olvido. Pero quienes alguna vez tuvimos el privilegio de recibir cartas, en especial de amor, las devorábamos en cuanto asomaba el sobre blanco en nuestro buzón. No leíamos entre líneas, no ponderábamos respecto de qué querían decirnos, sólo queríamos terminarlas para contestar con otra carta, igual de amorosa,  igual d e apasionada, igual de apremiante. Sin embargo ahora, a la distancia, las releemos con la sabia paciencia y madurez que no teníamos entonces, y  hallamos que todas las promesas ahí vertidas, se han consumado  y han resistido el peso del tiempo y de las vicisitudes.
Las conservamos amorosamente en una caja, Las llevamos con nosotros a cada ciudad a donde nos mudamos, les asignamos un lugar especial en la casa, como el cajón de un armario y nos gusta voltear a ver de reojo, de vez en cuando, ese rincón y así recordar que ellas están ahí, como testigos silenciosos de un juramento de amor hecho y consumado. Como cómplices de nuestros secretos de juventud sólo dichos ahí, y sólo compartidos con su destinatario. Nuestras cartas  hablan por nosotros cuando sentimos que el amor se nos escapa, cuando olvidamos nuestros votos y nos alejamos física y espiritualmente, de su destinatario (a). Ellas nos recuerdan, sutilmente, en voz baja, todo aquello por lo cual nos enamoramos de esa persona. Ellas testifican a su favor, le devuelven todos los atributos que nosotros les quitamos a través de tiempo. Nuestras cartas nos devuelven el rostro verdadero del amado (a) y acabamos besando su nombre plasmado en el sobre que alguna vez fue blanco y que ahora ha adquirido un tono amarillento y un olor a madera y a recuerdo.
Y entonces, nos invade una alegría indescriptible. Sólo comparada como la que sentimos al recibirlas, en medio del éxtasis y el júbilo, en plena juventud y llenos de esperanzas. Terminamos de releerlas con una sonrisa tranquila y con una que otra lágrima en la mejilla. Volteamos hacia el sillón de la sala y hallamos a su destinatario absorto en sus lecturas. Es él. Ahora peina canas, ya no fuma y usa gafas. Pero es él. El dueño de esas cartas y de todo el amor que ellas contienen, está aquí, junto a mi, tal y como lo prometió hace casi 20 años en sus cartas. Y yo, a su lado, tal y como lo juré, sin curas ni iglesias de por medio. Sólo ante él hice mis votos y sólo mis cartas lo atestiguan.

