martes, 13 de septiembre de 2011
MATAR COMO SI NADA
miércoles, 3 de agosto de 2011
Responsabilidad colectiva y educación

“No odies de corazón a tu hermano, pero corrige a tu prójimo, para que sus pecados no recaigan sobre ti”
Levítico 19:16
“¿Cómo podré ver la desgracia de mi pueblo y la ruina de mi gente y no hacer nada al respecto?
Ester 8:6
“No te apartes de las necesidades de tu comunidad”
Pirkei Avot 2:4
Mientras los columnistas de cientos de periódicos opinan sobre la reunión del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad con los diputados y senadores, la injusticia, la desigualdad, el crimen, la corrupción y la impunidad continúan reinando en México. En el diario La Jornada del 1 de agosto, se lee que los legisladores acaban de asignar a empresas privadas la estrepitosa cantidad de 250 millones de pesos para “necesidades varias”, como espacios en radio y t.v., entre otros. Más abajo, una nota que debería avergonzarnos como sociedad: 3.3 millones de jornaleros ganan un mísero salario de entre ¡680 y 1,329 pesos mensuales! Un poco más adelante: En Guerrero, Oaxaca y Chiapas 1 de cada 3 personas viven en pobreza extrema; Nuevo León, Baja california Sur y el D.F. registran la misma cifra pero en pobreza “moderada”.
lunes, 11 de julio de 2011
CUIDAR LA CASA
“Y tomó Dios al hombre, y lo llevó al jardín de Edén, para cultivar la tierra y cuidar de ella”.
Génesis 2:15
Hoy por la mañana, mientras leía algunos de los encabezados de los periódicos nacionales por internet, me topé con una nota triste, desalentadora y que me inspiró a escribir esto. México es uno de los 3 países con mayor grado de deforestación y deterioro ambiental en el mundo. Me puse a hurgar en nuestros orígenes pre y post colombinos y la única respuesta convincente que hallé es que los mexicanos no amamos la vida, ni la nuestra, ni la de otros y, en consecuencia, la vida en general. Pero, ¿de dónde viene ese desprecio hacia la vida? Nuestra historia pre colombina nos habla de una cultura que, si bien respetaba hasta cierto punto la naturaleza, era más bien porque de ella obtenían los recursos para vivir y para curarse de ciertas enfermedades. Además, porque asociaban la naturaleza, sus elementos y su fuerza, con las deidades que veneraban y que, según creían, eran las responsables de las buenas cosechas, de la lluvia, etcétera.
Más tarde, con la llegada de los europeos, la evangelización y la “civilización”, la doctrina católica promueve, entre otras cosas, la explotación sin límites de los recursos naturales para beneficio de unos cuantos (casi siempre, curiosamente, miembros de su grey, o ciudadanos españoles que llegaron a hacer fortuna a este vasto y rico territorio) escudándose también en el libro del Génesis, sólo que un poco antes del citado aquí como epígrafe: “Dios bendijo al recién creado hombre y le dijo “Creced y multiplicaos y sometan la tierra y dominen sobre toda criatura viviente…” Este es el precepto bíblico bajo el cual se ha conducido nuestra civilización, en especial, aquí en México. Somos un país eminentemente católico y una parte muy importante de nuestro bagaje cultural, de nuestra visión del mundo, está imbuida de la doctrina de la Iglesia. Y en el discurso dominante de ésta, por lo menos en el que concierne a nuestro papel en el mundo, queda totalmente fuera la ecología y el cuidado al medio ambiente.
Esto, por un lado. Por el otro, la brecha abismal entre ricos y pobres y, por ende, la ignorancia y falta de oportunidades de ascenso social de millones de personas que carecen de lo mínimo indispensable para vivir y su contraparte, el despilfarro de unos cuantos miles que han sacado ventaja de sus vínculos con las instituciones (entre ellas la Iglesia católica, por supuesto), han permitido que en México hayamos llegado a un estado de cosas caótico en donde no hay lugar para la compasión, la tolerancia y el respeto hacia los seres vivos, incluso los humanos.
