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martes, 28 de junio de 2011

Adiós a una Ceiba verde




“Nudos amargos duelen en tus maderos, encina verde,
Que tus contornos te quieran, que te respete la muerte…”
Joan Manuel Serrat





Los antiguos mayas creían que la una gran Ceiba enraizada en el centro de la tierra conectaba el mundo espiritual con el terrestre. Pensaban que sus largos brazos cubiertos de hojas servían de escalones entre el cielo y quienes intentaban ascender a él. Además, creían que el espíritu de la Ceiba era indomable, puesto que, aún después de talados los bosques, siempre persistía, enhiesta y frondosa, una gran Ceiba. Aún hoy, no es raro observar, en medio del campo sembrado, o de una plancha de adoquines o cemento, erguida, bella, y exuberante, una Ceiba.




En esta hermosa y húmeda mañana de verano, mientras bebo mi primer café y escucho las noticias del mundo por Internet, observo a través de la ventana las plantas de mi jardín, aún mojadas por la copiosa lluvia de ayer por la noche, exhalando deliciosos aromas y sirviendo de alimento a unos cuantos revoltosos colibríes que se disputan el néctar de sus flores (campanitas).
No puedo evitar pararme de mi silla e ir a contemplar el espectáculo. Suspiro profundamente y me pregunto si no será esta sensación tan placentera lo más parecido al paraíso. Salgo repentinamente de mis cavilaciones al escuchar, a través de la radio de la BBC, una entrevista con el Doctor Osvaldo Canziani, premio Nóbel de la Paz por sus contribuciones a tratar de frenar el cambio climático.




El doctor Canziani comienza diciendo algo muy cierto: Independientemente de los esfuerzos que hagan los gobiernos de los países por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, de implementar políticas para sancionar a las empresas que contaminen, etcétera, nosotros, cada individuo como habitante de este planeta, tenemos una RESPONSABILIDAD ÉTICA con su preservación y, por ende, con cada una de las especies que lo habitan (y eso, por supuesto, incluye a los animales, los árboles y las plantas).
Es decir, las consecuencias devastadoras para el planeta, producto del cambio climático, no son sólo producto de la contaminación provocada por las grandes industrias, sino de cada persona individualmente, cualquiera que sea su función, desde ejecutivos hasta amas de casa, pasando por estudiantes, obreros, burócratas, artistas, intelectuales, maestros, padres de familia, en fin. Todos y cada uno de nosotros debemos asumir nuestra parte de culpa en el deterioro de la Tierra y actuar en consecuencia. Hallar la manera de, cualquiera que sea nuestro quehacer, encaminarlo (por lo menos un poco) a cumplir con ese compromiso ético para con el planeta. Un artista plástico, podrá montar una exposición cuyo tema central sea, por ejemplo, la tala indiscriminada; un burócrata, fomentará desde su lugar de trabajo el reciclaje, llevándose a casa las latas de refresco de sus compañeros (incluso cuando lucre con ellas) y, así, podrá el ejemplo entre los demás, quienes también querrán sacar algún provecho con ello.




Algunos lo haremos desde la trinchera del aula, independientemente cuál sea la materia que impartamos, dedicando un pequeño tiempo de la clase a discutir de estos temas con los alumnos. A escuchar sus inquietudes, sus ideas y a ayudarles a darles forma a manera de propuestas canalizándolas a las autoridades a manera de un artículo, un ensayo, una petición, ó, incluso, una protesta abierta y directa hacia “quien resulte responsable”, incluso si con ello ponemos en riesgo nuestra permanencia en la institución educativa a la que pertenezcamos.




Y es justamente en este punto en dónde retomo el hilo conductor de este trabajo, la Ceiba, “mi” Ceiba. Una institución de educación superior, se ha dedicado, en “aras del progreso, la modernidad y la calidad” (nótense las comillas) a “mutilar” árboles y flora endémica de nuestra región y que antes existían dentro de la escuela. Entre ellos una enorme, hermosísima y frondosa Ceiba bajo cuya amable sombra tantas veces di consejos extramuros a mis alumnos y sostuve amenas charlas con compañeros maestros. Es devastador. Es un panorama desolador e inmensamente triste. Inmensas placas de concreto y enormes y sombríos edificios en dónde antes había árboles, pasto, plantas, VIDA!!! Lo más alarmante, es que esto se dé en un lugar que debiera ser, por antonomasia, precursor del humanismo, el cual entraña, entre otras cosas, la preservación y cuidado de la Naturaleza: la universidad.




Podrá haber quienes argumenten que “los nuevos tiempos lo requieren”. Que cada vez hay más demanda educativa y que, por tanto, hay que darle prioridad a las aulas (claro, como los árboles no pagan colegiatura…) No, los árboles no pagan nada, porque nos dan todo. Todo lo que necesitamos para vivir. La fuente de vida, que es el agua, incluye en su ciclo vital a los árboles. De la abundancia o escasez de ellos depende que llueva mucho o poco en un sitio. De su presencia depende también, que el clima de una región sea o no extremadamente caluroso (como el que sufrimos en nuestra querida Cajeme).




Pero, este argumento de la escasez del agua en la región, podrá ser esgrimido también por los ingenieros, arquitectos, diseñadores de jardines autoridades escolares y “expertos” en la materia (como los ingenieros ambientales, cuya carrera cursan en esa escuela, por cierto) para justificar su barbarie. ¡Tonterías!
Todo mundo sabe que, a mayor forestación, más lluvia y, en consecuencia, más abasto de agua. Tenemos un gran sistema de captación de agua en el estado, pero si no empezamos por promover (con el ejemplo, claro está, que así es como se aprende, y a la escuela vamos, principalmente, a aprender), la cultura del agua (la cual incluye el NO TALAR ÁRBOLES, SINO PLANTARLOS), nuestra actitud de despilfarro no cambiará.



Tendemos a creer, erróneamente, que una escuela cuyo lema es la promoción y difusión de los vínculos comerciales, los negocios, la mercadotecnia, la competencia, es el lugar idóneo para que estudien y se “formen” nuestros hijos. Otra falacia. Para empezar los “valores” se enseñan en casa y se refuerzan en la escuela. Si la técnica no va acompañada de un humanismo, se convierte en automatización, en trabajo mecánico realizado por una especie de robots o androides completamente insensibles a lo que pasa a su alrededor.
Como maestra tengo un compromiso ineludible para con mis alumnos y es el de transmitirles ambas cosas. Conocimientos prácticos y valores universales, imperecederos, cono el respeto a la Naturaleza, aun si esto implica ir en contra de las “políticas de la empresa”. Una escuela no es ni debe ser una empresa. Una universidad debe ser eso mismo, un “universo” de conocimientos. La técnica sí, pero también el humanismo y éste, como dije antes, entraña el respeto por la vida en todas sus formas, los árboles incluidos.



Mi compromiso es no sólo para con mi hijo, con mis alumnos, con mis amigos o mi familia. Mi deber es también para las futuras generaciones, es decir, para la posteridad. Para que no se agote la vida en la Tierra, nuestro hogar, el único lugar posible para la vida.






Teresa de Jesús Padrón Benavides

domingo, 22 de mayo de 2011

Canción de boda




A Hector Islas Azaïs
Y a Bob, en su 70 aniversario


I Love you more than ever, more than time and more than love
I love you more than money and more than the stars above…
Bob Dylan, The wedding song



Hace más o menos 3 años Bob Dylan dio una serie de conciertos en las principales ciudades de México. Yo me puse muy triste por no haber podido ir a ninguno de ellos. He visto y escuchado en vivo a muchos de los mejores grupos y músicos de rock (Rolling Stones, David Bowie, entre otros), pero cambiaría cualquiera de ellos por una sola hora de música en vivo con Dylan.

Entre las cosas que más amo en la vida están la música y la literatura. Afortunadamente, he tenido oportunidad, a lo largo de los últimos 20 años, de expresarme a través de ambas, con relativo éxito (no comercial, pero sí personal, que es lo que cuenta). He escrito para periódicos, revistas culturales, he tenido programas de radio y he tenido 3 bandas de rock. Durante ese tiempo, he llegado a apreciar cada vez más a Dylan el poeta y a Dylan el músico. He descubierto que el resto de los músicos a quienes admiro, son todos, irremediablemente, “hijos” de Dylan.