Teresa Padrón de Islas
Primavera, 2012

martes, 20 de marzo de 2012

Lecciones


"Together we stand, divided we fall"
Roger Waters
La mayoría de los animales aprendemos a través de la experiencia. Un cachorro de león aprende, después de ver a su hermano en las fauces de una hiena, que no debe alejarse mucho de su madre para buscar alimento y, sobre todo, que debe protegerse a sí mismo. Lo mismo ocurre con un niño cuando, por ejemplo, siente dolor al tocar el fuego de la hornilla de la estufa. Sin embargo, hay lecciones que nos resultan muy difíciles de aprender, tal vez porque el daño no nos haya tocado directamente a nosotros, tal vez porque hemos corrido con suerte de no haber sufrido en carne propia el dolor o tal vez porque simplemente activamos un mecanismo de autodefensa ante éste, el cual consiste básicamente en ignorarlo. Hacer como que no está pasando nada, como que las tragedias humanas o los desastres naturales son mejor evadirlos con una buena dosis de diversión, esparcimiento o trabajo.
Pero esta evasión, que no es otra cosa que cobardía, conduce casi siempre, a la insensibilidad y esta, a su vez, a la deshumanización.  El grado de violencia y de barbarie que estamos presenciando hoy día, es justamente producto de esta deshumanización. A diario somos testigos de cómo el hombre es el peor enemigo de sí mismo y a diario tenemos que salir a enfrentarnos a esta terrible realidad y a tratar de sobrevivir al peligro inminente.
A diario se despliegan ante nosotros los escenarios más cruentos de que el hombre es capaz contra sus semejantes: decapitaciones en plena vía pública, masacres frente a centros escolares a plena luz del día, cadáveres apilados en fosas clandestinas, y todo el amplio espectro de brutalidad sólo concebible entre la única bestia que actúa con saña, alevosía, ventaja y premeditación:  los seres humanos.
Y mientras esto ocurre, seguimos viviendo nuestra vida como si nada, como si no perteneciéramos a esta especie, como si no fuese esta nuestra casa común, como si los malos fueran otros, no nosotros. Somos incapaces de vernos reflejados en esos crímenes. Somos incapaces de ver siquiera un destello de nuestra propia maldad en lo que ocurre y así vamos por la vida, ocupándonos de nuestros propios asuntos, evadiendo la realidad con toda clase de placeres: sexo, drogas, música, alcohol, televisión, etcétera, mientras el mundo se colapsa frente a nuestros ojos. Lo peor es que al hacerlo, al evadir nuestra responsabilidad, le damos, al mismo tiempo, una licencia al crimen, a la corrupción y a la violencia de seguir operando a sus anchas. Le otorgamos un permiso y un perdón anticipado a los verdaderos culpables de que nuestra vida esté hecha mierda: políticos, empresarios, líderes sindicales, gobernantes en fin. Al no hacer nada, al evadir nuestra responsabilidad de exigir justicia y cese de políticos y funcionarios públicos corruptos, al no salir a las calles en masa, como lo han hecho en países como Colombia, Bolivia, Egipto, por citar sólo algunos,  estamos permitiendo que estas prácticas sigan ocurriendo.
Esto sólo demuestra que los seres humanos, específicamente los mexicanos, no sólo no aprendemos de nuestras experiencias, sino que, además, contribuimos a permanecer en un estado de cosas que va de mal en peor. Y eso sólo habla de la poca capacidad de raciocinio, de la poca inteligencia que tenemos y de la poca memoria. Porque olvidamos. Olvidamos lo que sucede cuando se conjuntan corrupción, ignorancia, marginalidad e injusticia. Olvidamos que todo eso junto, es el caldo de cultivo perfecto para la violencia. Lo olvidamos mientras nadie toque lo nuestro. Mientas nadie ose poner su pie en mi pequeña zona de confort. Y volvemos, irremediablemente, a caer en el engaño de los que nos tienen amarrados de brazos. Inmóviles. No aprendemos la lección, hasta que, un buen día, el dolor nos toca en donde más nos duele. En los “nuestros” y si lo entrecomillo es porque justamente, los nuestros deberían ser todos los demás, los que nos rodean, con los que interactuamos a diario, el prójimo, además de nuestra familia y amigos.
Sin embargo, hay un ámbito en el que, al menos así lo parece, sí hemos aprendido la lección. El día de hoy a las 12 en punto del mediodía, un sismo e 7.8 grados en la escala de Richter sacudió el sur del país. En la ciudad de México, el sismo se sintió fuerte, en especial en el sur. Las alarmas sísmicas se activaron casi con 50 segundos de anticipación. Las escuelas, oficinas y edificios fueron evacuados en orden y sin contratiempos. Salvo algunos ataques de pánico y desmayos, los accidentes humanos fueron casi nulos. No hubo pérdidas humanas y sólo daños materiales menores. En la escuela primaria en donde trabajo, los niños, maestros, directivos y personal, sabían lo que debían hacer y lo hicieron bien. Poco a poco, desde el tercer piso, fueron saliendo uno tas otro en orden y bajaron las escaleras en perfecta calma. Los pequeños de preescolar y de los primeros grados de primaria, cantaron con nosotros, sus maestros, mientras se reunían en el centro del patio escolar. Una vez que cesó el movimiento telúrico, los niños se pusieron a jugar, sin levantarse de sus lugares en el patio; otros platicaban de sus juegos favoritos; otros preguntaban si habría clases mañana, otros que si se quedarían sin clase el resto del día, en fin.
Pongo a los niños como ejemplo porque, a diferencia de nosotros los adultos, que no podemos resolver nuestras diferencias, ni ponernos de acuerdo, ni estar unidos por alguna causa común, los niños sí. Se protegían mientras buscaban a sus mejores amiguitos para, junto a ellos, cubrirse la cabeza y agacharse hasta que pasara el peligro. Mientras veía todo aquello, pensaba en los niños del Norte del país, concretamente de Monterrey, quienes, a diferencia de estos, son víctimas de otro tipo de peligro, uno que no es de origen natural y el cual todos somos responsables, el crimen y la violencia. Ellos, como estos, también hacen simulacros, pero ante tiroteos entre bandas de sicarios. Unos, crecerán sabiendo qué hacer en caso de un sismo. Otros, los que sobrevivan a la barbarie, crecerán creyendo que eso es “normal” , sin poder distinguir entre el bien y el mal y, en el peor de los casos, convirtiéndose ellos mismos en agentes del mal y, en el mejor, en sus cómplices.
Las lecciones que podemos (si somos medianamente inteligentes) aprender de estos acontecimientos son muchas, pero las que nos dan los niños, son tal vez, las más importantes.  Ellos sí saben qué hacer ante el peligro: estar juntos, protegerse, ayudarse, consolarse y conmiserarse ante el sufrimiento de sus compañeros. Saben que unidos vencemos y que separados caemos.


