Para la guera, una perrita que amamos y que perdimos.
Todas las grandes historias de amor terminan en tragedia y casi siempre demasiado pronto. Madame Bovary ingiere arsénico y muere al poco tiempo después de que sus dos amantes la abandonaran y de dejar en la ruina a su esposo y a su pequeña hija. Ana Karenina, a punto de arrojarse a las vías del tren tras el rompimiento definitivo con Bronsky, su amante, recapacita por un segundo respecto de la locura que está a punto de cometer, pero es golpeada por el tren y muere al instante. Madame Butterfly, al enterarse de que Pinkerton, el oficial estadounidense que se casó con ella bajo el rito Goro japonés (el cual Pinkerton no tomó en serio) ha vuelto a Nagasaki pero casado y con familia, le pide a su criada que le lleve a su pequeño hijo, fruto de su amor con Pinkerton, a su habitación para “despedirse” de él con un beso y después, se quita la vida con un cuchillo.
Podríamos seguir enumerando grandes obras dela literatura universal cuyo tema central es el amor apasionado por alguien que se vuelve el centro de nuestras vidas, pero no es este el asunto que nos toca ahora, sino el de otro tipo de amor, igualmente apasionado, pero no egoísta, sino sincero, puro e incondicional. El amor que uno puede llegar a sentir por un perro (o perra) y que es, además, un amor recíproco y fiel, donde los haya. A lo largo dela literatura, desde Homero hasta nuestros días, encontramos historias bellísimas y enternecedoras entre los perros y sus dueños que nos mueven a preguntarnos cómo puede haber quienes maltraten o abandonen a su suerte a estos fieles compañeros nuestros.
Sólo pondré una muestra. Kashtanka, el gran cuento de Chéjov, narra la historia de la perrita de un ebanista que salía a trabajar con su amo todas las mañanas muy temprano, pero un buen día, al alejarse ambos demasiado de su ruta habitual y al haber entrado su amo a descansar un rato a una taberna, pierde el camino e regreso a casa. Es hallada por un cirquero quien la acoge amablemente en su humilde casa a donde llega muerta de frío y de hambre. El cirquero, quien tenía muchos otros animales, entre ellos un pato, a los cuales entrenaba para actuar toda suerte de trucos en el circo, le ofrece a Kashtanka una cama calientita y un buen plato de comida, igual que a todos los demás, por lo que la perrita se muestra muy agradecida y dispuesta a obedecer a su entrenamiento, llegándose a convertir en la estrella del circo.
Sin embargo, jamás olvida a su antigua familia y una noche, a punto de salir a escena, reconoce entre el público a su viejo amo, el ebanista, quien le silba y la llama por su nombre verdadero. La perrita corre en dirección a él, saltando por entre las butacas y la gente y llega a su encuentro moviendo la cola de alegría y… mejor dejemos al propio Chéjov terminar la historia: “Media hora más tarde Kashtanka iba ya por la calle detrás de personas que olían a cola y barniz. Luká Alexándrich se tambaleaba e instintivamente, aleccionado por la experiencia, procuraba mantenerselejos de las zanjas. -En el abismo de mis entrañas anida el pecado...-balbuceaba- Y a ti, Kashtanka, no hay quien te entienda. Comparado con el hombre, eres como un mal carpintero frente a un buen ebanista. A su lado caminaba Fiédiushka, el hijo del carpintero, tocado con la gorra del padre. Kashtanka miraba las espaldas de ambos, le parecía que hacía ya mucho que iba detrás de ellos y se alegraba de que su vida no se hubiese interrumpido ni por un instante. Recordaba el cuartito del empapelado sucio, el ganso y Fiódor Tímoféich, las sabrosas comidas, las, lecciones, el circo... pero todo eso no era ahora para ella sino una pesadilla larga y confusa”.
Escribo esto con un profundo dolor en mi corazón, porque hoy se extravió nuestra perrita, la guera, que apenas hace un mes recogimos de la calle. Desnutrida, deshidratada y con una pata enferma, estaba recuperándose rápidamente con nuestro amor y cuidados. Era mi compañera en las caminatas matutinas y en los paseos vespertinos. Su semblante se iluminaba y no dejaba de mover la cola cada vez que me veía llegar con la correa en mano. Sus ojos, de un color maple precioso, irradiaban luz al verme acercarme. Esta mañana mi hijo y yo peinamos toda el área que solíamos recorrer juntos con la esperanza de que algún vecino le hubiese visto. Nada. Preguntamos a los jardineros de los parques, a los vendedores e periódicos y, en fin, a todas las personas que encontrábamos cada mañana la guera y yo al salir de paseo. Nadie la había visto hoy.
No puedo expresar con palabras lo que siento en este momento. Sólo espero que quien la encuentre, le prodigue el mismo cariño que yo y que ella, en sus sueños perrunos, guarde un buen recuerdo mío y, si es posible, que vuelva con nosotros., porque no puedo evitar soltar el llanto al ver sus dos platitos vacíos. El amarillo, para la comida. El verde, para el agua. Yo no sé si este tipo de amor sea lo más parecido al amor puro, pero sí sé algo: un amor así, es para siempre.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Otoño, 2011