En Dylan se sintetiza el ideal de letra-música que todo compositor se afana por alcanzar. Por supuesto que hay quienes lo han logrado también (Leonard Cohen, por ejemplo), sin embargo su influencia, aunque grande, no lo ha sido tanto como la de Dylan. ¿A qué se debe este fenómeno “dylaniano”? ) Mi opinión (y puede refutarse, por supuesto), es que Dylan ha tocado todas las emociones que nos mueven a actuar (desde el desencanto amoroso hasta la crítica política, pasando por el despertar religioso) de una manera en que nadie ha podido. Dylan es poesía pura. Sus canciones, incluso las más sencillas, son un tributo al lenguaje. Nos enseña que las palabras no tienen que ser rebuscadas, sino encajar cada una dentro del sentimiento que quieren expresar, para convertirse, ellas mismas, en emociones profundamente humanas.

Bob Dylan no es un gran cantante. Eso lo sabemos todos, sin embargo, a los “puristas” de Dylan (entre quienes me cuento), nos gusta Dylan con Dylan. Su voz, chillona y desafinada, es el complemento ideal de sus letras.
Bob Dylan significa mucho para mí. Sin su música simplemente no hubiese iniciado aquella prolongada charla (acompañada de tabaco y cerveza, por supuesto) con un muchacho que parecía llegado de otro mundo, como surrealista, y que habría de convertirse, poco tiempo después, en mi esposo.


En este momento, mientras escucho The wedding song (la canción de bodas) de Bob Dylan, recuerdo que hace quince años, poco más, me aventuré en la riesgosa empresa del matrimonio. Hoy, a la distancia, recuerdo el día de mi boda como la culminación de un proceso de aprendizaje personal que me llevó a cometer muchos errores (algunos de ellos con secuelas graves), pero que me sirvió, entre otras cosas, para crecer tanto intelectual como espiritualmente y quedar convencida de que, si algún día habría de dar el “gran paso”, sería por amor y para siempre.
Pero, intimidades aparte, Dylan significa no sólo para mí, sino para muchas personas, una especie de gurú; de guía espiritual en medio de un mundo materialista, en donde parece haber cambiado radicalmente el ideal de belleza clásico (bello= bueno y verdadero), por uno efímero, volátil y perecedero.


En Like a Rolling Stone, (el “himno”) de la generación de fines de los sesenta, por ejemplo, Dylan dice: “Once upon a time you dressed so fine, you threw the bums a dime in your prime, didn’t you…? Aduciendo a la frivolidad y a la banalidad de una mujer bella y joven que ha sido despojada de sus posesiones materiales y de sus atributos externos y no le ha quedado absolutamente nada, y sin eso no es nadie. Y ésta bien puede ser la metáfora de la vida actual, inmersa en lo absurdo del consumo desmedido y alejada completamente de los valores universales esenciales como la amistad, la confianza, el respeto, la solidaridad, la camaradería, la espiritualidad, etcétera.

Dylan en canciones como Desolation row aborda también de forma sublime y poética la soledad y la miseria humanas a través de conversaciones imaginarias entre las grandes figuras de la literatura, la poesía y el arte, en general, desde Cenicienta hasta Caín y Abel, pasando por el jorobado de Notre Dame, Betty Davis, Ezra Pound, T.S. Elliot, el Fantasma de la ópera, Robin Hood, Casanova….en fin, todos los epítomes de héroes, antihéroes, sex symbols y demás que convergen en esta “calle de la desolación” que es la vida misma y que, vistos desde afuera así, todos juntos, como fantasmas en una especie de tertulia imaginaria, resultan en una magistral comedia humana del absurdo.


En cuanto a la vida espiritual se refiere, el Maestro también, por supuesto, ha sido un constante buscador de “La Verdad”. Judío de nacimiento (recuérdese que su verdadero apellido es Zimmerman), cristiano por adopción (al menos durante un periodo), Dylan también reniega de su fe en un gran disco de los ochenta, “Infidels” (nótese el título), en donde aparece en la contraportada dándole “la espalda” a la Ciudad Santa (Jerusalén) y el título de la primera canción lo resume todo: Jokerman, o algo así como “charlatán” , hace una clara alusión a toda la parafernalia utilizada por los líderes espirituales de todas las religiones para manipular a las masas y apropiarse de sus vidas (y de sus almas). El desencanto religioso, lo compensa (¿con qué más iba a ser?) con la aventura amorosa que, es también, bien visto, una experiencia “mística”.

Podría mencionar también, por supuesto, la influencia de Dylan en el pensamiento de los movimientos sociales y políticos en los sesenta, pero de eso ya se ha hablado hasta la saciedad. Sólo diré que Bob Dylan, junto con Joan Baez, apoyaron a figuras como Rosa Parks, Martin Luther King, y muchos otros activistas sociales en su lucha por los derechos civiles.

Sólo quisiera compartir una última cosa. Dylan está presente en casi todos los aspectos de mi vida y mucho de lo que soy se lo debo, en gran medida, a su música. Si pudiese tener la certeza de que este pequeño tributo llegaría a sus manos alguna vez, me gustaría decirle: “Gracias Bob y felices 70…”










Teresa de Jesús Padrón Benavides
teresa_padron@hotmail.com

miércoles, 4 de mayo de 2011

La fruta prohibida




Y mandó Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás;
porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.
Génesis 2:16-17




Los hombres somos rebeldes por naturaleza. Todo se remonta a la creación, cuando el hombre (o, más bien, la mujer, Eva) decide que ha de trasgredir la Ley y da a Adán a probar del fruto prohibido. Los seres humanos, en nuestro afán de querer igualarnos a la divinidad, de alcanzar la inmortalidad, de conocer los misterios del universo, de dominar a los demás, desobedecemos. Rechazamos los límites, transgredimos las leyes, las normas, los preceptos. Si algo es prohibido, seguramente es bueno, pensamos. Si nos está vetado, por algo será. Desde niños, cuando nuestros padres nos negaban el acceso a tal o cual revista, a tal o cual película, a tal o cual programa de televisión, crecía en nosotros nuestra curiosidad morbosa y no cejábamos hasta hallar la ocasión de acceder a todo ese mundo “misterioso” sólo reservado para los adultos. Y entre más nos los prohibieran, más nos afanábamos en conseguirlo.


Pero, ¿de dónde nace esa inclinación hacia lo prohibido? Cuando Dios nos concedió la libertad de elegir entre el bien y el mal, cuando nos dio la capacidad de discernir, de sopesar, de medir las consecuencias de nuestros actos y nos dio un código ético, la Torá (la Ley), para tratar de vivir de acuerdo a éste. ¿Qué caso hubiese tenido que fuésemos obedientes por naturaleza? ¿Cómo demostraríamos a Dios nuestro amor por Él si no tuviésemos capacidad de elegir? Él nos dio un código. Cuando lo seguimos, estamos más cerca de Él. Cuando lo trasgredimos, estamos más lejos suyo.

Y como en nuestra naturaleza está el ansia de dominio, de poder, de sometimiento y de control sobre los demás (producto de nuestra indefensión yd e nuestro miedo a morir), pues nos erigimos en “amos y señores” aunque sea de nuestro pequeño “universo” (casa, trabajo, escuela, círculo de amigos) y no aceptamos vivir bajo ningún código que no sea el nuestro. Por lo tanto, no aceptamos someternos a ninguna autoridad superior. Transgredimos la Ley. Accedemos a lo prohibido y entre más obstáculos haya en el camino, más insistiremos en obtenerlo. Porque sólo así (creemos), le demostraremos al mundo que somos grandes, invulnerables, indestructibles. Sólo haciendo lo que nos de la gana, imponiendo nuestra voluntad sobre la de los otros, violando las leyes, nos haremos “respetar” y seremos como “dioses”. Porque además, queremos retar a la muerte, desafiarla, enfrentarla y ver hasta dónde somos capaces de llegar, porque sin ese miedo ante la proximidad de la muerte, muchos de nosotros no entendemos la vida. Sin el miedo a correr riesgos, la vida no tiene sentido, creemos. Queremos ver si somos, al menos un poco, inmortales.


Pero, por más que nos afanemos, jamás podremos alcanzar la inmortalidad, que es la madre de todos nuestros afanes. El hombre y la mujer, cuando quieren ser vistos, cuando quieren ser admirados y respetados, en el fondo lo que anhelan es no ser olvidados, no pasar por la vida sin dejar huella, porque creen (equivocadamente) que sólo así podrán permanecer “vivos”, al menos en la mente de alguien más. En realidad, lo que buscamos todos, el fin último de nuestra existencia, es el ser amados. Queremos que alguien al menos, nos ame y esté dispuesto a cualquier cosa por nosotros. En ese anhelo de ser queridos, amados, admirados, requeridos, indispensables, se nos agota la vida y cuando no podemos conseguirlo, recurrimos a todo aquello que nos haga olvidar esa incapacidad de hacernos querer. Y si aún así no lo conseguimos, recurrimos entonces a todo aquello que nos haga permanecer en un estado de inconsciencia y olvido, para alejar el temor al rechazo social, a las desgracias, a la indiferencia, a la muerte.