Teresa Padrón Benavides

jueves, 8 de marzo de 2012

MACHISMO FEMENINO



Las mujeres no somos iguales a los hombres. En ningún sentido. Basta mirarnos al espejo para ver lo obvio. Nuestro cuerpo nos delata. Tenemos protuberancias ahí donde los hombres carecen de ellas. Nuestros rasgos faciales son más finos. Nuestras caderas son anchas y las de los hombres son estrechas. Nuestra voz es más tenue, menos ronca. Nuestros músculos no son tan definidos y, en fin, son muchas las cosas que nos distinguen de los hombres.  
Pero no sólo físicamente nos diferenciamos de ellos. Sin el afán de caer en generalidades, podríamos decir que las mujeres, amén de sus características individuales, su bagaje cultural, su nivel de educación, su condición social, compartimos rasgos comunes. Por ejemplo, al menos en nuestro país, es la mujer la encargada, la mayoría de las veces, de la educación de los hijos en casa, de su crianza. Aunque existen muchos hogares excepcionales, en donde el hombre asume su condición de igual ante la mujer, es ella, casi siempre,  la responsable de los quehaceres domésticos, de la administración del dinero (pagar cuentas, colegiaturas, etcétera).  Esto, por supuesto, se da por sentado, como parte de sus “deberes”, sin importar que la mujer también realice trabajo fuera de casa. Sea profesionista, empleada, vendedora, empresaria, maestra, la mujer desempeña casi siempre, como bien lo sabemos, la “doble jornada”, es decir, la de madre o esposa (o ambas) y la de trabajadora. Pero hay un terreno que sea tal vez el más obvio para analizar esos rasgos comunes que compartimos casi todas las mujeres y que es, el de la feminidad. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de “lo femenino”?
Vivimos en una sociedad patriarcal (por no decir machista), en donde se da por sentado que es la mujer y no el hombre, quien tiene que reivindicar su papel no de ama de casa, de esposa o de madre, sino de eso, de mujer. Es decir, las mujeres tenemos la obligación de acentuar todos esos rasgos que mencioné arriba y que nos distinguen de los hombres, antes de salir a enfrentar el mundo. Arreglarnos, perfumarnos, vestirnos de forma tal que resultemos “apetecibles” o, al menos, presentables a los demás, en especial, a los hombres. Y si bien, últimamente este papel de “objeto consumible” se aplica también a los hombres (hoy existen tantas revistas de moda para ellos como para ellas), aún persiste en el imaginario colectivo, que es la mujer quien tiene que “verse bien” para los demás. No es extraño que sean las mujeres, mucho más que los hombres, las principales consumidoras, es decir, quienes son más proclives a ir de compras.[1] Aunque este papel, el de compradoras, surge a partir justamente de que somos las mujeres las encargadas de administrar la economía familiar. Hay quienes sitúan este rol de compradoras o consumidoras en los albores del renacimiento, con el intercambio de mercancías entre el continente europeo y Asia. Hay quienes lo ubican más tarde, a comienzos de la revolución industrial, con el advenimiento del ferrocarril y de las grandes fábricas de bienes domésticos. Sea como fuere, el hecho es que, hasta la fecha, es la mujer la consumidora por excelencia y casi todos los anuncios de televisión, radio, prensa escrita e internet, van dirigidos a ellas.
Sin embargo, una cosa es el consumo de bienes y servicios familiares o comunes y otra, las compras compulsivas de objetos de uso personal como ropa, calzado y accesorios. La compulsión femenina por adquirir todo aquello que esté de moda, tiene que ver con esta idea de que las mujeres debemos vernos siempre bonitas, no importa en qué situación económica nos hallemos o cuál sea la tarea que desempeñemos. Las mujeres debemos “mostrar lo que tenemos”. La mayoría de los comerciales, incluso si lo que anuncian son productos de limpieza,  utilizan un lenguaje sexista. Oral o visual (o ambos).  El ama de casa que, en vez de un mandil, chanclas y un sacudidor, luce un peinado de salón, una ropa casual impecable y una sonrisa entre coqueta y tierna, para recibir a su marido “siempre bonita” y con la casa bien limpia, gracias a la “ayuda invaluable” de tal o cual producto (nunca se menciona a la mujer, de carne y hueso, que es quien verdaderamente hace el trabajo “sucio”, es decir, la trabajadora doméstica o la “chacha”, como se la llama despectivamente).
Los ejemplos de este tipo abundan, así que sólo mencionaré uno más, que utilicé previamente en otro artículo respecto del consumismo.  Es el caso de la mujer joven, esbelta, hermosa quien, ataviada ala última moda, camina segura de sí misma y de su belleza, como retando al mundo a que la admiren, por entre una fila de autos varados en la hora pico de un boulevard. Al llegar al automóvil de su novio, abre la puerta trasera y lo sorprende con su rival en pleno transe amoroso. Acto seguido, le espeta una tremenda bofetada, avienta la puerta y se va, oronda, con una sonrisa triunfal y la mirada de orgullo y de triunfo. El mensaje que se nos quiere dar es el de “no importa que me engañe, soy una reina de belleza” o algo así. Pero si no nos dejamos guiar por las apariencias, lo que verdaderamente nos dice es “cómprenme, lo tengo TODO”. Es decir, la mujer como objeto de consumo y no como sujeto. Lo que importa es su apariencia y no su esencia. Si nos atenemos a esta última interpretación, un discurso paralelo sería el de que, en este mundo materialista, todo es consumible y desechable, incluso las personas, en especial las mujeres. En este tipo de mensajes, aparentemente inofensivos, el lenguaje tanto corporal como verbal, ocupa un lugar preponderante.
