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miércoles, 31 de marzo de 2010

Calle de Magnolias No. 25





En el techo de la habitación, tres pequeñas arañas hacían su ronda, a la espera de algún desprevenido insecto que arribase al fatal tejido. Vigilando desde el armario, como las arañas, ella también esperaba. No en vano llevaba allí sus buenas dos horas. Con un amante de por medio y una botella de whisky después, aun podía ver esa luna cuyo perfil no auguraba nada bueno –en tres cuartos hacia el oriente- como diría el viejo Rosales, administrador del teatro donde trabajaba. Miró su reloj y la luz de lapantalla le permitió ver la hora: las dos menos cinco. Unos instantes más y su destino quedaría cumplido.

Su destino…. jmmm, bueno, si así podría llamársele a lo que estaba haciendo; mira que introducirse en una casa ajena –en un departamento mejor dicho- y esperar un desconocido para ajustar viejas cuentas. En verdad, era como para reírse.

La cortina de gasa celeste que cubría la ventana flotó levemente y una cucaracha se desprendió de ella cayendo al suelo. Por un instante le pareció como si el bicho la mirara reconociéndola y hasta intentara establecer comunicación con ella, pero luego simplemente dio la vuelta, se dirigió a la cama, subió a través del brocado deshecho en cenefas doradas de la colcha y la recorrió morosamente, andando entre las sábanas como si aun exudaran sabores sexuales.

Hecha un ovillo, recordó: tres días antes había llegado ahí buscando donde vivir y entonces lo sintió de nuevo. Aquel dolor corriéndole por las corvas, era un aviso infalible de que un sueño estaba por realizarse; además todo le resultaba familiar, desde las rejas de bronce de la entrada, cubiertas en un costado por el intenso color púrpura de la buganvilla enana sembrada en el minúsculo jardín de tres por uno, hasta el rostro prematuramente avejentado del portero que le daba las indicaciones sobre como llegar al apartamento número siete (ése sería el suyo si se decidía a rentarlo). Temblando, subió la escalera: los signos también estaban ahí. Dos baldosas desconchadas se lo señalaron, junto con los arabescos del pasamanos –de bronce, como las rejas de la entrada y con una lista de madera de arce recubriéndolo- una belleza, tuvo que reconocerlo, digna de un lugar más elegante.

Tal como lo recordaba, era un espacio pequeño: cocina, sala-comedor y una recámara con vestidor y baño integrados, sin otra particularidad que una excesiva entrada de luz, pero bien le servirían para ello las cortinas de su antigua casa: gruesas y de colores neutros, la aislarían del mundo y sus banalidades. Amueblado con lo esencial, nada más traería ropa de cama, la suya propia y enseres personales. Cuestión sería también de acarrear su imitación barata de Modigliani para adornar las paredes de la sal y colgar la jaula de su pobre canario junto a la entrada, pues con la cantidad de gatos que había visto al llegar al edificio, no se atrevía a dejarlo en el pasillo; algunas macetas dispuestas al azar y el biombo chinesco heredado de su abuela completarían el arreglo. Sobra decirlo: tomó el lugar a pesar de su elevado alquiler y pagó sin réplica los dos meses pedidos como adelanto más el de depósito.

Al día siguiente, completada la obra decorativa, una sorpresa la esperaba: medio ocultas tras el ancho marco de la puerta de entrada, varias cartas ajadas por el tiempo, se dejaron ver. Seguramente tanto abrirla y cerrarla al pasar con sus cosas, aflojó el viejo marco y los pliegos guardados quedaron al descubierto.

-Tal vez sean algo importante- se decía intrigada –una herencia o acaso cartas de amor dejadas a propósito por alguien deseoso de olvido; o quizá las recetas de cocina de una tía lejana- aunque éste sería un lugar muy poco idóneo para guardarlas….