Y las drogas, sobre todo las prohibidas, nos dan esa posibilidad. Nos permiten, al menos temporalmente, ser plenamente felices. Olvidar nuestra condición de mortales, de finitos y sentir un placer máximo, como el que sólo debe ser posible en otro mundo, en otra parte. Por eso es que todos buscamos algún tipo de narcótico. Para unos es el sexo, el juego, las drogas, el alcohol (que dicho sea de paso, también es una droga, pero esa no está prohibida, aunque es la responsable de la mayoría de los accidentes automovilísticos mortales y de la mayoría de los casos de violencia doméstica). Porque esto es más fácil que someterse a un régimen de, por ejemplo, estudio. Es más fácil drogarse y olvidar que uno no es quien quisiera ser, que cultivarse, que estudiar celosamente, que aprender a dominar un instrumento musical, que alcanzar la perfección en alguna disciplina, en algún deporte, pero sobre todo, que llegar a amarse a uno mismo tal y como es. Porque, dominados como estamos por el modelo de belleza occidental, al cual no nos parecemos, para nada, y por los “valores” que hemos importado y adoptado de Occidente, sobre todo de Estaos Unidos, como la idea de que “eres lo que tienes”, nos resulta imposible aceptarnos diferentes a ese modelo. Y entonces, hay que recurrir al olvido. Y para eso están las drogas.


Pero como la mayoría de las drogas que nos hacen olvidar y caer en un estado de placer absoluto, de euforia, de alegría y de inconsciencia son prohibidas, comienza la pesadilla. La pesadilla que inició en 1937 con la prohibición de la marihuana en Estados Unidos y que trajo consigo el mercado negro. Esa es la raíz de la violencia que afrontamos hoy en día en México y en muchas otras partes del mundo. Pero no sólo la prohibición dio pie al surgimiento del narcotráfico. También la miseria y marginalidad en la que viven millones de personas, víctimas de un sistema corrupto que ha permitido que proliferen en México la injusticia, la discriminación, la falta de oportunidades a cambio de privilegiar sus propios intereses. Políticos, líderes sindicales, empresarios, jueces, jerarcas de la Iglesia, todos, sin excepción, han caído bajo el embrujo del poder que da el dinero y han permitido que el crimen se haya instalado en nuestro país. Porque la corrupción mata. Es como un cáncer que se expande rápidamente y daña todo el tejido social de un país. Y para extirparlo a tiempo, hay que mutilar el miembro infectado. El problema es que el miembro es ya todo el cuerpo. El cuerpo de México está casi totalmente infectado.


México, para nuestro infortunio, es el punto intermedio entre el principal exportador de droga y entre el principal consumidor. Mariguana y cocaína, son las “frutas prohibidas” más codiciadas entre los ávidos consumidores del país “más poderoso del mundo”. Y si lo entrecomillo es justamente, porque el poder de los países se mide en términos de su capacidad de defensa militar y de su riqueza, aunque Estados Unidos también hay muchos pobres (sólo el año pasado, los estadunidenses viviendo en pobreza extrema eran 45 millones). Y la pobreza es el peor de los flagelos sociales y es caldo de cultivo para la violencia. El narco, para muchas familias, representa una fuente de empleo, una forma de vida y una práctica muy arraigada en sus culturas. Si todas esas personas hubiesen tenido acceso a una mejor calidad de vida, en todos los aspectos, no hubiesen sido orilladas a buscar el sustento en esas prácticas. Entonces, las ganancias que representan el tráfico y el comercio de esta “fruta prohibida”, aunado al aumento sustancial en el número de consumidores en ambos lados de la frontera, han desembocado en la terrible situación actual.


Porque la gente quiere ser feliz y va a recurrir a cualquier cosa que le de acceso a la felicidad. Las drogas, nos dicen, son malas. No es cierto, la gente se droga porque se siente muy bien, aunque haga mal. Y entre más ilegal sea, más bueno debe ser. No estoy diciendo que legalizar sea la solución. Carezco de bases suficientes para tal afirmación, pero sí creo que a partir de la prohibición en los años 30, el tráfico ilegal de estupefacientes, en especial de mariguana, ha desembocado en la barbarie actual, de la que difícilmente lograremos salir, no sólo porque, como dije, las drogas representan un gran negocio para muchos países, sino por su calidad de “prohibidas”. Porque ese aparente “halo” de misterio (aunque cada vez esa más evidente su consumo), es lo que hace de las drogas sean deseadas, codiciadas, apetecibles, como la fruta prohibida del Génesis.



Teresa de Jesús Padrón Benavides
Primavera, 2011

martes, 19 de abril de 2011

LA PASCUA HEBREA Y LA SEMANA SANTA CRISTIANA, dos momentos clave del judaísmo y del cristianismo




Moisés dijo al pueblo: Guarden el recuerdo de este día en que ustedes salieron de Egipto,
ese lugar de esclavitud, porque el Señor los sacó de allí con el poder de su mano.
Este día, no comerán pan fermentado.
Éxodo, 13:3


El jueves santo los cristianos alrededor del mundo conmemoran el inicio del vía crucis, martirio por el que, de acuerdo con los evangelios, atravesó Jesús de Nazareth, cargando una pesada cruz y arrastrándola hasta la cima del Gólgota para ser crucificado a causa de haberse atrevido a llamarse “Mesías”, esto es, “salvador” del pueblo hebreo. Y aunque en ninguna parte de los evangelios encontramos que Jesús se haya erigido como Mesías (no hay, de hecho, referencia alguna en los 4 evangelios en donde Jesús declare “Yo soy el Mesías”), cristianos y católicos consideran a Jesús como el salvador y quien intervendrá ante Dios por ellos para librarlos de sus pecados y así acceder a la vida eterna.


Sea como fuere, lo que sí es cierto es que Jesús es, incluso para muchos judíos (filósofos, historiadores, estudiosos de la religión, etcétera), un “rabí” o maestro, quien vivió alrededor del siglo primero y quien predicó la antigua Ley (es decir, la misma Ley de Moisés) en medio de una época caótica y turbulenta en una tierra conflictiva dominada por Roma y a un pueblo hebreo inculto y esclavizado. Ese mismo pueblo que, de acuerdo con el Antiguo Testamento, liberó Moisés del yugo de la esclavitud y sacó de Egipto a través del desierto hacia la Tierra Prometida, puesto que Yahvé así lo había ordenado.

Ambos acontecimientos son conmemorados en estos días. La Pascua judía inicia el día 15 de Nisán, el primer mes del calendario hebreo (equivalente a marzo y abril del calendario gregoriano). La noche de ese día es de luna llena. El nombre de esta conmemoración, que en hebreo se llama Pésaj (que significa literalmente, “pasar de largo”), deriva de la marca que los hebreos debían poner en la puerta de sus casas con sangre de un cordero sacrificado a Yahvé, para que, cuando el último azote de Dios a los egipcios, “el ángel de la muerte”, pasara por ahí, supiese que en esa casa vivía uno de ellos y pasara de largo sin hacerles daño.

La semana Santa, por su parte, recuerda el sacrificio de Jesús de Nazaret y el suplicio por el que tuvo que atravesar para, según los evangelios, hacer cumplir lo que estaba escrito. Jesús fue entregado, según el nuevo testamento, por su mismo pueblo y juzgado por sus “pecados” que consistían, básicamente, en predicar la Palabra de Dios y en realizar milagros en nombre de Él. Y aunque hubo muchos “rabíes” o maestros en esa época que, al igual que Jesús, realizaron milagros, predicaron la palabra y profetizaron respecto del nuevo orden de cosas, Jesús es considerado como el Mesías por cristianos y católicos alrededor del mundo.

Las enseñanzas de Jesús no contradecían el Antiguo Testamento, sino que, justo como él dice en el evangelio según San Mateo, “yo no he venido a cambiar ni un ápice de los que está escrito….”, estaban basadas en la Ley de Moisés. Lo que Jesús hizo fue predicar dichas enseñanzas adaptándolas a los tiempos en que estaba viviendo y haciendo énfasis en la cuestión del perdón, del arrepentimiento y de la salvación a través de la fe sí, pero también de las obras (idea que toma del judaísmo antiguo).