Y es justamente el lenguaje y el papel que desempeña en la sociedad como agente de discriminación, no sólo sexual sino social y racial, uno de los factores decisivos en el discurso feminista. Las organizaciones feministas, ya sea mixtas o compuestas sólo por mujeres, pecan de lo mismo que critican. Es decir, apelan a todo aquello que las diferencia de los hombres en su lucha contra la discriminación o de las vejaciones de que somos víctimas las mujeres. Si bien es cierto que, como dice el filósofo Hector Islas Azaïs[2],  el lenguaje sexista, es decir, el que fomenta la discriminación de genero hacia las mujeres, es el más estudiado, el más difundido y extendido entre los especialistas, también lo es el hecho de que muchas veces el caso contario es también utilizado por los movimientos feministas. Es decir, el lenguaje “machista” prevalece en los discursos a favor de las mujeres.  Los argumentos que se esgrimen en defensa de la mujer pueden ser válidos, justos y estar bien sustentados, sin embargo, muchas veces se enfatiza lo superior que somos las mujeres respecto de los hombres y se hace recurriendo a los mismos clichés, los mismos insultos y las mismas frases discriminatorias usadas por los hombres para referirse a nosotras. Por ejemplo, “las viejas somos más chingonas que los hombres” (las cursivas son mías) es una frase no solo despectiva y vulgar, sino machista (hembrista), pues hace énfasis en la superioridad de las mujeres sobre los hombres y lo hace recurriendo a un lenguaje que se identifica más con el sexo masculino.
Si bien es cierto que, como afirma Hector Islas,  dentro de las múltiples formas del lenguaje discriminatorio, el  sexista es el más extendido y el que presenta más variantes, también lo es el que en el discurso a favor de las mujeres, al lenguaje hembrista es el que prevalece, haciendo énfasis en la misandria (odio hacia los varones) y en las diferencias entre hombres y mujeres, en vez de las semejanzas. Nadie niega que, a través e la historia, el lenguaje sexista es el que ha prevalecido. La Historia, con mayúscula, está escrita por hombres. Decimos “Dios padre”, para referirnos a la divinidad; “el hombre”, para referirnos a la humanidad; “los niños”, para hablar de la niñez; “los mexicanos”, para hablar indistintamente de toda la población mexicana, en fin.  También, citando a Hector Islas “el lenguaje sexista ha fomentado, con el empleo de estereotipos insidiosos y diferencias semánticas y sintácticas, una imagen de la mujer que desestima su contribución a la sociedad, incluso su presencia misma en ciertas áreas. También se le presenta como alguien fundamentalmente incompleta, que se define por su relación con los hombres, su sexualidad y sus funciones reproductivas…En cambio, los varones son los actores sociales, los agentes de cambio y los individuos por antonomasia.”
Esto, obviamente, ha contribuido a “normalizar” la percepción de esta idea y a hacer más evidente la actuación y la participación de los hombres en el ámbito público. Nos extraña cuando hay una “presidenta” de un país; cuando hay una campeona mundial de boxeo; una rectora de una universidad; una directora de una firma importante. Lo “normal” es que sean hombres.  El lenguaje sexista, entonces, contribuye a reafirmar prácticas discriminatorias  hacia la mujer y a fomentar las condiciones sociales desventajosas para ellas, pero justamente por eso, es que el discurso feminista debe ir más encaminado a lograr las condiciones de igualdad social y en todos los terrenos. El feminismo, si aspira a lograr un cambio verdadero en las condiciones de desventaja de las mujeres respecto de los hombres y a hacer valer los derechos de las mujeres y la igualdad de oportunidades entre ambos sexos, debe evitar caer en las mismas prácticas del machismo. Debe hacer énfasis en la igualdad, no en la superioridad de la mujer respecto del hombre. El discurso feminista debe hacer énfasis en las capacidades intelectuales de la mujer y no sólo apelar a su “arma más poderosa”, su cuerpo, para lograr un verdadero cambio en la percepción de lo que es una mujer y erradicar la idea de objeto que de ella se tiene.
Las mujeres debemos reafirmar nuestras particularidades, nuestras características exclusivas, pero para complementar las de los hombres. Para nutrirnos y enriquecernos mutuamente con nuestras experiencias propias. El lenguaje sexista perdería entonces fuerza y tendería a desaparecer, junto con las prácticas a que da lugar, allanando el terreno a una sociedad más justa para ambos, mujeres y hombres.
Teresa Padrón


