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martes, 1 de marzo de 2011

LA “DICHOSA” PALABRA




“Al principio era el verbo y el verbo se encarnó y habitó entre nosotros….”
Juan 1:14

Nunca como antes, por lo menos de manera general, habíamos asistido a tal deterioro del lenguaje. Hace algunas décadas, entre los diferentes grupos sociales, escuchábamos un argot propio. Los médicos tenían su propia jerga, los burócratas otra, los niños y los jóvenes las suyas, las madres de familia y los maestros también. Sin embargo, en el lenguaje cotidiano, el que nos es común a todos, se usaban palabras sencillas pero adecuadas para aludir a tal o cual cosa, a tal o cual situación y la comunicación fluía sin mayores sobresaltos. Cuando un vocablo nuevo era introducido, éste era casi siempre asimilado poco a poco y se refería, sobre todo, a algún invento tecnológico, científico o a algún fenómeno social sin precedentes. A veces también designaba alguna novedad en el terreno de la moda o de alguna corriente artística, como un nuevo tipo de composición musical o estilo de pintura o de literatura.
El lenguaje es lo que nos distingue de los animales. La capacidad no sólo de articular y emitir sonidos, sino de formarnos conceptos abstractos al nombrar objetos a través de signos tan complejos como lo son las palabras, es lo que nos ha permitido “evolucionar” y sobresalir con respecto de, por ejemplo, la mayoría delos primates. La palabra, hablada o escrita, es nuestro rasgo característico. Con las palabras asimos el mundo que nos rodea. Con ellas manifestamos odio, amor, furia, rencor, pasión, asombro, admiración, respeto. Con las palabras hablamos con Dios, a través de la oración.
Hoy, tristemente, vemos cómo las palabras han perdido su sentido real, su valor, su peso y, lo que es peor, han cedido su lugar a una serie de barbarismos, groserías y maldiciones con las cuales nos referimos a todo cuanto nos rodea. Y esto no es exclusivo de un sector de la población. Hoy en día, no hay distinción (al menos en cuanto al vocabulario) entre un albañil y un egresado de una universidad de prestigio. Con todo el respeto que me merecen los albañiles y sin afán de menospreciar su profesión, que es tanto o más útil que muchas otras, los pongo como ejemplo porque hubo una época en que en el imaginario colectivo eran los albañiles el estrato más bajo en la esfera social urbana y dentro del cual era más común escuchar el tipo de palabras que ahora están “de moda” entre los chavitos y chavitas “nice”, entre las amas de casa tipo “desperate housewives”, entre los maestros, médicos y profesionistas clase media y alta. Si no se dicen groserías, no se es “cool”; si no decimos “wey”, “qué weba”, “no manches (o peor)”, no somos “nice people” (nótese que también están de moda los anglicismos). Sin embargo, entre todas esas malas palabras, hay una que parece haberse instalado muy adentro de nuestra sociedad, sobre todo acá, en el Norte. Sí, efectivamente, la que comienza con “v” y que en la antigüedad designaba al mástil más alto de una embarcación mercantil o también para referirse a una medida equivalente a dos codos.
La “dichosa palabra” se ha vuelto tan común que los maestros universitarios no sólo parecen no darse cuenta de que sus alumnos la usan indistintamente para nombrar todo, sino que ellos mismos la dicen. Los padres de familia ya no reprenden a sus hijos por decirla, sino que les “festejan” su vocabulario florido y se convencen de que “así son los chavos ahora”. Entre los niños, por ejemplo, decir o no decir la “dichosa palabra” es lo que determinará que sean o no aceptados en el círculo de amigos al que quieren entrar. Entre los “hombres”, es simplemente cuestión de eso, de virilidad, de hombría, de valentía, de fuerza. Quien no la dice, no es hombre, por lo menos en el sentido en que ellos conciben lo que debe ser un hombre en la actualidad. Porque en mi niñez, el concepto de hombre (por lo menos de adulto responsable y maduro) era el de alguien que se comportaba de acuerdo a su edad, que hablaba de cosas interesantes con sus amigos (todos de su edad, por cierto); que se reía discretamente de algún chascarrillo “subido de color”, que sabía responder por su familia, imponer su autoridad y hacerse respetar por sus hijos sin necesidad de darles muchas explicaciones ni poniendo pretextos para justificar su propia conducta, sino simplemente predicando con el ejemplo.
Y yo me pregunto, ¿ser hombre es sinónimo de ser grosero, rudo, gritón y fantoche? ¿Ser hombre es alardear de quién la tiene más grande (la camioneta, digo)? ¿O fanfarronear de cuántas “viejas” tenemos o a cuántas mantenemos? Yo, como mujer, más bien pienso que ser hombre es algo muy complejo, muy difícil y que no tiene nada que ver con la idea que de hombre tenemos actualmente. Un hombre es alguien que asume su responsabilidad con valentía, que sabe argumentar, discutir, discernir, ponderar, antes de emitir un juicio. Un hombre es quien sale todos los días de su casa con la plena convicción de que es útil no sólo para su familia, sino para la sociedad en la que se desempeña y que hace su trabajo lo mejor posible. Un hombre de verdad es quien acepta su vulnerabilidad, su incapacidad de solventar u enfrentar él solo los problemas cotidianos y de valorar la ayuda que en ese sentido le ofrece su compañera (o compañero). Un hombre es quien respeta y se hace respetar no con gritos, golpes ni insultos (mucho menos a punta de balazos), sino sirviendo de modelo, llevando una vida buena, en todos los sentidos.
Este concepto de hombre está muy lejos de ser el que prevalece en nuestra sociedad. Hay un “culto al falo”, tan arraigado entre los “hombres” (nótense las comillas), que no pueden dejar de decir la “dichosa palabra”. ¡Ah! Pero estos machitos están convencidos de que este privilegio debe ser exclusivo de ellos, de los “batos”. ¡Ay de la vieja que se atreva a decir la “dichosa palabra” delante de ellos! ¡Le rompemos el hocico! –dicen. Y ¿por qué precisamente, de entre las miles de malas palabras que sabemos, tuvimos que elegir “esa”?
El filósofo Héctor Islas Azais, especialista en cuestiones de ética y filosofía del lenguaje, nos dice, en su ensayo titulado “Lenguaje y discriminación”, que las palabras, no sólo sirven para nombrar lo que nos rodea, sino que con ellas expresamos ideas, sentimientos, percepciones de la realidad. Que el lenguaje que usamos determina nuestra percepción de la realidad, pero también, en cierto sentido, “crean” la realidad que nos circunda.
[1] Cito: “Las palabras, más allá de ser herramientas clasificatorias, y más allá de sus consecuencias políticas y morales, importan porque el lenguaje influye en nuestra percepción dela realidad, condiciona nuestro pensamiento y determina nuestra visión del mundo…. Las palabras importan no tanto por lo que hacen, sino por lo que nos hacen” (las cursivas son mías).
Si la tesis de Islas es cierta, significa que nuestra idea del mundo es no sólo pobre, vacía, carente de sentido, sino que es, peor aún, algo que no tiene valor alguno o, más bien que su valor equivale a algo que designamos con “la dichosa palabra”. Y si es así, entonces estamos incapacitados, tanto verbal como intelectualmente, para apreciar la vida en su justa dimensión, para concederle un valor intrínseco, para admirar la belleza, para sorprendernos ante la maravilla que nos rodea, , este desprecio por la vida en general pero, sobre todo, por la vida propia, nos condena a ser cada día más bestias, menos hombres. A seguir inmersos en la estupidez, en la violencia, en la brutalidad y en la ignorancia.
Porque cuando una palabra se ha instalado tan hondamente en el lenguaje cotidiano de un pueblo y se ha convertido en parte de su cultura, es reflejo de lo que ese pueblo piensa y cree de sí mismo y de los demás. Es reflejo del aprecio o el desprecio que ese pueblo o esa cultura tengan por la vida. Y yo, me niego a creer que la vida, tan valiosa como es para mi, pueda ser aprehendida con “la dichosa palabra”. Más bien, creo firmemente que la vida debe de sacralizarse, o, desde el agnosticismo, de apreciarse por lo que de inaprensible y misteriosa nos resulta. Si no tenemos esa idea de la vida, jamás la valoraremos en su justa dimensión y, por lo tanto, tampoco tendremos las palabras justas para nombrar todo lo que significa.