El común denominador entre ambas religiones son los preceptos en los cuales se fundamentan “Amarás al señor tu Dios con toda tu vida, con todo tu corazón y con toda tu mente”, y el segundo en importancia, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esto es lo que responde Jesús al preguntarle sus discípulos y también los sacerdotes y escribas del templo y esto es también el orden en importancia de los mandamientos de la antigua ley mosaica, es decir, del judaísmo.

Con este escenario de fondo, podemos esbozar el panorama de ambas religiones en la actualidad. Por un lado, la Iglesia católica envuelta en el mayor escándalo de toda su historia, la pederastia cometida por muchos sacerdotes y encubierta por la alta jerarquía de la Iglesia. Todos sabemos de los excesos y los crímenes cometidos a lo largo de la historia del catolicismo (las cruzadas, la alianza con el poder de Roma, la Inquisición, el silencio y la omisión ante el holocausto judío, etcétera), sólo que hoy, gracias a la guerra mediática y a la velocidad con que circulan las noticias, han salido a la luz todos estos abominables crímenes.

El papa, los obispos, los cardenales, los diáconos y sacerdotes, las monjas y todos los miembros de la Iglesia católica actual, deberían, por consideración a sus fieles, a toda su grey, renunciar a sus cargos de inmediato y públicamente. El vaticano debería de pasar a formar parte del patrimonio de la humanidad y sus bienes deberían repartirse entre los museos del mundo y subastarse como reliquias que podrían ayudar a mitigar el hambre y las enfermedades que azotan a muchos de los países pobres del mundo que son, justamente los que más fieles católicos tienen y a los cuales la Iglesia alude en sus discursos, en sus actos proselitistas y en el púlpito, refiriéndose a ellos como “la sal de la tierra”, y que son puestos como ejemplo de una vida de sacrificios y de fidelidad que el resto del mundo deberían imitar (para que ellos, los jerarcas de la iglesia, puedan seguir viviendo en la opulencia, por supuesto).

En cuanto a la realidad actual del judaísmo, el panorama tampoco luce muy alentador. El estado de Israel sigue perpetrando ataques contra palestinos en la franja de Gaza y continúa la construcción de asentamientos judíos en su territorio. El frágil gobierno palestino, al no contar con el apoyo de Estados Unidos ni del resto de los países árabes (muchos de los cuales son ricos y podrían ayudar a la creación de un estado palestino fuerte), no puede hacer mucho para frenar el avance judío. En cambio, los fundamentalistas acuden al terrorismo como “única vía” de combatirlo y en su intifada arrasan con vidas de miles de personas inocentes de ambos países.

Por supuesto que el judaísmo no es una religión (como tampoco lo es el Islam) que pregone la crueldad, la barbarie y o el asesinato como medio para solucionar los conflictos. Nada más alejado de la realidad. Sin embargo, los judíos, tanto civiles como religiosos, que se oponen a la política de mano dura de Israel hacia los palestinos, no cuentan con mucha influencia en las decisiones de su país, ya que la mayoría pertenece al partido opositor.

Este es el triste y desolador escenario en el cual transcurren ambas pascuas, la hebrea y la cristiana. Esta es la historia reciente de dos doctrinas que, en esencia surgieron como prédicas de amor, de paz, de reconciliación, de hermandad, de respeto y de un cúmulo de preceptos nobles que se han tergiversado, se han mancillado, se han corrompido y se han utilizado con los más terribles fines perpetrados en contra de la humanidad.

Ambas pascuas, la judía y la cristiana, deberían movernos a la reflexión en torno de los errores cometidos en el pasado remoto y reciente para que jamás vuelvan a ocurrir holocaustos, guerras, abusos contra los niños, etcétera. Ambas deberían, más bien, servirnos como plataforma para construir un código ético y moral sobre el cual fundar nuestra vida, nuestras relaciones con la familia, los demás y nuestro papel en el mundo. Porque ambos acontecimientos surgieron de lo más sublime que puede experimentar el hombre: el temor a Dios como principio rector de una vida buena.


פסח שמח ! ¡Felices pascuas!


Teresa de Jesús Padrón Benavides



miércoles, 6 de abril de 2011

Peace and Love


UNIDOS POR LA PAZ

PORQUE CAJEME ES TAMBIÉN PARTE DE MÉXICO Y PORQUE MÉXICO ES NUESTRA CASA Y LA DE NUESTROS HIJOS, LEVANTAMOS LA VOZ Y DECIMOS ¡ALTO A LA VIOLENCIA! ¡SÍ A LA PAZ! CONVOCAMOS A ARTISTAS, ESCRITORES, MAESTROS, PADRES DE FAMILIA Y PÚBLICO EN GENERAL A MANISFESTARNOS POR LA PAZ A TRAVÉS DE LA CULTURA Y LA PALABRA Acompáñanos en este acto simbólico a favor de la paz en México, este sábado a las 6 de la tarde en el discóbolo de la laguna. Lleva a tus niños y viste de blanco. Trae veladoras, incienso y mantas alusivas a la paz (con dibujos de palomas, flores, niños, etcétera)

ESTO NO ES UN EVENTO POLÍTICO

jueves, 31 de marzo de 2011

Ellos y nosotros


“You’re my guardian angel who keeps out the cold” Elton John

Es fácil percibirlos cuando están entre nosotros, pues irradian luz. Son seres luminosos. Sonríen y su sonrisa es buena, pura, genuina. Se siente en su proximidad una felicidad indescriptible. Una paz y una tranquilidad como aquella siesta infantil después de la escuela, con la certeza de que nuestra madre rondaba por la casa. En su presencia, uno vuelve a ser bueno porque ellos poseen la habilidad insuperable para sacar lo mejor de nosotros. El corazón quiere estallar y esparcir amor a raudales entre todo el mundo.

En apariencia, se nos parecen demasiado, salvo porque siempre hay en sus ojos un brillo especial, como el de los niños. Pero, además de su sonrisa y su mirada, está su inteligencia, su aprecio por las artes (suelen escribir poemas, tocar un instrumento, cantar, pintar, esculpir…), su sentido del humor (les encanta hacer bromas, contar chascarrillos y hacer reír a carcajadas) y por hallar la belleza en lo sencillo. Les encanta regalar y hacer felices a los otros. Son muy diestros en las manualidades y sus regalos consisten casi siempre en algo hecho por ellos mismos, pues le conceden un valor especial a todo lo que no se adquiera con dinero.

Llegan siempre al mundo con una especie de armadura (peto y casco), aunque nosotros no podemos verlos. Dios se los da para resguardar su corazón y su cabeza, que son las partes más vulnerables de su cuerpo, ya que allí se aloja la “shekinah”, o aliento divino. Por eso, casi siempre mueren de alguna afección cardiaca o de tumores cerebrales. Pero no sólo sufren de eso. A ellos les duele el alma. Su profunda tristeza por las desgracias del mundo se manifiesta en sus rostros y podemos descubrirla de inmediato, pues su sonrisa se apaga, su mirada se opaca y su cuerpo enferma. Hacen suyo el dolor de los demás y quisieran tomar su sitio, llevar su carga. Pero eso les está vetado, pues si misión aquí es justamente la de llevar alegría y esperanza a quienes la necesitan. Y cuentan con poco tiempo para ello, pues Dios también los necesita a su lado cuando lo invade la tristeza. Él, en su infinita misericordia, nos los concede por un tiempo razonable para que podamos atisbar, en ellos, un poco de lo divino. Y cuando se van, aún podemos sentirlos e incluso verlos, sólo que ahora bajo otra apariencia: un pájaro, una flor, una mariposa, una puesta de sol, un viento fresco, una estrella…

Cuando el mundo está inmerso en una vasta oscuridad y la maldad invade el corazón de los hombres, ellos, temerosos, intentan huir, volver al lugar de la luz eterna. Anhelan hallarse de nuevo bajo el resguardo divino. Sin embargo, Él les concede valor y fuerza renovada, para vencer al mal y protegernos. Siempre están aquí, aun cuando ya no tengan nuestra forma y podemos sentirlos en la compasión, en el perdón, en la ternura y en el amor. Ellos, en secreto, nos infunden esos sentimientos tomando la apariencia de un enfermo, de un huérfano, de un mendigo y así, nos dan oportunidad de amar a Dios a través de ellos, haciendo algo bueno por los demás.

Ellos son los cuerpos celestes que derraman su luz sobre nosotros y acuden a nuestro auxilio cuando todo parece estar perdido. Por eso es que cada vez que uno de ellos deja este mundo, el cielo nocturno se vuelve más brillante porque, en su viaje ascendente, van dejando una estela de polvo cósmico que, una vez que se han reencontrado con Dios, se condensa y se vuelve una estrella luminosa y ocupa su sitio único en el inagotable firmamento y desde allí irradia su luz eterna hacia nosotros y esa luz nos acompaña por siempre.