[1] “Born to buy”, Juliet B. Schor, Amazon, 2005.
[2] Héctor Islas Azaïs, “Lenguaje y discriminación”, en Cuadernos de Igualdad, México, CONAPRED, 2005.

miércoles, 7 de marzo de 2012

memoria es vida, olvido es muerte (después de visitar el Museo de la Memoria y Tolerancia)




 “Recordar, pues, no es conmemorar un hecho que tuvo lugar hace medio siglo, sino reconocer que nuestro presente está construido sobre cadáveres y escombros, sobre los vencidos de la historia”.
Reyes Mate, Memoria de Auschwitz

El holocausto no fue la antítesis de la civilización moderna y de todo lo que
ésta representa o, al menos, eso es lo que queremos creer. Sospechamos,
aunque nos neguemos a admitirlo, que el holocausto podría haber descubierto
un rostro oculto de la sociedad moderna, un rostro distinto del que
ya conocemos y admiramos. Y que los dos coexisten con toda comodidad
Sygmunt Bauman

Los seres humanos tendemos con frecuencia a olvidar. Nuestra memoria es selectiva y recordamos sólo aquello que nos ha marcado de manera directa, para bien o para mal, pero sólo a nosotros mismos. Recordamos lo malo e intentamos olvidarlo, pero si no lo conseguimos, guardamos rencor hacia quien o quienes nos hicieron sufrir (pues, irremediablemente, culpamos  a alguien más de nuestras penas o fracasos) y recordamos lo bueno y queremos revivirlo a toda costa, sin importar que, en el proceso, hagamos daño a terceros.
Los sujetos construimos nuestra identidad a través de la memoria. La transmisión de las experiencias de los mayores a los menores, junto con las costumbres, las tradiciones y la historia familiar, son indispensables en la construcción de la identidad individual. Los momentos más importantes en la vida de las personas, adquirirán, con el tiempo, un significado diferente y funcionarán como cimiento sobre el cual construir su propia historia.
Sin embargo, cuando se trata de una memoria colectiva, de un evento de dimensiones enormes que involucra a otras personas y que ha tenido repercusiones colosales no sólo históricas, sino políticas, sociales, éticas y morales, a nivel mundial como el caso de la Shoah (el holocausto), o los genocidios contra armenios por parte del imperio otomano; los de los serbios contra musulmanes en Bosnia; los de Ruanda, los de Camboya; los de Sudamérica; la represión política, las desapariciones de opositores a los regímenes dictatoriales; las violaciones a los derechos elementales de las minorías étnicas, religiosas o políticas; las víctimas de la violencia y del crimen organizado, en fin, todos los eventos que involucran el sufrimiento de otros, tendemos, irremediablemente, a olvidar.
Pero somos, indefectiblemente, una sociedad y como tal, tenemos una historia común, es decir, una memoria colectiva que es la responsable que seamos como somos, cultural y socialmente. Esa memoria colectiva es la responsable de nuestros rasgos distintivos como sociedad. Y la memoria es la fuerza que perpetúa, que prolonga la identidad colectiva y que logra que perdure a través del tiempo. Si olvidásemos nuestro pasado, no sabríamos quiénes somos ni hacia dónde vamos. No tendríamos un referente histórico sobre el cual construir todos esos rasgos que nos distinguen de los demás, que nos identifican como una sociedad específica, con costumbres, tradiciones, y, en fin, con una cultura propia. 
Sin embargo, los responsables de transmitir esa historia común, esa memoria colectiva a las siguientes generaciones, no siempre hablan verdad. La Historia, con mayúscula, la escriben, como bien sabemos, los vencedores. Los poderosos que quieren perpetuar su sitio privilegiado en la sociedad a toda costa, valiéndose del engaño, manteniendo al pueblo en la ignorancia, en el miedo y en el sometimiento a través del control de los medios masivos, de la propaganda sucia y de un discurso gastado en el que nadie cree, pero que tampoco se discute por miedo a la represión. Lo peor es que ese discurso, de tan escuchado, termina por tomarse como cierto. Así, como decía Goebbels, el despiadado general responsable de la propaganda nazi: “una mentira repetida mil veces, se vuelve una verdad”, refiriéndose al discurso de la superioridad recial aria y de la condición infrahumana judía.
No es casual que en cada genocidio, los perpetradores intenten construir una “memoria oficial”, manipulando la información, negando el exterminio, una “historia oficial”, pues. Tampoco lo es el hecho que las víctimas sobrevivientes necesiten imperiosamente recordar la persecución y el extermino incorporándolo a la memoria como piedra de toque de esa identidad colectiva. Como sabemos, la Shoá no escapa a ese destino y hoy es considerado por todos los judíos sin distinción (laicos y religiosos; de izquierda y derecha; sefardíes o ashkenazim; etc.) como uno de los dos eventos históricos más importantes de la historia del judaísmo.