Teresa de Jesús Padrón Benavides

[1] Héctor Islas Azais, “Lenguaje y discriminación” en Cuadernos de la igualdad, tomo 4, CONAPRED, México, 2005.

miércoles, 9 de febrero de 2011


La ética de la responsabilidad[1]

por Teresa Padrón Benavides



“Aprende a hacer el bien. Busca la justicia. Auxilia al oprimido.
Proclama los derechos del huérfano. Defiende la causa de la viuda”.
Isaías 1:17



La pobreza es el peor de los flagelos de una sociedad. Una sociedad que se jacte de ser justa, democrática, no puede permitir que haya pobres. Ser pobre, dice la Biblia Hebrea, es una afrenta, porque despoja al ser humano de su dignidad, de su honor, de su respeto. Sin embargo, algunas doctrinas nos hacen creer que ser pobre es bueno. Que los que sufren aquí, gozarán en el Cielo. Que los pobres son “la sal de la tierra” y que ellos “heredarán el paraíso”. Tal vez sí, pero también es cierto que ese discurso se ha utilizado como pretexto para evadir nuestra responsabilidad para con los pobres y verlos como un “mal necesario”.
La Biblia es muy clara en ese sentido. En el libro de Deuteronomio, se nos dice, “Si hay un pobre entre tus hermanos, en cualquiera de los pueblos que el señor tu Dios te ha dado, no seas duro de corazón ni aprietes el puño contra él, antes, se pródigo y facilítale todo lo que necesite…. Da generosamente y sin rencor, porque por estas acciones Dios te bendecirá y hará prosperar todo lo que hagas”. (Deut. 15, 7-11) Practicar la justicia aquí y ahora para ser bendecidos aquí, en la tierra. Porque la Biblia dice que son las buenas obras las que habrán de ser tomadas en cuenta, no sólo las buenas intenciones o la oración. Oración con acción. Fe con participación. Eso es lo que se nos pide.
Por eso, el judaísmo jamás ha justificado ni glorificado la pobreza como un don. Más bien, nos dice que no debemos de privarnos de ningún placer (legítimo, por supuesto) siempre y cuando esto no cause la ruina de otros. Dios no quiere que dignifiquemos la pobreza, sino que ayudemos a combatirla. Porque si nos unimos a las filas de los que menos tienen, ¿cómo podremos ayudarles a superar su condición? Hasta ahora, a ningún pobre le ha ido mejor sabiendo que alguien decidió ser uno más entre ellos. Porque la pobreza humilla, reduce al hombre a una condición ínfima y ninguna sociedad que se diga democrática, justa, permitiría que alguno de sus miembros carezcan de lo indispensable.
La violencia en la que estamos inmersos hoy en día en México en consecuencia de esa ostentosidad, de ese alarde de lo que tenemos, porque eso sólo contribuye a humillar más al otro, al que no puede acceder a eso. Y, en su frustración, el que por años ha sido el oprimido, el vejado, el ultrajado, el reducido a nada, se enfurece, se rebela y busca por todos los medios (la violencia incluida) acceder a esa vida de placeres que los otros tienen. Y como el estado no le ha procurado los medios necesarios para allegarse recursos dignamente, harto, hastiado, pasará a reclamar su parte en el botín que es México y sus recursos y que se lo han repartido sólo unos cuantos. Políticos, legisladores, empresarios, funcionarios corruptos, etcétera. Todos son culpables. Todos son responsables de la inestabilidad social actual
Esto es consecuencia de que hasta ahora, los mexicanos jamás hemos estado unidos por ninguna causa. Cada quien ve por "lo suyos", como si el pobre, el indigente, el que nos lava el carro, el de la gasolinera, el jardinero, no fuesen también "los nuestros". No existe entre nosotros el concepto de responsabilidad hacia el otro, el ciudadano común, el “de a pie"; mucho menos la solidaridad o la caridad. "Ai se la echan", solemos decir, yo veo por mi prole y me vale el resto del mundo”. . Aquí están las consecuencias de tantos años de desigualdad, de que unos tengan todo y muchos carezcan de todo.
Y como no existe el concepto, la idea de justicia social, tampoco existe la ley que lo avale. Es decir, para que una práctica se convierta en un precepto, debe emanar de una fuente de autoridad y de calidad moral superior. La Ley como amor, como caridad, como justicia. Por eso es que los 10 mandamientos son eso, la Torah, la Ley. Y en ellos se cifra todo lo que Dios espera de nosotros. Por eso, las leyes humanas deben emular la Ley Divina. Porque, finalmente, en los 10 mandamientos está contenido todo lo que sienta las bases para vivir en una sociedad justa, equitativa y solidaria.
En el judaísmo existe un precepto fundamental, la “Tzedakah” (צדקה), que es equivalente, más o menos a la justicia social, a la caridad y solidaridad con los que menos tienen creando las bases, desde la legislación, para que todos puedan acceder a una vida digna. Es decir, no se trata de que todos tengan los mismos ingresos ni la misma riqueza, pero sí las mismas oportunidades de acceder a una vida mejor, en todos los sentidos. De sentar las bases para la creación de un estado social en donde no exista más la pobreza extrema, que es lo que degrada a la humanidad. Practicar la justicia y la compasión es reconocer a Dios en el rostro del otro, del enfermo, del que sufre, de la viuda, del huérfano. Ayudarlo a superar su condición de pobreza proporcionándole todo lo indispensable, creando las condiciones sociales para que esa persona alcance el nivel de vida que lo dignifique. Para todos debería ser una afrenta y todos nos deberíamos indignar y levantar la voz ante prácticas comerciales deshonestas como que en Estados Unidos se echen al mar toneladas de cereales para obligar especular y lucrar con su precio mientras que millones de personas mueren cada año por falta de alimento. O como el hecho de que un obrero de un país pobre gane menos de un dólar al día por fabricar los tenis que llevo puestos, o la mochila, o el bolso.
La justicia social sólo puede surgir en una sociedad democrática, con leyes que protejan los derechos de los más vulnerables y que exijan que los más ricos cumplan con su obligación para con la sociedad. Donde no se privilegie a unos cuantos a costa de millones. Esto sólo puede surgir de un acto supremo de caridad y de justicia. Y éste sólo puede provenir de un precepto universal, de un mandato divino. Y quien no conoce a Dios, no puede practicar la Tzedakah, la caridad con justicia. Porque conocerlo a Él, es actuar de acuerdo a sus preceptos y uno de los fundamentales es “amarás al prójimo como a ti mismo”. Si no lo hacemos así, es porque no nos amamos a nosotros mismos, porque no nos gusta como somos, porque no valoramos nuestra vida tal y como es.
Tengo fe en que el estado de cosas actual nos hará reflexionar acerca de nuestra responsabilidad en que las cosas hayan llegado a este punto pero también de que, al igual que nosotros, millones de personas están buscando el sentido último de sus vidas y cambiando radicalmente nuestra idea de la felicidad. Dejando de desear cosas que no necesitamos y compartiendo las que tenemos con los demás porque sólo así, cambiando nuestros gustos, nuestros intereses, nuestros placeres efímeros y viendo más por los otros, es como podremos revertir el rumbo de México. El dar, más que el recibir, es una bendición.



[1] Tomo el título de este artículo del libro del Rabí Jonathan Sacks, To Heal a Fractured World, The Ethics of Reponsibility Schocken Books, New York, 2007.