Teresa Padrón Benavides

sábado, 5 de marzo de 2011

ALACRANES CON ALAS


Now you don’t talk so loud, now you don’t seem so proud
Of having to be scrounging your next meal…
Bob Dylan


El infortunio amansa el carácter. Lo vuelve a uno dócil, manejable, incluso amable. Cuando la vida nos ha hecho una jugarreta y hemos perdido ciertos privilegios, hemos “bajado de nivel” económicamente, o nuestra salud se ha comenzado a deteriorar, o ya nos somos el alma de la fiesta ni llamamos tanto la atención, empezamos a ver todo desde otra perspectiva. Las frases hirientes o el sarcasmo que usábamos para hacer mofa de quienes no gozaban de nuestro estatus, han cedido su lugar a otras más amables, más cordiales. De pronto nos hemos dado cuenta de que, en el fondo, no éramos los “chicos malos” o las “mujeres fatales” que pretendíamos ser. Todo eso sin mencionar la violencia y el crimen de los últimos años que han trastocado nuestra vida en forma directa, ya que muchos hemos sido víctimas de ésta o, por lo menos, nos hemos visto involucrados (o alguien de nuestra familia) en situaciones de riesgo.
Ante este panorama incierto, de repente nos descubrimos vulnerables, frágiles, indefensos. Ya no miramos de reojo o por arriba del hombro a los demás, ya no levantamos la ceja o fruncimos el ceño, ya no hacemos alarde de nuestro carro nuevo, o nuestro “look” a la moda; ya no gritamos ni alzamos la voz; ahora cedemos el paso cortésmente, respetamos los semáforos, bajamos la velocidad, decimos “por favor”, “gracias”, “con permiso”. Ahora nuestras bromas y chistes no son crueles, se han vuelto “light”. Ya no traemos la música a todo volumen (incluso nuestros gustos musicales han cambiado). Antes, nos gustaba fanfarronear de nuestras nuevas “adquisiciones” en el terreno amoroso; ahora nos hemos vuelto a enamorar de nuestros cónyuges. Hemos “redescubierto” todo lo que de bueno tenía ese compañero o compañera nuestro (a) y lo hemos (finalmente) comenzado a valorar.

Hace unos años apenas, nos importaban mucho las marcas. De eso dependía, en gran medida, el que nos aceptaran en el círculo (tribu) al que queríamos acceder. Ahora no nos da pena admitir que compramos en los tianguis, que utilizamos vales de despensa y que andamos “cazando” las mejores ofertas. Ya no nos avergüenza traer un carro “modesto” (al fin que sirve para lo mismo que uno de lujo, nos decimos). Repentinamente, llegan a nosotros los nombres de todos nuestros viejos compañeros de escuela, incluso aquellos a los que menospreciábamos o insultábamos por tener algún defecto físico. ¡Ah! ¡Qué tiempos aquellos! Decimos. Desearíamos tener, ahora mismo, aunque sea un solo amigo de verdad. Pero es imposible. Durante todos estos años me volqué hacia mí y no vi más allá. Jamás los busqué, olvidé sus caras y sus nombres. Cómo quisiéramos volver el tiempo atrás y pedirles perdón y decirles que somos buenos, que sólo estábamos bromeando, que no lo decíamos en serio. Asegurarles que, en el fondo, siempre los quisimos (aunque jamás los invitamos a una de nuestras reuniones). Demasiado tarde. Ellos, seguramente, también nos habrán olvidado.

De un día para otro, nos percatamos de que los demás también existen, de que hay otras personas además de nosotros, con los mismos miedos, las mismas necesidades y los mismos anhelos. Pero, ¿por qué hasta ahora? ¿Qué es lo que ha hecho que, de repente, comencemos a salir de nuestro ego y a ver más allá de nuestro microuniverso? ¿En qué momento me percaté de que no soy, ni de lejos, autosuficiente, o indispensable o necesario? El miedo. El miedo a morir, que es el “padre” de todos los miedos, nos ha tamizado. Nos ha ablandado porque nunca como antes habíamos valorado tanto nuestra integridad física. Nunca como antes habíamos apreciado todo lo que de bueno tiene nuestra vida, aun despojada de todas las cosas materiales. Una casa, un carro, una televisión, son sólo cosas y, como tales, reemplazables o incluso prescindibles. La vida, es única, irremplazable, preciosa.

El miedo a morir también nos ha descubierto como viles aprendices de malos. Antes, presumíamos de valientes y de invencibles. Ahora nos damos cuenta de que somos sólo “amateurs” comparados con los verdaderos tipos malos, a quienes no querríamos tener que enfrentar. Ahora preferimos parecernos a personas más educadas, más amables, con modales y buenos hábitos (como ir a misa los domingos, por ejemplo). Y es que, como bien reza el dicho, “el miedo no anda en burro”, o sea, el miedo lo hace a uno alejarse a toda prisa del peligro y tomar otra dirección, ahora sí, la correcta, la que siempre supimos que era buena, pero que nunca quisimos seguir, pues preferíamos continuar en nuestro papel de indestructibles. Además el ser un bravucón no es sinónimo de valiente. Otro refrán, bastante conocido, dice: “Lo cortés no quita lo valiente”.

Dios no les da alas a los alacranes (para continuar con los refranes). O más bien, cuando ve que los alacranes quieren volar, les recuerda, de varias formas, que esto les está vetado. Él, en su infinito amor por nosotros, nos vuelve a dar otra oportunidad y su compasión es tanta que nos manda otra señal, más tangible, más clara, más comprensible de lo que Él espera de nosotros. Comienza por quitarnos algunos privilegios y termina por enfrentarnos al miedo, al dolor, a la necesidad e incluso a la enfermedad (semejante a las pruebas por las que pasó Job) y tiene fe en que ahora sí, entenderemos el mensaje. Tiene fe en que esta última prueba de lo que el hombre es capaz de hacer contra el hombre, nos orille a voltear a ver el rostro del otro y verlo a Él en ese rostro y hacer con esa persona lo mismo que nos gustaría que hicieran con nosotros si nos halláramos en su lugar para, de esta forma, evitar humillarle o despreciarle o hacerle sufrir.
Sólo así, cuando nos vemos despojados de todo lo superficial, es cuando comenzamos a mirar nuestro rostro en el espejo tal y como es y la mayoría de las veces, la imagen que nos devuelve no nos gusta. Porque cuando vemos todo lo malo que está sucediendo en el mundo, vemos un reflejo de todo lo malo que hay en nosotros mismos y sólo entonces, desde la culpa, desde el remordimiento, desde la humillación, surge, renovado, el hombre bueno que hay en nosotros y que siempre estuvo ahí, y al cual ahora sí acudimos en busca de refugio en medio de la tormenta. Siempre nos dijeron que había que parecer malos para hacernos respetar. Ahora sabemos que hay que ser buenos para preservar lo mejor que tenemos, la vida.





Teresa de Jesús Padrón Benavides

martes, 1 de marzo de 2011

LA “DICHOSA” PALABRA




“Al principio era el verbo y el verbo se encarnó y habitó entre nosotros….”
Juan 1:14