¿Por qué es imprescindible recordar los genocidios? No sólo para no repetir nuestros “errores”, sino para vernos reflejados en el espejo de la Historia y horrorizarnos (si es que podemos hacerlo aún) de los niveles de barbarie a los que hemos podido llegar. Para ver, sin que nada enturbie nuestra vista, “el fin de lo humano”, como bien lo llama Joan-Carles Mélich[1]. Lo que discute el artículo citado es, básicamente, si es posible educar después del holocausto. Porque uno se pregunta, a la luz de los acontecimientos de los últimos 100 años y sobre todo, después del holocausto, ¿tiene sentido enviar a nuestros hijos a la escuela? ¿Qué les enseñarán en sus clases de historia? ¿Les narrarán, detalladamente, el proceso por el cual los nazis hacían una “selección” minuciosa antes de enviar al exterminio en las cámaras de gas a millones de hombres, mujeres, niños y ancianos borrándolos, absolutamente, del mundo, convirtiéndoles en cenizas, en humo, en nada? ¿Les contaran las masacres de tutsis por parte de los hutus en Ruanda y los cadáveres apilados en fosas en aldeas familiares?  ¿Les mostrarán fotografías de los musulmanes de la ex Yugoslavia, que fueron casi borrados de los lugares en donde habían vivido por miles de años por los serbios?
Educar después del holocausto (y delos siguientes genocidios) ¿es aún posible? ¿Sobre qué cimientos históricos podemos erigir una educación sólida, ética, moral, que tome en consideración la responsabilidad que cada uno tenemos para con los demás? ¿Cómo hablarles a los niños y a los jóvenes de valores, de respeto, de tolerancia, de igualdad después de Aushwitz? ¿Tiene sentido seguir poniendo al hombre como parangón de la civilización después de lo ocurrido? ¿Podemos seguir defendiendo la dimensión “humana” en la educación? Yo creo que sí, siempre y cuando se reconsidere dicha dimensión, se redefina lo que es “ser humano” a la luz de los acontecimientos más oscuros de la historia de la humanidad y se circunscriba al hombre como parte, no como absoluto, de un mundo complejo, diverso, en donde debe haber lugar para todos, sin menoscabo de su condición social, de sus preferencias sexuales, su orientación religiosa, su bagaje cultural. Porque sólo así, nutriéndonos mutuamente de nuestras experiencias particulares, podremos construir una sociedad verdaderamente rica, diversa, heterogénea, plural y justa.
Sin embargo, educar para seguir creyendo en la humanidad, es una tarea titánica, no sólo para quienes estamos día a día en la trinchera del aula, sino para los padres de familia, los gobiernos, las instituciones, los medios masivos en fin, la sociedad en su conjunto. Todos tenemos la obligación moral, ética, de educar responsablemente. Es decir, debemos ser muy cuidadosos con los mensajes que enviamos a los demás, predicando con nuestra propia forma de vida. El ejemplo sigue siendo el mejor método de enseñanza.  Pero, además del ejemplo, y retomando la cuestión de la memoria, la enseñanza de la historia, la verdadera, no la oficial, es imprescindible si lo que queremos lograr es formar seres humanos conscientes, comprometidos, responsables, justos y, en fin, moralmente plenos. Debemos mostrar no sólo la mejor faceta del hombre sino también su peor rostro, el más inhumano, el más oscuro, para darnos cuenta, como dice Bauman en el epígrafe de este escrito, de que ambos rostros forman parte de un mismo cuerpo, pero que nuestra misión en la vida es hacer visible el rostro bueno. Lograr que triunfe l bien sobre el mal, la luz sobre las tinieblas, pero para eso, no debemos negar la historia. Al contrario, debemos aprender de ella. Vernos reflejados en su espejo para reconocernos en ella y congraciarnos, cuando hayan triunfado el amor y la razón y horrorizarnos, cuando hayan vencido el odio y la estupidez.
Esto no quiere decir que los millones de víctimas de guerras, genocidios y holocaustos nos deban servir de ejemplo pedagógico respecto de lo que no debemos hacer. Más bien, que su recuerdo, su memoria, sirva para luchar por la paz, la justicia, la igualdad, el respeto y todos aquellos valores que hacen de nosotros mejores personas. Educar después de Auschwitz es posible, siempre y cuando no neguemos la historia y no permitamos que ocurra de nuevo. Porque si bien reza el refrán “recordar es vivir”, vale entonces decir “olvidar es morir” (o más bien, matar).