Resolviendo que con el hecho de pagar el alquiler podía considerar los papeles como suyos, los tomó para leerlos, más apenas los tuvo en sus manos, cobró conciencia: estaba repitiendo actos correspondientes a una vivencia que no era suya.

Un nombre resaltaba en los sobres: Mariana Cienfuegos. Invadida por el pánico, salió rápidamente al pasillo, donde la esperaba un susto aun mayor: frente a la suya, una entrada conocida se cerraba lentamente, dejando ver un número de metal en su parte superior. Se desmayó.

No supo cuando ni quien la trasladó a su cuarto. De esa tarde lo único que recordaría durante mucho tiempo, sería el penetrante olor a alcohol flotando en la habitación y un vaso de agua a medio llenar en su mesa de noche.

Resuelta a desentrañar el misterio, apenas amaneció se puso a leer las cartas. Una a una, las primeras hablaban de un amor eterno, e los planes de casi cualquier enamorado de nuestros tiempos y no serían diferentes a las escritas por alguno de nosotros, si no fuera por dos detalles: su lenguaje era un tanto anacrónico y las fechas de su redacción correspondían al año 1901.

Por el contrario de éstas, las otras iban cambiando ligeramente de tono. El amor comenzo a dejar paso a preocupaciones de las que no se hablaba sino veladamente, todas ellas relacionadas con el dinero. De esa manera se enteró de algunas desavenencias con el hermano de la persona autora de las cartas, motivadas en su mayoría por una herencia y concretamente por un edificio situado en la calle llamada de Magnolias. Casualmente, esa calle era la suya….

Tres cartas posteriores en poco variaban su estilo amargo, pero la última, fechada el veintiuno de agosto, la alarmó: Roberto, el enamorado escritor de las misivas, mencionaba su sospecha de ser asesinado. Presa de un repentino sopor, el piso fue el mejor colchón para el inquieto sueño que la invadió, donde una cara con expresión burlona y un número señalado en una puerta, bailotearon alegremente frente a ella.

Despertó pensando en su situación: su vida personal era un desastre. Con un divorcio y varios hombres a cuestas, desde muchos meses atrás –ya ni recordaba cuantos- estaba sola, con las ganas de coger oprimiéndole el pecho y otras cosas más abajo. Lentamente, recorrió con sus manos la distancia contenida entre sus senos y su sexo, que hoy particularmente estaba más urgido de satisfacerse. Un bar y unos toquecitos para el aliviane serían la mejor solución. Sabía de uno donde el ir sin acompañante no representaría mayor problema y, vestida con su falda más corta -la verde, que resaltaba el dibujo de sus pompas- una blusa de tirantes en el mismo tono de la falda y altos botines de cuero negro, hacia allá condujo.

Poseedora de una figura envidiable, sabía moverse con soltura entre los miembros del sexo opuesto, por lo que no le fue difícil conseguir galán. Morena, de figura espigada y largos y undosos cabellos negros, manejaba bien sus encantos cuando de hombres se trataba. Una hora después, la cama del primer hotel cruzado en su camino, era testigo de su desfogue.

Salía de ahí cuando lo vio y decidió seguirlo. Imposible olvidar ese rostro. Entre el asombro y el anonadamiento provocado por el alcohol y la droga, lo miró entrar en su edificio. Como si tuviera ventosas en el cuerpo, se pegaba a las paredes cuidando de no ser notada….

Lo demás fue muy fácil: en tanto él abrió y entró presto hacia la recámara, olvidando cerrar la puerta, ella corrió hacia el interior, ocultándose en la cocina.

Ignorante del peligro, el hombre salió nuevamente. Guiada ahora por la voz de Roberto, revivía su pesadilla: como si conociera el lugar desde siempre, ella, Mariana Cienfuegos, inquilina del edificio ubicado en la calle de Magnolias número veinticinco, tomó el revólver guardado en uno de los cajones de la cocina, caminó hacia el armario….y esperó.
Perla Julieta Ortiz Murray, Primavera del 2010

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