Nunca como antes, por lo menos de manera general, habíamos asistido a tal deterioro del lenguaje. Hace algunas décadas, entre los diferentes grupos sociales, escuchábamos un argot propio. Los médicos tenían su propia jerga, los burócratas otra, los niños y los jóvenes las suyas, las madres de familia y los maestros también. Sin embargo, en el lenguaje cotidiano, el que nos es común a todos, se usaban palabras sencillas pero adecuadas para aludir a tal o cual cosa, a tal o cual situación y la comunicación fluía sin mayores sobresaltos. Cuando un vocablo nuevo era introducido, éste era casi siempre asimilado poco a poco y se refería, sobre todo, a algún invento tecnológico, científico o a algún fenómeno social sin precedentes. A veces también designaba alguna novedad en el terreno de la moda o de alguna corriente artística, como un nuevo tipo de composición musical o estilo de pintura o de literatura.
El lenguaje es lo que nos distingue de los animales. La capacidad no sólo de articular y emitir sonidos, sino de formarnos conceptos abstractos al nombrar objetos a través de signos tan complejos como lo son las palabras, es lo que nos ha permitido “evolucionar” y sobresalir con respecto de, por ejemplo, la mayoría delos primates. La palabra, hablada o escrita, es nuestro rasgo característico. Con las palabras asimos el mundo que nos rodea. Con ellas manifestamos odio, amor, furia, rencor, pasión, asombro, admiración, respeto. Con las palabras hablamos con Dios, a través de la oración.
Hoy, tristemente, vemos cómo las palabras han perdido su sentido real, su valor, su peso y, lo que es peor, han cedido su lugar a una serie de barbarismos, groserías y maldiciones con las cuales nos referimos a todo cuanto nos rodea. Y esto no es exclusivo de un sector de la población. Hoy en día, no hay distinción (al menos en cuanto al vocabulario) entre un albañil y un egresado de una universidad de prestigio. Con todo el respeto que me merecen los albañiles y sin afán de menospreciar su profesión, que es tanto o más útil que muchas otras, los pongo como ejemplo porque hubo una época en que en el imaginario colectivo eran los albañiles el estrato más bajo en la esfera social urbana y dentro del cual era más común escuchar el tipo de palabras que ahora están “de moda” entre los chavitos y chavitas “nice”, entre las amas de casa tipo “desperate housewives”, entre los maestros, médicos y profesionistas clase media y alta. Si no se dicen groserías, no se es “cool”; si no decimos “wey”, “qué weba”, “no manches (o peor)”, no somos “nice people” (nótese que también están de moda los anglicismos). Sin embargo, entre todas esas malas palabras, hay una que parece haberse instalado muy adentro de nuestra sociedad, sobre todo acá, en el Norte. Sí, efectivamente, la que comienza con “v” y que en la antigüedad designaba al mástil más alto de una embarcación mercantil o también para referirse a una medida equivalente a dos codos.
La “dichosa palabra” se ha vuelto tan común que los maestros universitarios no sólo parecen no darse cuenta de que sus alumnos la usan indistintamente para nombrar todo, sino que ellos mismos la dicen. Los padres de familia ya no reprenden a sus hijos por decirla, sino que les “festejan” su vocabulario florido y se convencen de que “así son los chavos ahora”. Entre los niños, por ejemplo, decir o no decir la “dichosa palabra” es lo que determinará que sean o no aceptados en el círculo de amigos al que quieren entrar. Entre los “hombres”, es simplemente cuestión de eso, de virilidad, de hombría, de valentía, de fuerza. Quien no la dice, no es hombre, por lo menos en el sentido en que ellos conciben lo que debe ser un hombre en la actualidad. Porque en mi niñez, el concepto de hombre (por lo menos de adulto responsable y maduro) era el de alguien que se comportaba de acuerdo a su edad, que hablaba de cosas interesantes con sus amigos (todos de su edad, por cierto); que se reía discretamente de algún chascarrillo “subido de color”, que sabía responder por su familia, imponer su autoridad y hacerse respetar por sus hijos sin necesidad de darles muchas explicaciones ni poniendo pretextos para justificar su propia conducta, sino simplemente predicando con el ejemplo.
Y yo me pregunto, ¿ser hombre es sinónimo de ser grosero, rudo, gritón y fantoche? ¿Ser hombre es alardear de quién la tiene más grande (la camioneta, digo)? ¿O fanfarronear de cuántas “viejas” tenemos o a cuántas mantenemos? Yo, como mujer, más bien pienso que ser hombre es algo muy complejo, muy difícil y que no tiene nada que ver con la idea que de hombre tenemos actualmente. Un hombre es alguien que asume su responsabilidad con valentía, que sabe argumentar, discutir, discernir, ponderar, antes de emitir un juicio. Un hombre es quien sale todos los días de su casa con la plena convicción de que es útil no sólo para su familia, sino para la sociedad en la que se desempeña y que hace su trabajo lo mejor posible. Un hombre de verdad es quien acepta su vulnerabilidad, su incapacidad de solventar u enfrentar él solo los problemas cotidianos y de valorar la ayuda que en ese sentido le ofrece su compañera (o compañero). Un hombre es quien respeta y se hace respetar no con gritos, golpes ni insultos (mucho menos a punta de balazos), sino sirviendo de modelo, llevando una vida buena, en todos los sentidos.
Este concepto de hombre está muy lejos de ser el que prevalece en nuestra sociedad. Hay un “culto al falo”, tan arraigado entre los “hombres” (nótense las comillas), que no pueden dejar de decir la “dichosa palabra”. ¡Ah! Pero estos machitos están convencidos de que este privilegio debe ser exclusivo de ellos, de los “batos”. ¡Ay de la vieja que se atreva a decir la “dichosa palabra” delante de ellos! ¡Le rompemos el hocico! –dicen. Y ¿por qué precisamente, de entre las miles de malas palabras que sabemos, tuvimos que elegir “esa”?
El filósofo Héctor Islas Azais, especialista en cuestiones de ética y filosofía del lenguaje, nos dice, en su ensayo titulado “Lenguaje y discriminación”, que las palabras, no sólo sirven para nombrar lo que nos rodea, sino que con ellas expresamos ideas, sentimientos, percepciones de la realidad. Que el lenguaje que usamos determina nuestra percepción de la realidad, pero también, en cierto sentido, “crean” la realidad que nos circunda.
[1] Cito: “Las palabras, más allá de ser herramientas clasificatorias, y más allá de sus consecuencias políticas y morales, importan porque el lenguaje influye en nuestra percepción dela realidad, condiciona nuestro pensamiento y determina nuestra visión del mundo…. Las palabras importan no tanto por lo que hacen, sino por lo que nos hacen” (las cursivas son mías).
Si la tesis de Islas es cierta, significa que nuestra idea del mundo es no sólo pobre, vacía, carente de sentido, sino que es, peor aún, algo que no tiene valor alguno o, más bien que su valor equivale a algo que designamos con “la dichosa palabra”. Y si es así, entonces estamos incapacitados, tanto verbal como intelectualmente, para apreciar la vida en su justa dimensión, para concederle un valor intrínseco, para admirar la belleza, para sorprendernos ante la maravilla que nos rodea, , este desprecio por la vida en general pero, sobre todo, por la vida propia, nos condena a ser cada día más bestias, menos hombres. A seguir inmersos en la estupidez, en la violencia, en la brutalidad y en la ignorancia.
Porque cuando una palabra se ha instalado tan hondamente en el lenguaje cotidiano de un pueblo y se ha convertido en parte de su cultura, es reflejo de lo que ese pueblo piensa y cree de sí mismo y de los demás. Es reflejo del aprecio o el desprecio que ese pueblo o esa cultura tengan por la vida. Y yo, me niego a creer que la vida, tan valiosa como es para mi, pueda ser aprehendida con “la dichosa palabra”. Más bien, creo firmemente que la vida debe de sacralizarse, o, desde el agnosticismo, de apreciarse por lo que de inaprensible y misteriosa nos resulta. Si no tenemos esa idea de la vida, jamás la valoraremos en su justa dimensión y, por lo tanto, tampoco tendremos las palabras justas para nombrar todo lo que significa.


Teresa de Jesús Padrón Benavides

[1] Héctor Islas Azais, “Lenguaje y discriminación” en Cuadernos de la igualdad, tomo 4, CONAPRED, México, 2005.

miércoles, 9 de febrero de 2011


La ética de la responsabilidad[1]

por Teresa Padrón Benavides



“Aprende a hacer el bien. Busca la justicia. Auxilia al oprimido.
Proclama los derechos del huérfano. Defiende la causa de la viuda”.
Isaías 1:17