domingo, 9 de enero de 2011

Filosofía y Naturaleza, hacia una ética del medio ambiente por Teresa Padrón


El fin último de la vida es vivir de acuerdo a la Naturaleza
Zenón



Cuando hablamos de naturaleza, de inmediato sentimos una especie de arrobo, un deseo de contemplación de formas, colores, destellos de luz; un anhelo de escuchar sonidos de agua corriendo por un río, o de trinar de pájaros mientras nosotros, meros espectadores, contemplamos todo desde fuera, como si aquello fuese un ente extraño, algo que “está ahí” para nuestro deleite. Todos sabemos que debemos cuidarla, que hay que imitarla, que lo “natural” es bueno, que nos hace bien, que es bello y que es lo mejor para nosotros. Pero, ¿qué es la naturaleza? Según la definición más aceptada, es el “conjunto, orden y disposición de todo aquello que compone el universo”. Si nos atenemos a esta definición, encontramos que los hombres somos también parte de ese “conjunto, de ese orden, de esa disposición” y así, tal vez logremos abordar el concepto desde otra óptica.
El hombre siempre ha intentado imitar a la naturaleza y si lo ha hecho, es porque le concede un valor auténtico. Es decir, porque la considera como un paradigma, como un ejemplo a seguir en cuanto a que en ella se conjugan todas las virtudes que nosotros quisiéramos tener. Solemos decir que la naturaleza es “sabia”, que es “justa”, “bella”, “implacable”, “indómita” pero, ¿no son todos epítetos aplicables más bien a los seres humanos?
Desde el Génesis, Dios otorga al hombre “señorío” sobre las otras especies, tanto animales como vegetales ya que él fue creado a imagen y semejanza suyas. Es decir, el hombre es “superior” al resto de lo seres vivos del mundo animal y vegetal y, por ende, puede disponer de éstos como lo considere benéfico para él. Es esta idea la que ha permeado a la tradición occidental a través de los tiempos y en la cual se fundamenta cualquier justificación esgrimida lo mismo para sacrificar animales para consumo humano utilizando métodos crueles (véanse imágenes de los rastros o las granjas avícolas en Estados Unidos, por ejemplo) que para devastar enormes extensiones de bosques (como en Sumatra, hogar de los orangutanes) con el fin de plantar palma de aceite, fuente del biocombustible más utilizado en la actualidad.
Un poco después, en la Grecia clásica, Aristóteles definió al hombre como un “animal racional”, haciendo hincapié en que es justamente el uso de la razón lo que nos distingue del resto de los animales y atribuyéndole un “alma”. De hecho, la palabra animal viene de ánima=alma. La definición del Diccionario de la Real Academia Española dice: Animal: ser que siente, se mueve y actúa por impulso propio (las cursivas son mías). Los filósofos estoicos, insistían también en que lo que nos distingue del resto de los seres vivos es nuestra capacidad de razonar. Aquí el énfasis en la superioridad del hombre respecto del resto de los seres vivos descansa no en nuestra semejanza con Dios, como plantea la Biblia, sino en nuestra capacidad de raciocinio.
Siglos más tarde, en la Edad Media, San Agustín de Hipona y Santo Tomás de Aquino retoman la visión de los filósofos griegos en el sentido de que los únicos seres capaces de someter al resto de la creación somos los hombres, ya que Dios nos ha dotado de una inteligencia superior.
La ascética católica medieval, heredera de esta visión, proponía, emulando el pensamiento de los estoicos en cuanto a su ética hacia la naturaleza que, puesto que estamos aquí de “paso”, en tránsito hacia el verdadero paraíso, no debemos mostrar apego a las cosas de este mundo y, por tanto, surge una actitud de menosprecio hacia todo lo que nos circunda.
Ya en la época del inicio de la filosofía moderna, su más digno representante, René Descartes, afirma que, puesto la capacidad de pensar y de razonar es señal inequívoca de que existe el alma y, que puesto que los animales no posen dichas facultades, son seres inanimados, es decir, sin alma. Descartes va aún más allá negando que los animales puedan de hecho sentir, mucho menos hacer uso de la inteligencia. Por lo tanto, es erróneo suponer que podamos razonar con ellos o compadecerlos. Sin embargo, Descartes no justificaba la crueldad hacia los animales, como tampoco lo hizo Kant. Pero no lo justifican sólo en la medida en que dicha crueldad pueda trasladarse al terreno de las relaciones con el resto de los seres humanos. Es decir, no debemos fomentar actos de crueldad ya que éstos podrían influir en nuestros sentimientos o nuestros pensamientos y después podrían repercutir en la forma en que tratamos a nuestros “semejantes”.
Sin embargo, pasa algo distinto con Oriente. La tradición Oriental en especial el hinduismo, ponen mucho énfasis en el respeto hacia la naturaleza no por que ello implique un beneficio o una utilidad para nosotros, sino porque los seres vivos son una extensión de Brahaman, o Dios y porque consideran al universo como un “todo” indisoluble. Además, su creencia en la reencarnación en forma de cualquier criatura, los previene de inflingirles dolor o crueldad.
Pero no sólo la tradición oriental hace justicia al hecho de preservar la naturaleza. Si bien es cierto que el Antiguo Testamento proclama la superioridad del hombre respecto del resto de la creación, también la pone en tela de juicio cuando, en el libro de Job, Yahvé le responde a éste cuando le pregunta por qué le inflinge tanto dolor: “Dios hace que llueva en la tierra donde no hay ningún hombre, en el desierto donde no hay ningún hombre, para satisfacer a los terrenos baldíos y desolados y para hacer brotar la hierba tierna.”
[1]
Tal vez sea el judaísmo, a través de su tradición rabínica, primero y cabalística más tarde, la única doctrina que incluye un concepto de respeto hacia la naturaleza como algo valioso en sí mismo y no por el valor o la utilidad que represente para nosotros, los humanos. La frase hebrea Tikkun Olan, significa “reparar el mundo” o “sanar el mundo”, y se refiere no sólo a sanar nuestras relaciones con otras personas para evadir el caos, la guerra o la discordia, sino a reparar el daño causado a la naturaleza por nuestra culpa. Porque si bien Yahvé nos dio señorío sobre ella, fue justamente para protegerla, ya que el resto de sus criaturas dependen de nosotros, puesto que ellas no fueron creadas a su imagen y semejanza.
Ya en la época moderna, la visión antropocéntrica de la naturaleza se acentuó, puesto que la ciencia y la técnica contribuyeron a tal efecto. Filósofos como Marx y antes de él, Hegel afirmaban que había que había que “humanizar” a la naturaleza, domesticarla, hacerla “útil”. Afirmaban que la naturaleza sin el hombre no tenía ningún valor, puesto que había que convertirla en herramienta para lograr nuestros propósitos de desarrollo. ¿Y cómo sino a través de la ciencia y la técnica es que se puede transformar la naturaleza?

De esta última afirmación, aunada a la interpretación errónea que hemos hecho del señorío bíblico antes mencionado y al menosprecio medieval hacia las cosas “de este mundo”, se desprende tal vez, nuestra idea de la naturaleza.
Dado que nuestra relación con la naturaleza es, por decirlo de algún modo, indirecta, puesto que la hemos transformado en cosas “útiles” a través de la ciencia y la tecnología, no le concedemos un valor intrínseco.
Somos seres humanos y, como tales, es la dimensión humana la que delimita nuestra concepción del mundo en el que vivimos. Nuestros principios morales, nuestros valores, nuestra ética, están irremediablemente inmersos en esta dimensión. Y aquí, por supuesto, entra nuestra “ética ecológica”, por utilizar un término en boga.
Ecología, según la definición más socorrida, es la ciencia que estudia la relación de los seres vivos entre sí y con su entorno, Últimamente, sin embargo, su acepción es la de la defensa y protección el medio ambiente. La palabra ‘ecología’ se comenzó a emplear apenas hace un par de décadas. Antes, a los niños se les hacía plantar árboles en los jardines de sus escuelas una vez por año para mostrarles el valor de cuidar la naturaleza ya que ésta nos proporcionaba lo necesario para vivir. Igualmente se nos decía (por lo menos a algunos de nosotros) que no maltratásemos a los perros ya que ellos cuidaban la casa y ahuyentaban a los ladrones y el argumento era que a nosotros no nos gustaría ser tratados igual. De todos modos, no teníamos lo que se dice una verdadera conciencia ecológica, sino más bien cierta noción respecto del valor de cuidar respetar plantas y animales por lo que éstos, a su vez, tenían de valioso para nosotros.
Sea como fuere, el hecho es que la naturaleza nos sigue resultando algo “extraño”, algo fuera de nosotros y hemos querido adaptarla, darle forma, de manera que nos resulte más familiar. Y qué mejor forma de hacerla asequible, que transformándola para nuestro propio bienestar y convirtiéndola en algo más “práctico”, menos etéreo, menos metafísico.
Sin embargo, en su afán por transformar la naturaleza en algo útil, el hombre ha llegado a grados de devastación y de extinción insospechados. En nuestro afán de modernización y desarrollo, hemos inflingido tanto daño a los ecosistemas, a la biósfera y al planeta en general, cobijados bajo el manto de la superioridad animal, de la filosofía utilitarista, y de la cosmología griega y la teología cristiana.
John Passmore, el filósofo ambientalista australiano, en su famoso libro de 1974 Men’s Responsibility to Nature, dice que es urgente que cambiemos nuestra actitud hacia el medio ambiente y que debemos tomar conciencia del daño a la biósfera, asumir nuestra responsabilidad y tomar medidas urgentes para detenerlo. Sin embargo, es considerado un asiduo defensor de la visión antropocéntrica en el sentido que afirma que sólo el hombre es capaz de cuestionarse los problemas que afectan a la naturaleza y actuar en consecuencia.
Yo concuerdo con él. Y retomando la introducción a este trabajo, me gustaría concluirlo diciendo que, si bien es cierto que el hombre es un “depredador” natural, también lo es que sólo él, a diferencia del resto de los animales, posee una “conciencia” respecto de los daños por él ocasionados a la naturaleza. Sólo el hombre es capaz de plantearse cuál es su papel dentro de ella y sólo él puede asumir una postura ética frente a ella. Sólo él es capaz de llegar a asumir a la naturaleza como algo independiente de nosotros, algo que sigue su propio curso y obedece a sus propias leyes.
Además, es el hombre y sólo él quien puede contemplar los colores del ocaso y sentir fascinación ante el espectáculo. Sólo él puede disfrutar la frescura de la sombra de un árbol en verano y manifestarlo. Sólo el puede experimentar placer y expresarlo al sentir la brisa del mar en su rostro. Sólo él puede intentar reproducir a través del arte toda esa belleza para hacerla un poco más “humana”, y menos “etérea”. Sólo él es capaz de admirar la naturaleza en toda su magnificencia y conmoverse al punto del llanto y eso, es lo más parecido a una experiencia mística y las experiencias así, sólo son posibles en los hombres.