Esta alianza entre el estado y la iglesia, en un país como el nuestro, ha devenido en un desorden social, político, cultural y, por supuesto, natural que difícilmente habrá de revertirse, en la medida en que sigamos siendo ignorantes, egoístas y en la medida en que los beneficios de esta “tierra de la abundancia” sean sólo para unos pocos. La violencia en que estamos inmersos, es producto de todos estos años de corrupción de gobierno, instituciones, empresarios, líderes sindicales, etcétera, que han sumido al pueblo cada vez más en la ignorancia a través de los medios masivos que privilegian programas embrutecedores, de pésima calidad y nulo contenido cultural, para así tenerlo sometido a sus reglas que, curiosamente, siempre los benefician a ellos en este juego sucio de la “democracia”, entre comillas.
¿Y qué tiene que ver la política, la corrupción, la brecha social con la ecología? Pues mucho. Porque un país que permite que se despilfarren sus recursos naturales a beneficio de unos cuantos, que de concesiones a los poderosos para seguir devastando nuestra tierra sin permitir a los que menos tienen tener acceso a beneficiarse también de ella y así, mejorar su condición, seguiremos inmersos en el absurdo de la violencia y en un ambiente así, simplemente no hay lugar para el discurso ecológico. Lo que prevalece es la lucha por la sobrevivencia humana, no importan los costos naturales que ésta implique, ¿a quién le va a interesar cuidar los árboles o los perros, cuando hay que hallar el sustento del día siguiente?
El judaísmo, en cambio, es muy claro respecto del papel del hombre en el mundo. Para esta tradición, el versículo bíblico en el que hay que reparar para asumirnos como parte de la creación es, justamente, Génesis 2:15 “Y tomó Dios al hombre, y lo llevó al jardín de Edén, para cultivar la tierra y cuidar de ella” (nótense las cursivas). Este versículo impone sobre el hombre la gran responsabilidad de salvaguardar la vida en la Tierra y contribuir a su preservación, ya que es el hombre y sólo él, el único ser “racional” capaz de asumir tal reto. Pero también, el judaísmo pone al hombre en una posición privilegiada respecto de su relación con Dios, situándolo como el “intermediario” entre Él y la creación. Y esta posición implica, entre otras cosas, que el hombre tiene que vigilar muy de cerca que ninguno de sus semejantes se beneficie más que otro de esta creación, para que no surja entre ellos el descontento. Es decir, el hombre debe procurar que cada quién tenga acceso a una vida digna. He ahí el fundamento de una verdadera democracia. Muy lejos de la que tenemos nosotros los mexicanos.
Como podemos ver, hay una interpretación diametralmente opuesta en ambas tradiciones, la católica y la judía, respecto de cuál es o debiera ser nuestro papel en el mundo y de cómo debemos actuar en él para preservarlo, en todas sus formas.
Una ética ambiental debe partir del principio de que nadie tenemos derecho a devastar ecosistemas, a infligir dolor a los seres vivos o a contaminar en aras del progreso de nuestra especie bajo el argumento de que Dios nos dio “supremacía” sobre las demás. Si nos la dio, fue justamente, para utilizarla como los “guardianes” de la vida, en todas sus formas. Y eso, más que un privilegio, es una responsabilidad muy grande, pero una responsabilidad hermosa, ya que nos reitera que Yahvé nos eligió, de entre todas sus criaturas, para ser los “hermanos mayores” de la creación y, por lo tanto, protegerla, amorosamente, para el disfrute y la admiración de las generaciones por venir. Cuidar el planeta como cuidamos la casa. No permitiendo que alguien la deteriore, sino, al contrario, reparándola y embelleciéndola cada vez más, porque es nuestro hogar. Donde convivimos con quienes son especiales para nosotros, donde soñamos, donde hacemos planes, donde querríamos estar para siempre.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
verano, 2011
martes, 28 de junio de 2011
Adiós a una Ceiba verde

“Nudos amargos duelen en tus maderos, encina verde,
Que tus contornos te quieran, que te respete la muerte…”
Joan Manuel Serrat
Los antiguos mayas creían que la una gran Ceiba enraizada en el centro de la tierra conectaba el mundo espiritual con el terrestre. Pensaban que sus largos brazos cubiertos de hojas servían de escalones entre el cielo y quienes intentaban ascender a él. Además, creían que el espíritu de la Ceiba era indomable, puesto que, aún después de talados los bosques, siempre persistía, enhiesta y frondosa, una gran Ceiba. Aún hoy, no es raro observar, en medio del campo sembrado, o de una plancha de adoquines o cemento, erguida, bella, y exuberante, una Ceiba.