La pobreza es el peor de los flagelos de una sociedad. Una sociedad que se jacte de ser justa, democrática, no puede permitir que haya pobres. Ser pobre, dice la Biblia Hebrea, es una afrenta, porque despoja al ser humano de su dignidad, de su honor, de su respeto. Sin embargo, algunas doctrinas nos hacen creer que ser pobre es bueno. Que los que sufren aquí, gozarán en el Cielo. Que los pobres son “la sal de la tierra” y que ellos “heredarán el paraíso”. Tal vez sí, pero también es cierto que ese discurso se ha utilizado como pretexto para evadir nuestra responsabilidad para con los pobres y verlos como un “mal necesario”.
La Biblia es muy clara en ese sentido. En el libro de Deuteronomio, se nos dice, “Si hay un pobre entre tus hermanos, en cualquiera de los pueblos que el señor tu Dios te ha dado, no seas duro de corazón ni aprietes el puño contra él, antes, se pródigo y facilítale todo lo que necesite…. Da generosamente y sin rencor, porque por estas acciones Dios te bendecirá y hará prosperar todo lo que hagas”. (Deut. 15, 7-11) Practicar la justicia aquí y ahora para ser bendecidos aquí, en la tierra. Porque la Biblia dice que son las buenas obras las que habrán de ser tomadas en cuenta, no sólo las buenas intenciones o la oración. Oración con acción. Fe con participación. Eso es lo que se nos pide.
Por eso, el judaísmo jamás ha justificado ni glorificado la pobreza como un don. Más bien, nos dice que no debemos de privarnos de ningún placer (legítimo, por supuesto) siempre y cuando esto no cause la ruina de otros. Dios no quiere que dignifiquemos la pobreza, sino que ayudemos a combatirla. Porque si nos unimos a las filas de los que menos tienen, ¿cómo podremos ayudarles a superar su condición? Hasta ahora, a ningún pobre le ha ido mejor sabiendo que alguien decidió ser uno más entre ellos. Porque la pobreza humilla, reduce al hombre a una condición ínfima y ninguna sociedad que se diga democrática, justa, permitiría que alguno de sus miembros carezcan de lo indispensable.
La violencia en la que estamos inmersos hoy en día en México en consecuencia de esa ostentosidad, de ese alarde de lo que tenemos, porque eso sólo contribuye a humillar más al otro, al que no puede acceder a eso. Y, en su frustración, el que por años ha sido el oprimido, el vejado, el ultrajado, el reducido a nada, se enfurece, se rebela y busca por todos los medios (la violencia incluida) acceder a esa vida de placeres que los otros tienen. Y como el estado no le ha procurado los medios necesarios para allegarse recursos dignamente, harto, hastiado, pasará a reclamar su parte en el botín que es México y sus recursos y que se lo han repartido sólo unos cuantos. Políticos, legisladores, empresarios, funcionarios corruptos, etcétera. Todos son culpables. Todos son responsables de la inestabilidad social actual
Esto es consecuencia de que hasta ahora, los mexicanos jamás hemos estado unidos por ninguna causa. Cada quien ve por "lo suyos", como si el pobre, el indigente, el que nos lava el carro, el de la gasolinera, el jardinero, no fuesen también "los nuestros". No existe entre nosotros el concepto de responsabilidad hacia el otro, el ciudadano común, el “de a pie"; mucho menos la solidaridad o la caridad. "Ai se la echan", solemos decir, yo veo por mi prole y me vale el resto del mundo”. . Aquí están las consecuencias de tantos años de desigualdad, de que unos tengan todo y muchos carezcan de todo.
Y como no existe el concepto, la idea de justicia social, tampoco existe la ley que lo avale. Es decir, para que una práctica se convierta en un precepto, debe emanar de una fuente de autoridad y de calidad moral superior. La Ley como amor, como caridad, como justicia. Por eso es que los 10 mandamientos son eso, la Torah, la Ley. Y en ellos se cifra todo lo que Dios espera de nosotros. Por eso, las leyes humanas deben emular la Ley Divina. Porque, finalmente, en los 10 mandamientos está contenido todo lo que sienta las bases para vivir en una sociedad justa, equitativa y solidaria.
En el judaísmo existe un precepto fundamental, la “Tzedakah” (צדקה), que es equivalente, más o menos a la justicia social, a la caridad y solidaridad con los que menos tienen creando las bases, desde la legislación, para que todos puedan acceder a una vida digna. Es decir, no se trata de que todos tengan los mismos ingresos ni la misma riqueza, pero sí las mismas oportunidades de acceder a una vida mejor, en todos los sentidos. De sentar las bases para la creación de un estado social en donde no exista más la pobreza extrema, que es lo que degrada a la humanidad. Practicar la justicia y la compasión es reconocer a Dios en el rostro del otro, del enfermo, del que sufre, de la viuda, del huérfano. Ayudarlo a superar su condición de pobreza proporcionándole todo lo indispensable, creando las condiciones sociales para que esa persona alcance el nivel de vida que lo dignifique. Para todos debería ser una afrenta y todos nos deberíamos indignar y levantar la voz ante prácticas comerciales deshonestas como que en Estados Unidos se echen al mar toneladas de cereales para obligar especular y lucrar con su precio mientras que millones de personas mueren cada año por falta de alimento. O como el hecho de que un obrero de un país pobre gane menos de un dólar al día por fabricar los tenis que llevo puestos, o la mochila, o el bolso.
La justicia social sólo puede surgir en una sociedad democrática, con leyes que protejan los derechos de los más vulnerables y que exijan que los más ricos cumplan con su obligación para con la sociedad. Donde no se privilegie a unos cuantos a costa de millones. Esto sólo puede surgir de un acto supremo de caridad y de justicia. Y éste sólo puede provenir de un precepto universal, de un mandato divino. Y quien no conoce a Dios, no puede practicar la Tzedakah, la caridad con justicia. Porque conocerlo a Él, es actuar de acuerdo a sus preceptos y uno de los fundamentales es “amarás al prójimo como a ti mismo”. Si no lo hacemos así, es porque no nos amamos a nosotros mismos, porque no nos gusta como somos, porque no valoramos nuestra vida tal y como es.
Tengo fe en que el estado de cosas actual nos hará reflexionar acerca de nuestra responsabilidad en que las cosas hayan llegado a este punto pero también de que, al igual que nosotros, millones de personas están buscando el sentido último de sus vidas y cambiando radicalmente nuestra idea de la felicidad. Dejando de desear cosas que no necesitamos y compartiendo las que tenemos con los demás porque sólo así, cambiando nuestros gustos, nuestros intereses, nuestros placeres efímeros y viendo más por los otros, es como podremos revertir el rumbo de México. El dar, más que el recibir, es una bendición.



[1] Tomo el título de este artículo del libro del Rabí Jonathan Sacks, To Heal a Fractured World, The Ethics of Reponsibility Schocken Books, New York, 2007.