[1] Joan-Carles Miélich, “El fin de lo humano. ¿Cómo educar después del holocausto?”, Universidad Autónoma de Barcelona.


viernes, 13 de enero de 2012

Cómprame, porque me vendo



La Madre Tierra satisface la necesidad de cada hombre, más no su codicia
Mahatma Gandhi
Quien compra lo que no necesita, se roba a sí mismo.
Anónimo
Procuro no ver televisión, pues además de apartarme de cosas verdaderamente importantes, entre los setenta y tantos canales del cable, no hay alguno cuya programación me satisfaga. No hay televisión cultural, no hay cine de autor, no hay programas de debate, en fin, no hay un solo canal para gente adulta, en el sentido amplio de la palabra. Sin embargo, anoche me senté plácidamente, con un delicioso té de manzana y canela, después de una faena agotadora a ver si acaso hallaba algo que me interesara o, por lo menos, me mantuviera entretenida. Recorrí cada uno de los canales infructuosamente. Nada.
De todos modos, no pude evitar echar un vistazo en los comerciales. En la programación nocturna, al menos eso es lo que uno espera, los anuncios debían ir dirigidos a un cierto sector: personas de 30 años en adelante, profesionistas, padres de familia, amas de casa, en fin, gente que se encarga de tomar las decisiones respecto de qué se compra en casa y por qué. Sin embargo, noté horrorizada cómo los anuncios hacen énfasis en el poder de decisión de los niños sobre sus padres a la hora de comprar tal o cual producto. Increíble. Niños haciendo berrinche y tirando a la señora del vestido exigiéndole comprar el champú o el cereal “de moda”. En mi época, para empezar, ni siquiera nos llevaban al mandado y si acaso lo hacían, no teníamos ni voz ni voto en la elección de los artículos. Nuestras madres iban con su lista en mano y “sabían” perfectamente qué era bueno para su familia y todos felices y contentos compartiendo un solo producto entre todos. Ahora son ellos, los niños, los que tienen el poder de decidir, puesto que ellos son el blanco preferido de la industria publicitaria debido a la influencia que ejercen sobre sus padres.
Pero ¿de dónde surge este poder de influencia de los hijos sobre sus padres a la hora de comprar? Los niños de hoy en día, desde muy temprana edad, chantajean a sus padres a cambio de un buen rendimiento escolar o de una buena conducta, cuando antes esas cosas se daban por sentadas. La obligación de los padres y madres era proveer para sus hijos, educarlos, enseñarles un oficio, buenos modales, y prepararlos para ser individuos responsables, independientes y útiles a la sociedad. Hoy, en cambio, estamos viviendo una ausencia de figuras de respeto. Pareciera como que los adultos dejaron de serlo hace mucho tiempo o, más bien, quienes debieran asumir ese papel, por su edad y su condición, se instalaron en la perpetua adolescencia y no quieren salir de ella. Pero los niños necesitan una guía, un ejemplo a seguir, un modelo de vida y el que están viendo dista mucho de ser el de un adulto comprometido, responsable e inteligente. La conducta de sus padres no es muy diferente a la suya, juegan, apuestan, se divierten, se entretienen, se van de juerga son sus amigos, no respetan a nadie, se burlan de la autoridad, en fin. ¿Cómo entonces podemos exigir a los niños que se comporten bien, que respeten a sus mayores, que sean obedientes, dóciles con sus maestros, que sean buenos amigos con los demás y todo eso que nosotros, justamente, no hacemos? De eso trata el libro de Juliet B. Schor, Nacidos para comprar[i], en donde menciona cifras alarmantes como el hecho  de que en Estados Unidos, ¡a los 18 meses, un bebé ya reconoce logos de diversos productos y al entrar al kínder, un niño promedio exige al menos 15 marcas de productos diferentes a sus padres! No es de asombrarse entonces que, ante la falta de figuras de autoridad, sean los niños quien tienen la última palabra a la hora de comprar.
Ejemplos de este tipo sobran. Papás jugando a los “carritos” en su auto nuevo (escogido también por el niño), al mismo tiempo que llama a éste para anunciarle qué gran elección hizo (¡voy a más de 100! ¡Yupi!). Al anunciante no le importa el mensaje paralelo: NO SE DEBE CONDUCIR Y HABLAR POR CELULAR AL MISMO TIEMPO Y MENOS A ESA VELOCIDAD, PUES PUEDE SER FATAL.
Otro. Cuatro señoras cuarentonas, tomando el té de la tarde, mientras lanzan miradas de reojo y ponen cara de envidia a una, más joven que ellas, partiendo plaza y parando el tráfico mientras camina por entre los vehículos varados en un semáforo, oronda, “segura de sí misma”, “dueña del mundo”. La susodicha, entre tanto, indiferente (aparentemente, pues sabe que la están mirando, eso es lo que ella quiere), abre de repente la puerta de uno de los autos y estepa una bofetada a su novio mientras éste se “divierte” con otra en el asiento trasero. Acto seguido, nuestra heroína pone cara de satisfacción y continúa su pasarela entre los carros ante la mirada estupefacta e incrédula de todos los idiotas que la rodean. El slogan “Soy totalmente Palacio” cierra el comercial. (Los slogans juegan un papel crucial a la hora de instalar en el sub consciente el mensaje que se pretende imponer).
Nunca supe qué anunciaban exactamente, pues no era un “producto” en sí, sino una “imagen”, un “concepto”, como se dice entre el argot de los publicistas. ¿Cuál es el mensaje? ¿Qué no importa que me haya engañado, pues yo sigo siendo “una reina e belleza”? Yo, francamente, no entiendo. Para mí la lectura de ese comercial es “No importa qué tan guapa seas, siempre habrá una más guapa que tú y siempre te pondrán el cuerno con ella”. Sin embargo, ellos, los publicistas y por añadidura los dueños de la marca, de la tienda, del producto, ya lograron su cometido. Convencernos de que eso es lo que debemos tener para (usando una frase de  mi hijo) “dominar al mundo”.
Sucede lo mismo casi con cualquier cosa que compramos. El 90 porciento de las veces no es decisión nuestra sino de alguien más. Ropa, carros, muebles, accesorios, perfumes, cosméticos, artículos deportivos o para ejercitarse, productos de limpieza, comida, en fin. La astucia de los publicistas no tiene límites. Apelan a nuestra vulnerabilidad, a nuestra fragilidad e indefensión ante al apabullante mundo de las “cosas”. Si lo entrecomillo es porque, como dice el sociólogo Zygmunt Bauman en su libro Vida de consumo[ii], nos estamos “cosificando”. Es decir, estamos dejando de ser personas, despojándonos de todo lo que nos convierte en eso, para volvernos un objeto de consumo más de entre los millones y millones de objetos que podemos comprar, vender, intercambiar, usar y obviamente, desechar.Show More Show Less