Bibliografía:

Margarita M. Valdés, (compiladora), Naturaleza y Valor, una aproximación a la ética ambiental, México, FCE, UNAM, 2004.
Alejandro Herrera Ibáñez, “ética y ecología”, en Luis Villoro, (coordinador), Los linderos de la ética, México, UNAM, Siglo XXI editores, 2000.
John Passmore, Man’s Reponsibility to Nature, Londres, Cambridge University Press, 1974.




[1] Job, cap. 38, primer discurso de Yahvé, Biblia de Jerusalén, Ed. Porrúa, colección, “sepan cuantos…”, México, pp. 900-901.

viernes, 17 de diciembre de 2010

LI PO Y LA SUBLIMACIÓN DEL VINO


El noveno día bebo en el monte del dragón
Las flores amarillas se ríen del exiliado
Borracho, veo cómo el viento se lleva mi gorro
Y me quedo bailando con la luna
Li Po

Li Po, laureado poeta chino de la dinastía T’ang, vivió hace más de 1000 años. Sin embargo, hasta nuestros días continúa considerándosele el más grande poeta de la llamada “edad de oro” de la poesía china entre los años 650-800 de nuestra era. Él formaba parte, junto con Wang Wei, To Fu Yi y algunos otros, del grupo de los “Ocho inmortales de la copa de vino”, poetas que rendían tributo al vino y sus bondades.
Li Po amaba profundamente la naturaleza, la amistad, la música, la poesía, pero sobre todo, el vino. En todos sus poemas el vino no sólo es una presencia constante, sino que es un compañero, un aliado, un amigo. Hijo de comerciantes exiliados en Turkestán, a causa de un crímen cometido por un antepasado suyo, él siempre sostuvo que era descendiente de príncipes y que de ahí le venía su inclinación a las artes y a la poesía, aunque tal vez él mismo se haya inventado su pasado. Pasó su infancia y su adolescencia dedicado a los estudios clásicos y a los 15 años dejó la casa paterna para irse a un monasterio taoísta y en esa época empezó una serie de peregrinajes en busca de la santidad, aunque no tuvo mucho éxito, ya que tenía otras aficiones, no muy acordes con su búsqueda espiritual. Por ejemplo, dominaba el arte de la espada y tenía una especial afición por la música y el vino. Se hizo caballero errante y como el quijote, anduvo impartiendo justicia por mano propia, defendiendo a las débiles y a los oprimidos y mandó al otro mundo a más de uno.
De todos modos, eventualmente y gracias a su fama como gran poeta, logró, por recomendación de un alto funcionario amigo de su familia, acomodarse en la corte del emperador Chang An, quien inmediatamente lo nombró Han Li o secretario imperial. Ahí conoció a otro gran maestro taoísta, ilustre poeta, He Zhizhang, quien se volvió su amigo entrañable y fue uno de los “ocho inmortales del vino”. Harto de la corrupción y los excesos dela corte, Li Po decide abandonar su trabajo y emprender un largo viaje para reencontrarse consigo mismo y con la naturaleza. Durante esa época, la dinastía de los T’ang pasa por un periodo de crisis interna aunado a las invasiones de mongoles y turcos. Hay sublevaciones por parte de algunos de los hijos del emperador como Li Shuan quien, indignado por la tiranía de su padre y de la miseria que reinaba en la mayoría d las provincias, se subleva con un gran ejército y Li Po se alista en sus filas. Es exiliado en la provincia de Guizhou, remota y lejana y durante el viaje aprovecha el largo camino hacia el exilio para hacer paradas continuas en cada una de las ciudades por las que pasa festejando con sus amigos la despedida con música, baile, poesía y vino, mucho vino.
Li Po exaltó en sus poemas al vino y sus bondades como elixir que incita al placer ya al contemplación de la belleza. Como fuente inspiradora de poemas sublimes y reflexiones filosóficas profundas. El vino como compañero de soledad y de andanzas. El vino como aliciente para cantar y exaltar la maravilla de la naturaleza. El vino como estimulante para alcanzar el Dao, el estado de perfección. Para comunicarse con Dios.
Es casi imposible imaginar, en la época actual, que el vino pueda provocar en alguien tal estado de gracia, de comunión con la naturaleza y con la vida en general. Inmersos como estamos en un mundo banal, superficial, en donde se rinde tributo a los placeres vulgares, a lo instantáneo, lo efímero y lo artificial y llenas nuestras cabezas con toda la basura comercial, la violencia, la estupidez y la falta de estímulos espirituales, el vino sólo provoca en nosotros un efecto adverso y diametralmente opuesto al que describe Li Po en sus poemas. El vino o el alcohol en cualquiera de sus formas, es un estimulante y un relajante del sistema nervioso central y, como tal, potencia lo que de bueno o malo haya en nosotros y lo deja al descubierto. Lo terrible es que cuando no se tienen nada bueno por dentro, ni espiritual ni intelectualmente, el vino sólo sirve para sumergirnos en un profundo estado de estupidez, casi siempre con consecuencias nefastas. Entonces ocurre que, al ser el causante de tantas desgracias, se le sataniza o peor aún, muchos lo usan como pretexto para hacer alarde de sus dotes de machos, de temerarios, de galanes. Para envalentonarse frente a los demás y decir todo lo que no se atreven estando sobrios.
En cambio, para Li Po y sus amigos, el vino era el estimulante al que acudían para sublimar todo lo que de bueno les rodeaba. Para rendirle homenaje al placer de estar vivos, de ser parte del Dao, es decir, de la fuerza vital que mueve al mundo, del fluir de la existencia. O sea, para sacralizar la vida y todo cuanto hay en ella.
Li Po murió a los 61 años en casa de un pariente a quien encomendó la edición de sus poemas. La leyenda e su muerte es my hermosa. Se dice que paseando en barca por el río amarillo, en una noche de borrachera, quiso abrazar el reflejo de la luna sobre la superficie del agua y murió ahogado. Reproduzco aquí algunos de sus más bellos poemas en donde sublima al vino.



BEBIENDO SOLO BAJO LA LUNA

Entre flores, mi jarra de vino
Bebo solo, sin amigo
Alzo la copa e invito a la luna
Con mi sombra, ya somos tres
Más la luna no sabe beber
Y mi sombra me sigue en vano
Compañeras de un instante
Es preciso divertirse antes de que pase la primavera
Canto y la una se columpia
Bailo y mi sombra también
Antes de caer borracho, divirtámonos juntos
Cada uno se dispersará después
Seréis, sin alma, eternas amigas
Y un tiempo llegará en que, el la lejana Vía Láctea
Nos volvamos a encontrar.


PASO LA NOCHE ENTRE AMIGOS

Alejemos las tristezas de este mundo
Quedémonos bebiendo cientos de jarras
En la hermosa noche es bueno conversar
El fulgor de la luna nos impide dormir
Una vez borrachos nos acostaremos en la montaña vacía
El cielo será nuestra manta y nuestra almohada la tierra


TRAS LA BORRACHERA, EN UN DÍA DE PRIMAVERA

Si la vida entre los hombres no es más que un gran sueño
¿Para que esforzarse?
Por eso paso el día borracho
Y, rendido, me acuesto ante una columna del portal
Al despertar, miro más allá del patio
Un pájaro canta entre las flores
Decidme, ¿en qué tiempo vivimos?
El viento de la primavera hace hablar a la oropéndola viajera
La emoción me hace suspirar
Pero, al ver el vino, me vuelvo a servir
Canto en voz alta, esperando a la luna brillante
Y, al terminar, ya no recuerdo nada


BEBO EN EL MONTE DEL DRAGÓN

El noveno día bebo en el monte del dragón
Las flores amarillas se ríen del exiliado
Borracho, veo cómo el viento se lleva mi gorro
Y me quedo bailando con la luna.