En esta hermosa y húmeda mañana de verano, mientras bebo mi primer café y escucho las noticias del mundo por Internet, observo a través de la ventana las plantas de mi jardín, aún mojadas por la copiosa lluvia de ayer por la noche, exhalando deliciosos aromas y sirviendo de alimento a unos cuantos revoltosos colibríes que se disputan el néctar de sus flores (campanitas).
No puedo evitar pararme de mi silla e ir a contemplar el espectáculo. Suspiro profundamente y me pregunto si no será esta sensación tan placentera lo más parecido al paraíso. Salgo repentinamente de mis cavilaciones al escuchar, a través de la radio de la BBC, una entrevista con el Doctor Osvaldo Canziani, premio Nóbel de la Paz por sus contribuciones a tratar de frenar el cambio climático.
El doctor Canziani comienza diciendo algo muy cierto: Independientemente de los esfuerzos que hagan los gobiernos de los países por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, de implementar políticas para sancionar a las empresas que contaminen, etcétera, nosotros, cada individuo como habitante de este planeta, tenemos una RESPONSABILIDAD ÉTICA con su preservación y, por ende, con cada una de las especies que lo habitan (y eso, por supuesto, incluye a los animales, los árboles y las plantas).
Es decir, las consecuencias devastadoras para el planeta, producto del cambio climático, no son sólo producto de la contaminación provocada por las grandes industrias, sino de cada persona individualmente, cualquiera que sea su función, desde ejecutivos hasta amas de casa, pasando por estudiantes, obreros, burócratas, artistas, intelectuales, maestros, padres de familia, en fin. Todos y cada uno de nosotros debemos asumir nuestra parte de culpa en el deterioro de la Tierra y actuar en consecuencia. Hallar la manera de, cualquiera que sea nuestro quehacer, encaminarlo (por lo menos un poco) a cumplir con ese compromiso ético para con el planeta. Un artista plástico, podrá montar una exposición cuyo tema central sea, por ejemplo, la tala indiscriminada; un burócrata, fomentará desde su lugar de trabajo el reciclaje, llevándose a casa las latas de refresco de sus compañeros (incluso cuando lucre con ellas) y, así, podrá el ejemplo entre los demás, quienes también querrán sacar algún provecho con ello.
Algunos lo haremos desde la trinchera del aula, independientemente cuál sea la materia que impartamos, dedicando un pequeño tiempo de la clase a discutir de estos temas con los alumnos. A escuchar sus inquietudes, sus ideas y a ayudarles a darles forma a manera de propuestas canalizándolas a las autoridades a manera de un artículo, un ensayo, una petición, ó, incluso, una protesta abierta y directa hacia “quien resulte responsable”, incluso si con ello ponemos en riesgo nuestra permanencia en la institución educativa a la que pertenezcamos.