domingo, 9 de enero de 2011

Filosofía y Naturaleza, hacia una ética del medio ambiente por Teresa Padrón


El fin último de la vida es vivir de acuerdo a la Naturaleza
Zenón



Cuando hablamos de naturaleza, de inmediato sentimos una especie de arrobo, un deseo de contemplación de formas, colores, destellos de luz; un anhelo de escuchar sonidos de agua corriendo por un río, o de trinar de pájaros mientras nosotros, meros espectadores, contemplamos todo desde fuera, como si aquello fuese un ente extraño, algo que “está ahí” para nuestro deleite. Todos sabemos que debemos cuidarla, que hay que imitarla, que lo “natural” es bueno, que nos hace bien, que es bello y que es lo mejor para nosotros. Pero, ¿qué es la naturaleza? Según la definición más aceptada, es el “conjunto, orden y disposición de todo aquello que compone el universo”. Si nos atenemos a esta definición, encontramos que los hombres somos también parte de ese “conjunto, de ese orden, de esa disposición” y así, tal vez logremos abordar el concepto desde otra óptica.
El hombre siempre ha intentado imitar a la naturaleza y si lo ha hecho, es porque le concede un valor auténtico. Es decir, porque la considera como un paradigma, como un ejemplo a seguir en cuanto a que en ella se conjugan todas las virtudes que nosotros quisiéramos tener. Solemos decir que la naturaleza es “sabia”, que es “justa”, “bella”, “implacable”, “indómita” pero, ¿no son todos epítetos aplicables más bien a los seres humanos?
Desde el Génesis, Dios otorga al hombre “señorío” sobre las otras especies, tanto animales como vegetales ya que él fue creado a imagen y semejanza suyas. Es decir, el hombre es “superior” al resto de lo seres vivos del mundo animal y vegetal y, por ende, puede disponer de éstos como lo considere benéfico para él. Es esta idea la que ha permeado a la tradición occidental a través de los tiempos y en la cual se fundamenta cualquier justificación esgrimida lo mismo para sacrificar animales para consumo humano utilizando métodos crueles (véanse imágenes de los rastros o las granjas avícolas en Estados Unidos, por ejemplo) que para devastar enormes extensiones de bosques (como en Sumatra, hogar de los orangutanes) con el fin de plantar palma de aceite, fuente del biocombustible más utilizado en la actualidad.
Un poco después, en la Grecia clásica, Aristóteles definió al hombre como un “animal racional”, haciendo hincapié en que es justamente el uso de la razón lo que nos distingue del resto de los animales y atribuyéndole un “alma”. De hecho, la palabra animal viene de ánima=alma. La definición del Diccionario de la Real Academia Española dice: Animal: ser que siente, se mueve y actúa por impulso propio (las cursivas son mías). Los filósofos estoicos, insistían también en que lo que nos distingue del resto de los seres vivos es nuestra capacidad de razonar. Aquí el énfasis en la superioridad del hombre respecto del resto de los seres vivos descansa no en nuestra semejanza con Dios, como plantea la Biblia, sino en nuestra capacidad de raciocinio.
Siglos más tarde, en la Edad Media, San Agustín de Hipona y Santo Tomás de Aquino retoman la visión de los filósofos griegos en el sentido de que los únicos seres capaces de someter al resto de la creación somos los hombres, ya que Dios nos ha dotado de una inteligencia superior.
La ascética católica medieval, heredera de esta visión, proponía, emulando el pensamiento de los estoicos en cuanto a su ética hacia la naturaleza que, puesto que estamos aquí de “paso”, en tránsito hacia el verdadero paraíso, no debemos mostrar apego a las cosas de este mundo y, por tanto, surge una actitud de menosprecio hacia todo lo que nos circunda.
Ya en la época del inicio de la filosofía moderna, su más digno representante, René Descartes, afirma que, puesto la capacidad de pensar y de razonar es señal inequívoca de que existe el alma y, que puesto que los animales no posen dichas facultades, son seres inanimados, es decir, sin alma. Descartes va aún más allá negando que los animales puedan de hecho sentir, mucho menos hacer uso de la inteligencia. Por lo tanto, es erróneo suponer que podamos razonar con ellos o compadecerlos. Sin embargo, Descartes no justificaba la crueldad hacia los animales, como tampoco lo hizo Kant. Pero no lo justifican sólo en la medida en que dicha crueldad pueda trasladarse al terreno de las relaciones con el resto de los seres humanos. Es decir, no debemos fomentar actos de crueldad ya que éstos podrían influir en nuestros sentimientos o nuestros pensamientos y después podrían repercutir en la forma en que tratamos a nuestros “semejantes”.
Sin embargo, pasa algo distinto con Oriente. La tradición Oriental en especial el hinduismo, ponen mucho énfasis en el respeto hacia la naturaleza no por que ello implique un beneficio o una utilidad para nosotros, sino porque los seres vivos son una extensión de Brahaman, o Dios y porque consideran al universo como un “todo” indisoluble. Además, su creencia en la reencarnación en forma de cualquier criatura, los previene de inflingirles dolor o crueldad.
Pero no sólo la tradición oriental hace justicia al hecho de preservar la naturaleza. Si bien es cierto que el Antiguo Testamento proclama la superioridad del hombre respecto del resto de la creación, también la pone en tela de juicio cuando, en el libro de Job, Yahvé le responde a éste cuando le pregunta por qué le inflinge tanto dolor: “Dios hace que llueva en la tierra donde no hay ningún hombre, en el desierto donde no hay ningún hombre, para satisfacer a los terrenos baldíos y desolados y para hacer brotar la hierba tierna.”
[1]
Tal vez sea el judaísmo, a través de su tradición rabínica, primero y cabalística más tarde, la única doctrina que incluye un concepto de respeto hacia la naturaleza como algo valioso en sí mismo y no por el valor o la utilidad que represente para nosotros, los humanos. La frase hebrea Tikkun Olan, significa “reparar el mundo” o “sanar el mundo”, y se refiere no sólo a sanar nuestras relaciones con otras personas para evadir el caos, la guerra o la discordia, sino a reparar el daño causado a la naturaleza por nuestra culpa. Porque si bien Yahvé nos dio señorío sobre ella, fue justamente para protegerla, ya que el resto de sus criaturas dependen de nosotros, puesto que ellas no fueron creadas a su imagen y semejanza.
Ya en la época moderna, la visión antropocéntrica de la naturaleza se acentuó, puesto que la ciencia y la técnica contribuyeron a tal efecto. Filósofos como Marx y antes de él, Hegel afirmaban que había que había que “humanizar” a la naturaleza, domesticarla, hacerla “útil”. Afirmaban que la naturaleza sin el hombre no tenía ningún valor, puesto que había que convertirla en herramienta para lograr nuestros propósitos de desarrollo. ¿Y cómo sino a través de la ciencia y la técnica es que se puede transformar la naturaleza?

De esta última afirmación, aunada a la interpretación errónea que hemos hecho del señorío bíblico antes mencionado y al menosprecio medieval hacia las cosas “de este mundo”, se desprende tal vez, nuestra idea de la naturaleza.
Dado que nuestra relación con la naturaleza es, por decirlo de algún modo, indirecta, puesto que la hemos transformado en cosas “útiles” a través de la ciencia y la tecnología, no le concedemos un valor intrínseco.
Somos seres humanos y, como tales, es la dimensión humana la que delimita nuestra concepción del mundo en el que vivimos. Nuestros principios morales, nuestros valores, nuestra ética, están irremediablemente inmersos en esta dimensión. Y aquí, por supuesto, entra nuestra “ética ecológica”, por utilizar un término en boga.
Ecología, según la definición más socorrida, es la ciencia que estudia la relación de los seres vivos entre sí y con su entorno, Últimamente, sin embargo, su acepción es la de la defensa y protección el medio ambiente. La palabra ‘ecología’ se comenzó a emplear apenas hace un par de décadas. Antes, a los niños se les hacía plantar árboles en los jardines de sus escuelas una vez por año para mostrarles el valor de cuidar la naturaleza ya que ésta nos proporcionaba lo necesario para vivir. Igualmente se nos decía (por lo menos a algunos de nosotros) que no maltratásemos a los perros ya que ellos cuidaban la casa y ahuyentaban a los ladrones y el argumento era que a nosotros no nos gustaría ser tratados igual. De todos modos, no teníamos lo que se dice una verdadera conciencia ecológica, sino más bien cierta noción respecto del valor de cuidar respetar plantas y animales por lo que éstos, a su vez, tenían de valioso para nosotros.
Sea como fuere, el hecho es que la naturaleza nos sigue resultando algo “extraño”, algo fuera de nosotros y hemos querido adaptarla, darle forma, de manera que nos resulte más familiar. Y qué mejor forma de hacerla asequible, que transformándola para nuestro propio bienestar y convirtiéndola en algo más “práctico”, menos etéreo, menos metafísico.
Sin embargo, en su afán por transformar la naturaleza en algo útil, el hombre ha llegado a grados de devastación y de extinción insospechados. En nuestro afán de modernización y desarrollo, hemos inflingido tanto daño a los ecosistemas, a la biósfera y al planeta en general, cobijados bajo el manto de la superioridad animal, de la filosofía utilitarista, y de la cosmología griega y la teología cristiana.
John Passmore, el filósofo ambientalista australiano, en su famoso libro de 1974 Men’s Responsibility to Nature, dice que es urgente que cambiemos nuestra actitud hacia el medio ambiente y que debemos tomar conciencia del daño a la biósfera, asumir nuestra responsabilidad y tomar medidas urgentes para detenerlo. Sin embargo, es considerado un asiduo defensor de la visión antropocéntrica en el sentido que afirma que sólo el hombre es capaz de cuestionarse los problemas que afectan a la naturaleza y actuar en consecuencia.
Yo concuerdo con él. Y retomando la introducción a este trabajo, me gustaría concluirlo diciendo que, si bien es cierto que el hombre es un “depredador” natural, también lo es que sólo él, a diferencia del resto de los animales, posee una “conciencia” respecto de los daños por él ocasionados a la naturaleza. Sólo el hombre es capaz de plantearse cuál es su papel dentro de ella y sólo él puede asumir una postura ética frente a ella. Sólo él es capaz de llegar a asumir a la naturaleza como algo independiente de nosotros, algo que sigue su propio curso y obedece a sus propias leyes.
Además, es el hombre y sólo él quien puede contemplar los colores del ocaso y sentir fascinación ante el espectáculo. Sólo él puede disfrutar la frescura de la sombra de un árbol en verano y manifestarlo. Sólo el puede experimentar placer y expresarlo al sentir la brisa del mar en su rostro. Sólo él puede intentar reproducir a través del arte toda esa belleza para hacerla un poco más “humana”, y menos “etérea”. Sólo él es capaz de admirar la naturaleza en toda su magnificencia y conmoverse al punto del llanto y eso, es lo más parecido a una experiencia mística y las experiencias así, sólo son posibles en los hombres.








Bibliografía:

Margarita M. Valdés, (compiladora), Naturaleza y Valor, una aproximación a la ética ambiental, México, FCE, UNAM, 2004.
Alejandro Herrera Ibáñez, “ética y ecología”, en Luis Villoro, (coordinador), Los linderos de la ética, México, UNAM, Siglo XXI editores, 2000.
John Passmore, Man’s Reponsibility to Nature, Londres, Cambridge University Press, 1974.




[1] Job, cap. 38, primer discurso de Yahvé, Biblia de Jerusalén, Ed. Porrúa, colección, “sepan cuantos…”, México, pp. 900-901.