Teresa de Jesús Padrón Benavides
Invierno, 2010

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La fiesta del libro en Cajeme


"Creo que la televisión es muy educativa. Cuando alguien la enciende me voy a leer un libro."Groucho Marx


Por todos lados escuchamos decir que estamos asistiendo a la muerte del libro. Que los días del libro están contados. Que en medio de la era de la tecnología, ya no hay lugar para éste y que las bibliotecas pronto se volverán una especie de museos de objetos obsoletos. Las librerías, se dice, muy pronto serán cosa del pasado. Nos dicen que la tinta y el papel cederán su lugar completamente, más pronto de lo que pensamos, al libro electrónico. Por supuesto que es muy cómodo cargar consigo volúmenes enteros en un aparato delgado, fácil de transportar y que puede llevarse a todos lados. Sin embargo, un libro es algo físico. Es un cuerpo con personalidad propia. Su alma es la historia que narra. Su lugar en el mundo lo define su forma, su tamaño, su color, su olor. Es un habitante más de nuestra casa. Lo reconocemos, lo identificamos como “alguien” especial. Le hacemos una oquedad entre otros de su misma “especie” en alguno d nuestros libreros. Nos sentimos tranquilos de que esté ahí, en su sitio, entre nosotros, para recurrir a él cuando lo necesitemos, cuando queramos volver a tener una conversación íntima con él. Es nuestro cómplice, nuestro amigo, nuestro allegado.
Muchos de mis recuerdos más placenteros de la infancia, tienen que ver con los libros. Recuerdo a mi madre preocupada por tener a tiempo el “abono” para el señor que iba cada mes, puntualmente, a cobrar por las enciclopedias Salvat, El Tesoro de la juventud, El Quillet y Los clásicos. Mi madre solía decir que no había mejor inversión que los libros. También recuerdo las tardes de invierno, sentada a la mesa del comedor, mientras ella hacía manualidades, yo le leía alguna de las historias de mi tomo favorito del “Libro de oro de los niños”. Además, no había nada en el mundo que disfrutara más que el que alguno de mis hermanos me leyera alguna historia antes de dormir o leerla yo misma, cuando ya podía hacerlo. Este es un hábito que aún conservo y que sigue siendo todo un ritual previo al sueño.
Durante un tiempo fui editora independiente. Me dediqué, entre otras cosas, a la formación y diseño tipográfico y de interiores para editoriales como Planeta. Tuve oportunidad de ser parte de la “creación” del cuerpo físico de los libros. Me involucré en el proceso del diseño de la portada, hasta la elección del papel, del tipo de letra, de la formación de páginas, hasta su impresión. Conocí los llamados “tipos móviles”, que aún se utilizan en algunas imprentas y a quienes los viejos tipógrafos, celosos de su oficio, conceden un valor especial frente a la nueva producción en serie. Aún puedo, con sólo pensarlo, evocar el olor a la “cola”, que es el pegamento que se utiliza para adherir la portada al lomo del libro. Conocí el arte amoroso de “coser” las páginas, con hilo (método cada vez menos utilizado) y, en fin, tuve el privilegio de asistir a cada una de las etapas de la transformación de un texto, en algo físico, tangible, vivo, real.
Esta presencia física del libro, si bien es asistida hoy día por la tecnología (cosa que es muy valiosa, puesto que así se reproduce con más rapidez y es accesible a más personas), es lo que permite que tengamos una relación afectiva con él. Hace surgir en nosotros un apego, un afecto hacia algo que se ve, que se siente al tacto, que se huele, que se lleva con uno. El libro lleva impreso en su cuerpo no sólo las letras, sino alas marcas el tiempo (una mancha de café, un boleto del autobús o de algún concierto; la servilleta con algún numero de teléfono o alguna frase cogida al vuelo) Todo eso son revelaciones de cómo ha sido nuestra relación con él. Y eso, es insustituible.
Por eso es que ayer, durante la inauguración de la 5ª Feria del Libro en Cajeme, pude constatar eso. El libro no ha muerto. Se siguen haciendo libros. Se sigue publicando. Se siguen ofreciendo a un mercado tal vez más reducido, pero no menos asiduo de conocer las novedades editoriales, o las reimpresiones de clásicos, o las recomendaciones de algún amigo o familiar. Daba gusto ver la curiosidad con que los asistentes, niños incluso, hojeaban las páginas, olían su interior, leían la reseña en la contraportada, preguntaban precios. A la par de la exposición y venta de libros, hay contempladas muchas actividades como presentaciones de libros, teatro guiñol, danza, música, cuenta cuentos, entre otras, por parte de la Dirección de Cultura Municipal, la Compañía de Teatro de Cajeme, ITESCA, UTS, Biblioteca Pública Municipal, Ponguingiola, ITSON, Intituto Cumbre el Noroeste, entre otras instituciones.
Durante la conferencia magistral que ofreció el escritor tijuanense Federico Campbell, habló de la memoria. No sólo en términos fisiológicos, sino de la memoria registrada, en libros de historia, pero también en novelas, cuentos, relatos, etcétera. Habló acerca de cómo nuestra memoria es selectiva y va desechando aquello que le molesta, que le impide seguir adelante con su vida. Pero también de la evocación, del recuerdo, de la añoranza. Mencionó varios libros y autores que han sido una influencia en su vida y que le han permitido crecer no sólo como escritor, sino, más importante, como ser humano. Y terminó su intervención diciendo que leer nos sirve para vivir. Para aprehender el mundo en todos sus aspectos, con todos sus matices, con su placer y su dolor, con lo bello y lo horrible, con el miedo, la furia, la rabia, pero también con la ternura, la empatía y el amor. Y toda esa gama de sensaciones de las que es capaz el hombre, está plasmada en los grandes libros. Sólo hay que acudir a ellos. Hacerles una visita, como quien visita a un viejo y entrañable amigo. Sin prisa, con el ánimo de pasar una velada agradable. Solos, los dos, en un diálogo íntimo, placentero y enriquecedor.
Por eso, para seguir dando vida a los libros y para vivir más intensamente nosotros, asistamos al CUM, a partir de hoy y hasta el sábado 20 a partir de las 9 am y hasta las 8 pm a vivir la Fiesta el libro en Cajeme. A celebrar la vida a través de los libros ¡Larga vida al libro!


Teresa de Jesús Padrón Benavides

miércoles, 27 de octubre de 2010

¿Educación superior?


La educación es el único medio para alcanzar el crecimiento integral de los pueblos, su desarrollo económico y su bienestar social.
José Vasconcelos