Y es justamente en este punto en dónde retomo el hilo conductor de este trabajo, la Ceiba, “mi” Ceiba. Una institución de educación superior, se ha dedicado, en “aras del progreso, la modernidad y la calidad” (nótense las comillas) a “mutilar” árboles y flora endémica de nuestra región y que antes existían dentro de la escuela. Entre ellos una enorme, hermosísima y frondosa Ceiba bajo cuya amable sombra tantas veces di consejos extramuros a mis alumnos y sostuve amenas charlas con compañeros maestros. Es devastador. Es un panorama desolador e inmensamente triste. Inmensas placas de concreto y enormes y sombríos edificios en dónde antes había árboles, pasto, plantas, VIDA!!! Lo más alarmante, es que esto se dé en un lugar que debiera ser, por antonomasia, precursor del humanismo, el cual entraña, entre otras cosas, la preservación y cuidado de la Naturaleza: la universidad.
Podrá haber quienes argumenten que “los nuevos tiempos lo requieren”. Que cada vez hay más demanda educativa y que, por tanto, hay que darle prioridad a las aulas (claro, como los árboles no pagan colegiatura…) No, los árboles no pagan nada, porque nos dan todo. Todo lo que necesitamos para vivir. La fuente de vida, que es el agua, incluye en su ciclo vital a los árboles. De la abundancia o escasez de ellos depende que llueva mucho o poco en un sitio. De su presencia depende también, que el clima de una región sea o no extremadamente caluroso (como el que sufrimos en nuestra querida Cajeme).
Pero, este argumento de la escasez del agua en la región, podrá ser esgrimido también por los ingenieros, arquitectos, diseñadores de jardines autoridades escolares y “expertos” en la materia (como los ingenieros ambientales, cuya carrera cursan en esa escuela, por cierto) para justificar su barbarie. ¡Tonterías!
Todo mundo sabe que, a mayor forestación, más lluvia y, en consecuencia, más abasto de agua. Tenemos un gran sistema de captación de agua en el estado, pero si no empezamos por promover (con el ejemplo, claro está, que así es como se aprende, y a la escuela vamos, principalmente, a aprender), la cultura del agua (la cual incluye el NO TALAR ÁRBOLES, SINO PLANTARLOS), nuestra actitud de despilfarro no cambiará.
Como maestra tengo un compromiso ineludible para con mis alumnos y es el de transmitirles ambas cosas. Conocimientos prácticos y valores universales, imperecederos, cono el respeto a la Naturaleza, aun si esto implica ir en contra de las “políticas de la empresa”. Una escuela no es ni debe ser una empresa. Una universidad debe ser eso mismo, un “universo” de conocimientos. La técnica sí, pero también el humanismo y éste, como dije antes, entraña el respeto por la vida en todas sus formas, los árboles incluidos.
domingo, 22 de mayo de 2011
Canción de boda

Y a Bob, en su 70 aniversario
I Love you more than ever, more than time and more than love
I love you more than money and more than the stars above…
Bob Dylan, The wedding song
Bob Dylan significa mucho para mí. Sin su música simplemente no hubiese iniciado aquella prolongada charla (acompañada de tabaco y cerveza, por supuesto) con un muchacho que parecía llegado de otro mundo, como surrealista, y que habría de convertirse, poco tiempo después, en mi esposo.
Pero, intimidades aparte, Dylan significa no sólo para mí, sino para muchas personas, una especie de gurú; de guía espiritual en medio de un mundo materialista, en donde parece haber cambiado radicalmente el ideal de belleza clásico (bello= bueno y verdadero), por uno efímero, volátil y perecedero.
En cuanto a la vida espiritual se refiere, el Maestro también, por supuesto, ha sido un constante buscador de “La Verdad”. Judío de nacimiento (recuérdese que su verdadero apellido es Zimmerman), cristiano por adopción (al menos durante un periodo), Dylan también reniega de su fe en un gran disco de los ochenta, “Infidels” (nótese el título), en donde aparece en la contraportada dándole “la espalda” a la Ciudad Santa (Jerusalén) y el título de la primera canción lo resume todo: Jokerman, o algo así como “charlatán” , hace una clara alusión a toda la parafernalia utilizada por los líderes espirituales de todas las religiones para manipular a las masas y apropiarse de sus vidas (y de sus almas). El desencanto religioso, lo compensa (¿con qué más iba a ser?) con la aventura amorosa que, es también, bien visto, una experiencia “mística”.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
teresa_padron@hotmail.com
miércoles, 4 de mayo de 2011
La fruta prohibida

porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.