Pero, ¿qué buscamos, los adultos, al adquirir tantas cosas innecesarias? ¿En verdad pensamos antes de decidir qué comprar? ¿Estamos ejerciendo nuestra voluntad, nuestra capacidad de decisión, nuestro sentido de autonomía o sólo estamos siguiendo patrones de conducta impuestos por otros y copiando lo que hacen los demás? ¿Somos seres racionales o entes autómatas que reaccionan por mero instinto o impulsivamente? La misma autora de Nacidos para comprar, Juliet B. Schor, nos dice, en otro de sus libros, The Overspent American, de 1998: “Gastar, comprar compulsivamente, se ha vuelto un “arte” entre la sociedad norteamericana… el fin último de sus vidas.” Tristemente, coincido con ella. Vivimos en un mundo en donde todo se compra y todo se vende, en donde cada persona sala a la calle a ofrecerse como mercancía con las marcas ostensibles de su ropa, de su carro, de sus accesorios; con el perfume de moda, con los zapatos de moda, con el rostro maquillado y el corte de pelo a la moda, en donde los niños compiten por ver cuál de ellos tienen el mejor juego electrónico o la última versión del videojuego o los tenis más caros o la ropa más “cool”. Todos somos objetos susceptibles de ser comprados o rechazados por otros mejores que nosotros.
Inmersos en ese torbellino de ofertas, anuncios, espectaculares, escaparates brillantes y coloridos, revistas de modas, en ese mundo irreal, fantástico de placeres que se nos ofrecen como manjares exquisitos, olvidamos por completo todo aquello que nos hace humanos. Se nos olvida vivir, en el sentido pleno de la palabra. Convivir, compartir, experimentar el mundo “natural” que nos rodea. Perdemos el sentido de la realidad, la capacidad de admiración. Dejamos de apreciar el arte, la cultura, las tradiciones y lo que nos arraiga a un lugar. Dejamos de pensar y sólo consumimos. Dormir, comer, comprar, desechar y volver a empezar ese ciclo estúpido e interminable en el cual hemos convertido nuestras vidas. Y ¿por qué? ¿Qué es lo que subyace detrás de esta compulsión aberrante de querer tener cosas? El miedo. El miedo a no ser nadie, a que no nos quieran, a que no nos vean, a pasar desapercibidos, a no dejar huella. Y ese miedo surge, invariablemente, de una falta de amor propio, de una autoestima por los suelos y de un concepto aberrante de nosotros mismos y de los que tampoco pueden ser como quisieran, de los “perdedores”, como los llama irónicamente Pablo Latapí en un gran artículo respecto del consumismo “Los triunfadores”. Ese miedo que la publicidad se encarga de alimentar e intensificar día a día y que no halla ningún medio de contención que se le imponga, pues lo único que podría hacerle frente, sería la inteligencia y esa se alimenta de otra fuente. Una que no es muy popular entre la mayoría de nosotros, pues  entraña esfuerzo, constancia, tiempo y, además, no se nota a simple vista. Además, la inteligencia ha dejado de ser, desde hace mucho, una virtud que se aprecie. Hoy día, en cambio, la fuerza, la ostentosidad, la imagen física, son las “virtudes” que valen. “Compro, luego existo” parece ser el slogan que ha suplantado a la famosa frase de Descartes ”Pienso, luego existo”.
Con frecuencia nos preguntamos por qué vivimos en un mundo violento, cruel, despiadado, sin “valores” (entrecomillo la palabra por el excesivo uso y el tergiversado sentido que ahora se le da). La respuesta está en cada quién. ¿Qué hacemos, cada día, para ser mejores personas? ¿Cómo alimentamos nuestro espíritu? ¿Cuánto  y qué leemos? ¿Qué tipo de música escuchamos? ¿Cuántas veces al día nos detenemos a contemplar la naturaleza? ¿Somos conscientes del daño ambiental que inflingimos a nuestro planeta al consumir y desechar mucho más de  lo necesario? ¿Preferimos un paseo en el campo o un antro ruidoso? ¿Solemos frecuentar teatros, galerías, museos o preferimos los centros comerciales enormes e infestados de personas? ¿Cuánto tiempo pasamos con nuestra familia, con nuestros amigos y qué tipo de cosas hacemos con ellos? ¿Sobre qué versa nuestra conversación? ¿Hablamos con Di_s a través de la oración? ¿Nos gusta cómo somos? ¿Querríamos a alguien que fuese como nosotros?
La respuestas que demos a las preguntas anteriores, nos darán la explicación pertinente. Si vivimos en un mundo así es porque no nos hemos encargado de hacerlo diferente. Porque nadie está dispuesto a dejar de ser quien es por ser con los demás. Porque para salirse de uno mismo, ponerse en los zapatos del otro, sentirse afectado por lo que pasa a nuestro alrededor y actuar en consecuencia, tenemos que dejar esa zona de confort que hemos creado en torno nuestro y que nos impide ver más allá. Porque cada omisión que hemos cometido, cada buena obra que hallamos dejado de hacer, cada persona que hallamos dejado de ayudar, cada individuo indefenso al que hallamos insultado, humillado, ofendido, se está levantando porque él o ella también reclaman lo suyo. También quieren ser parte del espectáculo y acaparar los reflectores. Ellos también quieren tener su minuto de gloria. Sólo que ellos lo están haciendo a la fuerza, con las armas, violentamente, pues tienen tanto odio acumulado hacia quienes los ignoraron por tanto tiempo y como nunca se les ha dado la oportunidad de acceder a una vida mejor (ni hay señales de que se las vayan a dar), y como la codicia ha hecho que sólo uno cuantos sean los que viven en la abundancia mientras que ellos han vivido siempre en la miseria, como la injusticia y la desigualdad han privado siempre en sus vidas, ahora están reclamando, a la mala, su parte del pastel. Ellos también quieren que los vean, que los quieran, que los admiren, que les teman y que los “respeten”. Ellos también quieren lucir ese letrero que todos cargamos a diario y que dice “Cómprame porque me vendo”.


[i] Juliet B. Schor, Born to Buy, Scribner, 2004, pp. 25-32.
[ii] Bauman, Zygmunt, Vida de consumo, FCE, México, 2003, pp. 15-18.