En su discurso al recibir el premio Príncipe de Asturias 2010, el rector de la UNAM, José Narro Robles, hizo hincapié en que frente a la crisis financiera mundial producto a su vez de la crisis de valores, se debe volver al humanismo que proponían los pensadores del siglo XIX. “Frente al éxito quimérico, el egoísmo, la corrupción o la indiferencia, el mejor antídoto son los valores laicos de ayer y siempre”, dijo. Habló también del panorama desalentador que se les presenta a los jóvenes que no tienen muchas esperanzas respecto de que las cosas mejoren y dijo, textualmente, que el gran reto consiste en lograr un “progreso en donde lo humano y lo social sean lo verdaderamente importante”.
Estamos asistiendo al colapso del país. Las instituciones se desmoronan ante nuestra indefensión e indiferencia. La corrupción ha permeado a todos los ámbitos de la vida cotidiana y nadie escapa del coste social que ésta conlleva: pobreza extrema, desempleo, ignorancia, violencia y un panorama general de enojo e impotencia por no poder o no saber cómo protestar, cómo levantar la voz sin ser reprendidos, castigados o criticados.
A algunos les puede parecer que hablar de valores o de humanismo es asunto del pasado, del Renacimiento o del siglo XIX. Se equivocan. También lo es de ahora y del futuro. Por esto, la crisis que enfrenta la población mundial requiere de una revisión a fondo de los valores que transmitimos a los jóvenes. Se debe hacer, en virtud de que la desigualdad y el rezago afectan en el mundo a miles de millones de personas. La modernidad debe traducirse en mejores condiciones para los excluidos de siempre. El verdadero saber no es neutro, debe estar impregnado de compromiso social. El gran reto consiste en alcanzar un progreso donde lo humano y lo social sean verdaderamente lo importante.
José Vasconcelos fue uno de los grandes pensadores que ha dado México. Abogado de profesión, educador, filósofo y humanista, Vasconcelos fundó, junto con otros ilustres mexicanos de su época, como Alfonso Reyes y Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña, Isidro Fabela, entre otros, el famoso “Ateneo de la juventud”, en 1909. El Ateneo surgió como una inquietud de los jóvenes intelectuales que con sus ideas humanistas contagiaron el espíritu de los ideólogos y de los líderes de la Revolución Mexicana que se consolidaría con el fin del régimen porfirista y culminaría con una reforma cultural.
Uno de los principios rectores de esa nueva generación entusiasta, era la de humanizar la educación. Es decir, educar a los nuevos profesionistas no sólo en las áreas del conocimiento que les compitiera, sino también en los aspectos intelectuales y en los valores humanos trascendentales que harían de ellos hombres y mujeres libres, críticos, dotados de juicio, responsables, comprometidos con sus ideas y valientes.
Vasconcelos y los otros miembros del Ateneo tenían la fuerte convicción es que es sólo a través de una educación integral que contemple todos los aspectos del ser humano, que se puede consolidar una nación libre y soberana. Hombre culto, lector voraz de grandes filósofos como Platón, Kant, Nietszche, Schopenhauer, quienes influyeron en su pensamiento humanista, Vasconcelos fue nombrado Rector de la Universidad Nacional de México (hoy UNAM) bajo el gobierno de Adolfo de la Huerta y secretario de Instrucción Pública (hoy SEP) bajo el Álvaro Obregón. Curiosamente, ambos presidentes, eran sonorenses. Fue, de hecho, durante el gobierno de Obregón que se llevó a cabo la primera reforma educativa en el país de donde surgirían, entre otras cosas, los libros de texto gratuitos.
¿No resulta increíble que hayan sido justamente 2 sonorenses quienes hayan permitido que la educación superior se humanizara y elevara su nivel, dejándola bajo buen resguardo en manos de uno de los mejores pensadores de México y que hoy, tristemente, estemos, aquí en Sonora, asistiendo a un panorama desolador en el terreno de la educación superior?
Instituciones que hasta hace poco eran semillero de conocimiento, generadores de desarrollo y fuente de vinculación con otras universidades del país y del extranjero, han ido a parar en manos de gente inepta, inexperta y sin compromiso alguno con la sociedad. Las materias de humanidades, que son complemento indispensable en la formación integral de los futuros profesionistas, simplemente se han desechado, por “falta de presupuesto”, dicen. A cambio, se ha privilegiado el despilfarro, la ostentación y el mal manejo de los recursos en aras de una “imagen externa” que, dicho sea de paso, está cada vez más desprestigiada.
¿Es que quieren copiar el modelo de otras instituciones educativas como semillero de ese tipo de nuevos “profesionistas”? La mayoría (con sus escasas excepciones) de sus egresados de las últimas generaciones, son “maestros” allí mismo e imparten materias cuyos contenidos desconocen por completo y si entrecomillo la palabra es por que para ser maestro hay que estudiar pedagogía, metodología, psicología, docencia y muchas otras cosas de las que ellos carecen. Además de tener vocación y amor por el oficio. No por el hecho de ser ingeniero, voy a dar clases de ingeniería, por ejemplo.
Estas universidades se han vuelto una pasarela en donde se exhibe a las “reinas” de belleza y se hacen concursos, rifas, bailes, tocadas y bailes en pleno campus y a horas de clase. Eso, sin mencionar el lenguaje soez que usan no sólo los alumnos, sino algunos de los maestros. Su vocabulario se reduce a 10 palabras y todas ellas son groserías. ¿Ese es el futuro de México? Da miedo, terror, siquiera imaginarlo.
¡Qué tristeza! Llegar como se llega a un nuevo “changarro”, recién “regalado” y echar por tierra un proyecto de educación integral forjado con el esfuerzo, el tesón, el entusiasmo y el amor de profesores y académicos de primer nivel y cuya preparación y profesionalismo se veían reflejados en su compromiso con la escuela pero, sobre todo, con los jóvenes y con México.
Nunca como antes, el Norte del país se había visto tan golpeado por la violencia y el crimen. Nunca como antes habíamos sido presa del miedo y de la desconfianza. Nos quejamos de que nuestros jóvenes estén perdidos en un mar de dudas, que sólo quieran echar relajo, tomar y no tener responsabilidades, pero ¿por qué habrían de comportarse como adultos, si los “modelos” de adultez que tienen, se comportan como adolescentes?
¿En dónde pues, sino en la universidad es en donde se forma un adulto de verdad? ¿En dónde, sino ahí, se debe fomentar el pensamiento crítico, la reflexión, el análisis, la discusión de los temas verdaderamente relevantes? ¿En qué otro lugar se va moldeando lo que será el carácter y la personalidad (no exterior) de una persona? Tal parece que tendríamos que volver a analizar el concepto de “adulto”. Según la definición más socorrida, la de La Real Academia Española, adulto es alguien: Llegado a cierto grado de perfección, cultivado, experimentado. Ejemplo: Una nación adulta. Y yo, como maestra universitaria, constato, todos los días, que las personas que ahí veo, tanto alumnos como muchos de los maestros, empleados y directivos, distan mucho de encajar dentro de esa definición.
Cada día hay más universidades. Demasiadas, diría yo, para un lugar de apenas 500,000 mil habitantes. Pero, ¿cuántas de ellas incluyen entre sus planes de estudio materias de humanidades? Y, más importante, ¿en dónde se pueden manifestar la cultura, la artes y las humanidades que deberían promoverse en las universidades? Aquí no hay espacios para ello. Hay sólo 2 museos, una galería de arte; no hay Instituto de Bellas Artes; escasean las librerías, los cafés, los teatros y las salas de cine culto, no comercial. Entonces, ¿por qué nos escandaliza que nuestros jóvenes tomen tanto, cada fin de semana o consuman droga o manejen como locos o usen el lenguaje que usan? ¿Qué otra opción tienen?
El proyecto del modelo educativo que hasta hace poco tenían algunas universidades locales, estaba diseñado para englobar todas las áreas del conocimiento. Sus creadores son personas inteligentes, cultas y conscientes de que la técnica sin el humanismo, sólo genera seres maquinales, que no piensan ni tienen ideas propias, y que carecen de una formación ética que les permita discernir entre lo que es bueno y lo que no. Ellos saben que la tecnología sin las humanidades, sin el arte, sin la cultura, sirve sólo para generar obreros, esclavos del trabajo, dependientes siempre y al servicio de alguien más, incapaces de emitir un juicio acerca de nada, sin capacidad crítica y sin ideas propias. Y peor aún, adolescentes eternos. Que serán incapaces de conducir sus vidas y mucho menos, desarrollar sus potencialidades a favor de la comunidad en donde se desenvuelvan, ya que no sentirán por ella ningún arraigo, ningún afecto, puesto que ese tipo de sentimientos sólo surgen de quienes han recibido una educación integral, en donde las humanidades ocupan un sitio preponderante.


Teresa padrón Benavides

domingo, 3 de octubre de 2010


¡LLORE, POR FAVOR!



Yo quiero ser, llorando, el hortelano,
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano…
Miguel Hernández