Génesis 2:16-17
Primavera, 2011
martes, 19 de abril de 2011
LA PASCUA HEBREA Y LA SEMANA SANTA CRISTIANA, dos momentos clave del judaísmo y del cristianismo

ese lugar de esclavitud, porque el Señor los sacó de allí con el poder de su mano.
Este día, no comerán pan fermentado.
Éxodo, 13:3
miércoles, 6 de abril de 2011
Peace and Love
jueves, 31 de marzo de 2011
Ellos y nosotros
sábado, 5 de marzo de 2011
ALACRANES CON ALAS

Of having to be scrounging your next meal…
Bob Dylan
El infortunio amansa el carácter. Lo vuelve a uno dócil, manejable, incluso amable. Cuando la vida nos ha hecho una jugarreta y hemos perdido ciertos privilegios, hemos “bajado de nivel” económicamente, o nuestra salud se ha comenzado a deteriorar, o ya nos somos el alma de la fiesta ni llamamos tanto la atención, empezamos a ver todo desde otra perspectiva. Las frases hirientes o el sarcasmo que usábamos para hacer mofa de quienes no gozaban de nuestro estatus, han cedido su lugar a otras más amables, más cordiales. De pronto nos hemos dado cuenta de que, en el fondo, no éramos los “chicos malos” o las “mujeres fatales” que pretendíamos ser. Todo eso sin mencionar la violencia y el crimen de los últimos años que han trastocado nuestra vida en forma directa, ya que muchos hemos sido víctimas de ésta o, por lo menos, nos hemos visto involucrados (o alguien de nuestra familia) en situaciones de riesgo.
Ante este panorama incierto, de repente nos descubrimos vulnerables, frágiles, indefensos. Ya no miramos de reojo o por arriba del hombro a los demás, ya no levantamos la ceja o fruncimos el ceño, ya no hacemos alarde de nuestro carro nuevo, o nuestro “look” a la moda; ya no gritamos ni alzamos la voz; ahora cedemos el paso cortésmente, respetamos los semáforos, bajamos la velocidad, decimos “por favor”, “gracias”, “con permiso”. Ahora nuestras bromas y chistes no son crueles, se han vuelto “light”. Ya no traemos la música a todo volumen (incluso nuestros gustos musicales han cambiado). Antes, nos gustaba fanfarronear de nuestras nuevas “adquisiciones” en el terreno amoroso; ahora nos hemos vuelto a enamorar de nuestros cónyuges. Hemos “redescubierto” todo lo que de bueno tenía ese compañero o compañera nuestro (a) y lo hemos (finalmente) comenzado a valorar.
Hace unos años apenas, nos importaban mucho las marcas. De eso dependía, en gran medida, el que nos aceptaran en el círculo (tribu) al que queríamos acceder. Ahora no nos da pena admitir que compramos en los tianguis, que utilizamos vales de despensa y que andamos “cazando” las mejores ofertas. Ya no nos avergüenza traer un carro “modesto” (al fin que sirve para lo mismo que uno de lujo, nos decimos). Repentinamente, llegan a nosotros los nombres de todos nuestros viejos compañeros de escuela, incluso aquellos a los que menospreciábamos o insultábamos por tener algún defecto físico. ¡Ah! ¡Qué tiempos aquellos! Decimos. Desearíamos tener, ahora mismo, aunque sea un solo amigo de verdad. Pero es imposible. Durante todos estos años me volqué hacia mí y no vi más allá. Jamás los busqué, olvidé sus caras y sus nombres. Cómo quisiéramos volver el tiempo atrás y pedirles perdón y decirles que somos buenos, que sólo estábamos bromeando, que no lo decíamos en serio. Asegurarles que, en el fondo, siempre los quisimos (aunque jamás los invitamos a una de nuestras reuniones). Demasiado tarde. Ellos, seguramente, también nos habrán olvidado.