La vida, ineluctablemente, va ligada con la muerte. Sin embargo, y a pesar de ser concientes de ello, tendemos a ensalzar una y a repudiar la otra. Procuramos todo aquello que nos reafirme día a día que estamos “vivos” y evitamos, a toda costa, cualquier cosa que nos insinúe, incluso sutilmente, la idea de la muerte; en especial la de nuestra propia muerte. Y con la muerte, ese “temor primigenio”, vienen sus inevitables acompañantes: los diversos miedos, el dolor, la tristeza y las enfermedades. A todos éstos también procuramos sacarles la vuelta, cómo no. Pero, así como se considera patológico deleitarse con la muerte, la sangre y el dolor, propios o ajenos, ¿no resulta siquiera un poquito sospechosa la tendencia actual, cada vez más acentuada, de rechazar a cualquier costo el dolor o de vivir de plano como si éste no existiera?
En la Grecia clásica existió un género literario muy popular llamado tragedia. El significado de la palabra, según el diccionario, es “obra dramática”, de asunto “serio”, capaz de infundir “lástima” y “terror” y en donde intervienen personajes “heroicos” e “ilustres”. Si la obra era buena, los espectadores de aquella época lejana pasaban por un proceso que Aristóteles definió como catarsis, esto es, una suerte de gozo, de profunda alegría íntima, que nace de experimentar toda la escala de afectos tras presenciar algo espantoso y conmovedor, generalmente la historia del aniquilamiento y rehabilitación moral de un héroe. Se trataba de un verdadero “aprendizaje a través del sufrimiento” al que se exponían las masas voluntariamente en grandes festivales populares y religiosos. Desde entonces hasta nuestros días ha persistido una vena trágica en muchas manifestaciones artísticas, aunque curiosamente esa vena ha tendido ha estrecharse cada vez más en estos tiempos posmodernos. Con la asimilación (¿o confusión?) del arte y el entretenimiento buscamos más un arte feliz, lúdico y sin mayores infortunios y evitamos, en la medida de lo posible, los aspectos trágicos u oscuros de la vida. Si algo puede parecernos hoy día aquel noble arte de Esquilo, Sófocles o Eurípides es que se trata de algo demasiado “azotado”, y ¿para qué azotarse si la podemos pasar suave con otros espectáculos, a gusto y sin emplearnos a fondo emocionalmente?
La sociedad actual, con su tendencia al consumismo y al placer inmediato, parece querer sortear a toda costa cualquier asunto en el que estén involucrados nuestros miedos, pasiones, temores o complejos en aras de una vida sin sobresaltos. Una vida en la que uno no tenga que enfrentarse nunca a lo serio, lo adusto, lo grave, porque, además, seríamos incapaces de comprenderlo. ¿Por qué? Porque es de “mal gusto” mostrar incluso el menor atisbo de que somos vulnerables, capaces de sufrir, de llorar. Es un signo de debilidad y, en un mundo en donde se le rinde culto al más fuerte, al más poderoso (entendiéndose por esto a quien es tiene lo “necesario” para no sufrir), es muy mal visto desnudar el alma y mostrar los sentimientos. Además, en nuestra cultura machista lo de llorar se deja preferentemente a las mujeres e incluso conmoverse con el arte se consideran recaídas sentimentales vedadas a muchos varones. Hay hasta quienes piensan que presenciar la tragedia humana y afligirse con ella, sirve sólo para “desequilibrarnos” emocionalmente y no aporta nada positivo a nuestro “bienestar” social. ¿Ver más películas sobre el Holocausto? ¿Escuchar música seria apachurrado en un sillón? ¿Otro documental sobre el hambre en África? ¿Ir a una obra de teatro que me haga sentir mal y encima tener que pagar por ello? Pero si uno lo que quiere es alejarse de los problemas y pasar un buen rato...
La mercadotecnia pretende, utilizando a sus dos aliados más fieles, la televisión y la red, vendernos la idea de que somos dueños, amos y señores de nuestro destino si poseemos ciertas cosas ya que poseerlas nos hará inmunes a cualquier “percance”. Los libros más vendidos en nuestro país de escasísimos lectores son los así llamados de “auto ayuda”: Sonría y triunfe en la vida, Pare de sufrir, Éxito inmediato en sus relaciones personales, Compre y sea feliz. El slogan o la consigna actual pareciera ser: “No importa qué tan mal te salgan las cosas, ¡sonríe, por favor!” como si haciéndolo, pudiésemos exorcizar el sufrimiento, la frustración o el dolor. Sin embargo, cada vez con más frecuencia asistimos al drama de los suicidios, fratricidios, parricidios, feminicidios y tantos otros “idios” de los cuales nos “informan” los medios masivos (esos mismos que nos tranquilizan y nos “entretienen” con cosas más agradables). Entonces, ¿de qué se trata? ¿De ser felices o de aparentar serlo? ¿No sería mejor, ingerir pequeñas dosis de sufrimiento de vez en cuándo y así, ir liberando poco a poco esa frustración y ese miedo contenidos por tanto tiempo para que éstos no desencadenen en una tragedia aún mayor? En ese sentido, y como dijera Enrique Serna, “La tragedia es una confrontación con la muerte, y en una sociedad que pretende ignorarla, eludir esa confrontación se ha convertido en una principio de higiene mental.”[1]
Además, ¿qué podemos hacer al respecto, si eso ocurrió en Europa hace más de medio siglo? ¿Qué puedo hacer yo, simple mortal, para mitigar siquiera un poco el sufrimiento de los niños con sida en África si estoy tan lejos de ellos? Sin embargo, tengo más de 300 canales de televisión que me conectan instantáneamente con el resto del mundo y puedo “navegar” a gran velocidad por la red incluso hasta el más remoto lugar de la tierra… Es decir, para procurarnos placer, no existen los límites físicos ni geográficos, en cambio, si de ayudar al que otro se trata…
Hay dos tipos de dolor, el que podemos mitigar o contribuir a mitigar en nosotros y nuestros semejantes, y el que es inevitable. Ambos forman por derecho propio parte de lo que significa vivir tanto como la alegría, el éxito, los logros. Ambos forman parte de una vida plena. Pues tendemos a equiparar el dolor con el fracaso y el éxito con la comodidad. Pero una vida de perpetua felicidad, de continua alegría y risas todo el día es, en el mejor de los casos, un estado ininteligible para nosotros mortales, acaso viable en el otro mundo, y, en el peor de los casos, un estado patológico que más bien nos mueve a lástima que a envidia.
Esta tendencia generalizada al goce y al placer, y a la negación del dolor, lo único que ha traído consigo es una insensibilidad y una enorme falta de respeto por los valores esenciales de la humanidad: la amistad, la solidaridad, el afecto, la conmiseración. ¿Tendrá que ver esto también con nuestro desapego a lo trágico, con una falta de catarsis? Ahora bien, no se trata de empeñarnos en amargarnos la vida, de llevar luto permanente por todas las tragedias y fracasos de la humanidad, sino simplemente de tratar de vivir de acuerdo con una imagen menos distorsionada de la existencia, una en la que nos sepamos como somos: finitos, vulnerables, capaces de grandes alegrías y también de grandes penas. Digo esto con un profundo respeto por los que más sufren. ¡Qué mejor que todos suframos menos! Y son, por cierto, de nuevo los medios quienes subestiman el dolor ajeno al presentarlo como materia de entretenimiento con su buena dosis de morbo y cuando trivializan la muerte y la violencia a través de películas, programas de televisión y videojuegos.
Si insistimos en ver las cosas con un sesgo positivo a como dé lugar, hay algo “bueno” en nuestras eventuales caídas en la desgracia si pensamos que nos pueden ayudar a apreciar lo que de bueno tienen la salud, la felicidad, la unión familiar, etc. ¿No decimos acaso que hasta que no enfermamos nos damos cuenta de las bondades de la salud? ¿Que hasta que no irrumpe la discordia, la paz y la estabilidad dejan de ser situaciones aburridas y que damos por sentado? Y los médicos nos hablan de los beneficios terapéuticos del llanto, tan tonificante y saludable como unas buenas carcajadas. También se dice que no hay dolor tan grande que haber sido feliz alguna vez. Así que ojalá nuestra sociedad, tan empeñada en prepararnos para el éxito, también se preocupara un poco en educarnos para el fracaso y el dolor, pues de esto último seguro nos toca aunque sea un poco a todos, mientras que de lo primero… Querría terminar esta nota con una reflexión a de mi propia experiencia con el dolor. Yo, al igual que usted, he experimentado situaciones de profunda pena, como la pérdida de mi hermanita menor. Y han sido justamente estas tragedias las que me han hecho apreciar plenamente y celebrar el milagro de la vida. Pero ¿significará esto que el dolor y sufrimientos reales de nuestros semejantes sirven para enseñarnos algo sobre nuestra propia vida? ¿Que debemos estarles agradecidos a los muertos por sus servicios pedagógicos? ¿No deberíamos más bien guardar silencio con profundo respeto y estimar todas las muertes como simplemente absurdas? Paradojas de la vida…



Teresa de Jesús Padrón Benavides
[1] Enrique Serna, “Contra la higiene mental”, Letras Libres, año 1, núm. 12, diciembre de 1999, México. De este artículo tomo el nombre del presente escrito.

lunes, 20 de septiembre de 2010


Niño del amor

A José Emilio, en su cumpleaños número 10


De puro amor ha nacido
Y de amor se ha amamantado
Por amor fue concebido
Para el amor engendrado.

Mi niño sueña con mundos
Por su cabeza inventados
Con seres maravillosos
Siempre buenos, nunca malos.

En sus juegos de la guerra
Se libran crueles batallas
Donde los tiranos mueren
Y los héroes se levantan.

Cuando llega de la escuela
Pinta de color la casa
Lo esperan con impaciencia
Los dos perros y la gata.

Sentaditos a la mesa
Apuramos nuestra sopa
Pues hay que hacer la tarea
Y jugar a la pelota.

O tal vez a las luchitas
O mejor armamos algo
O a los monstruos submarinos
O a las batallas de barcos…

Dormiremos una siesta
Porque estamos muy cansados
Cansan el amor y el juego
Cansan la risa y los cantos.

Papá llega por la tarde
A la hora del café
Mi niño sale a su encuentro
Y le cuenta cómo fue.

La tarde ya ha refrescado
Es la hora de pasear
Con los perros por el parque
Mi niño, papá y mamá.

La noche llega temprano
Es hora de descansar
Que tu sueño sea apacible
Como la brisa del mar.

Dos lustros de amor y juegos
Quién lo iba a imaginar
Si hace apenas tan poquito
Aún no podías andar

Te acunaba en mi regazo
Te arrullaba con canciones
Te ponía en tu cunita
Con besos y bendiciones.

Duerme mi niño cansado
Y en casa reina el silencio
Otro día de maravillas
De asombro y descubrimiento.




Teresa de Jesús Padrón Benavides
Septiembre, 2010


viernes, 10 de septiembre de 2010

VIDA DE ANIMALES




La nobleza de un pueblo y su progreso moral pueden juzgarse
por el modo en que se trata a sus animales
Mahatma Gandhi



La vida, tal y como la conocemos, es un milagro y, como tal, es raro, improbable, admirable y maravilloso. Si no fuese porque estamos vivos, la existencia de un fenómeno tan extraordinario seguramente sería inconcebible para nosotros, los humanes.
[1] Pero, ¿qué es la vida? Desde el punto de vista biológico, la vida es un estado de actividad de los organismos por el cual éstos crecen, se reproducen y se relacionan con el medio ambiente. Todos los organismos vivos estamos hechos de las mismas moléculas y funcionamos básicamente mediante los mismos procesos y nos ensamblamos conforme a las mismas instrucciones registradas en un código genético común. Todos los animales, incluido el hombre, reaccionamos ante los mismos estímulos (frío, calor, miedo, placer, etcétera) mediante receptores como los órganos de los sentidos (la piel, los ojos, los oídos, las fosas nasales, el paladar). Visto así, todos los seres vivos aparentemente compartimos un ancestro común y, por ende, estamos emparentados.
La palabra castellana animal deriva de la palabra latina ánima que significa “alma”. Lo primero que implica la idea de alma o ánima es “vida”, por eso a los seres sin vida los llamamos “inanimados”. También la palabra implica la posesión de sensaciones, sentimientos, ideas y emociones. A una persona que es cruel le decimos que es un “desalmado”, es decir, un ser sin alma (ánima). Con estas observaciones en mente, recordaré algunos cuantos ejemplos insignes de animales en la literatura y pasaré en una siguiente entrega al análisis ético de la “cuestión animal”.
A través de la historia, la relación amistosa y de trabajo entre hombres y animales ha sido plasmada en muchas de las joyas literarias occidentales. La Odisea de Homero, por ejemplo, relata el pasaje bellísimo en donde Odiseo regresa a Ítaca, terminada la Guerra de Troya y, puesto que la diosa que le era favorable lo había “disfrazado” de anciano para tomar por sorpresa a los pretendientes que consumían su hacienda, nadie lo reconoce, excepto Argos, su fiel compañero canino que, ya anciano, sólo esperó el regreso de su amo para expirar.
Otro gran ejemplo es la lealtad y fidelidad de Rocinante hacia Don Quijote, a pesar de las penurias que tenía que soportar junto con el caballero y de que muchos de los golpes inflingidos a su amo le tocaban a él también. Basta admirar cualquier reproducción pictórica de la famosa novela para contemplar el aspecto triste y desencajado tanto de Don Quijote como de su fiel caballo para comprender la magnitud de sus afectos mutuos. Son innumerables los cuentos, poemas, fábulas y novelas en que animales de todo tipo piensan, hablan y se comportan como personas y de manera divertida y didáctica nos sirven como espejo en que se reflejan nuestros vicios y virtudes.
Teniendo esto en mente, me gustaría formular al lector la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que nosotros, los humanes, es decir, los animales pensantes, podamos infligir tanto sufrimiento a los seres con quienes compartimos el planeta? Es alarmante ver lo que está ocurriendo en la Laguna del Náinari.con los miles de peces muertos y las tortugas abandonadas a su suerte. Las aves han emigrado y muchas no pueden volar largas distancias y seguramente morirán. ¿Quién o quiénes son responsables de salvaguardar el medio ambiente? ¡Nosotros! ¿Quién puede dormir tranquilo sabiendo del ecocidio que está ocurriendo en nuestra ciudad y que ocurre cada año, en época de lluvias, cuando se inunda el parque infantil y mueren muchos animales ahogados? ¿Quiénes no aman la vida, ni la suya propia? Quienes están TIRANDO agua regando los camellones a diario, quienes permiten que abunden los perros y gatos callejeros, quienes mandan talar los árboles despiadadamente, no se aman a sí mismos, se ven al espejo y no les gusta lo que ven y, entonces, DESTRUYEN en vez de construir.
Aquí, en el norte del país, le rendimos culto a la caza, en especial de venados. Muchas personas lucran con el “turismo ecológico” (¡qué poca vergüenza usar ese término!) Una verdadera masacre de venados cola blanca se lleva a cabo año con año en Sonora, con permisos otorgados por la SEMARNAT y con el pretexto de que “hay sobrepoblación”. También hay sobrepoblación de gente mala, ¿por qué no cazar unos cuantos? Y por si fuera poco, después, para demostrar su “hombría” y su bravura, cuelgan las cabezas de los pobres animales como trofeos a su “valentía”. ¿Eso es ser valiente? Valiente es quien arriesga su vida a favor de una causa noble, no quien mata con alevosía y ventaja a un ser indefenso.
Es verdaderamente denigrante y vergonzante ver las fotografías publicadas año con año de pescadores canadienses golpeando brutalmente y con saña con un tubo a las focas del ártico, so pretexto de que hay sobrepoblación y que éstas acaban con el salmón que ellos pescan. ¿Y por qué no sacrificarlas con un método menos cruel, como una inyección o una descarga eléctrica?
¿Qué me dicen de las corridas de toros o las peleas de gallos? Algunas personas aducen que este tipo de espectáculos son mucho más que derramamiento de sangre. Que la verdadera esencia es demostrar la “bravura” del animal, su casta, su “personalidad”. Que la “fiesta brava” es justo eso, una fiesta, en donde al toro se le trata con “dignidad” y “respeto” y se le da la “oportunidad” de demostrar su valor. Yo no estoy de acuerdo en lo absoluto. Pienso, más bien, que la dignidad y el respeto que los animales nos merecen estriba en nuestra capacidad de convivir con ellos y compartir con ellos el mundo en que vivimos. Que el hecho de servirnos de algunos de ellos como alimento, como “conejillos de indias” en el laboratorio o como ayuda en nuestro trabajo, no implique que debamos ultrajarlos y hacerlos sufrir innecesariamente. Recordemos que en la medida en que nos asumamos como parte del universo, adquiriremos conciencia de nuestra función en él, y en la medida en que nos asumamos como animales, no superiores, sino diferentes a los demás, comenzaremos a sensibilizarnos respecto del sufrimiento de éstos.
La ecología no sólo se encarga del cuidado de las plantas, sino de la biosfera en general. Pensemos en cuántos ecosistemas hemos dañado de manera definitiva y con ello, cuántas especies de animales están extintos, es decir, desaparecieron PARA SIEMPRE. No tenemos que ir muy lejos. La vaquita marina, una especie endémica (exclusiva) de nuestra región, está casi extinta debido a la pesca indiscriminada y al daño producido en su hábitat (el Mar de Cortés). La caguama, otra especie tan representativa del Golfo de California, también está a punto de la extinción por la violación a la veda y a su pesca y venta clandestinas.
Afortunadamente, siempre ha habido personas que han tratado con respeto a la naturaleza y han tratado con compasión e incluso con cariño a los animales. Existen en el mundo seres que no sólo se han consagrado en cuerpo y alma al cuidado y la protección de todo tipo de animales sino que, incluso han dado su vida por salvar delfines y ballenas, por ejemplo. De esas personas podemos decir que son animales verdaderamente nobles y dignos de vivir en este planeta y de disfrutar todo lo que de bello puede tener. No es coincidencia que estas personas sean, además, amantes de su todo su prójimo (parientes, amigos, vecinos, compañeros de trabajo o de estudio) y que posean virtudes que parecieran también extintas en el ser humano como el amor, el respeto, la tolerancia y la humildad. Estos son los verdaderos héroes. Ellos y ellas son quienes sienten un profundo amor por la vida en todas sus formas, porque se consideran parte de ella, porque se aman a sí mismos tal y como son, sólo un eslabón más en la cadena evolutiva. Dios está de su lado. Ellos heredarán la Tierra.




Teresa de Jesús Padrón Benavides



[1] Término científico que utilizaremos aquí para referirnos al animal humano.

viernes, 6 de agosto de 2010


Ellos
“Arde la casa encendida
De besos y sombra amante
No puede pasar la vida
Más honda y emocionante”
Miguel Hernández

Las mañanas son dos besos. Uno grande y bien plantado en el cachete, otro sutil y apurado en los labios. Dos platos en la mesa, uno grande y uno chico. Dos manos diciendo adiós, una chica y regordeta, otra grande y huesuda. A media mañana, la ropa tendida al sol delata a sus dueños. Un par de calcetines grandes, otro par pequeño. Incluso en el lavabo hay pistas. Un cepillo de dientes duro y desvencijado. Otro suave y con la figura de algún súper héroe.
Cuando no están, la casa toda habla de ellos. Voy por los cuartos intentando poner orden a lo que dejan tras de sí: libros, juguetes, lápices, sandalias, residuos de alguna golosina, una taza de café a medias, algún dibujo sin terminar…
Continúo mis faenas diarias mientras pienso qué querrán comer, qué planes tendrán para la tarde, qué cosas tendrán que contarme al volver, cómo habrá ido su día…
Paso de los asuntos domésticos a mi trabajo y ellos son mi impulso creador. Por ellos quiero devorarme la vida y asirla en toda su magnitud. No hay algo en lo que no intervengan, aún sin proponérselo. Todo gira en torno a ellos. La vida tiene sentido por ellos.
Me detengo unos instantes y mientras me sirvo más café pienso en qué soy para ellos. ¿Me tendrán tan presente como yo durante sus días? ¿Querrán verme con tantas ansias como yo al volver a casa? ¿Les gustará tenerme cerca? ¿Me necesitan como yo a ellos?
Suena el teléfono, una voz familiar pregunta que cómo va. Digo que bien, que ya casi es hora de vernos. Más tarde, frente a la escuela, reconozco entre muchas una pequeña cabeza. Vuelve su mirada ante la señal e un compañero que me apunta. Sonríe y corre hacia mí y nos fundimos en un abrazo.
Ya de vuelta, los tres a la mesa, nos ponemos al tanto de nuestras jornadas. Reímos y bromeamos durante el postre, que sabe más dulce que todas las mieles del mundo.
Y la casa se llena de una risa como sólo puede ser la de unos que son felices porque se aman demasiado.




Teresa Padrón