De un día para otro, nos percatamos de que los demás también existen, de que hay otras personas además de nosotros, con los mismos miedos, las mismas necesidades y los mismos anhelos. Pero, ¿por qué hasta ahora? ¿Qué es lo que ha hecho que, de repente, comencemos a salir de nuestro ego y a ver más allá de nuestro microuniverso? ¿En qué momento me percaté de que no soy, ni de lejos, autosuficiente, o indispensable o necesario? El miedo. El miedo a morir, que es el “padre” de todos los miedos, nos ha tamizado. Nos ha ablandado porque nunca como antes habíamos valorado tanto nuestra integridad física. Nunca como antes habíamos apreciado todo lo que de bueno tiene nuestra vida, aun despojada de todas las cosas materiales. Una casa, un carro, una televisión, son sólo cosas y, como tales, reemplazables o incluso prescindibles. La vida, es única, irremplazable, preciosa.
El miedo a morir también nos ha descubierto como viles aprendices de malos. Antes, presumíamos de valientes y de invencibles. Ahora nos damos cuenta de que somos sólo “amateurs” comparados con los verdaderos tipos malos, a quienes no querríamos tener que enfrentar. Ahora preferimos parecernos a personas más educadas, más amables, con modales y buenos hábitos (como ir a misa los domingos, por ejemplo). Y es que, como bien reza el dicho, “el miedo no anda en burro”, o sea, el miedo lo hace a uno alejarse a toda prisa del peligro y tomar otra dirección, ahora sí, la correcta, la que siempre supimos que era buena, pero que nunca quisimos seguir, pues preferíamos continuar en nuestro papel de indestructibles. Además el ser un bravucón no es sinónimo de valiente. Otro refrán, bastante conocido, dice: “Lo cortés no quita lo valiente”.
Dios no les da alas a los alacranes (para continuar con los refranes). O más bien, cuando ve que los alacranes quieren volar, les recuerda, de varias formas, que esto les está vetado. Él, en su infinito amor por nosotros, nos vuelve a dar otra oportunidad y su compasión es tanta que nos manda otra señal, más tangible, más clara, más comprensible de lo que Él espera de nosotros. Comienza por quitarnos algunos privilegios y termina por enfrentarnos al miedo, al dolor, a la necesidad e incluso a la enfermedad (semejante a las pruebas por las que pasó Job) y tiene fe en que ahora sí, entenderemos el mensaje. Tiene fe en que esta última prueba de lo que el hombre es capaz de hacer contra el hombre, nos orille a voltear a ver el rostro del otro y verlo a Él en ese rostro y hacer con esa persona lo mismo que nos gustaría que hicieran con nosotros si nos halláramos en su lugar para, de esta forma, evitar humillarle o despreciarle o hacerle sufrir.
Sólo así, cuando nos vemos despojados de todo lo superficial, es cuando comenzamos a mirar nuestro rostro en el espejo tal y como es y la mayoría de las veces, la imagen que nos devuelve no nos gusta. Porque cuando vemos todo lo malo que está sucediendo en el mundo, vemos un reflejo de todo lo malo que hay en nosotros mismos y sólo entonces, desde la culpa, desde el remordimiento, desde la humillación, surge, renovado, el hombre bueno que hay en nosotros y que siempre estuvo ahí, y al cual ahora sí acudimos en busca de refugio en medio de la tormenta. Siempre nos dijeron que había que parecer malos para hacernos respetar. Ahora sabemos que hay que ser buenos para preservar lo mejor que tenemos, la vida.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
